miércoles, 15 de junio de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCVI)

¿Puede escribirse otro libro sobre nuestra mayor tragedia? ¿Uno de historia?

¿Uno que no dé vueltas alrededor del victimismo, sino que se apoye en la investigación rigurosa, los hechos indiscutibles, las interpretaciones serias y ponderadas?

¿Un libro del que no quede otro remedio que alabar, por parte de cualquier lector sin una venda en los ojos y en la conciencia, la calidad de su escritura y la luz que aporta al conocimiento?

¿Puede ocurrir tal cosa?

Pues sí. Así serían, sin ir más lejos, algunas de las virtudes que exhibe Enrique Moradiellos en su Historia mínima de la Guerra Civil española.

El nombre y el trabajo de Moradiellos descollan enseguida si nos preguntan por un historiador de los que sientan cátedra, al tiempo que "con gancho" para comunicar. Al menos, mis impresiones sobre aquellas de sus obras que he leído han sido siempre la fluidez y la riqueza intelectual.

El título que recomiendo hoy no supone una excepción. Si acaso, por exponer un conato de queja, se hace corto.

Lo de historia mínima va de veras.

Esta característica deriva en que, por ejemplo, resuma demasiado panorámicamente la parte militar. Por supuesto, plantea las visiones estratégicas que motivaron a los responsables de ambos bandos a efectuar sus movimientos en el tablero, pero no profundiza en el desarrollo, en por qué cada acción tuvo el resultado que tuvo.

A destacar, por su especial perspicacia, el primer capítulo: La Guerra Civil entre el mito y la historia, donde se recuerdan las diferentes posturas dominantes en el relato a lo largo de los años, con respuestas simplificadas que cada simpatizante quería escuchar de antemano y que aún hoy siguen causando más daño que bien en la educación de la memoria común.

Aunque no le vayan a la zaga en detalles interesantes los demás apartados sobre el entorno político, la economía, la sociedad o las implicaciones internacionales del conflicto.

Ni el inmenso e irreparable coste humano que fue su consecuencia.

Por todo ello, gracias, don Enrique.



martes, 31 de mayo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCV)

En el pueblo de mis mayores hay una estatua. Un busto, por ser más preciso.

Según la hemeroteca, el día de su inauguración se reunió la crème de la crème de los felices veinte: el gobernador civil, el militar, el alcalde, los mandos del Regimiento del Príncipe, de Carabineros, de la Guardia Civil, el delegado gubernativo…

El señor alcalde presentó el acto. El secretario leyó los telegramas de altos oficiales en memoria del homenajeado. Una señorita pronunció un discurso "muy elocuente y oportuno". Otro caballero aportó unas "cuartillas tan brillantes como patriotas y poéticas". El mencionado gobernador militar propuso que cada año los niños acudieran allí desde las escuelas, para inculcarles "el amor a la patria".

El gobernador civil abundó en el tema, "entonando un canto a nuestra gloriosa tradición militar, cuando nuestros soldados asombraron a Europa dirigidos por sus valientes capitanes y escribieron las inmortales páginas de Gravelinas y otras".

Al finalizar, el cronista se lamentó de no haber podido asistir al lunch en casa del alcalde, por premuras de tiempo.

El teniente coronel don Emilio Villegas Bueno, hijo predilecto de la localidad, fue a morir gloriosamente en el norte de África. Aplausos.

En la guerra más absurda e infame, y esto lo digo ya sin ironías, que imaginarnos podamos en nuestra rica historia. Al menos, mientras algo aún peor se preparaba.

El libro cuya lectura propongo para sustentar estos rigurosos calificativos es Annual 1921, de Manuel Leguineche. El desastre de España en el Rif.

Siguiendo la imperecedera tradición humana de descuartizarnos unos a otros con regularidad, en los conflictos que llaman coloniales no faltan ejemplos de ejércitos "modernos" masacrados por los "brutos" nativos. Se me ocurren, así a bote pronto: el Séptimo de Caballería en Little Big Horn, los británicos en Isandlwana, los italianos en Adua, los franceses en Dien Bien Phu…

Annual fue la tumba de miles de soldados de reemplazo cuya suerte, al ser llamados a filas, dictó que habían de civilizar un erial de piedras y arena, habitado por tribus con la gumía afilada. Hasta que la sustituyeron por fusiles y cañones sobrantes en Europa, gran parte aportados por negociantes del mismo país cuyos vástagos iban a alimentar a los buitres. La pela es la pela.

Manu Leguineche, como es más conocido el autor, plantea un relato que no se parece a un tomo de historia académica al uso. Más bien se trata de un inmenso reportaje periodístico, o una sucesión de ellos, con una fuerza expresiva y una fidelidad a lo ocurrido impresionantes. Su pluma nos hace sentirnos verdaderamente allí.

A lo largo de entrevistas, recuerdos, informes, diarios personales, se tejen hilos para ilustrar una época de corrupción e ineptitud sin límites, del rey abajo. Donde se rapiñaban medicinas, agua o comida hacia bolsillos particulares. Donde las ambiciones de ascensos y medallas primaban sobre toda lógica. Y donde, como suele convenir, los que al final cargaron con las culpas habían muerto "gloriosamente".

Qué tiempos… ¿aquellos?

No deja de lado, desde luego, la crónica de la batalla en sí, sus prolegómenos, actores y consecuencias. Pero se centra en cómo vivieron los hechos los protagonistas más que en descripciones a ojo de águila que podamos encontrar en una enciclopedia.

Alfonso XIII, Berenguer, Silvestre, Abdelkrim, el Raisuni, Franco, Indalecio Prieto, Picasso, el general cuyo demoledor informe sobre las causas de la derrota precipitó la dictadura veladora de Primo de Rivera…

El recluta Eulogio de Vega, el recluta José Cañizo, el recluta Julián Sanz, el recluta Mariano Gálbez…

La defensa sin esperanza de los blocaos, el aterrador destino de los prisioneros, la última carga del Regimiento Alcántara…

Una obra sobresaliente.




miércoles, 18 de mayo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCIV)

Bromeaba el otro día sobre la "culpabilidad" por leer un libro considerado clásico en la, digamos, mediana edad. Lo cual implicaría haber postergado algún conocimiento valioso a cambio de cien de "inferior" importancia.

Pero también venía a decir que quizá sea ahora la oportunidad idónea para apreciar ciertas obras en toda su dimensión. Quizá la vida, los años, las experiencias personales acumuladas, ayuden a tender puentes hacia el mensaje del autor o autora.

¿Significa que he entendido mejor a estas alturas el Siddhartha de Hermann Hesse, por ejemplo? ¿Qué he sabido interiorizar con más aprovechamiento sus palabras? No me atrevo a contestar categóricamente, pero me gustaría pensar que sí.

Siddhartha es un hombre que no halla su sitio. Incluso cuando, bajo el prisma de los demás, ocupa el hueco correcto en el engranaje del mundo, él cree que ha de seguir buscando.

Que la búsqueda es tanto un proceso como un estado.

¿Por qué estamos aquí? ¿Somos una casualidad cósmica? ¿El juego de un demiurgo? ¿Tiene todo esto algún sentido?

¿Sabiduría? ¿Amor? ¿Espiritualidad? ¿Riqueza? ¿Dogmas?

Como hijo de brahmán, la religión oficial le proporciona "certezas" muy cómodas. Una comodidad vacía.

Como samana o asceta vagabundo, la renuncia a lo material en realidad le detrae, le quita una parte de su ser, al negar las sensaciones obtenidas a través de su cuerpo.

Su encuentro con Buda parece el final del camino. Es tanta la impronta del Ser Perfecto en los corazones… Así lo decide Govinda, el amigo que le acompaña en su viaje. Aunque Siddhartha opta por no detenerse.

Kamala, la bella cortesana que le elige como compañero. Kamaswami, el adinerado mercader de quien se convierte en mano derecha. ¿Décadas aprendiendo junto a ellos no son aún suficientes?

Un sencillo barquero, Vasudeva, es su última esperanza. Compartir su cabaña, su alimento, el lenguaje secreto del río que habla a quien quiera escuchar… ¿Es eso? ¿Lo ha conseguido entonces?

¿Y qué papel reserva el destino a su hijo, nacido tras dejar atrás a Kamala, cuando ambos sepan de la existencia del otro?

Nadie más que Siddhartha puede darse a sí mismo una respuesta.

Igual que cada uno de nosotros.



jueves, 5 de mayo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCIII)

El pianista Glenn Gould explica por qué eligió cada pieza específica de Bach que suena en la película. Su intención habría sido trascender las escenas, no acompañarlas en segundo plano. Crear con la música una intrahistoria, un viaje a través de las diversas etapas en la existencia del personaje principal.

Billy vagando por los bosques de las Ardenas, conmocionado por el estruendo de la artillería y los panzer… Su traslado a un campo de prisioneros en Dresde… La destrucción de la hermosa ciudad por el bombardeo de 1945… El retorno a casa… Su trabajo, su esposa, sus hijos… Los paseos por el espacio y el tiempo entre la Tierra y el planeta Tralfámador, donde Billy, según su testimonio, es expuesto en el zoo en compañía de la actriz Montana…

Antes de la película, Kurt Vonnegut había escrito el libro en el que se inspira. Escucho el disco de Bach mientras pergeño la nota sobre Matadero cinco.

Personas más sabias que yo han catalogado esta novela como uno de los grandes clásicos del pasado siglo, así que supongo que mi tardanza en acercarme a ella me hace reo de alguna falta. Al menos, de un pensamiento culpable. So it goes, es lo que hay.

Pero, por otro lado, en un mundo donde la guerra sigue siendo la rueda que gira bajo la vida —la "antivida", sería más adecuado decir— siento que no hay mejor ocasión para leerla.

Siento que la sencillez y la profundidad de sus páginas, sin ninguna contradicción entre ambos términos, se manifiestan hoy con pleno significado.

No sé qué podría reseñar con un mínimo de originalidad. Algo que compense a quien haya llegado a las Tres corcheas y se encuentre leyendo estas líneas. Es tanta, precisamente, la libertad de pensamiento que nos ofrece Vonnegut…

La figura de Billy, lo contrario al arquetipo del soldado, inmerso en la lucha de forma risible, sujeto a un cautiverio humillante, testigo de acontecimientos inabarcables, y que, como si fuera idiota, resume cada una de sus experiencias con un descuidado «es lo que hay», nos desvela el destino del ser humano.

Peleles, ni siquiera marionetas movidas por hilos, muñecos de trapo lanzados aquí y allá por fuerzas que no vemos, no elegimos, no sabemos controlar.

Las continuas líneas cruzadas entre la cotidianidad —empleo, familia, amigos— y lo extraordinario —la capacidad de Billy para recorrer el universo a voluntad, con su presente, pasado y futuro abiertos ante él, convirtiéndose así en "inmortal"—, nos sugieren una vía de escape.

Quizá interior —nadie le cree cuando cuenta algo tan fantasioso, incluso los más allegados se lo reprochan, como salidas de tono impropias de un hombre de clase media acomodado—, pero una puerta al fin y al cabo.

Y, en conjunto, no me cabe duda de que Matadero cinco merece con creces el podio al que personas más sabias que yo la han elevado.

Memorable. Es lo que hay.




lunes, 4 de abril de 2022

Nuestro mundo (XXIV)

Srebrenica. Babi Yar. Buchenwald.

Varían los números, claro. Quizá no sean lo mismo seis millones, que cien mil, que trescientos cincuenta. Quizá.

Katyn. Wounded Knee. Masacre de Manila.

Dicen que la guerra saca a la superficie lo mejor y lo peor que cada uno lleve dentro.

Holocausto. Holodomor. Genocidio armenio.

Y que, salvo contados casos de ángeles y demonios, como metáforas del bien y el mal absolutos, todos los demás somos capaces del mayor sacrificio o la mayor degradación si nos ponen a prueba.

La Jerusalén de la Primera Cruzada.

Solo hace falta encontrar la "tecla exacta" para que el ser humano se desdoble y cualquier criterio moral sea sustituido por el predatorio.

Tapias escondidas. Cunetas al amanecer. Paracuellos.

Los predadores alfa y omega de nuestro mundo. Los que dan órdenes y los que las cumplen.

Bucha, Mariúpol…




jueves, 31 de marzo de 2022

El ángel de fuego

Mil y muchas personas se ponen —nos ponemos— en pie. La orquesta interpreta el himno de Ucrania.

«Es una historia extraña», canta Ruprecht tras escuchar el relato de Renata.

Ruprecht quiere saber por qué Renata espanta confusa a seres invisibles. Son espíritus malignos, le explica la joven de la bicicleta.

Cuando era niña conoció a Madiel. Cada día se presentaba para jugar con ella.

«Sus ojos, azules como el cielo, y sus cabellos, hilos de oro».

Madiel, un ángel.

El ángel de fuego.

Le prohibió que hablara de su existencia o de una complicidad que debía permanecer en secreto. De todas formas, nadie la creería.

Por fin, al cumplir dieciséis años, Renata le pidió que unieran sus cuerpos. Madiel, enfurecido, desapareció, tras advertirle de un retorno futuro bajo la forma de un hombre.

«Es una historia extraña». Y Ruprecht se desabrocha el pantalón. Se echa sobre ella. Se arrepiente. «No volverá a ocurrir».

La música, oscura, inquietante, comienza a introducirse en los rincones de cada alma. En las almas de mil y muchas personas.

Ruprecht viaja con Renata hasta Colonia. En el escenario da vueltas un cubo gigantesco, de varios pisos y múltiples habitaciones.

Un armario que hace de vivienda. Un salón con sillones y una mesilla. Un dormitorio infantil. Escaleras. Una consulta donde se practican abortos…

Renata ansía que vuelva Heinrich. Jamás fue tan feliz como en el tiempo que pasó con el conde Heinrich, segura de que se trataba de la encarnación del ángel.

Pero ahora, abandonada, solo puede desear su retorno. Si es necesario, forzándolo mediante conjuros.

Ruprecht declara que se ha enamorado. Renata le rechaza. ¿Se atreve a comparar sus pensamientos humanos con los divinos? ¡Heinrich, Heinrich!

Tres golpes de ultratumba resuenan en el cubo. «¿Heinrich está cerca?». Tres golpes. «¿Se ha parado frente al edificio?». Tres golpes. «¿Sube por la escalera?». Tres golpes. «¿Espera ya al otro lado de la puerta?». Tres golpes.

Mentira. Nadie aguarda a Renata, cuyas desesperadas visiones se redoblan.

La música es tan torrencial, que mil y muchas personas apenas se atreven —nos atrevemos— a respirar bajo las máscaras. No existe la piedad. Ni el descanso.

Ruprecht, ciego a todo excepto a su corazón, obtiene fórmulas de magia de Glock, el librero. Incluso demanda la ayuda de Agrippa von Nettesheim, el médico, que desmiente su experiencia en artes ocultas.

Renata cree haber visto a Heinrich, de nuevo hostil. Le odia. Suplica a Ruprecht que le mate. Ruprecht no es capaz, pero… por ella lo hará.

Renata cree haber visto a Heinrich, de nuevo angelical. Le ama. Suplica a Ruprecht que no le haga daño. Ruprecht cae en la locura.

La música es un rayo de luz cuando Renata pronuncia el nombre de Madiel. Mil y muchas personas entrecierran —entrecerramos— los ojos.

Renata confiesa que en realidad ama a Ruprecht.

Renata desea encerrarse en un convento. Fausto y su mentor Mefistófeles dominan sus movimientos a cámara lenta, en el salón con los sillones y la mesilla. Ruprecht asiste sin fuerzas.

Un gran danés, blanco y negro, se recuesta junto a ellos. Mueve de vez en cuando la cabeza, observando lo que ocurre alrededor. ¿Qué piensa un perro de las cosas, las palabras, los sonidos de los humanos?

En el convento, la superiora acusa a Renata de posesión. Las demás novicias van rodeándolas, presas de espasmos histéricos. El coro entero las rodea.

El cubo del escenario se ha disgregado. Sus piezas se abren en canal, como un puzle.

El inquisidor pronuncia el exorcismo. «Spiriti maligni, damnati interdicti». Azota a Renata hasta hacer que sangre. Su garganta le exhorta a "confesar la verdad".

Surgen llamas de la bicicleta.

Inermes, entregados a la música de Sergei Prokófiev, mil y muchas personas golpean —golpeamos— una contra otra las palmas de las manos. Una y otra vez. Y otra. Y otra.

Quizá no hayamos entendido completamente lo que hemos vivido esta noche.

O quizá sí. ¿Quién sabe? 
 
 

martes, 22 de marzo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCII)

Otto von F., poeta ucraniano, despierta un nuevo día en Moscú.

Las actividades de sus vecinos en la residencia de escritores le impiden continuar en la cama como sería su gusto.

El uzbeco y su música oriental, el judío presto para redactar siete poemas en yidis antes de comer, el administrador daguestano, los chechenos que apalizan en el ascensor a quienes les caen mal, el fundador de la literatura yakuta, bastante "perjudicado" por otras razones en el mismo ascensor…

Y unos cuantos rusos y rusas, claro.

Otto von F. suele soñar con el rey de Ucrania, Olelko II —Gran Príncipe de Kiev y de Chernígov, Rey de Galitzia y de Volyn, Patrón de Pskov, de Peremyshl y de Koziatin, Duque de Dniprodzerzhinsk, etc., etc.— con quien ejerce de confidente y consejero de las cosas de la vida.

Lo que no anticipa es que, en cuanto se levante, la jornada se va a convertir en una Moscoviada inefable.

Primero el encuentro, en las duchas de la planta baja, con la visitante malgache de hipnótico canto.

Más tarde, los tres amigos que insisten en llevarle a la cervecería de la calle Fonvizin, delimitada por alambre de espino, con colas frente a las máquinas de monedas que expenden el ambarino líquido —no hay vodka suficiente para todos en el imperio—.

La sicalíptica visita a su amante Galia, cazadora de serpientes, tras recoger el tesoro de una casete de Mike Oldfield.

La explosión de la granada en el Merendero.

Los sótanos del Mundo del Niño, en persecución del barón gitano y su cartera birlada.

Los túneles secretos del metro, reservados al gobierno.

Hasta la extraña reunión a la que los asistentes acuden disfrazados, donde se proclama la sagrada unidad eslava al precio que sea.

Experiencias salpimentadas aquí y allá con otras que acuden a su memoria, como los requerimientos de la KGB para incorporarlo a su ejército de colaboradores patrióticos.

Y las ratas. Las ratas que se agitan ansiosas, que chillan al otro lado de la pared donde le interrogan…

Novela nada fácil de describir de Yuri Andrujovich, con tantos mensajes subliminales que bordea —qué digo, bordea—, que se instala en el puro caos.

¿Surrealista?

¿Panrealista, metarrealista, transrealista, sovietrealista?

Y que, sin embargo, quizá no demasiado sorprendentemente, construye una historia con mucho sentido.

El mismo que rige nuestros tiempos de sinrazón.



lunes, 14 de marzo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCI)

De nuevo entro en la librería de lance, y de nuevo acabo hincando la rodilla. ¿Penitencia quizás?

En realidad, es que a partir de la letra S en el apellido de los autores, o disfrutas de cierta flexibilidad articular o te pierdes los colocados más abajo. Ay, esos de la W…

Pero la penitencia obtiene su recompensa, mil veces multiplicada.

Un título brilla más que cualquier otro, por la S de Luis Sepúlveda.

Desde la primera página, en que una extracción de muelas congrega alrededor a los escasos habitantes de El Idilio, me siento atrapado por él. Tiene lugar en un muelle y también asisten aventureros de las cercanías.

Un muelle con racimos de banano, costales de café en grano, cerveza, aguardiente Frontera… El río Nangaritza… Aventureros… Jíbaros… La amazonía…

Recorro las líneas, descubro el lugar y a los personajes: el inquieto doctor Rubicundo Loachamín, para quien todo lo malo es por definición culpa del Gobierno; el orondo alcalde sin nombre, conocido como la Babosa; el viejo.

Antonio José Bolívar Proaño llegó de joven, atraído por la promesa de tierras a quienes quisieran colonizar ese rincón perdido, y apenas siguió adelante gracias a que los aborígenes shuar se apiadaron de él y le enseñaron las artes para sobrevivir en la selva.

A su edad, mucho tiempo después, se conforma con su mísera choza de cañas, la hamaca de yute y una mesa alta para leer de pie.

Porque, aunque no sepa escribir, lee. Lentamente, con una lupa, murmurando las palabras.

Novelas de amor. Pasiones, esfuerzos, desencuentros, la perra suerte que quiere separar a los enamorados pero nunca consigue apagar su deseo de estar juntos.

Cuantas más dificultades arrostren, más se le ilumina la mirada. El doctor se las consigue en las dos visitas que hace al año.

Traen a un cazador gringo muerto. El alcalde quiere culpar a los shuar que lo han hallado y devuelto en su canoa.

El viejo demuestra que solo pueden haber sido las garras de una hembra de tigrillo, en venganza porque el gringo acabó con sus cachorros, cuyas pequeñas pieles acribilladas no le hubieran reportado ningún beneficio.

Y ahora que ha probado la carne humana y merodea furiosa a este lado del río…

Ya no digo más. Qué hermoso libro. Qué maravilloso lenguaje. Qué historia tan subyugante.

Un viejo que leía novelas de amor.



martes, 8 de marzo de 2022

A la escucha (XXV)

Ohoi sinda, rauda raiska…

Hierro maldito, tú, miserable…

Que consumes la carne, que devoras el hueso…

Que derramas la sangre inocente…


Golpes sobre una piel curtida, tirante. Explosiones. Golpes de dolor.

¿Cuál es tu origen, hierro maldito? Muerte, plaga, odio.

Saliva venenosa de serpiente.

Cañones, tanques, armas guiadas por control remoto…

Sirenas antiaéreas, desafíos, injusticia.

Las gargantas son la vida. Cantan con desesperación.

Contra la desesperación.

Hasta que el sonido ya no puede más. Se apaga.

Veljo Tormis.

Maldición sobre el hierro.


martes, 1 de marzo de 2022

Nuestro mundo (XXIII)

Camino entre las filas de los caídos. No encuentro su fin. No lo encuentro.

W.A. Adamson. Veintitrés años. Concédele, Señor, el descanso eterno.

E.E. Ludbrook. Veintidós años. Duerme en paz, siempre amado.

A. Wharton. Treinta y nueve años. De naturaleza generosa.

W.J. Dann. Veintisiete años. Cumplió con su deber, noble y sin miedo.

W.L. Manuel. Veintidós años. Reposa en el seno de Dios.

G. Stephenson. Veintiocho años. Dulce es tu memoria.

A.S. Culliford. Veintisiete años. Nuestro único hijo, te recuerdan papá y mamá.

Hay quienes buscan que su nombre quede en los libros de historia. Es su meta de vida, lo ansían a sangre y fuego. Y lo consiguen.

Otros tienen el recuerdo de papá y mamá.




jueves, 24 de febrero de 2022

Nuestro mundo (XXII)

No sé lo que podría decir hoy. No sé lo que podría escribir. Es tanta de nuevo la decepción…

Otra puñalada del ser humano sobre el ser humano.

Esta noche, solo busco el sonido de la voz.

Una voz, diez voces, cien…

Juntas.

El instrumento más antiguo y poderoso, frente a la más poderosa bomba.

Mil voces, millones de voces…




lunes, 21 de febrero de 2022

Brevísima y tibia nota sobre… (VII)

A mi entender, este es un libro parcialmente acertado. O, lo que es lo mismo, parcialmente fallido.

En La Tierra plana y el nacionalismo encuentro algunos argumentos irreprochables. Aunque solo sea porque yo mismo, casualmente, los he utilizado cuando he tenido que discutir sobre la aberración, tanto en origen como en consecuencias, que suponen los nacionalismos secesionistas.

Esos que suelo denominar, con pruebas por delante, nazionalismos.

El problema, como bien plantea Paco Álvarez, es que las pruebas no tienen efecto en un "mundo paralelo" de acólitos donde la lógica brilla por su ausencia.

Por ejemplo, me viene a la memoria un documental −de National Geographic, no quisiera equivocarme−, en el que antiguos miembros de las Juventudes Hitlerianas, ya ancianos, narraban su niñez en el Reich.

Entonces no percibían lo perverso de su entorno, de los eslóganes, de las doctrinas pseudomísticas que les inculcaban como base de su educación.

Para ellos era "lo normal", el ideal por el que, llegado el momento, habrían de sacrificar sus vidas.

Luchaban, en su particular visión de la realidad, por "lo justo".

De igual manera, razonar con un nazionalista supone que el sistema de valores en el que se ha formado, que le ha permitido ser un miembro aceptado de su grupo en vez de un paria, quede desarticulado.

Si lo intentas, eres el enemigo. Y al enemigo hay que odiarlo.

De acuerdo: ¿por qué, entonces, si sus intenciones morales me resultan más o menos adecuadas, considero el esfuerzo del autor fallido?

Me temo que debido a las formas.

Es una opinión muy personal, evidentemente, pero si hay algo que aprecio en un ensayo es la inteligencia. La finura, el savoir dire, el estilo de un Boadella en ¡Viva Tabarnia! o de un Savater en Contra el separatismo.

Esa virtud no alumbra aquí a Álvarez, que parece escribir a gritos, combativo pero en un sentido tosco, populista, de discusión de bar.

Por tal motivo, con la mano en el corazón, no puedo recomendarlo. Lo siento.




lunes, 14 de febrero de 2022

Brevísima y tibia nota sobre… (VI)

Termino de ver Mientras dure la guerra, la película que narra los últimos días de Miguel de Unamuno.

Enseguida dirijo la mirada a la biblioteca. No recuerdo haber leído nada suyo desde hace tiempo, así que ya tengo una excusa para enmendarme.

Escojo una edición doble de San Manuel Bueno, mártir y Cómo se hace una novela.

Al finalizar, pues…

Mi problema es que ninguno de ambos títulos me provoca emoción.

En el primero aprecio la fábrica, la manera en que su hábil pluma nos planta en el mundo de los personajes: don Manuel, el cura; Lázaro, el indiano refractario a cualquier manifestación religiosa; Ángela, su hermana y narradora…

Para la comunidad, don Manuel es un santo. Incluso Lázaro experimenta una profunda transformación con su trato. Y Ángela, que ha estudiado en la ciudad, prefiere enterrarse en el pueblo para vivir cerca de él.

Solo que don Manuel oculta algo. No puede revelar a sus paisanos, para no hacerles daño, la duda que se ha instalado en su espíritu, que afecta como un dardo a su misma fe.

En cuanto al segundo, nos traslada al otro lado de la frontera pirenaica, donde Unamuno, que sufre exilio, piensa en escribir una novela protagonizada por U. Jugo de la Raza. Y relata cómo la desarrollaría, qué obsesiones atormentarían a tan singular figura, que prevé una muerte cercana.

Obsesiones, reflexiones, que no por casualidad son las mismas de su creador. Porque «toda novela, toda obra de ficción, todo poema, cuanto es vivo, es autobiográfico».

De nuevo, un constructo cuya complejidad debería atraerme y, mísero de mí, no lo hace. Me confieso respetuoso pero tibio a lo que don Miguel nos quiere contar.

Qué le vamos a hacer.




lunes, 7 de febrero de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XC)

Novela muy, muy curiosa… Me gusta.

Tanto la ucronía como su prima hermana la distopía disfrutan de una tradición literaria consolidada. Incluso señera, me atrevería a defender.

Si uno busca la recomendación de hoy, encontrará también el término steampunk para adscribirla. Una especie de movimiento donde la acción se sitúa en escenarios históricos pero alternativos, con la presencia de invenciones "retrofuturistas". Al estilo del Nautilus del capitán Nemo o el Albatros de Robur el Conquistador, por ejemplo.

En Danza de tinieblas, de Eduardo Vaquerizo, dicha acción tiene lugar en Madrid, un año indeterminado del primer tercio del siglo XX.

Madrid, capital de un imperio, ciudad ruidosa y sucia, donde se come un cocido de padre y muy señor mío y donde coexisten, mal que bien, millones de personas de todas las razas y credos.

Aunque el oficial siga siendo el protestante, desde luego. Profesantes de la fe reformada llegan con esperanza desde paises acosados por los malditos papistas o los anglíticos, para iniciar una nueva vida.

Porque, tiempo atrás, Felipe II murió de una herida de caza, y su hermanastro Juan de Austria, el mismo día en que se alzaba vencedor en Lepanto, proclamó su derecho a ocupar el trono. Las consecuencias fueron inmensas.

El cabo de alguaciles Joannes Salamanca, hijo de refugiados flamencos, está de guardia en el cuartel, tras uno de esos pantagruélicos cocidos, cuando le avisan para un servicio: escoltar de incógnito al duque de Mier, favorito de la corte, que acude a solazarse al teatrón.

Lo que debería suponer una tarea rutinaria, sin necesidad de desenfundar el Villegas reglamentario del calibre 32, se complica sin embargo terriblemente.

Un asesinato en Lavapiés, corazón de la judería –tampoco los judíos fueron expulsados por Isabel y Fernando, al darse cuenta este de las ventajas de contar con sus servicios– desencadena una cadena de acontecimientos que llega a afectar a la estabilidad de la corona.

Un perspicaz inquisidor, fray Faustino, asignado a la investigación junto con Joannes, nota que ya son cinco los fallecidos en similares circunstancias. Parecen "aplastados" por alguna fuerza sobrehumana.

Casi todos, relacionados con el cabalismo y con las Haciendas Imperiales.

Altos cargos del Estado, influyentes banqueros –granatas–, ladrones, confidentes, marginados, anarcolistas que promueven disturbios sin tregua…

El mismo duque de Mier…

La fascinante Rebeca, hermana del último asesinado…

Personajes que confluyen en una trama en la que nuestro cabo pasa de perseguidor a perseguido. Quizá le encomendaran a él el caso porque es "prescindible".

Un mundo de automóviles movidos con hulla, de máquinas de cálculo similares a computadoras, de armas de repetición, sin que sobre por otra parte la espada al costado, el sombrero de ala ancha ni, como en cualquier realidad, una bolsa llena para salir del paso.

Repito, novela muy, muy curiosa.



lunes, 31 de enero de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXXIX)

Dicen los sabios que se ocupan de tales cosas, que en la ciencia ficción ha habido varias eras: la Edad Antigua, la Edad de Oro, la Edad de Plata…

En la de Plata se englobarían obras y autores aún considerados la columna vertebral del género: Asimov, Dick, Heinlein, Anderson, Lem, Bradbury y colegas de ese calibre.

Del calibre de Arthur C. Clarke.

Aunque se le recuerde principalmente por 2001: Una odisea espacial y sus secuelas, lo cierto es que nos legó otras novelas y relatos que, con bases científicas avanzadas, espíritu descubridor y sagacidad en el estilo narrativo, siguen desafiando el paso del tiempo.

Una muestra bien podría ser la colección de Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco.

Se compone de quince historias, publicadas en 1957, con un par de denominadores comunes. El primero es que alguien las saca a la luz en el local de dicho nombre, sito en una calleja londinense nada fácil de encontrar. «Para las primeras doce visitas es imprescindible la ayuda de un guía; después todo consiste en cerrar los ojos y confiar en el propio instinto, y a lo mejor se tiene suerte».

El segundo es que ese alguien es Harry Purvis, personaje que lo sabe todo sobre todo, conocedor de los experimentos más asombrosos y de sus consecuencias (cuando no protagonista de primera mano), y con aplomo infinito para que cualquiera que ose poner en duda su autoridad multidisciplinar quede humillado ipso facto.

Así, los parroquianos le escucharán embelesados acerca del Silenciador Fenton, los rifles de rayos empleados en una malhadada producción hollywoodiense, aquella vez en que evitó la evacuación del sur de Inglaterra, los peligros de la melodía ideal, tan pegadiza en la mente…

El Proyecto Clausewitz para desarrollar una computadora militar, la colonia inteligente de termitas del profesor Takato, las aventuras del submarino de recreo Pompano, una orquídea con gustos culinarios "especiales", el verdadero origen del iceberg hallado a la altura de Florida, el descubrimiento accidental de la antigravedad…

Hasta que, ejem, el caso de Ermintrude Inch proporciona ciertos indicios de la situación conyugal de Harry. Y la rubia impresionante que aparece a continuación en El Ciervo Blanco, en busca de un marido que no está dando clases de mecánica cuántica los miércoles por la noche, como le había hecho creer, tiene efectos indeseados en la continuidad de su tradición oratoria.

Y en las cervezas que la acompañan.

Siempre grande, Clarke.




miércoles, 26 de enero de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXXVIII)

Mientras empiezo a redactar esta nota, me viene a la memoria una frase del libro anterior que comenté: «Obedeciendo a una rey irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época».

Es decir, que no nos damos cuenta de la importancia de las cosas que pasan hasta mucho más tarde. El día a día nos vuelve ciegos a la profundidad de las decisiones y acontecimientos bajo los que vivimos.

De esta manera, el mundo que Zweig echaba de menos era "el suyo", el entorno personal en el que había nacido y se había formado. Pero tomado en perspectiva, el siglo XIX no necesariamente fue como él lo recordaba, ni estuvo dominado por los valores cuyo derrumbe sumió las siguientes décadas en las tinieblas.

En La lucha por el poder, Europa 1815 – 1914, Richard J. Evans hace una descripción no tan nostálgica de la centuria que, en muchos aspectos, aún sigue influyendo en nuestro tiempo. Para bien y para mal.

La historia del mundo es la historia de las guerras, como escribí en otra entrada. Al menos, la que se recuerda en las crónicas. Un grupo se topa con otro grupo y lucha por el control de lo que se tercie: el territorio, la riqueza, los recursos naturales… El poder.

Con la complejidad a la que habían llegado las sociedades occidentales en 1815, fin de la era napoleónica, puede que el conflicto estuviera "más delimitado" que bajo las correrías de Gengis Kan, por poner un ejemplo, pero jamás desaparecido. En 1914, la espita de la tensión dejó escapar el vapor.

Pero entre medias, ocurrió absolutamente de todo. Cualquier aspecto que uno siempre quiso conocer y nunca se atrevió a preguntar sobre el viejo continente viene aquí reflejado. Este libro es una pura enciclopedia.

Reinos, repúblicas e imperios que se alzan o desaparecen, figuras conocidas o injustamente postergadas (¡grandes mujeres!), inventores gracias a los que la técnica se desarrolla a velocidad exponencial, urbanistas que rediseñan las ciudades, médicos, exploradores, banqueros, políticos…

Movimientos capitales como el sufragismo, el liberalismo, el socialismo, el nacionalismo, el colonialismo…

Arte, música, filosofía, literatura, ciencia, economía, naturaleza… Difícil echar algo a faltar en sus cerca de mil páginas, un trabajo de documentación que solo se me ocurre calificar como exhaustivo. Y que, tanto como nos exige en su lectura, así nos recompensa en aprendizaje.

Leed y disfrutad.




martes, 18 de enero de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXXVII)

A veces se abusa del tópico, como incluir algún libro en la lista de los que nos llevaríamos a una isla desierta o reclamar que debería estudiarse en los colegios.

Pero es que así nos entienden todos. Es la manera de ensalzar una obra, en la apreciación colectiva, desde lo bueno hasta lo extraordinario.

Esa es precisamente la propuesta que quisiera hacer: que millones de personas conocieran El mundo de ayer, de Stefan Zweig, aprendiesen por qué lo escribió, y se comprometieran con el legado humanista que nos regala generosamente en sus páginas.

El mundo de ayer es el viaje existencial de su autor, sus memorias, una mirada tan abierta como sensible y apasionada. El retrato de una época que "pudo ser" y que, por el contrario, le condujo a la desesperación del suicidio.

Los recuerdos íntimos, la infancia, la juventud, el aprendizaje sobre sí mismo y lo que le rodea… "Los mejores años de la vida".

Hasta que, llegado un momento, el aire mismo parece detenerse.

Y lo que creía eterno se corrompe. Y las formas de relacionarse se estrechan. Y se crean bandos. Y es más importante el lugar donde uno ha nacido que su mensaje. Y los pensamientos se convierten en delirios y las palabras en armas vociferantes.

Zweig pasa del "mundo de la seguridad", la vieja Europa donde escritores, músicos, artistas, habían construido una comunidad de pensamiento internacional ilustrado, al ansia por la destrucción mutua.

De caminar por las calles de cualquier gran ciudad del continente con la misma sensación de confianza, a arrastrarse por las trincheras de la Gran Guerra.

Y quizá habría sido posible la recuperación moral, pero los tiempos venideros aún derribaron los pilares de su pensamiento hasta el polvo. Mejor dicho, el fango.

Un cabo austriaco se hizo con el poder, paso a paso, peldaño a peldaño. Fue aclamado como salvador.

Fue el fin.

Ahora, en nuestra isla desierta, leamos a un hombre hace mucho desaparecido. Mirémosle a los ojos.

Y lloremos con él.



martes, 11 de enero de 2022

Invasión

Cuaderno de bitácora, fecha estelar de…

Han atravesado las últimas defensas. Están dentro.

Las tropas de Ómicron avanzan, destruyéndolo todo a su paso.

Primero se hundió la cúpula de vigilancia en el borde exterior, no fue suficiente para aislarnos de sus enjambres.

A velocidad de curvatura, esquivaron los campos de asteroides. Ocultas tras dispositivos de camuflaje mutantes, cayeron sobre las células de la Federación.

Sus proteinas infectaron sin piedad los tejidos, viciaron las atmósferas, elevaron las temperaturas… La tos se adueñó de nuestra arrasada garganta.

Golpeados, postrados, agotados. Pero no vencidos.

Porque no estamos solos. Anticuerpos, linfocitos, macrófagos, torpedos fotónicos… Junto con nuestros aliados del sistema binario Pfizer, anhelamos contraatacar.

Es por ello que la batalla continúa. Y lo hará sin descanso, hasta la definitiva expulsión del invasor.

Fin de la entrada.

Larga vida y prosperidad.