Pasa a centímetros de mí. En el último segundo, no sé cómo, consigo evitar que me arrolle.
Alarmado, giro la cabeza y encuentro su mirada. Un gesto de inequívoco desprecio, de «fuera de mi camino» junto a algún epíteto desagradable.
Compruebo a continuación el semáforo, por si me hubiera distraído: confirma el color correcto para cruzar. La bicicleta se lo ha saltado.
No hay motivo en realidad de sorpresa, jamás he visto una bici rodar según las normas. Lo que me da rabia no es el incumplimiento, sino la cara prepotente que lo acompaña. ¿Arrepentido? ¡Al contrario!, esas normas no van con él y si acabo sobre el asfalto es mi culpa.
Lo que me da rabia es la ignorancia para distinguir entre «poder» y «deber», como señalaban los viejos manuales de filosofía. ¿Puedo ignorar el muñeco verde? ¿Debo ignorar el muñeco verde?
Creer que, en una sociedad enseñada a que aquellos que pueden, hagan, el ciclista va a dejar de lado el «yo primero» por razón moral si no hay un policía observando... Cierto, quizá soy un estúpido.
Confiar en que, pese a los ámbitos que demuestran cada día lo contrario —política en portada, muchos otros por detrás—, vamos a evitar un mundo distópico solo porque es lo correcto, lo que está bien...
Ya, ya, se me ha ido un poco la cabeza, perdón.
Entradas relacionadas:







































