lunes, 30 de enero de 2023

Brevísima y tibia nota sobre… (IX)

Como pasar del alto bordo a una balandra.

O hallarte cruzado a sotavento mientras un man of war adversario se aproxima erizado de bocas de fuego.

Que no acabas de sentirte a gusto, vaya. Hay algo que te reconcome.

Es el problema de este libro, si lo comparo con el de la reseña anterior por su tema náutico. Y eso que Víctor San Juan tiene una reputación: me vienen a la memoria, por ejemplo, sus trabajos sobre Las Dunas o Trafalgar. Pero en Extraños sucesos navales tira con más pólvora que bala.

Su objetivo, según figura en la portada, ha sido escribir una «crónica de los más sorprendentes misterios marítimos de los siglos XIX, XX y XXI». Así dicho, desde luego llama corriendo a la lectura.

Lo que ocurre es que varios de los sucesos elegidos zozobran entre lo pasablemente interesante, lo anecdótico, lo regularcillo y hasta lo prescindible sin más. Para que el resto de sus quince capítulos nos produzca un cosquilleo de interés en la nuca, hay que navegar entre sargazos.

Comienza el texto con el Mary Celeste, avistado intacto y sin tripulantes a la altura de las Azores, y del que volver a hablar resulta cansino por sobreexplotación de teorías.

El abordaje entre los acorazados Victoria y Camperdown, en un ejercicio frente a las costas sirias, tampoco creo que merezca mayor mención. ¿Error de maniobra? Cabezonería del vicealmirante que mandaba la escuadra?

Por el contrario, irrita un pecado que nuestro autor comete en este y otros episodios: el tono. Ay, el tono. Oscilante entre la chanza y el chovinismo.

«Sultanes, jedives, señores de la guerra […] contemplarían ahora a los buques ingleses con la disimulada sorna de ver qué nuevo numerito de circo estarían preparando».

A la flotilla de destructores norteamericana que en 1923 varó en masa en California no le encuentro el anzuelo.

Ni al apartado de monstruos abisales que, representados por el clásico kraken, siguen lanzando los tentáculos aquí y allá.

El gato Oskar, que sobrevivió sucesivamente a los hundimientos del Bismarck, el Cossack y el Ark Royal, resulta… ¿gracioso?

¿La mala educación del Admiral Scheer en la dársena de Ferrol? Bah, expurgar.

¿Y eso de que quizá la Fuerza Aérea Argentina alcanzó al portaaviones Invincible en las Malvinas, pero el mérito quedó oculto para la posteridad por evitar el desprestigio de la OTAN? No lo veo muy verosímil, con todos mis respetos.

Etc., etc.

Más atrayentes se presentan los avatares del diseño naval en la segunda mitad decimonónica, época de experimentos como los de la flota austriaca acometiendo a las fragatas italianas al espolón en la batalla de Lissa, o el intercambio de cañonazos sin resultado de los blindados Virginia y Monitor.

También se salvan las historias del arma submarina, a veces tan peligrosa para sus tripulantes como para los enemigos, según demuestran el fantasmagórico U31 del káiser en la I Guerra Mundial, el USS Wahoo y el nipón I-52 en el siguiente conflicto, o el misterio del sumergible israelí Dakar.

Y el combate y voladura a traición de la Mercedes con su tesoro en 1804, por supuesto, y la aventura contemporánea para recuperarlo tras el expolio de la empresa Odyssey (recuérdese el excelente cómic de Paco Roca al respecto).

En resumen, que lo menos bueno lastra demasiado a lo bueno, y el conjunto se queda por tanto con nota tibia. Hala, a soltar cabos.




martes, 24 de enero de 2023

Brevísima y elogiosa nota sobre… (CX)

Los barcos tienen alma.

Lo entienden muy bien en la Navy británica, por ejemplo, donde el pronombre para referirse a un navío es she, "ella", no el neutro e impersonal it de los objetos inanimados.

Cada cuaderna, cada remache, cada estay, portilla, mástil, desde el momento en que se arrancan del árbol, la fragua, la tierra misma, se ensamblan y ofrecen como presente a las olas —a veces, como sacrificio— palpitan en busca de su destino.

Por eso, Historia de un triunfo es una obra que enamora.

Rafael Torres Sánchez describe La Armada española en el siglo XVIII de forma magistral.

¿Un libro para frikis? Pues sí, es posible, y a mucha honra.

Porque ofrece la semblanza de una época dorada para la construcción naval, con un nivel de detalle tan exhaustivo, que sus lectores más conspicuos se alejen probablemente de lo estándar.

Erudición divulgativa o divulgación erudita, tanto monta.

Qué materiales eran necesarios para botar aquellos alcázares de los mares, en términos galdosianos. Cómo se procuraban, transportaban y gestionaban.

Los pasos adoptados para evolucionar desde la heterogeneidad artesanal de los maestros de ribera a los planos de ingeniería milimétrica.

La organización, la comida, los marinos, las flotas, la sangre, el sudor y la sal invertidos para volver a señorear las rutas transatlánticas y mediterráneas, después de la Guerra de Sucesión y hasta los desastres napoleónicos.

Los tipos de buques y sus misiones, doctrinas, maniobras, tácticas, la suerte, buena o mala, el día a día olvidado de todo un siglo, oculto tras el estruendo de grandes batallas como Trafalgar.

Ah, y lo que casi más me gusta: la infografía. Cientos de imágenes que enriquecen visualmente los textos enciclopédicos. Los dibujos y esquemas del Montañés, un hermoso dos puentes de 74 cañones, acompañan como vela al cabo las explicaciones del autor.

Complejo y completo volumen, en fin. A quienes sientan la llamada, bienvenidos al rol de a bordo.




martes, 17 de enero de 2023

Brevísima y elogiosa nota sobre… (CIX)

A un lado del cuadrilátero, el filósofo de moda. Al otro, un descreído.

Me cito de nuevo con Byung-Chul Han, cara a cara.

En la nota sobre Psicopolítica manifesté ciertas dudas sobre si el texto debía más a la capacidad dialéctica del autor para convencer que a la solidez de los argumentos. Le dediqué un elogio con reservas.

La expulsión de lo distinto, por su parte, me dejó perplejo. Su tesis acerca de una sociedad de la información paradójicamente "monologuista", donde las ideas se lanzan para conseguir un "me gusta" en vez de promover el diálogo y la reflexión conjunta, resultaba de gran atractivo…

Si no fuera por las divagaciones y circunloquios con que la desarrollaba. Vaya lío. Pero no me rindo así como así, caramba.

Vuelvo a insistir con No-cosas. Quiebras del mundo de hoy. Y aquí, por fin, creo que le cazo mejor la onda.

Por lo pronto, expone sus preocupaciones de una forma más fácil, no con la connotación de simple, sino transparente.

La interpretación que le doy es la del vértigo vital.

Sujetos a un entorno de pura incertidumbre, donde todo queda desfasado a una velocidad extraordinaria, donde nuestra experiencia parece valer poco a la hora de interpretar, no ya el futuro, sino el mismo presente, hay generaciones que se sienten —nos sentimos— desnortadas.

Somos aquellos que necesitamos aferrarnos a ciertas seguridades, tocar "cosas" que nos transmitan un significado personal cuando, por el contrario, lo que ha tomado el poder son las "no cosas".

¿Un libro? ¿Un disco? ¿Una actividad manual? No.

Bibliotecas descargables en datos. Playlists musicales en "la nube". Realidad virtual.

Smartphones que, en lugar de servirnos para escuchar la voz del otro, nos aíslan. Nos vigilan, de hecho.

(¿Os habéis fijado en la cantidad de gente que va mirando como zombis el móvil, sin levantar los ojos a lo que tienen delante?).

La fotografía, desnaturalizada. De contar una historia, de dar testimonio sobre algo que ha ocurrido tal y como se refleja en el negativo, al imperio de los selfis: el momento fugaz e insustancial.

(Acabo de descubrir que selfi ya figura en el diccionario de la RAE. Fuera la cursiva. Vale…).

El ser humano, obediente a fórmulas algorítmicas que no puede comprender. Cajas negras que deciden por nosotros.

Inteligencia artificial...

De esta manera, a través de la desazón, nuestro pensador consigue llevarnos a su esquina. Exclamamos: ¡Exacto! ¡Yo siento lo mismo!

Tras la eterna pregunta del "adónde vamos" nos queda entonces dar el siguiente paso. Pero no está escrito.

Y nadie sabemos cuál es.




sábado, 7 de enero de 2023

Brevísima y elogiosa nota sobre… (CVIII)

Las cosas que me gustan son pura poesía, aunque Xuan Bello las haya escrito en prosa.

Sus palabras son un susurro de la memoria. De personas, lugares y mapas.

La memoria de Gettysburg, Nueva York, Lisboa, Coimbra, Madrid, la frontera franco-suiza.

De Terracina, junto a la cueva donde Ulises se encontró con los ojos verdes de Circe.

De Tánger, donde Abraham —¿o era Jacob?— Astorga, cuya familia había salido hace tanto de las rondas de León, le enseñó la diferencia entre una menorá y una hanuká.

De Cadavedo, donde el conquistador Saladino se entretuvo jugando al ajedrez, sin seguir navegando con su flota hasta la misma Torre de Londres.

De los noctámbulos que se reunen en cierta librería de Kairuán, desde el tres de mayo de 1578, para contar un relato tras otro, como en Las mil y una noches.

De Baltimore, que en la pronunciación local se llama Bálamor.

De las costas de Japón, adonde llegó Diego Valdés de Lubarca, el primer asturiano en aquellas latitudes, tras naufragar la nao que capitaneaba.

De Buenos Aires, La Habana, Oviedo… Y de Paniceiros, cómo no.

En compañía de Baudelaire, Poe, Machado, Cicerón, Sábato, Petrarca, Andrade, Celan…

La cosas que le gustan a Xuan Bello son las cosas que me gustan a mí también.




domingo, 1 de enero de 2023

2023

Contemplo con estupor la montaña de libros apilados en el escritorio, amenazando avalancha, esperando a alguna brevísima nota que no acaba de nacer.

Contemplo con estupor nuestro mundo. Ese que aún es —y lo será por siempre— un remedo de manicomio, donde cordura e insania dibujan sueños y pesadillas sobre el mismo lienzo.

Contemplo con estupor dos ojos condenados a las fronteras de un marco. Que miran con estupor a dos ojos. Que miran a dos ojos. Que miran a dos ojos. Que miran a…

Contemplo con estupor las palabras que acabo de escribir. No sé qué sentido tienen. ¿No es hoy 1 de enero? ¿No debería expresar algo como «Buen año»? ¿O como «Os deseo una vida plena»?

Mejor así, sin duda. Os deseo una vida plena. Donde cada paso tropezado sea el preludio a otro de gigante. Donde el amanecer y la puesta de sol sean las únicas barreras que se alcen frente a vosotros.

Siempre.




lunes, 19 de diciembre de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (CVII)

Por diversas circunstancias, la lectura de este interesante libro me ha dejado un poso desasosegador.

Tales circunstancias se resumen en un rápido vistazo al panorama que nos rodea.

Guerras de agresión, guerras larvadas, guerras intestinas, odios rampantes, ansias de imposición totalitaria, revanchismo, amenazas de «democracia iliberal» tocando a la puerta…

Los espíritus, no ya de concordia, que a lo mejor es mucho pedir, sino de respeto, pateados por la borda de nuestra existencia.

Y no es la primera vez que el entusiasmo de algunos —o muchos— por el conflicto arrastra a los pacíficos. Hace ochenta y tres años, por ejemplo, un sábado de septiembre como cualquier otro se convirtió en El último día del viejo mundo. Adrian Ball nos lo relata en cuatro sencillas partes:

De medianoche a las 6 de la mañana. De las 6 de la mañana al mediodía. Del mediodía a las 6 de la tarde. De las 6 de la tarde a medianoche.

En ese momento, la oscuridad se asemejó perpetua. Expirado el ultimátum para que Alemania detuviese su ataque sobre Polonia, Gran Bretaña y Francia entraron también en la lucha. Comenzaba la Segunda Guerra Mundial.

Un único día para decidir la suerte de millones, que veinticuatro horas antes vivían sus vidas cotidianas sin aviso. Una inmensa incógnita: ¿pudo ocurrir de forma diferente?

En las páginas salidas de su pluma, Ball no se limita al desarrollo secuencial de los acontecimientos, sino que intenta describir todo lo que ocurrió en la trasera del telón. Todos los esfuerzos, incertidumbres y apuestas que se lanzaron en un juego frenético contra el reloj.

No solo por mano de los estadistas, sino de figuras en apariencia secundarias cuya participación y testimonios habrían de quedar casi sepultados bajo la «gran historia» y que aquí reciben su parte de voz.

¿Se hallaban los nazis tan envalentonados por el éxito de sus jaques anteriores que no supieron prever las reacciones? ¿Era consciente la Unión Soviética de las consecuencias de su pacto con el régimen germano? ¿Hicieron algo los italianos para disuadir a sus aliados del Eje? ¿Por qué dudó tanto el Gobierno de París en cumplir con sus compromisos ante los polacos? ¿Eran Chamberlain y su gabinete tan ilusos como los trata la memoria colectiva?

¿Son los deseos de paz una debilidad cuando se trata de defender un derecho? ¿Dónde se sitúan las líneas rojas que, una vez traspasadas, justifican el uso de la fuerza?

Aún hoy, los herederos de aquellas personas nos lo seguimos preguntando.




martes, 6 de diciembre de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (CVI)

Hoy, día de mi fiesta nacional favorita, con toda la solemnidad que reclama la ocasión, vengo a decir en voz tonante que…

Que Tip y Coll eran la pera.

Luis Sánchez Polack y José Luis Coll.

Y si acaso alguien osara discutirlo, traigo pruebas palpables a esta tribuna. Palpables y catables: toda una Tip y Coll orgía.

El humor es un rasgo con tantas variaciones y peculiaridades culturales, que su definición resulta muy compleja. Incluso contradictoria.

¿Por qué se desternilla un japonés de algo que a un español le produce apenas perplejidad? ¿Exige el humor inglés haber estudiado en Eton para entenderlo? ¿Alguien ha oido hablar de los chistes en alemán? ¿Podría robarnos la carcajada un italiano si le atáramos las manos a la espalda?

Pero en vez de empeñarnos en buscar las diferencias, en "racionalizar" la causa aparente de la hilaridad, ampliemos un poco el sentido de la pregunta. Planteémonos su origen último. La misma necesidad que, a lo largo y ancho de nuestro mundo, aquí y en las quimbambas, todos manifestamos: reír. ¿No será un rasgo de unión, de felicidad, de profundísimo sentido de lo humano?

¿No merece el humor un podio en la lista de cosas —cosas, búsquedas, sentimientos…— que realmente son imprescindibles para vivir?

Me da la sensación de que Tip y Coll así lo entendieron.

El suyo es un humor basado en la palabra. En el doble sentido, el equívoco, el matiz, el absurdo inteligente.

Si de algo adolece este libro es quizá que debemos leerlo, valga la paradoja. Si pudiéramos escucharlo, y más con las voces y gestos de sus autores, saldría ganando.

A lo largo de sus escenas y diálogos se desarrollan temas que, no por tratarse con óptica cómica, pierden su relevancia social: política, antimilitarismo, burocracia, arte, literatura, biología, especulación filosófica…

Con un estilo irreverente, siempre de buen gusto, cuyo origen me parece adivinar en las greguerías de Ramón Gómez de la Serna y que otros clásicos inmortales como Les Luthiers, para que nos hagamos una idea del nivel de nuestro dúo, han sabido llevar hasta la cima.

Ay, si nos riéramos más de nosotros mismos…




lunes, 28 de noviembre de 2022

Brevísima y viperina nota sobre… (VII)

¡Sí, sí, yo quiero leer a Théophile Gautier, quiero, quiero, oui! ¡Un classique dans ma vie, s'il vous plaît!

De manera que me agencio un ejemplar de Spirite y cumplo con la ilusión.

Al menos, hasta que de ilusión se transforma en… ¡Plof!

El problema de las expectativas estriba en que, si no se cumplen, la indigestión sienta peor que no haber tenido ninguna. Bajo el epígrafe de «novela fantástica», nuestro laureado autor plantea el siguiente argumento:

Hay un señor que vive en París, Guy de Malivert, cuya ocupación principal consiste en ajustarse el nudo de la corbata para asistir a los saraos de la buena sociedad. La ópera, el club, los restaurantes, las múltiples recepciones…

Las madres de hijas casaderas se desviven por echarle el lazo, ya que disfruta de 40.000 francos de rentas de fincas y un tío achacoso multimillonario al que debe heredar.

Pero tampoco tiene el hombre demasiada prisa por cambiar de estado civil. ¡Resulta tan cómodo estar soltero con posibles! Lo que exaspera especialmente a la señora de Ymbercourt, a quien todos consideran un modelo de belleza (sosa, de acuerdo, pero con otros 60.000 del ala para invertir en la relación).

De repente, una noche en que Malivert va a salir de casa para visitarla, le parece oír un suspiro etéreo que le deja preocupado.

El barón de Féroë, un sueco con quien conversa durante la velada, le anima a permanecer libre para el amor, ya que no solo la Ymbercourt, sino también algún otro ente tiene la mirada puesta en él. Cosas que notan los médiums…

Resumiendo, que una linda damisela, un ángel, una sílfide, se le aparece desde el más allá y le da un flechazo. Toma el control de su mano y comienza a escribirle (escribirse) cartas en un estado de ensoñación.

Espirita, habrá que llamarla de alguna manera, había estado locamente enamorada de Malivert desde la adolescencia, cuando por primera vez le vio pasar junto a ella. Qué buen mozo…

Años después, próxima ya a vestir de largo, atisbó su curtido y varonil rostro en un palco del Teatro Italiano (es que nuestro amigo acababa de pasar seis meses en España, y eso deja moreno a cualquiera). Y volvió a inflamarse de deseo por comer perdices juntos.

Por cierto, eso ocurrió en una representación de La sonámbula de Bellini, así que ya sé qué música poner más abajo en la entrada.

Pero como el atontado no se daba cuenta de su existencia, se metió a monja. Luego le dieron unos males y se murió. Lo cual tampoco es molestia, porque en su nueva «no forma» viene y va a voluntad para estar con él.

Volviendo a resumir (y a destripar) el final, Malivert se va de aventuras a Grecia, también la palma frente a unos bandidos y los dos espíritus se funden en una eternidad de gozo, encantados de haberse conocido.

Pero castos, ¿eh? Castos. Que corra el aire. Literalmente.

Todas las escenas aderezadas con descripciones que se hacen igual de eternas al lector, en las que Théophile no queda contento si no plasma el más mínimo detalle de la indumentaria de los personajes o el tapizado de cachemir blanco dividido por cordones de seda azul junto a la biblioteca de palo de rosa que denota el buen gusto imprescindible en la decoración del hogar.

Dicen que esta obra fue muy apreciada por los movimientos espiritistas decimonónicos. A mí, sin embargo, me resulta infumable. Soporífera. Un tostón. En su época, en la mía y dentro de otros doscientos años.

Je m’excuse…




lunes, 21 de noviembre de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (CV)

Calificaba el otro día de notable la obra recomendada, ¿verdad?

Entonces, con el mismo espíritu de generosidad y de justicia, solo me queda aplicar este rango a la de hoy: sobresaliente.

Porque, en La isla de los caballeros, Toni Morrison nos ofrece una narrativa de un nivel extraordinario.

Desde el mismo principio, el lector —yo, al menos— siente necesidad de saber. Las primeras páginas se recorren con una curiosidad rayana en la avidez.

¿Quién es el hombre que salta del barco fondeado cerca de Queen of France? ¿Por qué lo hace, con riesgo de quedar para siempre atrapado por las peligrosas mareas?

¿De quién son las voces de mujer a bordo de la embarcación a la que logra asirse en el último momento? ¿Por qué se esconde de ellas un náufrago? ¿Por qué se considera afortunado de que recalen en un embarcadero particular sin inspectores de aduanas?

Y más adelante, cuando se aventure en tierra, ¿qué extraña relación le unirá con los habitantes de la casa donde se refugia, cuando estos le descubran? ¿Por qué un intruso sucio y enigmático no es inmediatamente expulsado, lo cual desencadena acontecimientos de difícil sospecha?

Una huella indeleble que se posa sobre todos y cada uno de ellos.

Sobre Valerian, el adinerado propietario que disfruta de su jubilación en una isla del Caribe.

Sobre Margaret, su esposa, que una vez fue reina de la belleza en su localidad natal y desea más que nada pasar la Navidad con su hijo Michael.

Sobre Sydney y Ondine, los criados, indisimuladamente hostiles a la presencia de otro negro como ellos en la mansión.

Sobre Jadine, su sobrina, modelo culta y cosmopolita, cuyo rostro aparece en las revistas de moda más prestigiosas.

Sobre Gideon, que responde al nombre genérico de Marinero. Sobre Thérèse, apasionada por las manzanas, tan difíciles de conseguir en esa zona del mundo. Sobre...

¿Cuál es el secreto de Son, que viene a invadir sus vidas? ¿Qué quiere? ¿Matar, robar, violar? ¿Lo ha hecho quizás antes?

¿Y cuáles son los demás secretos, los suyos propios, que hasta entonces se ocultaban tras el cristal de una existencia ordenada, y que erupcionan como un volcán dormido pero no extinto?

Insisto, Morrison es capaz, con un lenguaje y una expresión ricos y profundos, dignos de su Premio Nobel, donde cada frase cumple un papel significativo en el conjunto, de liberar un río de lava en forma de emociones, amor, odio, prejuicios raciales —interraciales e intrarraciales—, de relaciones humanas tan intensas, que nos mantendrán fascinados hasta el final.

Un diez, ya lo creo que sí.



lunes, 14 de noviembre de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (CIV)

Qué gran novelista. Y qué poco reconocido hoy en día, en mi opinión.

Intento explicárselo así a la simpática librera, cuando me pregunta con confianza por qué se me ha iluminado la mirada al hallar este título en los anaqueles. Le digo que todo lo que he leído de su autor me parece tan notable que, al ver el nombre impreso en el lomo, me siento tocado por la fortuna.

Angel María de Lera gozó quizá de su cúspide de gloria al ganar el Premio Planeta de 1967 con Las últimas banderas (cuando este galardón tenía un significado literario de verdad). Pero su camino estuvo alejado de medallas y palmadas en la espalda.

Porque formó parte de la mitad de los españoles que perdieron la guerra.

Y la consecuencia más inmediata, además de la cárcel, fue el desprecio. Casi podría decirse el intento de deshumanización.

El argumento de La noche sin riberas es sin duda autobiográfico. Comienza con los personajes, junto a miles de rostros anónimos, semejantes al coro de una tragedia griega, formados en el patio de una prisión.

Escuchan las palabras en latín de la misa y las imprecaciones que el sacerdote les dirige en la homilía.

Tras ordenarles retornar a las celdas han de gritar ¡Arriba España! Y levantar el brazo con la palma de la mano extendida. Más les vale obedecer.

Todos han sido condenados en juicios sumarísimos: treinta años, perpetua, muerte…

Los guardianes (Goering, Portaviones, Mula Romera, Malastripas, La Marquesona) se encargan de recordarles cuál es su lugar en el nuevo orden.

Comienza otra guerra, esta vez en Europa.

El optimismo por que cambien las tornas se desploma según se desarrollan las acciones bélicas: cae Polonia, cae Dinamarca, caen Noruega, Bélgica, Paises Bajos, Francia…

Los presos van disminuyendo en número. Agotados, enfermos, hambrientos, ateridos. O contra un muro.

También la solidaridad inicial se cuartea. Los comunistas se creen moralmente superiores. ¡El gran camarada Stalin conseguirá su retorno al poder! Que nadie se oponga, porque a lo mejor se queda tras las rejas cuando llegue la hora.

A los demás, cenetistas, republicanos, campesinos reclutados, cualquiera que vistiera el uniforme, ya convertido en andrajos, por cualquier otra circunstancia, solo les queda agachar la cabeza.

Pero Hitler ataca la Unión Soviética y el Ejército Rojo se deshace. ¿Era esa su cacareada invencibilidad?

Al protagonista le descubren portando noticias del exterior. Se niega a confesar cómo las ha obtenido. Celda de castigo. Palizas. Prohibición de visitas. Prohibición de paquetes de comida. Amenaza de fusilamiento.

Descubre que puede hablar con las mujeres de la otra ala del penal a través de las tuberías. Voces que significan la vida.

¡Mujeres! La vida. La vida…

Diciembre: hay rumores de una batalla en una ciudad junto al Volga. Para él, en cambio, un vagón de transporte de ganado.

Le trasladan.

No pensemos que Lera se "recrea", por expresarlo de alguna manera, en el victimismo. Ni defiende exaltaciones políticas, odio, deseos de revancha o ideas de violencia o justicia basadas en el "ojo por ojo". Muy al contrario.

(Por ejemplo, su crítica a la ideología fascista no es óbice para que tampoco salga demasiado bien parada la comunista).

Los caracteres que describe no son ángeles ni demonios. Tienen la amplísima diversidad de pensamientos, reacciones y sueños que cristalizan en cada ser humano. Solo que a ellos les ha tocado la mala suerte.

El mensaje último es diáfano: la importancia de la dignidad.

Si se rompe el espíritu de una persona, más que su cuerpo, si se quiebra su voluntad de existencia, de elegir libremente sus pasos, si el miedo y el dolor amordazan, no ya su voz, sino su mismo pensamiento, entonces los torturadores han ganado.

Y eso no puede ocurrir de nuevo.

Jamás.