«Es una historia extraña», canta Ruprecht tras escuchar el relato de Renata. Notas oscuras e inquietantes surgen del foso
Cuando era niña conoció a Madiel, cada día se presentaba para jugar. «Sus ojos, azules como el cielo, y sus cabellos, hilos de oro».
Madiel, un ángel.
Por fin, al cumplir dieciséis, ella quiso unir sus cuerpos. Madiel, enfurecido, desapareció tras advertirle de un futuro retorno bajo forma humana.
Ruprecht viaja con la joven hasta Colonia. Renata ansía que vuelva Heinrich; jamás fue tan feliz como el tiempo que pasó con él, segura de la encarnación del ángel. Forzará el retorno mediante conjuros.
Ruprecht declara su amor. Renata le rechaza. La música es tan torrencial que apenas podemos respirar.
Ruprecht, ciego a todo, obtiene fórmulas de magia de Glock, el librero. Incluso demanda la ayuda de Agrippa von Nettesheim, el médico, que desmiente su experiencia en artes ocultas.
Renata cree haber visto a Heinrich, de nuevo hostil. Le odia. Suplica a Ruprecht que le mate. Ruprecht no es capaz, pero... por ella lo hará.
Renata cree haber visto a Heinrich, de nuevo angelical. Le adora. Suplica a Ruprecht que no le haga daño. Ruprecht cae en la locura.
Renata pronuncia el nombre de Madiel y confiesa que en realidad ama a Ruprecht. Desea encerrarse en un convento. Fausto y su mentor Mefistófeles dominan sus pasos.
La madre superiora acusa a Renata de posesión. Las demás novicias van rodeándolas, presas de espasmos histéricos. El coro entero las rodea.
El inquisidor pronuncia el exorcismo: «Spiriti maligni, damnati interdicti...». Azota a Renata hasta hacer que sangre. Su garganta le exhorta a «confesar la verdad».
Surgen llamas...
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