Lo que me cuenta la profesora tampoco hace que eleve los brazos en gesto de súplica. Se trata de detalles sobre una historia conocida.
Sus alumnos niegan la existencia de palabras como «colindante» o «alicatado» y se amotinan cuando les exige no obtener la solución a un problema de una inteligencia artificial.
En los exámenes de acceso a la universidad escucha protestas porque ¡no saben calcular porcentajes!
Por otra parte, el planteamiento erróneo de algún ejercicio, así como las respuestas aceptadas como válidas, lleva a que estudiantes de sobresaliente se queden sin él.
Las últimas ruinas peligran. El sistema premia a los que no dan un palo al agua en espera de que la vida les venga cocinada y castiga a los que intentan aprender algo diferente a las consignas de redes sociales.
Aprender implica actividad. Denota deseo de demostrarse a sí mismo que no somos —no únicamente— marionetas. Si tantos hilos nos atan a la ignorancia, lo imperdonable es conformarse o incluso preferirlo.
La profesora me cuenta que, de aquí a poco, estos alumnos ocuparán su lugar en todos los ámbitos del mundo: político, cultural, económico... Sus creencias y carencias definirán qué palabras existen y cuáles no.
Palabras y conceptos a extinguir, ideas que obedecer, retos sobre los que vociferar.
¿Elevo ya los brazos? Quizá debería.
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