miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las tinieblas

En Las tinieblas, de Leonid Andréyev, Liuba consigue hacer que se tambalee la existencia de su obligado cliente ocasional, Alexéi.

Él es un revolucionario en la Rusia de los zares, que en breve va a arrojar una bomba. Pero con el aliento de la policía en el cogote, rodeado de espías y confidentes, necesita descansar unas horas en lugar seguro si no quiere fracasar en su misión. Para ello se le ocurre entrar en una casa de lenocinio, alquilar los servicios de una de las chicas y utilizar la cama de forma poco convencional: para dormir.

Su desventura llegará al elegir a Liuba, que se revela como una criatura bastante rara, con carácter y reacciones peculiares, y que busca a alguien "bueno" como meta vital. ¿Será él el esperado, con su revólver en el bolsillo y que nunca ha catado labios de mujer? ¿Qué efectos tendrá en ambos ese encuentro?

Mordaz y desesperanzado, Las tinieblas entra sin problemas en la categoría de recomendable.



lunes, 21 de septiembre de 2009

Eternidad

Mis ojos siguieron a un pequeño barco que se alejaba de la costa. El cielo era de acero, con jirones de luz intentando romper su cerco, casi exangües.

Con cada empuje de las olas, con cada golpe de respiración de la marea, las aguas componían su mensaje sonoro, siempre el mismo, siempre diferente.

Notas primigenias, acordes eternos, como aquellos que duermen ocultos dentro de nosotros, procedentes de lo que no es memoria, de lo que en algún momento no fue aún conciencia de existir, pero tampoco la nada.

Como la música que debimos de escuchar nada más nacer, y quizá volveremos a hacerlo en nuestro viaje de retorno.



jueves, 17 de septiembre de 2009

Piratas

Al amparo de la sorpresa, el Zephyr se aproximó por la popa del buque anclado. Ni un centinela sobre las vergas, qué imprudentes. Quizá alguien dormitara en el sollado, reponiéndose de la mar gruesa de la noche anterior.

Nosotros, sin embargo, teníamos los ojos bien abiertos ante el apetitoso botín. Agarrados a las jarcias, nos girábamos de hito en hito hacia el capitán, que manejaba con pericia el timón.

Yo me adelanté hasta el bauprés, donde la bandera del cráneo y las tibias mostraba claramente nuestras intenciones. Me humedecí los labios, sabían a salitre y a ansiedad.

El viento nos impulsaba con fuerza, tanto, que a una orden del segundo media docena de brazos se dispusieron a recoger trapo. No deseábamos encallar en algún bajío o arriesgarnos a colisionar contra el casco cada vez más cercano.

Un navío francés, los colores de Saint-Malo ondeaban en lo alto de su mástil. Hasta el graznar de las gaviotas se me asemejaba ya al tintineante sonido de las piezas de a ocho. Faltaban sólo unos segundos para poder disparar, sólo unos segundos... Ahora, ahora, ¡AHORA!

El cabeceo del bergantín hacía difícil encuadrar con pulso firme, pero confié en mi buena estrella cuando apreté el botón. El obturador de la cámara se abrió y cerró con un chasquido.

Esa noche me acosté en la estrecha litera, abrí el ojo de buey y, al agradable frescor que entraba en la cabina, me quedé dormido. Debía estar descansado para nuevas correrías.



sábado, 5 de septiembre de 2009

La mujer de la arena

El argumento de La mujer de la arena, del japonés Kôbô Abe, es originalísimo.

Un profesor de escuela, aficionado a la entomología, va de excursión en busca de nuevos insectos. Al llegar a un pueblo de pescadores, estos le convencen para pernoctar en la casa de una joven viuda, situada en una depresión del terreno rodeada por dunas.

Al amanecer, cuando desea marcharse, ve con sorpresa que la única manera de hacerlo es con escalas de cuerda lanzadas desde el exterior, pero ni los vecinos ni la anfitriona están dispuestos a ayudarle. Es necesario que alguien trabaje junto a ella para mantener a raya a la arena, cavando sin descanso, jornada tras jornada, si quieren que el pueblo no desaparezca tragado por su avance. Es necesario un hombre para la mujer de la arena.

Para el profesor, lo que ocurre no tiene sentido. Él no desea quedarse ahí prisionero, tiene su vida en la ciudad, su familia, su trabajo… Por otro lado, no puede evitar la progresiva atracción por su nueva compañera, y el calor que señorea el lugar, así como el fino polvillo que se pega continuamente a sus cuerpos, contribuyen a perturbar cada vez más sus sentidos. ¿Se rebelará? ¿Intentará escapar como sea de la casa? ¿Se plegará a la situación?

Gran novela, sin duda, de las que se recuerdan, de las que gusta regalar, con una poderosa carga simbólica a la vez que un hermoso –y sensual– lenguaje. Hasta pronto.



miércoles, 2 de septiembre de 2009

Fraternidad

En los servicios de caballeros se dan a veces situaciones de las que tampoco desvelaré demasiado, por no traicionar en público los misterios propios de mi sexo. En todo caso, una de las características de estos espacios es el imperio de la democracia.

Todos puestos en fila, de cara a la pared, sin favoritismos, con igualdad absoluta inter pares. Si hay cola (si hay más personas que puestos libres, quiero decir), se espera por exquisito orden de llegada, se saluda a los compañeros de derecha e izquierda con versallesca cortesía y se fija la mirada en un punto indefinido que nos empuje a la meditación, al desprendimiento de lo superfluo, al nirvana.

Porque despojados temporalmente de galones, del estatus social, de las diferentes vías del tren por las que se conducen nuestras vidas, ¿qué nos queda en ese preciso momento? En los servicios, ¿no estamos todos hechos de la misma pasta? Altos o bajos, gordos o delgados, triunfadores o escritores de blog, ¿no buscamos básicamente igual meta, descubrir nuestro lugar en el ignoto plan de la existencia? Es entonces cuando desearíamos abrazar a nuestros hermanos, fundirnos en un canto general, hacernos uno con el universo...

Por desgracia, a los pocos segundos creemos tener algo importante entre manos, dejamos pasar la oportunidad y caemos de nuevo en lo material. El ruido huracanado del secador anclado a la pared termina de borrar aquellas buenas vibraciones.