Ocho millones.
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¿Antisemitismo? ¡Jamás!
No le deseo ningún daño a Israel, a la nación, a las gentes que la habitan, a su derecho a existir en paz. Recién conmemorado el Día del recuerdo, shalom.
Pero lo que está mal está mal. El mismo derecho lo tiene cada uno de los inocentes en la diáspora de Palestina.
Israel se encuentra, como otros países democráticos del mundo, preso de grupos de fanáticos que se han aliado para formar gobierno.
Un fanatismo, salvo en la kipá con que se disfraza, indistinguible del islamista, el hindú, el del votante trumpista, el de la sagrada madre Rusia, el de quienes aborrecen un color de piel más oscuro, el que querrían los secesionistas en nuestra propia casa…
Y esos grupos han encontrado su instrumento en un primer ministro cuya memoria para futuras generaciones consistirá en haber ordenado crímenes, se le condene o no ante un tribunal.
Crímenes, sin necesidad de adjetivos. Crímenes desde el principio de los tiempos.
Por ello, quienes saben que una victoria no será una victoria, que la ansiada liberación de los secuestrados no justifica la hecatombe de un pueblo y ningún ser supremo ni nadie con galones puede ordenarles participar en ella…
Continuad manifestándoos. Oponeos. No ha de ser de «Israel» la mano ensangrentada, sino de aquellos de sus hijos, nacidos de mujer y de hombre, que alguna vez también estuvieron indefensos y lo han olvidado.
Ayudad a detener lo que ya resulta irreparable, por lo que sea que consideréis sagrado.
Aquel que salva una vida, es como si salvara un universo entero.
En estos tiempos en los que todo empuja al «exilio interior», a aislarse de la vida política...
Porque provoca tal reacción de incredulidad, que no se atisba otro remedio para mantener intacta la cordura.
En estos tiempos en que destruir, separar, humillar, deberían ser elegidas palabras del año.
En los que la amoralidad compite con la falsedad, la corrupción y la ineptitud en el reparto del pastel.
En estos tiempos, en fin, en que la sociedad justa parece un imposible y los culpables, quienes hemos martilleado los sillares, somos nosotros mismos...
Solo nos queda un último pilar que las piquetas no han conseguido hundir, a despecho de sus feroces golpes: la Constitución.
Tan imperfecta como cualquier obra humana.
Tan necesaria como cualquier sueño humano.
Como escribo cada año, cada 6 de diciembre…
¡Viva la Constitución Española!
Si alguien ha tenido la paciencia de visitar más de una vez esta página sin darle inmediatamente al botón de «atrás» del navegador, se habrá dado cuenta: soy un convencido, tenaz, apasionado constitucionalista.
El sistema constitucional asegura que nadie, creyéndose por encima de los demás, pueda empuñar un látigo. Nos da equilibrio.
Es un puente hacia la pluralidad de pensamiento, donde los ciudadanos podemos expresar lo que queremos y lo que no queremos con respeto, sin aplastar a quienes tienen otra visión.
Si se hubiera empezado de cero en la isla de Robinson, con seguridad habríamos podido escribir algo diferente. ¿Mejor? Sí, por qué no: algo mejor.
Pero, con tantos cientos de años de errores a nuestras espaldas, de oportunidades al alcance de la mano perdidas, el resultado me parece razonablemente bueno.
Quizá por ello, tanto como me cuesta entenderlo, haya algunos que odian el espíritu del texto.
No conciben nada más allá de su tribu, no soportan otra ley que su voluntad egoísta. Ser bajo o alto, rubio o moreno, hombre, mujer o transgénero, ateo o devoto, o ir por la calle en paz, hablando en cualquier lengua que venga en gana, solo les resulta aceptable siempre que se trate de «los suyos».
Si no, no les gusta.
Pues aquí está, un nuevo año en el que celebramos el 6 de diciembre. Un nuevo año en el que no hemos caído derrotados.
Un nuevo año en el que decir con orgullo:
¡Viva la Constitución Española!
La reciente sentencia que condena a algunos de los promotores del intento de golpe de Estado, huelga aclarar a cuál me refiero, me motiva a dejar por escrito un par de consideraciones.
Primero, la ley no se rige –es fundamental que no lo haga– por las emociones de la sociedad. Incluso aunque estas fueran indubitablemente mayoritarias.
De otra manera hablaríamos de talión, de venganza, de «justicia popular»… No de ley.
Además, solo si existe prueba suficiente se debe condenar en la exacta proporción que dicte la norma.
No podemos retroceder en el tiempo para observar los secretos del delito antes de que ocurra, para ser testigos en lugar de intérpretes, para no correr el riesgo de equivocarnos.
Tenemos que conformarnos con investigar, preguntar y reconstruir.
Hacer que afloren las intenciones y los hechos, buscando aliviar a la víctima sin menoscabar las garantías del acusado.
Segundo, una vez separado el ámbito jurídico del sentimental, por supuesto que yo también tengo mi opinión particular sobre dicha sentencia. ¿Quién no?
Por ahí hacen ruido los que la consideran una «vergüenza», muestra de la «España fascista y opresora» (aunque, qué curioso, disfruten de toda la libertad para decirlo).
En el extremo opuesto se manifiestan igual de decepcionados. Demasiado flojo suena eso de la sedición.
En medio, unos jueces con un objetivo: hacer valer la ley, no contentar a unos u otros.
A los que supuran bilis, que imaginen todas las campañas de intoxicación que quieran. Que mientan.
Pero que aprendan que un Estado libre de ciudadanos libres, con reglas de decisión participativas, jamás desaparecerá sin más.
La llama para redactar el manifiesto cívico del día la enciende cierto concejal mediático de cierto partido, que declara que las trece rosas «torturaban, mataban y violaban vilmente».
¿Es esto de verdad lo mejor que hemos podido encontrar para dedicarse a la res publica?
¿Dice esas barbaridades con la esperanza de ganar algún voto añadido? ¿Merece la pena?
Las trece rosas fueron un grupo de mujeres acusadas, condenadas y ejecutadas en un infame juicio de nuestra infame posguerra civil, sin pruebas de sus supuestos crímenes y sin la más mínima garantía procesal, como resultó norma durante aquella época de venganzas.
Entre nuestros así llamados políticos también hay mala gente.
El Gobierno de la Nación, para alargar su mandato a cualquier precio, no tiene inconveniente en rebajarse ante quienes buscan acabar con la democracia constitucional.
En consecuencia, nos degrada a cada uno de los ciudadanos a los que representa también a ese nivel.
Si hay que romper el significado de las instituciones, se rompe. Si hay que pagar favores yendo contra el interés común, se pagan. Si hay que proscribir la ética, se proscribe.
La verdad, me es difícil recordar cuándo fue la última vez en que la falta de escrúpulos de unos políticos me hizo sentir tanta vergüenza ajena.
Conviene tener muy claro qué es la Constitución. Y también qué no es.
Su raíz, principio y origen es la soberanía del pueblo español, de la que emanan, como señala el artículo segundo, los poderes del Estado.
Es decir, muchos millones de conciencias, voluntades, formas de pensar y sentir, que compartimos nuestras vidas en sociedad.
La Constitución es un acuerdo. Obliga a renuncias particulares para obtener a cambio un bien común que no aparte a nadie.
Ni siquiera a quienes quisieran apartarse por sí mismos, por no aceptar otra cosa que su propia e «iluminada» visión del mundo. Incluso a ellos la Constitución los protege.
Por otro lado, la Constitución no es una panacea. La desigualdad, la injusticia, la violencia —la lista sería larguísima—, no se resuelven solo con un libro en la mano. Hay que remangarse con pico y pala.
¿Nos hace entonces la Constitución más fuertes? ¿Debemos defender sus valores? ¿Merecen la pena sus objetivos?
Yo creo que sí. ¡Viva la Constitución Española!
Los nazionalistas continúan sosteniendo su desafío. Parte del pueblo así lo quiere.
No nos pongamos un velo en los ojos. Están ahí y no van a desaparecer.
Pero tampoco lo haremos los leales.
Hoy es un día de fiesta. Pero no uno en el que quedarnos dormidos.
Porque la Constitución no es solo un texto encuadernado, algo que podamos sacar de un estante durante veinticuatro horas y volverlo a guardar.
Poner un ojo en tal o cual artículo, quejarse de que falta o sobra una coma, para luego olvidarnos del resto.
La Constitución es el alma de la res publica. Su hálito de vida. El espejo de nuestras virtudes sociales.
Y, cierto, también de nuestros defectos. De lo que quisiéramos ser y quizá aún no acertamos.
En ella nos nombramos ciudadanos, no súbditos de los gobernantes.
Más allá de palabras poéticas, supone una gran diferencia. En derechos y en responsabilidades.
Por eso, este día, como el día de ayer, como el día de mañana, creo que nos merecemos decir bien alto…
¡Viva la Constitución Española!
Nunca antes había necesitado banderas para manifestarme.
Pero hay veces en que también los símbolos son una voz importante.
Y hay veces en que dejar oír la voz es urgente y necesario.
Después de cientos y cientos de años de historia, con tanto como se ha destruido y tanto como se ha construido...
Podemos aspirar a la Monarquía constitucional o a la República constitucional como forma de Estado.
Podemos aspirar a cambiarlo todo o a conservar lo ganado.
Podemos aspirar a que esas palabras con las que comienza la Carta Magna sean mucho más que un decorado, que se conviertan en algo verdadero:
La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama...
Podemos y debemos aspirar a ser mejores.
Pero de ninguna manera lo conseguiremos divididos, amputándonos la mano, cegándonos los ojos.
Por eso creo que este discurso nos incluye a todos. Nos incumbe a todos.
Hasta a aquellos que, en el ejercicio de su libertad de conciencia, lo critiquen de buena fe como yo lo alabo.
Hasta a quienes no quieran escucharlo.
Van gritando su odio, coreando sus consignas dictadas. «Argumentos» tan absurdos... Mentiras tan goebbelsianas...
Podrían ahorrárselas, no las necesitan. La ideología de los nazionalistas se resume en que «queremos esto porque sí». El triunfo de la voluntad, como se titulaba aquella película propagandística de los años 30.
Un secuestro tan increíble de la historia, la democracia y el derecho para despojarlos de todo su contenido, convirtiéndolas en palabras vacías de neolengua...
Hasta aquí hemos llegado.
Hoy voy a cambiar el tono habitual de la bitácora, más o menos relajado, sobre libros, músicas y demás entretenimientos.
Hoy voy a ponerme serio.
Hay aspectos de la vida pública, de la sociedad en la que vivo, de la que formo parte y, por lo tanto, cuyo bienestar me importa, que sobrepasan los términos del puro debate político.
Hay nacionalistas en Cataluña que, a tenor de sus objetivos y medios con los que pretenden alcanzarlos, merecen cambiar una letra de su denominación genérica. Pasar de la «c» a la «z».
Y no lo digo en caliente, porque esa palabra suele aplicarse de una forma muy burda, distorsionando su significado histórico. Incluso como insulto cuando escasean los argumentos racionales ante un pensamiento contrario.
No, si acuso a alguien de nazionalista lo hago, creo, con conocimiento de causa. Tras un proceso autocrítico. Porque sé cómo una vez alcanzaron el poder sus antepasados en un gran país. Y cómo lo aplicaron.
Cómo lo imposible terminó ocurriendo y delirios aberrantes agarraron a muchos millones por el cuello, mientras se quedaban silenciosos.
Su mensaje vuelve a ser el mismo. Pura demencia.
Así que, ante el intento moderno de subvertir la democracia, ese conjunto de equilibrios que nos hemos dado en España como norma básica, y que nuevos delirios puedan alzarse en su lugar…
Pues eso, que ha llegado el momento de ponerse serios.