miércoles, 18 de mayo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCIV)

Bromeaba el otro día sobre la "culpabilidad" por leer un libro considerado clásico en la, digamos, mediana edad. Lo cual implicaría haber postergado algún conocimiento valioso a cambio de cien de "inferior" importancia.

Pero también venía a decir que quizá sea ahora la oportunidad idónea para apreciar ciertas obras en toda su dimensión. Quizá la vida, los años, las experiencias personales acumuladas, ayuden a modo de puente hacia el mensaje del autor o autora.

¿Significa que he entendido mejor a estas alturas el Siddhartha de Hermann Hesse, por ejemplo? ¿Qué he sabido interiorizar con más aprovechamiento sus palabras? No me atrevo a contestar categóricamente, pero me gustaría pensar que sí.

Siddhartha es un hombre que no halla su sitio. Incluso cuando, bajo el prisma de los demás, ocupa el hueco correcto en el engranaje del mundo, él cree que ha de seguir buscando.

Que la búsqueda es tanto un proceso como un estado.

¿Por qué estamos aquí? ¿Somos una casualidad cósmica? ¿El juego de un demiurgo? ¿Tiene todo esto algún sentido?

¿Sabiduría? ¿Amor? ¿Espiritualidad? ¿Riqueza? ¿Dogmas?

Como hijo de brahmán, la religión oficial le proporciona "certezas" muy cómodas. Una comodidad vacía.

Como samana o asceta vagabundo, la renuncia a lo material en realidad le detrae, le quita una parte de su ser, al negar las sensaciones obtenidas a través de su cuerpo.

Su encuentro con Buda parece el final del camino. Es tanta la impronta del Ser Perfecto en los corazones… Así lo decide Govinda, el amigo que le acompaña en su viaje. Aunque Siddhartha opta por no detenerse.

Kamala, la bella cortesana que le elige como compañero. Kamaswami, el adinerado mercader de quien se convierte en mano derecha. ¿Décadas aprendiendo junto a ellos no son aún suficientes?

Un sencillo barquero, Vasudeva, es su última esperanza. Compartir su cabaña, su alimento, el lenguaje secreto del río que habla a quien quiera escuchar… ¿Es eso? ¿Lo ha conseguido entonces?

¿Y qué papel reserva el destino a su hijo, nacido tras dejar atrás a Kamala, cuando ambos sepan de la existencia del otro?

Nadie más que Siddhartha puede darse a sí mismo una respuesta.

Igual que cada uno de nosotros.



jueves, 5 de mayo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCIII)

El pianista Glenn Gould explica por qué eligió cada pieza específica de Bach que suena en la película. Su intención habría sido trascender las escenas, no acompañarlas en segundo plano. Crear con la música una intrahistoria, un viaje a través de las diversas etapas en la existencia del personaje principal.

Billy vagando por los bosques de las Ardenas, conmocionado por el estruendo de la artillería y los panzer… Su traslado a un campo de prisioneros en Dresde… La destrucción de la hermosa ciudad por el bombardeo de 1945… El retorno a casa… Su trabajo, su esposa, sus hijos… Los paseos por el espacio y el tiempo entre la Tierra y el planeta Tralfámador, donde Billy, según su testimonio, es expuesto en el zoo en compañía de la actriz Montana…

Antes de la película, Kurt Vonnegut había escrito el libro en el que se inspira. Escucho el disco de Bach mientras pergeño la nota sobre Matadero cinco.

Personas más sabias que yo han catalogado esta novela como uno de los grandes clásicos del pasado siglo, así que supongo que mi tardanza en acercarme a ella me hace reo de alguna falta. Al menos, de un pensamiento culpable. So it goes, es lo que hay.

Pero, por otro lado, en un mundo donde la guerra sigue siendo la rueda que gira bajo la vida —la "antivida", sería más adecuado decir— siento que no hay mejor ocasión para leerla.

Siento que la sencillez y la profundidad de sus páginas, sin ninguna contradicción entre ambos términos, se manifiestan hoy con pleno significado.

No sé qué podría reseñar con un mínimo de originalidad. Algo que compense a quien haya llegado a las Tres corcheas y se encuentre leyendo estas líneas. Es tanta, precisamente, la libertad de pensamiento que nos ofrece Vonnegut…

La figura de Billy, lo contrario al arquetipo del soldado, inmerso en la lucha de forma risible, sujeto a un cautiverio humillante, testigo de acontecimientos inabarcables, y que, como si fuera idiota, resume cada una de sus experiencias con un descuidado «es lo que hay», nos desvela el destino del ser humano.

Peleles, ni siquiera marionetas movidas por hilos, muñecos de trapo lanzados aquí y allá por fuerzas que no vemos, no elegimos, no sabemos controlar.

Las continuas líneas cruzadas entre la cotidianidad —empleo, familia, amigos— y lo extraordinario —la capacidad de Billy para recorrer el universo a voluntad, con su presente, pasado y futuro abiertos ante él, convirtiéndose así en "inmortal"—, nos sugieren una vía de escape.

Quizá interior —nadie le cree cuando cuenta algo tan fantasioso, incluso los más allegados se lo reprochan, como salidas de tono impropias de un hombre de clase media acomodado—, pero una puerta al fin y al cabo.

Y, en conjunto, no me cabe duda de que Matadero cinco merece con creces el podio al que personas más sabias que yo la han elevado.

Memorable. Es lo que hay.




lunes, 4 de abril de 2022

Nuestro mundo (XXIV)

Srebrenica. Babi Yar. Buchenwald.

Varían los números, claro. Quizá no sean lo mismo seis millones, que cien mil, que trescientos cincuenta. Quizá.

Katyn. Wounded Knee. Masacre de Manila.

Dicen que la guerra saca a la superficie lo mejor y lo peor que cada uno lleve dentro.

Holocausto. Holodomor. Genocidio armenio.

Y que, salvo contados casos de ángeles y demonios, como metáforas del bien y el mal absolutos, todos los demás somos capaces del mayor sacrificio o la mayor degradación si nos ponen a prueba.

La Jerusalén de la Primera Cruzada.

Solo hace falta encontrar la "tecla exacta" para que el ser humano se desdoble y cualquier criterio moral sea sustituido por el predatorio.

Tapias escondidas. Cunetas al amanecer. Paracuellos.

Los predadores alfa y omega de nuestro mundo. Los que dan órdenes y los que las cumplen.

Bucha, Mariúpol…




jueves, 31 de marzo de 2022

El ángel de fuego

Mil y muchas personas se ponen —nos ponemos— en pie. La orquesta interpreta el himno de Ucrania.

«Es una historia extraña», canta Ruprecht tras escuchar el relato de Renata.

Ruprecht quiere saber por qué Renata espanta confusa a seres invisibles. Son espíritus malignos, le explica la joven de la bicicleta.

Cuando era niña conoció a Madiel. Cada día se presentaba para jugar con ella.

«Sus ojos, azules como el cielo, y sus cabellos, hilos de oro».

Madiel, un ángel.

El ángel de fuego.

Le prohibió que hablara de su existencia o de una complicidad que debía permanecer en secreto. De todas formas, nadie la creería.

Por fin, al cumplir dieciséis años, Renata le pidió que unieran sus cuerpos. Madiel, enfurecido, desapareció, tras advertirle de un retorno futuro bajo la forma de un hombre.

«Es una historia extraña». Y Ruprecht se desabrocha el pantalón. Se echa sobre ella. Se arrepiente. «No volverá a ocurrir».

La música, oscura, inquietante, comienza a introducirse en los rincones de cada alma. En las almas de mil y muchas personas.

Ruprecht viaja con Renata hasta Colonia. En el escenario da vueltas un cubo gigantesco, de varios pisos y múltiples habitaciones.

Un armario que hace de vivienda. Un salón con sillones y una mesilla. Un dormitorio infantil. Escaleras. Una consulta donde se practican abortos…

Renata ansía que vuelva Heinrich. Jamás fue tan feliz como en el tiempo que pasó con el conde Heinrich, segura de que se trataba de la encarnación del ángel.

Pero ahora, abandonada, solo puede desear su retorno. Si es necesario, forzándolo mediante conjuros.

Ruprecht declara que se ha enamorado. Renata le rechaza. ¿Se atreve a comparar sus pensamientos humanos con los divinos? ¡Heinrich, Heinrich!

Tres golpes de ultratumba resuenan en el cubo. «¿Heinrich está cerca?». Tres golpes. «¿Se ha parado frente al edificio?». Tres golpes. «¿Sube por la escalera?». Tres golpes. «¿Espera ya al otro lado de la puerta?». Tres golpes.

Mentira. Nadie aguarda a Renata, cuyas desesperadas visiones se redoblan.

La música es tan torrencial, que mil y muchas personas apenas se atreven —nos atrevemos— a respirar bajo las máscaras. No existe la piedad. Ni el descanso.

Ruprecht, ciego a todo excepto a su corazón, obtiene fórmulas de magia de Glock, el librero. Incluso demanda la ayuda de Agrippa von Nettesheim, el médico, que desmiente su experiencia en artes ocultas.

Renata cree haber visto a Heinrich, de nuevo hostil. Le odia. Suplica a Ruprecht que le mate. Ruprecht no es capaz, pero… por ella lo hará.

Renata cree haber visto a Heinrich, de nuevo angelical. Le ama. Suplica a Ruprecht que no le haga daño. Ruprecht cae en la locura.

La música es un rayo de luz cuando Renata pronuncia el nombre de Madiel. Mil y muchas personas entrecierran —entrecerramos— los ojos.

Renata confiesa que en realidad ama a Ruprecht.

Renata desea encerrarse en un convento. Fausto y su mentor Mefistófeles dominan sus movimientos a cámara lenta, en el salón con los sillones y la mesilla. Ruprecht asiste sin fuerzas.

Un gran danés, blanco y negro, se recuesta junto a ellos. Mueve de vez en cuando la cabeza, observando lo que ocurre alrededor. ¿Qué piensa un perro de las cosas, las palabras, los sonidos de los humanos?

En el convento, la superiora acusa a Renata de posesión. Las demás novicias van rodeándolas, presas de espasmos histéricos. El coro entero las rodea.

El cubo del escenario se ha disgregado. Sus piezas se abren en canal, como un puzle.

El inquisidor pronuncia el exorcismo. «Spiriti maligni, damnati interdicti». Azota a Renata hasta hacer que sangre. Su garganta le exhorta a "confesar la verdad".

Surgen llamas de la bicicleta.

Inermes, entregados a la música de Sergei Prokófiev, mil y muchas personas golpean —golpeamos— una contra otra las palmas de las manos. Una y otra vez. Y otra. Y otra.

Quizá no hayamos entendido completamente lo que hemos vivido esta noche.

O quizá sí. ¿Quién sabe? 
 
 

martes, 22 de marzo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCII)

Otto von F., poeta ucraniano, despierta un nuevo día en Moscú.

Las actividades de sus vecinos en la residencia de escritores le impiden continuar en la cama como sería su gusto.

El uzbeco y su música oriental, el judío presto para redactar siete poemas en yidis antes de comer, el administrador daguestano, los chechenos que apalizan en el ascensor a quienes les caen mal, el fundador de la literatura yakuta, bastante "perjudicado" por otras razones en el mismo ascensor…

Y unos cuantos rusos y rusas, claro.

Otto von F. suele soñar con el rey de Ucrania, Olelko II —Gran Príncipe de Kiev y de Chernígov, Rey de Galitzia y de Volyn, Patrón de Pskov, de Peremyshl y de Koziatin, Duque de Dniprodzerzhinsk, etc., etc.— con quien ejerce de confidente y consejero de las cosas de la vida.

Lo que no anticipa es que, en cuanto se levante, la jornada se va a convertir en una Moscoviada inefable.

Primero el encuentro, en las duchas de la planta baja, con la visitante malgache de hipnótico canto.

Más tarde, los tres amigos que insisten en llevarle a la cervecería de la calle Fonvizin, delimitada por alambre de espino, con colas frente a las máquinas de monedas que expenden el ambarino líquido —no hay vodka suficiente para todos en el imperio—.

La sicalíptica visita a su amante Galia, cazadora de serpientes, tras recoger el tesoro de una casete de Mike Oldfield.

La explosión de la granada en el Merendero.

Los sótanos del Mundo del Niño, en persecución del barón gitano y su cartera birlada.

Los túneles secretos del metro, reservados al gobierno.

Hasta la extraña reunión a la que los asistentes acuden disfrazados, donde se proclama la sagrada unidad eslava al precio que sea.

Experiencias salpimentadas aquí y allá con otras que acuden a su memoria, como los requerimientos de la KGB para incorporarlo a su ejército de colaboradores patrióticos.

Y las ratas. Las ratas que se agitan ansiosas, que chillan al otro lado de la pared donde le interrogan…

Novela nada fácil de describir de Yuri Andrujovich, con tantos mensajes subliminales que bordea —qué digo, bordea—, que se instala en el puro caos.

¿Surrealista?

¿Panrealista, metarrealista, transrealista, sovietrealista?

Y que, sin embargo, quizá no demasiado sorprendentemente, construye una historia con mucho sentido.

El mismo que rige nuestros tiempos de sinrazón.



lunes, 14 de marzo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCI)

De nuevo entro en la librería de lance, y de nuevo acabo hincando la rodilla. ¿Penitencia quizás?

En realidad, es que a partir de la letra S en el apellido de los autores, o disfrutas de cierta flexibilidad articular o te pierdes los colocados más abajo. Ay, esos de la W…

Pero la penitencia obtiene su recompensa, mil veces multiplicada.

Un título brilla más que cualquier otro, por la S de Luis Sepúlveda.

Desde la primera página, en que una extracción de muelas congrega alrededor a los escasos habitantes de El Idilio, me siento atrapado por él. Tiene lugar en un muelle y también asisten aventureros de las cercanías.

Un muelle con racimos de banano, costales de café en grano, cerveza, aguardiente Frontera… El río Nangaritza… Aventureros… Jíbaros… La amazonía…

Recorro las líneas, descubro el lugar y a los personajes: el inquieto doctor Rubicundo Loachamín, para quien todo lo malo es por definición culpa del Gobierno; el orondo alcalde sin nombre, conocido como la Babosa; el viejo.

Antonio José Bolívar Proaño llegó de joven, atraído por la promesa de tierras a quienes quisieran colonizar ese rincón perdido, y apenas siguió adelante gracias a que los aborígenes shuar se apiadaron de él y le enseñaron las artes para sobrevivir en la selva.

A su edad, mucho tiempo después, se conforma con su mísera choza de cañas, la hamaca de yute y una mesa alta para leer de pie.

Porque, aunque no sepa escribir, lee. Lentamente, con una lupa, murmurando las palabras.

Novelas de amor. Pasiones, esfuerzos, desencuentros, la perra suerte que quiere separar a los enamorados pero nunca consigue apagar su deseo de estar juntos.

Cuantas más dificultades arrostren, más se le ilumina la mirada. El doctor se las consigue en las dos visitas que hace al año.

Traen a un cazador gringo muerto. El alcalde quiere culpar a los shuar que lo han hallado y devuelto en su canoa.

El viejo demuestra que solo pueden haber sido las garras de una hembra de tigrillo, en venganza porque el gringo acabó con sus cachorros, cuyas pequeñas pieles acribilladas no le hubieran reportado ningún beneficio.

Y ahora que ha probado la carne humana y merodea furiosa a este lado del río…

Ya no digo más. Qué hermoso libro. Qué maravilloso lenguaje. Qué historia tan subyugante.

Un viejo que leía novelas de amor.



martes, 8 de marzo de 2022

A la escucha (XXV)

Ohoi sinda, rauda raiska…

Hierro maldito, tú, miserable…

Que consumes la carne, que devoras el hueso…

Que derramas la sangre inocente…


Golpes sobre una piel curtida, tirante. Explosiones. Golpes de dolor.

¿Cuál es tu origen, hierro maldito? Muerte, plaga, odio.

Saliva venenosa de serpiente.

Cañones, tanques, armas guiadas por control remoto…

Sirenas antiaéreas, desafíos, injusticia.

Las gargantas son la vida. Cantan con desesperación.

Contra la desesperación.

Hasta que el sonido ya no puede más. Se apaga.

Veljo Tormis.

Maldición sobre el hierro.


martes, 1 de marzo de 2022

Nuestro mundo (XXIII)

Camino entre las filas de los caídos. No encuentro su fin. No lo encuentro.

W.A. Adamson. Veintitrés años. Concédele, Señor, el descanso eterno.

E.E. Ludbrook. Veintidós años. Duerme en paz, siempre amado.

A. Wharton. Treinta y nueve años. De naturaleza generosa.

W.J. Dann. Veintisiete años. Cumplió con su deber, noble y sin miedo.

W.L. Manuel. Veintidós años. Reposa en el seno de Dios.

G. Stephenson. Veintiocho años. Dulce es tu memoria.

A.S. Culliford. Veintisiete años. Nuestro único hijo, te recuerdan papá y mamá.

Hay quienes buscan que su nombre quede en los libros de historia. Es su meta de vida, lo ansían a sangre y fuego. Y lo consiguen.

Otros tienen el recuerdo de papá y mamá.




jueves, 24 de febrero de 2022

Nuestro mundo (XXII)

No sé lo que podría decir hoy. No sé lo que podría escribir. Es tanta de nuevo la decepción…

Otra puñalada del ser humano sobre el ser humano.

Esta noche, solo busco el sonido de la voz.

Una voz, diez voces, cien…

Juntas.

El instrumento más antiguo y poderoso, frente a la más poderosa bomba.

Mil voces, millones de voces…




lunes, 21 de febrero de 2022

Brevísima y tibia nota sobre… (VII)

A mi entender, este es un libro parcialmente acertado. O, lo que es lo mismo, parcialmente fallido.

En La Tierra plana y el nacionalismo encuentro algunos argumentos irreprochables. Aunque solo sea porque yo mismo, casualmente, los he utilizado cuando he tenido que discutir sobre la aberración, tanto en origen como en consecuencias, que suponen los nacionalismos secesionistas.

Esos que suelo denominar, con pruebas por delante, nazionalismos.

El problema, como bien plantea Paco Álvarez, es que las pruebas no tienen efecto en un "mundo paralelo" de acólitos donde la lógica brilla por su ausencia.

Por ejemplo, me viene a la memoria un documental −de National Geographic, no quisiera equivocarme−, en el que antiguos miembros de las Juventudes Hitlerianas, ya ancianos, narraban su niñez en el Reich.

Entonces no percibían lo perverso de su entorno, de los eslóganes, de las doctrinas pseudomísticas que les inculcaban como base de su educación.

Para ellos era "lo normal", el ideal por el que, llegado el momento, habrían de sacrificar sus vidas.

Luchaban, en su particular visión de la realidad, por "lo justo".

De igual manera, razonar con un nazionalista supone que el sistema de valores en el que se ha formado, que le ha permitido ser un miembro aceptado de su grupo en vez de un paria, quede desarticulado.

Si lo intentas, eres el enemigo. Y al enemigo hay que odiarlo.

De acuerdo: ¿por qué, entonces, si sus intenciones morales me resultan más o menos adecuadas, considero el esfuerzo del autor fallido?

Me temo que debido a las formas.

Es una opinión muy personal, evidentemente, pero si hay algo que aprecio en un ensayo es la inteligencia. La finura, el savoir dire, el estilo de un Boadella en ¡Viva Tabarnia! o de un Savater en Contra el separatismo.

Esa virtud no alumbra aquí a Álvarez, que parece escribir a gritos, combativo pero en un sentido tosco, populista, de discusión de bar.

Por tal motivo, con la mano en el corazón, no puedo recomendarlo. Lo siento.