sábado, 3 de agosto de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XLIV)

Tirano Banderas es una novela nada fácil de leer.

No por la historia en sí, que va moviéndose continuamente entre personajes extremos, ridículos, oportunistas, patéticos… esperpénticos. Todos sujetos al vórtice de Santos Banderas. El general.

Una historia en que la opresión alcanza a cada habitante de la República de Santa Fe de Tierra Firme. Algunos la sufren y otros se aprovechan de ella.

Donde no hay un momento de respiro, donde disfrutar un día del favor del tirano puede convertirse en condena al siguiente.

No, la dificultad deriva más bien del lenguaje con que está escrita. Casi diría que Ramón del Valle-Inclán se lo inventó ex profeso.

Un panegírico del español americano, aunque tampoco el que se habla en ningún sitio concreto. Una explosión de términos vueltos a la vida que a menudo me ha hecho dudar.

«Destacáronse dos caporales que, a modo de pretinas, llevaban cruzadas sobre el pecho sendas pencas con argollones, y despojaron al reo del fementido sabanil que le cubría las carnes».

Confieso en público que las pretinas, las pencas y los argollones no los tenía en mis registros habituales, por ejemplo. Y así de la primera a la última página.

Recapitulando: Tirano Banderas es una novela nada fácil de leer.

Pero que no se puede dejar de leer.



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miércoles, 31 de julio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XLIII)

Lo tomo del estante más alto. Lo miro, lo remiro, lo vuelvo a mirar…

Le quito el forro, lo volteo, busco por todos los rincones el exlibris…

Y de verdad no recuerdo haberlo leído.

Así que, en este año de gloria de 2019, abro por primera vez El coronel no tiene quien le escriba.

Gloria, efectivamente, porque Gabriel García Márquez produce un efecto de plenitud en el espíritu.

No sé de qué maravillarme más. ¿La riqueza expansiva de un lenguaje que tantos compartimos y al que tantos solemos engrilletar en comparación?

¿La maestría con que dos personajes que ni siquiera tienen nombre, el coronel y la mujer –y el gallo– parecen tan presentes como si compartiésemos con ellos la existencia?

¿La emotividad al narrar unas vidas que hace cincuenta y seis años esperan un correo prometido, aunque la lancha jamás trae carta para ellos?

Todo al mismo tiempo. Para qué privarse.



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viernes, 26 de julio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XLII)

Yo iba buscando algo muy concreto. Mi objetivo era el que era. Sabía lo que deseaba.

Eso cuando entré en la librería. Porque cuando volví a salir, lo que llevaba en la mano lucía un título diferente.

Telefónica.

Qué fibra ni qué móvil. La novela.

Ilsa Barea-Kulcsar terminó de escribirla en 1939. Y si encontrarla resultó inesperado, solo puedo decir que vivan las sorpresas.

Aunque estrictamente los personajes y la trama pertenezcan a la ficción, lo cierto es que Ilsa llegó a Madrid durante la Guerra Civil para trabajar como censora de la prensa extranjera. La oficina se ubicaba en la sede de Telefónica en Gran Vía.

De manera que sus experiencias influyeron mucho en el texto. Como ella, Anita, la protagonista, es una exiliada con conocimiento de idiomas a quien encargan de controlar las crónicas que envían los corresponsales.

Madrid es primera línea del frente, y el rascacielos un centro estratégico de comunicaciones, muy visible para los obuses y bombarderos que la asedian.

Allí conocerá a su superior, Agustín –trasunto de quien se convertiría en el marido de la autora, el afamado Arturo Barea–, y al resto de habitantes del edificio: milicianos, telefonistas, reporteros, familias refugiadas del horror bélico…

Así como otros con quienes hubiera sido mejor no cruzarse, como la policía política que persigue a potenciales disidentes. Son tiempos de "paseos" de los que nunca se vuelve.

Quizá sea la descripción de estos caracteres el punto más débil del libro. Cada persona, puesta a prueba, resulta casi un modelo de nobleza o mezquindad, según el rol que le toque. Se echa en falta la gama de grises que la mayoría llevamos dentro.

No obstante, brillan con fuerza otras virtudes. El sentido dramático, las sensaciones de peligro y ansiedad, están muy bien conseguidos. Sin duda sabe reflejar aquel ambiente en que tantas vidas se vieron golpeadas.

Y las luchas internas, la desconfianza e incluso el odio mutuo según la organización en que se milite –anarquismo, socialismo, comunismo stalinista o trotskista– también quedan recogidos con acierto.

Sin olvidar el menosprecio con que a menudo una sociedad machista recompensaba a las mujeres que querían participar en ella activamente.

Elogiable recuperación literaria.



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lunes, 22 de julio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XLI)

Cuando un grupo de diputados británicos dieron la espalda mientras sonaba el himno, al inaugurarse el periodo de sesiones del Parlamento Europeo, tuve que sentirme ofendido.

O sea, panda de rucios, si no queréis estar ahí, no estéis. ¿Que os consideráis diferentes, más guapos, más listos, más cool que el resto? Pues hala…

Pero darse la vuelta con esa música simboliza un deseo no solo de apartarse, sino de atacar a la idea misma de la Unión. Hacer lo posible para que fracase. Y eso, como ciudadano a pie, es despreciarme a mí. A mis anhelos.

Así que empecé a leer a otro británico que, por portuna, tenía muchísimos más dedos de frente que esos compatriotas. Uno que ya nos ha abandonado: Tony Judt.

El libro en concreto se titula ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa. Lo escribió en 1995, y en el prólogo advierte de que habrá quien le tache de euroescéptico, pero se trata de un europeo entusiasta… que no cree en una Europa común. No cree que lo consigamos.

En el primer capítulo nos recuerda cómo nacimos. Cómo era el mundo de posguerra. Por qué hubo quienes pensaron que las heridas de la historia no debían impedir una mirada de futuro, aun a riesgo de sufrir una "amnesia colectiva".

A continuación analiza los "países del Este". ¿Pertenecen de verdad, no solo en términos geográficos, sino espiritualmente, a la europeidad? ¿Merecen integrarse? Su conclusión –recordemos la fecha− es pesimista.

La tercera parte está dedicada a los factores que hicieron a sus habitantes orgullosos de pertenecer al club y al resto del continente candidatos a franquear la puerta. Y de qué manera la reducción de la prosperidad ha sido preludio del descontento y el retorno a unos nacionalismos o incluso regionalismos que habían quedado superados.

Ya en el epílogo, pone Judt de manifiesto la falta de corazón que nos aqueja. Los europeos no nos sentimos por dentro como tales. No hemos desarrollado el sentimiento de identidad de las naciones-Estado clásicas. El burocratismo, el funcionamiento de los bloques de poder, alejan a la gente de los ideales. Y la cartera está dejando de ser suficiente como pegamento de lo heterogéneo.

Bien, se podrá estar o no de acuerdo con todos sus planteamientos −a mí me parece que profetizó con agudeza varios problemas de nuestro presente mientras iba desencaminado en otra serie de aspectos−. Pero desde luego, a este pensador hay que tenerlo en cuenta. Obtendremos valiosas lecciones.



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martes, 16 de julio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XL)

Me gustaría tener tanta imaginación como Rudolf Erich Raspe.

Y es que, por más que le doy vueltas, sigo sin una imagen clara de cómo llegó a mi biblioteca un ejemplar de Las aventuras del barón Münchausen… en holandés.

¿Qué olvidados trabajos me acontecerían para obtener ese volumen? ¿Sería botín de Marte, con pífanos y tambores en aquella tierra de molinos? ¿O quizá presente de Venus, a manera de kermesse heroica?

Nada, que no me acuerdo.

Bueno, el caso es que al lado apareció la hermosa edición española ilustrada por Javier Zabala, y esa es la que he leído.

Algo más tardío que el Gulliver de Swift, y con un siglo por medio con el Viaje a la Luna del ínclito Bergerac, sugiere no obstante ecos de ambos.

Ese recurso al absurdo, a la exageración suprema para satirizar tantos comportamientos humanos…

Pero es el propio barón quien, protestando de que pudiéramos poner en duda su honor, insiste en que todo es real: el lobo que arrastró su trineo por Rusia, las batallas al mando de un cuerpo de húsares, los estragos causados a los papistas que asediaban Gibraltar, las andanzas turcas, ceilanesas o más allá, en la isla del queso, en el estómago del monstruo marino, en los reinos selenitas…

Una amplia sonrisa al acabar, qué mínimo.


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miércoles, 10 de julio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XXXIX)

Si hubiera leído Tres periodistas en la revolución de Asturias hace más tiempo, habría aprovechado para preguntarle a los abuelos. ¿Cómo lo recordarían ellos?

Porque a nosotros, el año 1934 nos parece otra época. Pero a quienes lo vivieron, la imagen de un acorazado bombardeando Gijón, o el casco urbano de Oviedo destruido por los mineros, debió de resultarles algo inimaginable.

La narración corre a cargo de Manuel Chaves Nogales, José Díaz Fernández y Josep Pla, cada uno con un estilo, en unas circunstancias y con un punto de vista propio.

Díaz elige el "reportaje novelado". Básicamente, consiste en utilizar técnicas de relato "basado en hechos reales".

En él expresa su simpatía por personajes comprometidos con el intento de golpe revolucionario, que pese a no contar con apoyos, continúan la lucha hasta el final.

Pla, por su parte, a través de crónicas publicadas en La Veu de Catalunya, contextualiza los hechos dentro de la política de la República. Intenta aclarar los antecedentes que movieron a los protagonistas.

Chaves, en fin, es un reportero "al pie de la noticia". Se mueve por la zona aún humeante, buscando testimonios de primera mano que le permitan exponer lo ocurrido en las páginas del diario Ahora: qué, quién, cómo, por qué…

Lectura muy instructiva para el conocimiento de nuestra historia en el siglo pasado.



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martes, 2 de julio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XXXVIII)

Lo confieso: este ensayo me ha despertado un punto de envidia.

¿De dónde surgen mentes como la de László F. Földényi? ¿De qué manera nacen las ideas que plasma en Los espacios de la muerte viviente?

Pongámonos en situación: en el Museo de Berlín hay un cuadro, Vista arquitectónica, pintado por Francesco di Giorgio Martini alrededor de 1490.

Földényi se para y nos describe la escena. Edificios, materiales, distribución, algunos barcos al fondo…

Y de repente, en el primer piso del edificio de la derecha, nota una persiana abierta. No ocurre en ningún otro ventanal. Solo ese detalle escapa a la perfecta simetría de una ciudad que no parece viva.

Que no parece humana.

Partiendo de aquí, comienza a tejer la explicación de muchas cosas. Relatos de Kafka, imágenes de Chirico, el panóptico de Bentham, el significado detrás de las grandes construcciones nazis y soviéticas…

Solo puedo quedarme con la boca abierta hasta el final. Ya digo, con un punto de envidia. ¡Qué despliegue tan increíble de pensamiento asociativo!



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viernes, 28 de junio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XXXVII)

Lo primero que pensé, tras leer las primeras páginas de Miedo, fue que a lo mejor el argumento se había quedado desfasado.

Ambiente vienés fin de siècle, en el que una dama de buena posición se ve sorprendida por otra mujer que la acusa mientras visita a su amante... El temor al escándalo social si la aventura se hiciera pública...

Pues eso, quizá algo pegado a su época como para apreciarlo hoy en día.

Craso error por mi parte.

Porque la situación deriva hacia una angustia atemporal, que crece en el interior de la protagonista, agotándola, cambiándola física y mentalmente hasta cuartear el significado de todo su mundo.

¿De verdad es el joven pianista apasionado el hombre a quién desea, o apenas una excusa? ¿Merece o no la pena sacrificar esa pasión a cambio de una existencia acomodada junto a su amable marido y sus hijos? ¿Podrá el chantaje de su rival, que la persigue implacablemente, conducirla a... a...?

Por algo tiene Stefan Zweig ganado su renombre.



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miércoles, 26 de junio de 2019

A la escucha (XII)

A apenas unos metros de distancia de un tal Carlos Núñez, un tal Paddy Moloney, unos que se hacen llamar los Chieftains...

Disfrutando como solo se puede disfrutar cuando la música se entrelaza, se funde, se convierte en la vida misma...

Cuando la alegría es el sonido de una flauta, de un arpa, de un fiddle, un whistle, un bodhrán, una gaita...



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martes, 18 de junio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XXXVI)

Psicopolítica: con este título llevo un rato dudando. ¿Lo elogio o lo mando al cajón de perplejidades?

En un extremo de la balanza, las ideas que en él plasma Byung-Chul Han me despiertan un interés innegable. De hecho, trata uno de los temas que más me hacen pensar: la libertad.

¿Somos de verdad libres en la sociedad contemporánea? ¿Somos dueños de nuestras vidas, del modo de vivir que deseamos?

Se nos ha enseñado que sí, que en un sistema donde cada ciudadano tiene derecho a participar, las decisiones que se toman en común son una extensión de nosotros mismos.

Ahora bien, dice Han, ¿y si fuerzas en la sombra del sistema hicieran uso de la psicología para hacernos creer precisamente eso? Que nuestras decisiones son tomadas por propia voluntad, cuando no es así.

Según él, en el "capitalismo neoliberal" se ejerce poder sin necesidad de coerción ni violencia, sino a través de mecanismos de condicionamiento combinados con técnicas de big data.

Comienza con las huellas que deja cualquier actividad en las redes: compras, búsquedas, mensajes, comentarios, gustos y disgustos... En la era de la hiperconectividad, todo está relacionado.

La suma de interrelaciones va construyendo entonces un perfil que nos define, igual que una ventana a nuestro interior. Y con muchos interiores se crea un subconsciente colectivo.

El siguiente paso será encauzarnos para apoyar ideas que convengan en diversos ámbitos. Siempre invisibles. Siempre efectivas, porque estaremos seguros de que nos enraizamos en el libre pensamiento.

Causa escalofríos, ¿verdad? Yo no soy yo. Nosotros no somos cada uno de nosotros, sino quienes quieren que seamos. Además, ignorantes, nos sometemos de buen grado.

Pero, ¿por qué necesito ponderar el otro extremo? ¿De dónde surgen mis dudas para calificar la lectura?

Quiero pruebas. Pruebas, pruebas, pruebas. Mi lado racional pugna con el intuitivo.

Ahí radica el punto menos logrado del libro: cómo demostrarlo. El filósofo nos lanza la advertencia, pero la fundamenta solo de forma dialéctica, sin profundizar lo suficiente. Parecido, salvando las distancias cualitativas, a una teoría de la conspiración.

En fin, tras tomar esto en cuenta, hay que decidirse de una vez.

Escribo la entrada: Brevísima y elogiosa nota sobre…



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