| Memoria de Noa, de Alfredo Conde. | |
| Recuerdos desde el nacimiento de Noa hasta el de su hijo. | |
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| Novela de intimismo descriptivo y lenguaje barroco. | |
| Negra sombra, de Luz Casal y Carlos Núñez ♪♪♪ |
Dudo si dedicarle elogios a
Quizá la mayor de las dudas recaiga en el aspecto formal: lenguaje preciosista, frases eternas, porción de adjetivos, sintaxis gongorina... Puro barroco. Al principio interpreto que es la narradora en primera persona quien habla así (enseña literatura en la universidad), pero concluyo que se trata del estilo propio de Alfredo Conde.
Por otro lado, el intimismo descriptivo predomina hasta un punto en que, o nos identificamos sin fisuras con Noa, o todo lo que ella ve, piensa y siente resultaría de frágil interés novelístico.
Galicia, verano de 1939. Una mujer «con el cuerpo enjuto por mor de la lánguida sequía al que lo había sometido desde que se abriera a la vida» ve pasar a un hombre bajo su balcón. El fogonazo la lleva enseguida a confesar.
Y aquel cuya figura y maneras tanto la confunden es... el cura que la escucha, la absuelve y visita a continuación su casa.
Este reverendo padre (figura muy positiva, curiosamente) alcanza el rango de obispo, lo que no es óbice para que amor y deseo los acompañen a lo largo de los años. Noa surge como fruto, aunque una sociedad anclada en milenarismos les exija silencio.
La niña crece a su vez y conoce a su tío, el hermano del obispo, exiliado en otro continente, a sus primos (sobre todo a Pedriño, talentoso pintor) y a Quietán, de verbo político encendido, similar a «un bergantín-goleta de tres palos entrando por la boca norte de la ría». Quietán, el infame.
Insistiendo en que acción como tal no encontramos demasiada, el pilar de esta memoria lo constituyen las redes que atan a los personajes, el ambiente de convenciones intocables (de puertas para afuera) y, no menos importante, la presencia de la tierra. O la Tierra, en mayúscula.
Bruma, orballo, brañas, ginestas, cebadales, robledas, sillares de piedra. O sentemento da Terra...
Quedé inmóvil. Un colibrí está aleteando sobre la siempreviva, roja y oro, el verduzco aire que lo oprime y delimita mientras liba miel, néctar, ambrosía, dulcísimo polen; luego volará y el revoloteo será dado por encima del nenúfar del que beber el filtro, la poción de amor que lo encamine hacia el otoño; y yo lo veré irse, verde copo sin alas, inmóvil como estoy en esta colina, sin poción alguna que llevarme a los sedientos, secos labios; sin dulcísimo polen que me lleve al ensueño que sospecho, sin cosa alguna que libar como no sea la tibia mañana a través de la que huyo.
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