jueves, 30 de junio de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCVII)

La roda cortando filosa las olas.

Todo el trapo largado: mayor, gavia, mesana, foque…

Los hombres amolando los sables en el pedernal, cebando cañones y falconetes, preparando los garfios de abordaje en cubierta…

Recortada en el horizonte, una posible presa. Gloria y botín si los vientos les son favorables para darle caza. Botín y gloria.

La verdad es que el cine, las películas de aventuras marinas, le ha hecho daño a la comprensión de lo que debió de ser la vida real en los siglos de la navegación a vela. Errol Flynn o sus émulos asaltando temerariamente galeones entre Tortuga y Jamaica y obteniendo la victoria —y, de añadido, el favor de una dama—. Ya, ya…

No quiere eso decir que debamos renunciar al disfrute de los grandes títulos del género, solo tener en cuenta que entre la imagen popular de ciertos hechos históricos, y los hechos en sí mismos, puede alzarse una cortina muy gruesa.

Hecho el preámbulo, Corsarios españoles intenta, con gran resultado a mi parecer, traernos lo mejor de ambos mundos: el de la aventura y el de la historia.

Agustín R. Rodríguez González es un autor que siempre ha demostrado erudición sobre la base de su labor investigadora. Goza de prestigio en el tema.

Al mismo tiempo, en todos los libros que he leído salidos de su pluma, aprecio que se apoye en un estilo abierto y divulgativo, muy agradable de seguir.

El que comento hoy no es una excepción.

Comienza recordándonos que un corsario es algo diferente a un pirata: se trata de «un particular que, por las razones que fuesen, había obtenido una patente o permiso del rey para atacar y apresar embarcaciones de países enemigos, tras haber depositado previamente una fianza y comprometiéndose a cumplir una serie de normas».

A continuación, narra las vicisitudes de unos cuantos que actuaron a favor de la monarquía hispánica entre el XVI y el XIX. Gran parte de las cuales resultan, sorprendentemente, desconocidas en nuestro acervo.

En el Atlántico, dentro del marco de las disputas con Francia, destacó Pedro Menéndez de Avilés —sí, el fundador de la primera ciudad de los actuales Estados Unidos— que, tras numerosas singladuras, pasó de grumete a capitán general. También Pedro de Zubiaur, mixtura de lobo de mar, diplomático y espía, ocupado contra los enemigos de Felipe II.

Durante la misma época, las del Mediterráneo fueron aguas de grandes peligros. En ellas desplegaron sus esfuerzos personajes como Pedro Fernández de Bobadilla o el mismísimo y más que novelesco capitán Alonso de Contreras.

Al paso de la centuria, en 1621 se redactó una ordenanza de corso con objeto de incentivarlo. Los armadores privados organizarían flotas en su provecho y los costes del monarca se abaratarían. Guerra y negocio…

Las villas guipuzcoanas, por ejemplo, acogieron la oportunidad con entusiasmo, si bien la principal y más exitosa fuerza echó el ancla en Flandes. Sobre todo, en el puerto de Dunquerque.

Había nacido el primer prototipo de fragata, que atemorizó el tráfico militar, mercantil y pesquero desde el canal de la Mancha hasta Groenlandia durante muchos años.

Ya en el XVIII, los sempiternos conflictos facilitaron, incluso potenciaron, la continuidad de esta figura. La guerra del Asiento sería una "edad dorada" para los corsarios, con cientos y cientos de capturas a los británicos, y miles y miles de libras en sus manos.

Durante la rebelión de las Trece Colonias, la Armada regular se encontraba en mejor forma, por lo que el protagonismo tornó a sus bordas. El apresamiento de un convoy de cincuenta y dos velas de una tacada, cerca de San Vicente, se convirtió en la joya de la campaña.

De nuevo en las costas del Mare Nostrum, los jabeques del mallorquín Antonio Barceló se apuntaron bastantes éxitos frente a los piratas berberiscos. Y el catalán Martín Badía vio sus encuentros a menudo descritos en la Gazeta de Madrid. El canto del cisne llegó contra el viejo adversario, su graciosa majestad, cuando Napoleón le sacaba brillo al bicornio.

Así que estupendo título para entretenerse a la par que aprender. ¡A la orza! ¡A la orza! ¡Asegurad los juanetes!



miércoles, 15 de junio de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCVI)

¿Puede escribirse otro libro sobre nuestra mayor tragedia? ¿Uno de historia?

¿Uno que no dé vueltas alrededor del victimismo, sino que se apoye en la investigación rigurosa, los hechos indiscutibles, las interpretaciones serias y ponderadas?

¿Un libro del que no quede otro remedio que alabar, por parte de cualquier lector sin una venda en los ojos y en la conciencia, la calidad de su escritura y la luz que aporta al conocimiento?

¿Puede ocurrir tal cosa?

Pues sí. Así serían, sin ir más lejos, algunas de las virtudes que exhibe Enrique Moradiellos en su Historia mínima de la Guerra Civil española.

El nombre y el trabajo de Moradiellos descollan enseguida si nos preguntan por un historiador de los que sientan cátedra, al tiempo que "con gancho" para comunicar. Al menos, mis impresiones sobre aquellas de sus obras que he leído han sido siempre la fluidez y la riqueza intelectual.

El título que recomiendo hoy no supone una excepción. Si acaso, por exponer un conato de queja, se hace corto.

Lo de historia mínima va de veras.

Esta característica deriva en que, por ejemplo, resuma demasiado panorámicamente la parte militar. Por supuesto, plantea las visiones estratégicas que motivaron a los responsables de ambos bandos a efectuar sus movimientos en el tablero, pero no profundiza en el desarrollo, en por qué cada acción tuvo el resultado que tuvo.

A destacar, por su especial perspicacia, el primer capítulo: La Guerra Civil entre el mito y la historia, donde se recuerdan las diferentes posturas dominantes en el relato a lo largo de los años, con respuestas simplificadas que cada simpatizante quería escuchar de antemano y que aún hoy siguen causando más daño que bien en la educación de la memoria común.

Aunque no le vayan a la zaga en detalles interesantes los demás apartados sobre el entorno político, la economía, la sociedad o las implicaciones internacionales del conflicto.

Ni el inmenso e irreparable coste humano que fue su consecuencia.

Por todo ello, gracias, don Enrique.