martes, 31 de diciembre de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LIX)

Yyyyyyyy ¡aquí estamos! ¡Se acabó otro año!

Es una costumbre estupenda, la de sentirse vivo y coleando, y lleno de deseo por seguir compartiendo en esta bitácora algunas de las cosas del mundo.

Algunas buenas y otras… ¡En fin!

Como colofón, tenemos hoy un librito simpático pero con carga de profundidad: Los papalagi. Discursos del jefe Tuiavii reunidos por Erich Scheurmann.

Los papalagi somos los "blancos extranjeros", aunque literalmente el término significa "quebrantador de los cielos".

A principios del siglo XX, en el auge del colonialismo, Samoa era territorio ambicionado por varias potencias occidentales. Así que enviaron a sus "representantes" para civilizar a los nativos.

Y llevaron consigo grandes prodigios: barcos que dejaban atrás a las más veloces canoas, luz en medio de la noche, máquinas de todo tipo, el metal redondo, los muchos papeles, los palos que lanzan fuego…

Fue entonces cuando el jefe Tuiavii de Tiavea hizo a su vez un viaje a Europa, con ánimo de contar lo que allí aprendiera a su pueblo.

Confiesa en sus notas que no siempre fue capaz de comprender las costumbres. Para empezar, ¿por qué tantos tipos de taparrabos y esteras? ¿Por qué el ansia de cubrir los cuerpos? ¿Qué significa eso del pecado?

Llamaron también su atención las inmensas canastas de piedra que forman las ciudades, separadas unas de otras por grietas, bajo cielos de humo y cenizas. Y el hecho de que sus habitantes a menudo no conozcan ni el nombre de los vecinos.

Ah, los ojos de los papalagi delatan su gran amor: el dinero. En Siaminis lo llaman marco. En Fafali, franco. En Peletania, chelín, y en Italia, lira. Pero en todas partes es lo fundamental. Quizá solo el aire para respirar está –de momento− libre de su carga.

Los papalagi no cejan en su empeño de inventar objetos sin especial propósito ni belleza. Y las multitudes se vuelven locas por obtenerlos. Los ponen frente a ellos, los adoran y les cantan elogios.

Algo complicado de explicar es la falta de tiempo. Los papalagi dividen el día en horas, minutos y segundos, marcados por una especie de dedos que se mueven sobre una esfera. Y perderlo les causa una angustia insoportable.

Las razones por las que unos papalagi son ricos y otros pobres, las profesiones, los locales de pseudovida, la enfermedad del pensamiento profundo o la oscuridad a la que quieren arrastrar a los samoanos, con la excusa de enseñarles las escrituras de su dios, son otros de los temas que se tratan en estos discursos.

Simplicísimos en su estructura y en sus palabras, casi infantiles, pero únicamente en apariencia. En más de una ocasión he sacudido la cabeza a lo largo de su lectura, reconociendo la sabiduría que en ellos se contiene.

Y es que los papalagi no hemos cambiado. Seguimos aferrados a "necesidades" cuya obtención nos causa infelicidad y separación de la naturaleza.

Nada más. Con mis mejores deseos para el año nuevo…

Paz. Armonía. Lucidez.



jueves, 26 de diciembre de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LVIII)

Una entrada brevísima de verdad, porque se acaban los días del año y me viene la tontería de comentar toda la cosecha de letras que ha pasado por mis ojos esta temporada, sin que falte ninguna. Hay que darse prisa.

Aunque, en vez de dividirse, la extensión habitual debería multiplicarse por dos. Tales son los libros de William P. Guthrie que entran en la reseña: Batallas de la Guerra de los Treinta Años (de la Montaña Blanca a Nördlingen, 1618-1635) y Batallas de la Guerra de los Treinta Años (de Wittstock a la Paz de Westfalia, 1636-1648).

Mi opinión, desde luego, es que ambos volúmenes deberían citarse como referencia sobre ese periodo histórico. La aportación de Guthrie en cuanto a detalles, cifras y fuentes de consulta adicionales parece una labor de orfebrería, por lo minuciosa.

Lo cual no quiere decir que se limite a cuadros de efectivos, proporciones entre picas y mosquetes, bajas o banderas capturadas. En absoluto. Su narración de los choques que preludiaron el espantoso destino de Europa a lo largo de los siglos venideros no deja un momento de respiro.

Asistimos así a la evolución desde los éxitos de inicio imperiales, bávaros e hispánicos, y cuáles fueron sus causas, a la preponderancia sueca y francesa, también extensamente razonada.

Richelieu, Olivares, Gustavo Adolfo, Tilly, Wallenstein, Condé, Turena, nombres que se aprenden en el colegio, se unen a otros no tan mentados pero no mucho menos relevantes en el resultado final del conflicto.

Sin dar tampoco de lado los aspectos económicos, religiosos, geográficos, o la ambición pura y ciega de los gobernantes, que ayudaron a prolongarlo.

Hay tantas ocasiones en que las victorias estuvieron en el alero de convertirse en derrotas y viceversa…



martes, 24 de diciembre de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LVII)

Hay un castillo a la vuelta de Transilvania que, por muchos pelotazos que le lancen, aguanta sin resquebrajarse.

Se alza entre montañas y precipicios, y a sus defensores, los más animosos del país, no les faltan arcabuces para repeler a cualquiera que se acerque.

Las municiones de los asaltantes se agotan y no llegan nuevas. Los soldados andan mustios. Algunos capitanes hablan de desistir del imposible empeño.

Entonces el maestre les recuerda que poco loor y fama se ganan en las cosas fáciles de acometer, y que miren la honra y reputación que hasta el momento han ganado en aquellas partes extranjeras, no las vayan a perder ahora.

Efectivamente, toman la fortaleza. ¡España!, ¡España!, se oye gritar a los que entran.

Peripecias así abundan a lo largo de La expedición del maestre de campo Bernardo de Aldana a Hungría en 1548. Edición al cuidado de Fernando Escribano Martín.

El origen de todo es que al Rey de Romanos se le sublevan unos caballeros principales y solicita ayuda al Emperador. En aquellos días andaban los reinos de la zona manga por hombro.

Tras la batalla de Mohács, veintidós años atrás, el avance turco se asemeja imparable. Muerto sin herederos Luis II, su cuñado Fernando de Habsburgo reclama el trono magiar. Lo que queda, al menos.

Pero en el entreacto, el conde Juan Zápolya se hace coronar con el apoyo de los nobles, de manera que el conflicto está servido.

Como decía, Fernando, a su vez hermano de Carlos V, se ve agobiado y le pide asistencia. El resultado es que el Tercio de Nápoles, al mando de Bernardo de Aldana, se pone en camino a desfacer entuertos.

Desde Viena a Budapest, pasando por Bratislava y otros topónimos reconocibles, la expedición cobra un papel desisivo en el equilibrio de fuerzas. Asedio tras asedio trabajan, según el cronista, «lo que no se puede creer».

Melchior Balax, el Bajo Matías, fray Jorge, el rey Joanes, Cazum Bajá, nombres propios que figuran en las enciclopedias, se juntan con Pedro Montañés, Diego Vélez de Mendoza, García Jiménez o sencillos soldados como Domingo Rubio o un tal Reynoso, los primeros en escalar los muros de Leva.

También aparece Juan Bautista Castaldo, el malo de la película, empeñado en perjudicar a Aldana, que al final consigue su prisión. Le acusa de la caída de Temesbar y Lipa ante la marea de Solimán el Magnífico. De hecho, se considera que el texto –códice V.II.3 de la Biblioteca de El Escorial– fue escrito para demostrar su inocencia en el juicio.

En fin, valiosa y disfrutable aportación de Fernando Escribano para recuperar los "olvidos" de la Historia.



martes, 17 de diciembre de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LVI)

¿Pues no se me han ido acumulando varios tomos leídos últimamente, sobre los que aún no he garabateado una mísera nota? ¡Qué pedazo de vago!

Por ejemplo, el título de hoy lo he disfrutado como un grumete.

Nos aprestamos a largar gavias, zafar cabos y que asomen las bocas de fuego por las portillas. Hay unos tipos que se acercan a todo trapo, ondeando la Union Jack, y no tiene pinta de que quieran echarse unos tragos de grog…

El «Glorioso», estimados guardiamarinas, navegamos a bordo del Glorioso. Por cortesía de Agustín Pacheco Fernández.

Algo que considero importante para comprender el pasado es la no mitificación de los hechos, vaya por delante. A menudo se descontextualizan en el sentido de "qué buenos eran nuestros antepasados" frente al enemigo de turno. Y la Historia no es eso.

No obstante, hay aventuras que, se miren por donde se miren, merecen ser populares.

Preguntas por la calle en el Reino Unido y hay una alta probabilidad de que les resulte familiar el Revenge. O, en los Estados Unidos, la Constitution. Hasta para el Vasa, que se hundió a plomo nada más salir del puerto, tienen un museo en Estocolmo.

¿Y el Glorioso? ¿Por qué razón no se le recuerda en la misma medida? Sus travesías, tal como nos las narran aquí, parecen una pura película.

Son los tiempos de la Guerra del Asiento (la de aquel Jenkins que le quitaron la oreja y tal), y nuestro navío transporta un tesoro desde Veracruz. Cerca de las Azores se topa con una flotilla británica que se dispone a perseguirlo.

Al día siguiente, como el viento no le permite tomar distancia, el capitán Mesía iza el gallardete, arriba a estribor y comienza el cañoneo. Tras mil y pico fogonazos, El Warwick y el Lark, cascados, ponen cuadernas en polvorosa. El Montagu, por si acaso, ya lo había hecho antes.

A la altura de Finisterre, más de lo mismo: los vigías avistan al Oxford, el Shoreham y el Falcon, que sobrepasan el curso del Glorioso y viran en pos de su estela.

Maniobra similar que efectúa Mesía, ganando así el barlovento y abriendo fuego por ambas bandas.

Pasadas varias horas de enfrentamiento, de nuevo la Royal Navy decide que lo deja. El buque español echa el ancla en la ría de Corcubión y desembarca la plata de sus bodegas.

En unos meses, reparado en lo posible de tronchaduras, se hace a la mar con destino El Ferrol. Pero, a resultas del mal tiempo, tiene que cambiar el rumbo a Cádiz.

Junto a San Vicente, el King George y el Prince Frederick se unen a la fiesta. Pum, pum, pum, pum… ¿Resultado? El habitual: continúa la singladura dejando a los adversarios como un colador.

Amanece y el resto de la escuadra de su graciosa majestad que surca aquellas aguas se une a la caza. El Dartmouth se acerca el primero con pabellón danés, pero la treta no cuela. La pólvora vuelve a tomar la palabra.

En esta ocasión, el Dartmouth sufre peor suerte que sus predecesores: vuela por los aires y se hunde.

Ya la arboladura del Glorioso anda estropeada, la verdad. Demasiado trote, y lejos de un fondeadero no resulta sencillo el arreglo. El tres puentes Russell, que entra en escena con un par de fragatas de escolta, va a sacar ventaja.

Desde las doce y cuarto de la noche del 19 de octubre de 1747, según el cuaderno de bitácora, hasta más allá de las seis de la mañana, no desmaya el combate a la luz de la luna.

El final llega cuando, agotadas las municiones y cualquier elemento metálico que se pudiera disparar, se acepta la rendición. El casco se subastaría por 12.100 libras en el Lloyd’s Coffee House de Londres, y se desconoce su destino.

Me he extendido demasiado en el resumen, no hay duda. Pero, ¿no tenía razón? ¿No se asemeja a una película?

Lo que tampoco puedo dejar de mencionar antes del punto final es la labor investigadora de Pacheco, ya que nos ofrece un recorrido por fuentes originales digno de encomio. Desde las vicisitudes de la construcción en el astillero de La Habana, hasta cartas y legajos de archivos que ilustran cada detalle de lo acontecido. Enhorabuena.

Y gracias por la lectura.



martes, 10 de diciembre de 2019

A la escucha (XIII)

Hay varias personas fallecidas este año por quienes debería haber escrito unas líneas de reconocimiento.

Porque, en mayor o menor medida, hicieron algo en su vida que ha quedado en mi memoria.

En mayor o menor medida, su paso por el mundo se entrelazó con el de muchos otros, aun sin conocernos.

Pero es hoy cuando quizá siento una especial melancolía.

La primera vez que fui a Suecia pedí que me recomendaran a sus mejores escritores, a sus mejores músicos, a sus mejores grupos…

Y, lo recuerdo como si fuera ahora mismo, el primer álbum que me dijeron que buscara fue Den Sjunde Vågen.

Marie Fredriksson



viernes, 6 de diciembre de 2019

Manifiesto cívico (XIII)

Si alguien ha tenido la paciencia de visitar más de una vez estas corcheas, se habrá dado cuenta.

Soy un convencido, tenaz, apasionado constitucionalista.

Lo contrario a un fanático, para quien solo "su verdad" tiene el privilegio de existir sobre la Tierra.

El sistema constitucional asegura que nadie, creyéndose por encima de los demás, pueda empuñar un látigo. Nos da equilibrio.

Es un puente hacia la pluralidad de pensamiento, donde los ciudadanos podemos expresar lo que queremos y lo que no queremos con respeto, sin aplastar a quienes tienen otra visión.

Si se hubiera empezado de cero en la isla de Robinson, con seguridad habríamos podido escribir algo diferente. ¿Mejor? Sí, por qué no: algo mejor.

Pero con tantos cientos de años a nuestras espaldas, de oportunidades al alcance de la mano perdidas, el resultado me parece razonablemente bueno.

Quizá por ello, tanto como me cuesta entenderlo, haya algunos que lo odian.

Que no conciben nada más allá de su tribu, que no soportan otra ley que su voluntad egoísta, para los que ser bajo o alto, rubio o moreno, hombre, mujer o transgénero, ateo o devoto, o ir por la calle en paz, hablando en cualquier lengua, solo les resulta aceptable siempre que se trate de "los suyos".

A ellos no les gusta.

Pues un nuevo año en que celebramos el 6 de diciembre. Un nuevo año en que no hemos caído. Ni el que viene, ni el siguiente, ni…

Un nuevo año en el que decir con orgullo:

¡Viva la Constitución Española!



miércoles, 4 de diciembre de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LV)

Es un icono científico, alguien a quien la mayor parte de la gente propondría como ejemplo de resiliencia. Incluso le mencionan en la película de Los Vengadores para ilustrar el concepto de "persona lista".

No obstante, hay colegas que no consideran a Stephen Hawking genial, al menos en sus publicaciones posteriores a los años 70. Le achacan un exceso de especulación para defender sus puntos de vista, en lugar de las demostraciones objetivas.

Una especie de "físico del pueblo". Mediático, no indiscutible.

Yo, como miembro de ese pueblo, no tengo capacidad para juzgar. Apenas para ofrecer unas pinceladas de lo que me parece su libro La teoría del todo.

Esta obra recoge un ciclo de siete conferencias acerca del origen y el destino del universo –buen tema–. En orden cronológico, comienza por Aristóteles. Le siguen Ptolomeo, Copérnico, Galileo, Hubble…

Luego se adentra en las teorías de la gravedad de Newton y Einstein, cuyo corolario lo constituye el big bang.

La tercera sesión está dedicada a los agujeros negros, especialidad de la casa: cómo se forman y el motivo, según la relatividad general, de que nada capturado por ellos debería volver a salir.

Aunque en la cuarta, la mecánica cuántica enciende una linterna en la negrura. Hay energía que sí consigue escapar.

Dicha mecánica nos aporta también la idea del espacio-tiempo finito en extensión, pero sin fronteras ni bordes. Cosas de las dimensiones.

Las diferencias entre el pasado y el futuro, incluso bajo leyes simétricas respecto al tiempo, se tratan en la sexta parte.

Para desembocar en los esfuerzos por desentrañar la teoría. La gorda. Esa que consiga unir las interacciones: nuclear fuerte, nuclear débil, gravedad y electromagnética.

Porque, de manera tan fascinante como causa de irritación, las observaciones y resultados experimentales en cada parcela de la realidad, bien a nivel micro o macroscópico, no coinciden hasta el momento entre sí. ¿Qué verdades se esconden detrás de esa esquiva suma de las partes?

Señalaba que no tengo capacidad para juzgar. Entendámonos: la física se me dio fatal en el colegio, mal, mal, mal hasta desesperarme. Tras el crujir de dientes que me costó sacarla, pegué saltos de alegría. Cuanto más lejos de mi vida, mejor.

Ahora, con propósito de enmienda, cada vez que leo algo bien planteado, didáctico, "que transmite", comprendo que no fue enteramente mi culpa. No supieron explicármela.

Así que el legado de Hawking podrá tener o no cumbres elevadas, esa valoración la dejo a los expertos.

Yo solo puedo agradecerle por hacerme un poco menos ignorante.