domingo, 28 de noviembre de 2021

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXXIV)

Vayamos por partes:

Adolfo Sánchez Vázquez fue un sabio.

Profesor, doctor Honoris causa, laureado, premiado y reconocido por numerosas autoridades civiles y académicas…

Adolfo Sánchez Vázquez fue muy de izquierdas.

Más marxista que Karl, Groucho, Harpo, Chico y Zeppo juntos.

Adolfo Sánchez Vázquez fue un filósofo.

¿Y a qué nos invita la filosofía? A pensar.

A reflexionar sobre diferentes propuestas y visiones del mundo y llegar a conclusiones propias, que definan nuestro yo, nuestra existencia personal.

Quizá por eso haya tanto interés en barrer la filosofía bajo la alfombra en los colegios, me atrevo a añadir. No sea que se desmande el rebaño.

Hago estas aclaraciones previas porque Ética y política, el libro de hoy, tiene puntos de vista que irritarán a los adoradores del pensamiento único.

Si recomiendo su lectura es porque después de ella podremos decirnos a nosotros mismos: pues no estoy de acuerdo, por tal y tal causa. O al contrario: esto me convence, por tal y cual razón. Según el entendimiento y las vivencias de cada uno. En ambos casos, habremos salido ganando.

El propio autor explica su génesis como compilación de diversas conferencias. Los objetivos de las mismas habrían sido: estudiar las relaciones entre moral y política; juzgar el papel de la violencia para alcanzar objetivos políticos; el compromiso entre política e intelectualidad; la relación problemática entre ética y marxismo; y la reivindicación de la filosofía ante el desprecio por su aparente "inutilidad" para la vida moderna.

Aunque quizá me extienda unos párrafos más de lo que la brevedad requiere, quisiera señalar que mis impresiones son ambivalentes, en el sentido de mostrarme de acuerdo con el maestro en varios de los temas, pero alejado en otros.

Las dos primeras conferencias exponen la tendencia contemporánea de derechas e izquierdas a amalgamarse en una suerte de pragmatismo o, más propiamente, una política sin moral. En ella los ideales son solo relativos y, si resulta necesario, se cae en contradicciones con tal de gobernar. Aunque la consecuencia sea el rechazo de los propios gobernados a la "clase política".

En contra de esa tendencia, Sánchez reivindica la política en su significado originario, el de la participación de todos los miembros de la polis en las decisiones que afectan a la comunidad. Y lo ilustra argumentando contra Rawls, el teórico fundamental del utilitarismo.

Igualmente errónea sería la moral sin política, tanto en su raíz kantiana (lo que importa son las intenciones del individuo, en el santuario de su conciencia individual, y no los resultados) como en la "moral de los principios", donde estos devienen en dogmatismo y fanatismo.

La tercera exposición, acerca del uso de la violencia en nombre de un supuesto bien, la encuentro muy provechosa. ¿El fin justifica los medios?, viene a preguntar. ¿Sí? ¿No? ¿A veces? ¿Cómo se decide cuáles son esas veces?

El tema de la cuarta, sobre si los intelectuales han de bajar a la tierra desde sus constructos y comprometerse de forma coherente con lo que predican, yo lo extendería a nuestra vida cotidiana. Si todos dejáramos de proclamar nuestra oposición a las injusticias de boquilla y lo convirtiéramos en esfuerzos tangibles para resolverlas…

Ética y marxismo: ¡uf!, esta charla seguro que levanta ampollas a ambos lados de la barrera. Tras declarar que el socialismo de corte soviético fue espurio, y que el compromiso acrítico de la intelectualidad de izquierda con un sistema literalmente «de dominación y explotación» contribuyó no poco al desencanto con la política, nuestro hombre insiste en defender la vigencia de sus ideas de base. El bueno de Karl…

Para ello, glosa varios de los escritos del renano, deteniéndose en las Tesis sobre Feuerbach y especialmente en la número XI: «Los filósofos se han limitado hasta ahora a interpretar el mundo; de lo que se trata es de transformarlo». El concepto de praxis ocupa un lugar central en su propia obra.

Ya en la segunda parte del libro, nos ofrece varios discursos de aceptación de honores universitarios y algún artículo periodístico.

Destaca una defensa de la filosofía en tiempos adversos, opúsculo contra el mercantilismo y, de paso, contra los Estados Unidos como su máximo representante.

También, una interesantísima ponencia donde analiza si es lícito ponerle límites a un valor como la tolerancia, fuente de libertad, respeto mutuo, convivencia pacífica, democracia real. ¿Existen circunstancias en las que deba negarse a sí misma para poder defenderse, paradójicamente, de la intolerancia?

Ah, y un recuerdo de María Zambrano muy eficaz para hacernos desear conocer mejor a esta figura de nuestra historia.

Al final me he extendido más de lo que acostumbro en estas notas, pero ha valido la pena. Insisto: no nos conformemos con el pensamiento único, con la autocomplacencia en la piscina de nuestras ideas. Aprendamos todo lo posible para reforzarlas, pero tambien para ponerlas a prueba. Solo así nos aproximaremos, aunque aún sea de lejos, a la verdad.




sábado, 20 de noviembre de 2021

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXXIII)

Paco Roca tiene bien ganado su prestigio, en mi opinión.

Un artista que, por su talento y esfuerzo, ha alcanzado el podio en el mundo del cómic, novela gráfica o como se lo quiera llamar.

Así que, cuando supe que se había estrenado una serie de televisión, La Fortuna, basada en una de sus obras junto con el guionista Guillermo Corral, decidí enseguida que tenía que… No sé cómo se diría con propiedad en el caso de un cómic: ¿verla-leerla?

Se trata de El tesoro del Cisne Negro.

Todo comienza en algún lugar del estrecho de Gibraltar, en 2007. Un buque fletado por Frank Stern, dueño de la empresa cazatesoros Ithaca, acaba de tener un contacto de sonar. Un pecio bajo su quilla, una posibilidad entre un millón.

Al tiempo, recién egresado de la Escuela Diplomática, Álex Ventura se incorpora a su destino como asesor en el Ministerio de Cultura en Madrid. El niño nuevo para redactar cartas de agradecimiento a embajadores y cosas así.

Un avión se arriesga a aterrizar en un aeropuerto de Florida, lleno de guardias armados, durante un huracán.

Stern intenta contratar como sea a Barlington & Cavendish, para neutralizar al abogado Gold.

Por fin se hace público: el mayor tesoro submarino de la historia se encuentra en poder de Ithaca. Sus acciones suben como la espuma.

Alertado desde Washington, Álex intenta averiguar quién se ocupa de temas como ese en Cultura. Podría ser Elsa, perdida en un mar de archivos del edificio anexo, cansada de enviar notas que nadie lee. ¿Será el barco que afirman haber hallado, el Cisne Negro, en realidad un buque español? Y, en ese caso, ¿cuál?

A partir de entonces, las vidas de los protagonistas se encuentran inmersas en una carrera de fondo. Políticos, diplomáticos, historiadores, jueces, mercenarios, intereses cruzados entre un lado y otro del Atlántico, todos con un papel que jugar.

Álex, Elsa, Gold, Stern, el ministro, un senador que se postula como próximo presidente de los EEUU...

Y un extraño interés de hombres trajeados de oscuro, quizá algún servicio de inteligencia, por que no se sigan removiendo las aguas.

Por que la historia de los naufragados tras estallar la santabárbara en un ataque británico por sorpresa, durante tiempos de paz, permanezca oculta como lo había estado hasta entonces.

Misterio, acción, tribunales, lucha sin cuartel con cualquier arma al alcance de la mano. Un título muy gratificante, tanto en su valor gráfico como narrativo. Un comprensible éxito.



martes, 16 de noviembre de 2021

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXXII)

Cuando visito alguna librería de segunda mano y empiezo a recorrer sus estantes, me entra una especial ilusión.

Sin prisas, paladeando el momento, inclinando la cabeza, la espalda, poniéndome casi de rodillas, si hace falta, para distinguir los títulos.

¿Qué obras habrá escondidas, con cuarenta o cincuenta años sobre sus baqueteadas cubiertas, que por la casualidad más insospechada van a ir a parar a mis curiosas manos?

Así exactamente es como llegó a casa El estiércol.

Dada a la imprenta por primera vez en 1915, y la edición hallada por mí de 1969.

La verdad es que Alexander Kuprin no resulta hoy en día popular, pese a que en vida gozó de cierto prestigio. Yo, al menos, confieso mi previa ignorancia.

Según parece, era persona de ideales progresistas, lo cual en la Rusia de los zares no servía sino para meterse en problemas. En cierto momento, las autoridades le obligaron a un exilio interior.

Aunque tampoco después de la revolución le llovieron muchas alegrías. Hasta el año anterior a su muerte, 1938, en que regresó al suelo patrio, anduvo exiliado en París.

El estiércol es una novela de estilo realista, dedicada a describir, sin oropeles ni medias tintas, el mundo de la prostitución de burdel.

En el antiguo barrio de Iama se levantan varias de esas casas donde las clases sociales de sus visitantes se estratifican. La más chic es la de Trappel, cuyo propietario forma parte del Consejo Municipal. Tres rublos el servicio habitual y diez por toda la noche.

Le siguen en orden de prestigio los establecimientos de Sofia Vassiliovna y Anna Markovna, a dos rublos. En este último transcurre precisamente la acción.

Los demás negocios cobran un rublo, cincuenta copeks o incluso menos, y resulta peligroso adentrarse tras sus puertas. Son los destinados al "pueblo bajo".

Bajo la férula de Anna Markovna encontramos a su marido Issai Savic, al portero Simeón, a las ecónomas Emma Eduardovna y Zossia –algo así como las encargadas del bar y de las cuentas–, al pianista sin nombre, al viejo Vanyka, siempre correteando en busca de invitaciones a beber…

Y, por supuesto, a las chicas: Jenia, que guarda una gran rabia interior, Liubka, Nyura, Manyka Mayor, Manyka Pequeña, Zoia, Vierka, Sonka, la pacífica Tamara, antigua novicia en un convento…

Cada noche las visitan docenas de clientes, de todas las edades, gustos e intenciones. Todos "hermosos y simpáticos", tales son las palabras que escuchan de boca de las mujeres "elegidas".

La historia propiamente dicha comienza cuando se presentan siete estudiantes, un profesor y un periodista. Los primeros han cenado en Los Tordillos y, al verse en la calle sin ganas de dormir, Likhonin, el anarquista, propone continuar la diversión.

De camino, deteniéndose para calentar aún más la sangre con coñac, conocen al periodista, Sergei Ivanovich Platonov, que los acompaña para documentarse.

A partir de ahí, la trama se desarrolla con abundantes ramificaciones, no menos numerosos personajes secundarios y un final nada feliz.

La sociedad según Kuprin es pura mugre, corrupta, hipócrita, una fachada blanqueada de respetabilidad tras la que no existe sino basura. Los hombres "son todos iguales", como se suele decir, incluso los que peroran sobre la necesidad de acabar con las injusticias como Likhonin. Quizá solo Sergei se salve.

Y las mujeres, víctimas, se amoldan pasivamente a esa corrupción –las rebeliones tienen sus consecuencias–. Llegan a cegarse a sí mismas, al enamorarse de quienes es obvio que las traicionarán en cuanto puedan sacar beneficio.

Desde luego, no se trata de una lectura amable. El autor no la plantea en términos psicológicos, como haría Dostoyevski. Ni ve la luz al final del túnel, al estilo de Dickens. Y desde luego rodea el texto de una sordidez a la que ni Flaubert ni Pérez Galdós, por ejemplo, creo que jamás descendieran.

A cambio, hay que reconocer que no alcanza la genialidad literaria de los maestros. Aparte del estilo, un punto anticuado –también peca de ello la traducción–, sufre de desequilibrios evidentes, con capítulos que ralentizan el conjunto, tantas figuras corales que dificultan el seguimiento y un tono extramoralista que casi llega a agotar.

En términos globales, en fin, merece la pena rescatarla. Incluso, con reparos, hacerle un elogio. Pero el siguiente que la encuentre, advertido queda.



miércoles, 10 de noviembre de 2021

Pimiango (XX)

Al final del sendero…

Escalones ocultos. Acebo, helecho y roble.

Musgo, raíces, arrugas de la tierra.

Un regato que susurra, ansiando el abrazo del mar.

Juegos de luces, sonrisas del sol sobre mis ojos.

Respiro.

El tiempo queda atrás.




viernes, 5 de noviembre de 2021

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXXI)

En aquellos años, fui el joven poseedor de un juego de estrategia.

Tardaba media hora al menos para desplegar el tablero de cartón, disponer las fichas en orden de combate y empezar a echar los dados.

Y unas cuantas horas más hasta que, una de dos: o los Harrier británicos señoreaban cada centímetro del Atlántico Sur, o la infantería argentina empujaba a los desembarcados al mar.

El juego se llamaba Malvinas.

Incluso en el mejor de los casos, si mi genio napoleónico se ponía del lado albiceleste, nunca era capaz de conservar la flota. Y aviones, no me quedaban ni los de hélice. Pero los infantes atrincherados no enarbolaban bandera blanca.

Evidentemente, los protagonistas reales no disfrutaron de ningún aspecto lúdico sobre un tablero. Nada se decidió con dados, y las "fichas" con factor de defensa y ataque impreso solo pudieron seguir una estrategia: sobrevivir.

De ello habla Rodolfo Fogwill en Los pichiciegos.

Todo lo empezó el Sargento, que distinguía muy bien entre los boludos y los vivos. Juntó al Turco, al primer Viterbo y a Rubione, y cavaron su refugio en el cerro, al margen de órdenes oficiales.

Después llegaron otros: el Viterbo nuevo, su primo el Gallo, el Ingeniero, Pipo Pescador, Luciani, Quiquito…

Fue un santiagueño quien les contó sobre los pichiciegos. Tienen caparazón, hacen cuevas y andan de noche, y si lo das vuelta, se queda pataleando panza arriba. Su carne es como el pavo de blanca.

Al Sargento y al primer Viterbo los tiraron los de Marina, por no querer mostrar a la patrulla lo que llevaban en el jeep. Pero los Magos restantes tomaron el relevo.

Incluso llegan a acercarse al enemigo en pos de azúcar, chocolate, cigarrillos o pilas. Los ingleses, comprensivos, ponen un precio al trueque: que señalen en sus planos la disposición de minas, tanques de combustible, depósitos de municiones…

O que coloquen en sus propias líneas unas extrañas cajitas camufladas que quizá atraigan los cohetes. Reservan una para el campamento de los de Marina.

En medio de la batalla, con explosiones alrededor para perder la cordura, su ejército son ellos mismos. Su patria, la Pichicera. No sienten otra lealtad.

Los pichiciegos es una novela de anticlímax, un lienzo tenebrista en el que sumergirnos.

La voz alucinada de soldados de reemplazo enviados a quedarse para siempre en un mundo helador.

Una gran obra.