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viernes, 28 de febrero de 2025

Shangri-La

Panorámica de Shangri-La.

Quizá nunca encuentre Shangri-La. Quizá nunca me he atrevido a buscarlo.

En la película, los protagonistas no acuden de forma voluntaria. Su avión es desviado hacia ese destino ignoto.

Allí cada uno de ellos se enfrenta a lo que les devuelve el espejo.

El amargado y receloso mira en su fondo y, tras rechazar la imagen varias veces, por fin aprende a reír.

El fugitivo sin escrúpulos, estafador de Wall Street, ambiciona el oro que abunda en las montañas, pero descubre la felicidad planificando trabajos de fontanería.

La enferma se recobra de su mal.

El bienintencionado duda. En su interior desea quedarse, pero le convencen las pruebas racionales que le presentan su inquieto hermano y una «joven» que ansía salir por cualquier medio.

¿Qué argumentos oponer? ¿Las palabras de quien confiesa haber orquestado el aterrizaje forzoso para atraerlos? ¿Las de un hombre con una sola pierna que dice haber cumplido doscientos años y le ofrece su puesto de lama?

¿Las palabras de la mujer que lo podría amar?

¿Es el mundo de fuera, donde el amor que predomina se dirige al poder, a la destrucción, a la fuerza, más real pese a todo?

¿Es una historia absurda? ¿Un lugar que existe y que no existe?

¿Un destino? ¿Un camino sin él? Tantas preguntas...

P. D.: La ciudad de Zhongdian fue rebautizada como «Shangri-La» para hacerse un nombre más marketiniano. Sus calles, monasterios, la garganta del Salto del tigre, el gran lago Bita que baña los alrededores, representan sin duda hermosos regalos a los ojos del viajero.

Pero... no. No es Shangri-La.


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lunes, 20 de enero de 2025

Grand Hotel

Portada del libro Grand Hotel, de Vicki Baum

Título y autor/a:Grand Hotel, de Vicki Baum.
Clave de lectura:Berlín, 1929: la gran tragicomedia de la vida.
Valoración:✮✮✮✮✩
Comentario personal:Entra en mi lista de novelas estupendas.
Música:Moonlight Serenade, de Glenn Miller ♪♪♪

Grand Hotel tuvo un gran éxito cuando se publicó, allá por 1929. Tanto, que al poco rodaron una adaptación al cine: Greta Garbo, Joan Crawford, John y Lionel Barrymore... Óscar a la mejor película.

Su autora, la austriaca Vicki Baum, aprovechó para mudarse desde Berlín a los Estados Unidos. Premonición acertada, dadas las raíces judías de la familia.

Por supuesto, el Reich no tardó en prohibir este libro. Según su concepción del mundo representaba una amenaza, desde el momento en que se trata de una obra de calidad, ingenio y personajes tan heterodoxos como la vida misma.

Personajes que coinciden en los elegantes salones (y a veces no tan elegantes habitaciones) del hotel con más glamour en la ciudad del Spree. Marionetas con hilos dentro de una época cercana a desmembrarlos.

La Grusinskaia, Elisabeta Alexandrovna, diva del ballet, se atormenta ante la decadencia de la edad. ¿De verdad han sido solo siete llamadas de aplausos tras la función de esta noche? ¿Solo siete? Ella cree haber contado ocho.

Su camarera Susita, el director de orquesta Witte, Pimenoff, el maestro de baile, insisten en que sigue siendo maravillosa y no hay motivo para creer que las famosas perlas que la distinguen en el escenario atraigan la mala suerte. ¿Cómo piensa renunciar a lucirlas? ¡Inconcebible!

Susita guarda el collar en un maletín, lo que no pasa desapercibido al atractivo barón Gaigern. Tan atractivo como sin blanca. Si saliera bien el golpe que tiene planeado… Colarse en la alcoba de la Grusinskaia por el balcón, al amparo de los reflectores que ciegan los ojos desde la calle. Encontrar las joyas. Escapar por el mismo camino.

¿Y si ella volviera antes del teatro? ¿Y si una avería apagase los focos y desvelase su silueta? ¿Y si se refugiara tras la cortina y fuese testigo de cómo Elisabeta diluye un número mortal de somníferos en la taza de té, tras contemplarse largo rato desnuda en el espejo? ¿Cuál sería su reacción?

Cercano a ellos, el contable Kringelein desea emular al director general de su empresa, Preysing, huésped habitual del establecimiento. El dinero no importa: tras una existencia de privaciones, los médicos le conceden poco saldo a sus días (geniales los capítulos en los que, con Gaigern como cicerone, acude al sastre para hacerse trajes a medida, se enfrenta a la velocidad en la carretera, vuela desde Tempelhof, asiste al boxeo, bebe, apuesta...).

Preysing puede aún salvar la Algodonera de Sajonia. Si la entrevista para la fusión con la fábrica de géneros de punto de Chemnitz saliera bien, contrarrestaría el fracaso de la negociación con Inglaterra, según el cable que acaban de entregarle. Tiene que disimular, mentir si es preciso antes de que todo desaparezca bajo sus pies.

«Llamita» (el papel de Joan Crawford en el filme) le sirve de taquimecanógrafa. Aunque lo que ella desea es abrirse camino en sociedad, y está dispuesta a lo que sea para conseguirlo. Lo que sea, como demuestra la fotografía en cierta revista ilustrada de la que el director general no puede apartar los ojos mientras le afeitan.

Rhona, un conde de verdad, atiende a propios y extraños desde el mostrador de recepción del hotel. Senf, el portero, sufre porque no sabe cuándo dará a luz su mujer y no puede abandonar su puesto. Los botones, camareras de piso, electricistas, pululan al son de la música que se escucha día y noche allá al fondo, para amenizar a la distinguida clientela.

Y un veterano, el doctor Otternschlag, la mitad de su rostro desaparecida en el frente de Flandes, deja su jeringuilla tras vaciarla de la morfina que le permite contemplarlo todo desde los sillones del hall, donde se sienta cada día. Quizá el ojo de cristal vea algo que...

No me cabe ninguna duda: Grand Hotel entra en mi lista de novelas estupendas.


Y si todavía en esta gran jaula aconteciera algo que valiese la pena... Pero no, no ocurre nada. Se ha marchado. ¡Adiós, señor Kringelein! Iba a darle a usted una receta para sus dolores pero, como se ha despedido a la francesa… ¡Bah! El jubileo de siempre: entran, salen, llegan, se van...

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miércoles, 6 de noviembre de 2019

Cine, cine, cine, más cine, por favor

Me llamo Íñigo Montoya.

Ha llegado el tiempo de las elecciones, listos para entrar en el patio de butacas con la bolsa de palomitas. ¿De qué película comprar entrada?

No tenemos nada de estreno, desde luego, pero entre eso y quedarse en casa… A ver, vamos a repasar los guiones que se presentan otra vez:

Gladiator

Cómodo es un hombre sin moral, eso lo sabes desde siempre. Cómodo no puede gobernar. Es más, ¡no debe gobernar!

La última noche de Boris Gruschenko

—La inmoralidad es subjetiva.
—Sí, pero la subjetividad es objetiva.
—No, en ningún esquema racional de percepción.
—La percepción es irracional, implica inminencia.
—Pero el juicio de cualquier sistema a una prioridad de relación de fenómenos existe en cualquier contradicción racional o metafísica, o al menos epistemológica, de un concepto empírico abstracto como el ser u ocurrir en la cosa en sí, o de la cosa en sí misma.
—Sí, yo he dicho eso muchas veces.

Casablanca

—¿Con qué derecho me cierra usted el local?
—¡Qué escándalo, qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!
—Sus ganancias, señor.
—Muchas gracias. ¡Todo el mundo fuera!

La vida de Brian

—A los únicos que odiamos más que al pueblo romano es a los del Frente del Pueblo Judaico.
—¡Disidentes!
—Y al Frente Popular del Pueblo Judaico.
—¡Disidentes!
—Y al Frente Popular de Judea (...).
—¡El Frente Popular de Judea somos nosotros!
—Ah, creí que éramos de la Unión Popular...

Teléfono rojo, volamos hacia Moscú

Estoy harto de consentir con los brazos cruzados la infiltración comunista, la subversión comunista, la conspiración comunista, esa corriente, en la actualidad tan de moda, que envuelve e infecta todos nuestros preciados fluidos naturales.

Mmmmm, creo que voto por, mmmmm...


sábado, 28 de febrero de 2015

Larga vida...


Cuando un actor y un personaje descansan en la memoria cultural de millones de personas, no significa realmente una partida.

Su katra se comparte entre nosotros. Larga vida y prosperidad.

(En recuerdo de Leonard Nimoy).

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lunes, 1 de agosto de 2011

Uno, dos, tres


C.R. MacNamara ha de afrontar unos cuantos problemas como gerente de Coca-Cola en Berlín Oeste. Su mujer suspira por que le destinen a Atlanta después de haber vivido como trotamundos durante años.

Además, cada vez que entra en la oficina sus empleados hacen un irritante honor a la fama de cabezas cuadradas prusianos: taconazo al canto.

La misión comercial rusa intenta birlarle a fräulein Ingeborg, su secretaria.

Y para colmo, Scarlett, la hija del director general, se casa al otro lado de la Puerta de Brandemburgo con Otto, comunista convencido que pretende llevársela a Moscú.

Ahí es donde se demuestran las dotes de mando, en las situaciones críticas.

Uno: conseguir el ascenso y que le trasladen a Londres. Atlanta es para fracasados.

Dos: atender debidamente a su secretaria mediante «gabelas» como ese modelito de alta costura que la tiene encandilada.

Tres: convertir al seguidor de las consignas del partido a las mieles del capitalismo. Quizá, si le hiciera pasar por un aristócrata, calmaría el disgusto de sus suegros.

En Uno, dos, tres, Billy Wilder nos regala una obra maestra. Se mofa con finura de todo y de todos: la guerra fría, la incorruptibilidad de «los ideales», los tópicos alemanes, rusos, norteamericanos...

Tiene frases memorables, como cuando Scarlett, que está embarazada, discute con Otto sobre el porvenir de su vástago: Cuando cumpla dieciocho años dejaremos que decida qué quiere ser, si un capitalista o un comunista rico.

Y por supuesto, no podemos pasar por alto la secuencia sobre técnicas de negociación empresarial al animado ritmo de la Danza del sable de Khatchaturian. Simplemente, disfrutemos.

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jueves, 3 de junio de 2010

Podemos recordarlo todo por usted


Douglas Quail acude a una compañía especializada en implantar recuerdos artificiales pero totalmente vívidos. Contraviniendo las advertencias de su mujer, desea tener conciencia de una temporada en Marte, en el papel de agente secreto.

Todo va bien hasta que los técnicos encuentran un problema inesperado: parece que Quail ya hubiera estado antes en el planeta rojo y alguien le hubiera bloqueado esa parte de la memoria. A partir de entonces comienza una arriesgada carrera para recuperar la identidad.

¿Podrá confiar en desconocidos? ¿Y en aquellos a quienes conoce? Por ejemplo, su mujer... ¿es realmente su mujer?

Si estáis familiarizados con el argumento es quizá por la película Desafío total. No obstante, se trata en origen de un relato escrito por Philip K. Dick, Podemos recordarlo todo por usted, que confirma a este autor como una de las más caudalosas fuentes de ideas cinematográficas.

Disfrutad con los impactantes sones de otro grande en el apartado musical, Jerry Goldsmith, surgiendo de los altavoces.

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