lunes, 28 de septiembre de 2020

Nuestro mundo (XVIII)

Armenia culpa a Azerbayán.

Azerbayán culpa a Armenia.

Recuerdo algunos monumentos que vi hace años en un parque de Ereván: un MIG 21, un misil, cañones, blindados…

"Me llena de fe en el ser humano" que nada haya cambiado. Lanzas de pedernal, flechas, catapultas, mosquetes…

"Me llena de fe en el ser humano" que nada vaya jamás a cambiar.

 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Brevísima y tibia nota sobre… (V)

Grrrrrr, grrrrrr, grrrrrr

Carraspeo preparatorio.

Definitivamente, las lecturas de este verano no han sido para gritar de entusiasmo. Pasan el corte, de acuerdo, pero por los pelos.

Recuerdo con gusto la primera novela sobre el teniente Andrade que cayó en mis manos. En orden cronológico sería la segunda de la serie: El tiempo de los emperadores extraños.

La continuación, Los demonios de Berlín, me pareció que tenía aspectos menos elogiables. O menos plausibles. Aun así, mantuvo el tipo.

La tercera es la que ocupa la nota de hoy: Soles negros. Y esta ya solo me convence si le pongo voluntad.

Ignacio del Valle sigue profundizando en la complejidad moral del protagonista, ascendido a finales de los años cuarenta a capitán. Y le hace acompañarse de Manolete, antiguo compañero de batallas, como fiel mastín.

El asesinato a resolver en esta ocasión es el de una niña, cuyo cuerpo ha sido descubierto en una finca de Extremadura. Tierra calificada de seca y cruel en las primeras páginas, que se convierte casi en un personaje más.

En ella, los vencedores de la Guerra Civil intentan que su reciente poder no se cuartee. Porque algunos vencidos no han firmado aún la rendición.

Los habitantes de Pueblo Adentro, ocultos tras las ventanas, sienten sobre todo hambre y miedo.

También Andrade teme que alguien le reconozca. Lo que ocurrió en Badajoz en 1936…

Y así, en busca de respuestas que le acerquen a lo que se va convirtiendo en una trama criminal con ramificaciones tan lejanas como Madrid y Asturias, los claroscuros de su conciencia no dejan mientras tanto de torturarle.

Quizá la niña hallada no es la única víctima. Ni será la última...

Las buenas noticias por delante:

La descripción de la posguerra es vívida y convincente. Los odios, el resentimiento, la miseria imponiéndose en muchos órdenes de la vida, no solo el material, constituyen un potente trasfondo para el género negro.

Hasta ahí, vamos bien.

Pero avanzamos a empellones a través de una trama tan confusa, deslavazada, con tantos personajes pululando no se sabe demasiado con qué rol, que lo anterior se ve eclipsado.

Y cuando el caso debería alcanzar su clímax ocurre… justo lo contrario.

Que alguien me explique el final. Si ni siquiera recuerdo quién era el tipo que…

O todo el episodio asturiano. Me atrevo a decir que inverosímil.

De manera que otra nota tibia al zurrón. Ojalá el título que inaugura la saga, El arte de matar dragones, cuando llegue a él, me quite el sabor agridulce.




martes, 8 de septiembre de 2020

A la escucha (XV)

Hablan.

Piano.

Bajo.

Batería.

Hablan.

Me enamoro demasiado fácilmente, dicen.

Sus voces llenan un teatro.

Pero no, lo que llenan es el tiempo.

Un tiempo con un significado.

Solo por ellos.

Y podemos hacer que se repita, una y otra vez…

Y otra vez…

A lo largo de la noche.

Para que Gary Peacock jamás se aleje.

Aunque su viejo corazón se empeñe en silenciarle.



domingo, 6 de septiembre de 2020

Brevísima y tibia nota sobre… (IV)

Otra novela con película asociada, como la del comentario anterior.

Todo comienza en la escena de un crimen: año 1942, Varsovia ocupada por los nazis y una mujer asesinada en su apartamento. El comisario local Liesowski debería ocuparse del caso, pero es el comandante Grau, del servicio de contraespionaje, quien toma el mando de las pesquisas.

Un testigo ha atisbado algo por una rendija: unos pantalones que bajaban la escalera del edificio.

Con las bandas típicas del uniforme de un general alemán.

Solo tres personas con tal graduación carecen de coartada: el petulante von Seydlitz-Gabler, el manipulador Kahlenberg y Tanz, símbolo del perfecto héroe germánico.

Aunque Grau no lo tendrá fácil en su labor detectivesca. Ascendido a teniente coronel cuando quizá se acerca demasiado, su obligatorio traslado a París hace imposible la resolución.

Es en esta ciudad, ya en 1944, donde un nuevo asesinato, con las mismas características, reúne a los antiguos actores. Y a varios más: Prévert, de la Sureté, el cabo Hartmann, Guillermina von Seydlitz-Gabler, su hija Ulrica, Raymonde…

Los aliados avanzan con rapidez. Y hay en marcha un complot de oficiales para acabar con Hitler. ¿Saldrá a la luz por fin, en tiempos tan convulsos, el nombre del culpable?

Tras esta sinopsis, para mí La noche de los generales ha envejecido regular.

Cuando Hans Hellmut Kirst la escribió, seguro que presentaba aspectos atrayentes. La guerra no estaba lejana, y tanto el ambiente como la caracterización de sus personajes golpearían con familiaridad a la puerta del lector.

De hecho, los personajes siguen siendo la baza más notable: cada pieza del suspense encarnada por ellos cumple un papel, como en un puzle, y la falta de cualquiera provocaría un agujero en la trama. Kirst traza las personalidades de forma convincente.

Ahora bien, si le pongo la coletilla de tibia a la nota es porque no termina de engancharme.

Resulta difícil de argumentar, más allá de una impresión obtenida "con las tripas". ¿Desarrollo demasiado aséptico? ¿Se desvela el asesino demasiado pronto? ¿Resulta la conclusión de verdad realista?

Ay, no sé, no sé…