Al señor del segundo en el edificio de enfrente parece que le vaya a dar un ataque.
Ventana abierta, móvil en mano y cigarrillo en ristre, lo agita como si fuera el arco de un violín a punto de desencordarse: ¡con tutto, agitato, feroce!
Calma hombre, calma. Contempla el jardín, la caricia del atardecer, el susurro de los brezos...

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