lunes, 7 de enero de 2013

2013 en lontananza.

Ah, ¿pero esto es 2013? ¿Y el mundo sigue girando? Debe de ser que sí, aunque también podría tratarse de los efectos secundarios de tantos derivados de la uva, la cebada, el enebro, trigo, centeno, patata y demás plantitas que se acostumbra a libar celebratoriamente desde diciembre hasta Reyes.

Y supongo que en caso de que nos hubiera caído encima un meteorito, como se vaticinaba, el dolor de cabeza sería aún más acusado. Así que salgamos a las calles a celebrarlo: ¡viva la banda! ¡Que suenen los Fettes Brot!




Una vez alcanzada la convención sobre la fecha, ¿con qué podríamos continuar? Veamos, veamos… Bueno, la lista de intenciones para este año es una manera de romper el hielo. Aquí va.

Lo primero de todo, terminarme un breve libro de Strindberg que recuerdo empecé allá en los albores del siglo (al menos, eso dice el calendario que tengo puesto de marcapáginas): Det nya riket. Pero paso a paso, sin prisas innecesarias.

También tengo el firme propósito de que me salga más pelo en el frontal y algo en los parietales. El nivel ha descendido al 68,37% de lo que solía haber y no es una idea que me haga demasiada gracia. Consumiré más alfalfa, que tiene vitaminas y potasio.

Ya que hemos tocado de pasada el aspecto culinario, voy a aprender a cocinar en serio. Lentejas, garbanzos y si me emociono, incluso judías. Será estupendo dejar de abrir latas.

Tema mademoiselles… Hum, preferiría pasar doce meses sabáticos en un claustro cisterciense, ¿y quién no? (además, así no tendría excusa para terminarme el libro). Pero ya anticipo que no me será concedido ese placer por las nornas del destino. Lástima. ¿Me tocará a cambio arrodillarme y rendir humillada pleitesía a alguna princesa? O duquesa, o condesa, o hermosa plebeya, no soy clasista.

Y claro, que el Madrid quede campeón de liga. O segundo, o tercero, o… en fin, que quede algo, lo que sea.

Una cosa irrenunciable: dos kilos menos. Desde mañana mismo abandono los ascensores y me paso a las escaleras, para hacer ejercicio. Ya procuraré yo dejar botellas de oxígeno en los rellanos que más frecuento. Sólo por si acaso.

¿Qué se me queda en el tintero? ¿Qué más ámbitos de la felicidad humana en cuerpo y en espíritu he olvidado poner por escrito? Habrá que improvisar la respuesta, según vayan presentándose. En cualquier caso, un público y esperanzado saludo.

Y que siga saliendo el sol cada día.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Últimas horas.

Estaba yo hace un rato escuchando a Boris Kovač






Just imagine:
There is only one starry night left till the end of this world.
What would we do?
Some would be despairing, hopelessly.
Some would gather their riches and take them with them full of hope.
Some would pray to God in faith.
Some would enter the bacchanalia to pleasure themselves.
Some would spend the last intimate moment with their nearest and dearest love.
(…)

Y cai en la cuenta de que efectivamente a lo mejor mañana se acaba todo, como hay quienes andan pregonando.

A mí, la verdad, me pilla en mal momento. Mejor lo dejamos para otro día.

¿Pero qué haría en tal caso? ¿Desesperarme, juntar "mis riquezas", rezarle a algún dios, apuntarme a una bacanal, pasar los últimos momentos junto a un amor?

Quizás debería rememorar el pasado y despejar el cristal del presente (limpiarme las gafas, vamos…) Es tarde ya para el futuro.

¿Arrepentirme de algo? ¿De mucho? ¿De nada?

Intenté vivir con principios de lo que es justo y lo que no. Pero los limité a lo más cercano, al discurso "de salón", no me remangué ni me impliqué demasiado con los demás, lo reconozco. Supongo que figura en la columna del debe.

Desvié demasiado la mirada.

Besé algunas manos cuando hubiera querido besar labios.

Callé cuando hubiera debido hablar.

Y si no tuve realmente miedo, significa que no arriesgué, que no eché monedas a cara o cruz. Fui un poco aburrido.

Viajé todo lo que pude. Vi retazos de un mundo que hubiéramos podido hacer maravilloso.

Más puestas de sol que amaneceres.

La música.

Dejé de pensar en ciertas personas a quienes sin embargo no olvidé.

Tuve amigos y una familia estupenda.

En la balanza, una buena vida. Llena de imperfecciones, dudas, lagunas, fragilidades… Pues eso, buena.

En fin, si esto fuera la despedida, ha sido un placer. Y si no, un placer mayor. Voy a apagar el ordenador, a ver si encuentro una bacanal de esas por algún sitio. Porque ya con tantas prisas, encontrar a my nearest and dearest love, pues…

sábado, 15 de diciembre de 2012

La leyenda de Bibi Khanum.

…y entonces ella…

Así terminaba la entrada anterior, hace ya más tiempo de lo debido. ¿Por qué escribí esos puntos suspensivos? ¿Habría continuación? ¿Eran quizás un anticipo de que la alemana de bien torneado tren inferior cambió de idea, salió corriendo tras de mí, me derribó en el andén mostrando un ardor lindante con el furor teutonicus de los clásicos, y me declaró tierra conquistada?

Uh, pues no. No fue así. La continuación fue que ella comentó con su amiga:

–¿Ha dicho Tschüss?
–Sí, eso ha dicho
–Ya me parecía.

Y tras cerrarse las puertas del vagón en mis narices, continué mohíno el camino a casa.

Pero dejé el final abierto porque puede que fuera precisamente entonces cuando una idea empezó a rondarme la mollera. ¿A que no se había creído lo de buscar consuelo a su desdén en las estepas del Asia Central, entre rocas, escorpiones y tal? Pensó que iba de farol, ¿no? Pues se iba a enterar.

–Hola, buenas. ¿Uzbekistán Airways?




Hace un par de semanas aterricé en Taskent, que es un sitio algo raro para aterrizar. El aeropuerto más tristón que he visto en mi vida. Y de ahí pasé a Jiva. Y de ahí a Bujara. Y luego al desierto estepario: arena, sol, arbustos, postes eléctricos perdiéndose en el horizonte junto al remedo de carretera… Qué paz.




Muchas horas de viaje después, cuando llegué a Samarcanda, había cumplido con creces la promesa: el cuerpo baldado y el espíritu místico. Ahora soy un hombre nuevo. Nunca más le prestaré atención a las insignificantes pasiones humanas, nada de lo que camina o va en metro volverá ya distraerme.

¿Qué podría contar sobre Uzbekistán? Que he visto maravillas… Empecemos por ejemplo con la mezquita de Bibi Khanum. Estos fueron los avatares de su construcción, tal como me los relataron los sabios en Samarcanda, la casi tres veces milenaria.

Andaba una vez el emperador Tamerlán trabajando en lo suyo fuera de casa: unos pillajes, unos saqueos, unos incendios, unas cabezas cortadas… La rutina.

Mientras tanto, a su mujer Bibi Khanum se le ocurrió prepararle una sorpresa para la vuelta. Pensó: «vamos a construirle una mezquita a lo grande. Pero grande, grande, la puerta la ponemos de treinta y tantos metros de alto. Que venga el arquitecto de la corte».

Y así empezaron los trabajos, a mayor gloria y prez del ladrillo.

Hasta que un día…

–Arquitecto, ¿esto va un poco lento, no? ¿Te falta argamasa, pintura, esclavos? ¿Qué necesitas?
–Besito.
–¿Eh?
–Besito, besito.

Ahí lo tenéis, el arquitecto había caído prendado de la sin par Bibi Khanum, y para concluir el encargo exigía darle un beso en la mejilla.

Mira que hay tíos lelos por el mundo. Pudiendo pedir amatistas, rubíes y topacios…

Claro, la emperatriz le contestó que como se enterase su marido del atrevimiento, le iba a hacer pupa.

Y el hombre, dale que te pego con su ósculo. No le importaban Tamerlán ni las generaciones venideras que nos íbamos a perder el monumento. O beso o paraba la obra.

Hasta que ella cedió. Si nadie se enteraba…

Él acercó sus labios enfebrecidos.

Chuic.

Hala, ya está.

Cuando los separó, a su majestad le había entrado un buen sofoco.

Es que Tamerlán no la besaba así. En lo de cortar cabezas sería una hacha, nunca mejor dicho, pero en lo de los cariñitos… El roce del arquitecto, que iba como una moto (o como un camello turbodiésel recalentado), le dejó una marca en la mejilla.

Entre nosotros, esta parte de la historia la escuché un poco escéptico. ¿No habría estado comiendo dátiles o regaliz y tenía los labios un poco pringosos?

Sea como sea, los dos quedaron más que contentos de la experiencia. La emperatriz le regaló un anillo a su admirador y este por su parte levantó lo que quedaba.

Hasta que el ínclito rey de reyes regresó de sus correrías.

–Hola, cariño. Te voy a enseñar lo que hemos hecho en tu ausencia.

«Ajá, hum, oooooh». De esta manera iba expresándose según recorría el edificio (ahora está en ruinas, pero así y todo impone).

–En el centro podemos poner una fuente, aquí y allá plantamos árboles, en aquella esquina unas alfombras…

Fue entonces cuando Tamerlán reparó en la marca sobre la piel de la hermosa Bibi Khanum. Y se mosqueó, antes no estaba. Tenía forma de… de… mmmmm.

–Por cierto, este que te hace la reverencia es el artista que lo ha diseñado. Salúdale.

El terror de las estepas se quedó mirando el anillo que el otro no había dudado en lucir como prueba de su éxito con las damas. Huyyyyyy, gato encerrado. Ese brillo de mala leche en su mirada no auguraba venturas para nadie.

El arquitecto, que lo notó, se puso a trabajar como un poseso en un medio de locomoción que tenía en mente.

Y cuando por fin apareció la guardia timúrida para tener unas palabritas de parte de su jefe, se fue volando. Literalmente.

Había fabricado unas alas gigantes, y agitándolas mucho, que le echaran un galgo. Dicen que su rastro se perdió en dirección a Isfahán.

¿Y qué ocurrió con Bibi Khanum? También dicen que se avino con su marido: para ponerla a prueba, este la ordenó que entrara en el palacio y volviera a salir con aquello que él más apreciase, lo más valioso del reino. Si acertaba, bien; si no…

La emperatriz se presentó ante él sin nada, monda y lironda. De donde se deducía que ella misma era el mayor tesoro de su vida.

Aparte de un buen saqueo, pillaje, incendio, etc.

Pues nada más, aquí dejo una foto parcial de la famosa mezquita: una de las cúpulas pequeñas. Colorín, colorado…




domingo, 25 de noviembre de 2012

Más metro, más.

Metro de Madrid, nuevamente. Entro, me siento y… no hay mucho que adivinar: abro mi libro.

Hay pocas cosas capaces de distraerme cuando voy concentrado en una buena lectura. Y desde luego, ninguna de ellas es previsible que ocurra a lo largo de un túnel de mortecinos fluorescentes, en un vagón que transporta a mustios ciudadanos como yo de vuelta a casa, tras una agotadora jornada laboral que… que… qué pierna tan interesante ha aparecido de repente sentada a mi lado. Está enterita: tiene su tobillo, y su pantorrilla, y su hueco poplíteo, y…

–(…)

Escucho hablar algo que sin duda es alemán. ¿Con acento mecklemburgués-antepomeranio? Eso explicaría que no me haya enterado ni de media palabra, los acentos se me dan fatal. Giro discretamente el ojo para cerciorarme y me doy cuenta de que en realidad allí no hay uno, sino ¡dos! pares, ¡dos!, de extremidades inferiores de larguísimo recorrido, con sus tobillos, y sus pantorrillas, y sus huecos poplíteos, etc. etc.

Bueno, tampoco es para tanto –me consuelo–. Uno ya es una persona adulta, de pelo en pecho, y vistos unos cuantos huecos de esos es como si se hubieran visto diez mil. Volvamos a la novela: parece que Elsie  estaba a punto de decirle a Patrick que…

Excuse me, do you speak English?

Ahora ya no giro el ojo, sino el torso entero. Una representante de la gran nación teutona se dirige a mí en lengua franca internacional; si todo el mundo se pone a sus órdenes cuando llama por teléfono la Merkel, ¿cómo voy a ser yo menos con este pedazo de compatriota suya frente a frente?

Yes, I do.

En aras de la mejor comprensión lectora, mostraré a continuación nuestro intercambio de impresiones ya traducido. Por ejemplo, la traducción literal de Yes, I do sería algo como: «Pues sí». No obstante, todo buen intérprete ha de saber elevarse sobre la simpleza de lo literal, buscando el matiz, el tono, el sentido implícito entre líneas. Lo que yo llamo traducción contextual: «Pues sí, tiremos ahora mismo del freno de emergencia, salgamos a la superficie y tengamos muchos hijos. Primero un pequeño Papageno, después una pequeña Papagena, más tarde otro Papageno, luego otra Papagena»...






–¿En qué estación tenemos que bajarnos para llegar aquí?

Me enseña un papel en el que se lee: Barrio de la Justicia, Calle de Larra.

No se me escapan los detalles simbólicos de la nota. La justicia bien podría estar representada por el juez que dice eso de «en virtud de las facultades que me han sido otorgadas, os declaro desde este momento»… Y Larra era un escritor romántico, ¿no? ¿Qué más señales del destino son necesarias?

Descendiendo a la triste realidad, no tengo ni idea de por dónde para esa calle.

–Lo siento, pero… –y en ese momento se me ilumina el magín. ¡Por favor, si estamos en pleno siglo XXI!

Extraigo el teléfono móvil. Botón de aplicaciones. Botón de mapas. Introducir la localización. Enter.

No hay cobertura. Cachis…

No me falles ahora. No me falles, tecnología, no me falles, que la Fräulein está pendiente de cada uno de mis gestos, decidiendo si me interviene o no me interviene. Enter, enter, enter.

Larra, paralela a Fuencarral, esquina con Barceló. Te adoro, red universal de comunicaciones inalámbricas, mua, mua, mua.

–Tenéis que seguir hasta Tribunal.

Esa es la traducción literal. La otra: «Yo te acompaño, bella Hildegarda. ¿Te gusta la ciudad? ¿Necesitas un cicerone que te enseñe sus monumentos, que te muestre sus palacios, que te acompañe a sus garitos, que camine bien pegado a ti en sus callejones oscuros, que»…?

–Gracias –y deja de prestarme atención, devolviéndosela a su amiga.

Vuelvo al libro, pero muy herido ante su falta de sensibilidad por las traducciones contextuales. Al poco alcanzamos mi propia estación de transbordo; me levanto y con el corazón en la mano le dedico una última palabra en su propio idioma.

Tschüss.

Traducción literal: «adiós». Significado: «Oh, diosa nórdica, ya que en tu pueblo sois igual de tacaños a la hora de las demostraciones afectivas que el gobernador del Bundesbank para soltar la guita, parto con tristeza a hallar consuelo en las estepas del Asia Central. Mientras recorro su árida inmensidad, entre rocas y escorpiones, al mirar hacia el firmamento rememoraré las pupilas que ahora brillan ante mí».

Las puertas están a punto de cerrarse. Y entonces ella…

domingo, 18 de noviembre de 2012

El terror.

Una amiga me invita a sus esponsales, que deberán celebrarse el año que viene dentro de las fronteras del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Un año. Apenas el tiempo suficiente para entrenarme, ponerme en forma, templar el espíritu en plan zen. Será duro, como lo fue en numerosas ocasiones anteriores. Porque el enemigo jamás descansa. La sombra que siempre me acecha en las bodas querrá encararse conmigo una vez más, exhalándome su aterrador aliento.

Es como si lo viera. Según van avanzando las manecillas del reloj, los entrantes, la vichysoisse, el sorbete de limón, la carne o el pescado, la tarta, el café, el puro… (ah, no, que yo no fumo), me vuelvo más parco en la conversación con mis vecinos de mantel: «sí, no, ajá, quizás, hum…».

Incluso llego a cortar la ingesta de bebidas espirituosas. Sólo levanto la copa de agua.

Necesito mantener todos mis sentidos alerta. Necesito buscar el mejor sitio para ocultarme. Detrás de aquella columna, entre las hojas de aquella planta tan frondosa, cerrando el pestillo en el cuarto de baño…

El momento que temo se va acercando. La gota de sudor frío se instala permanentemente en mi nuca.

El momento en que… ¡Oh, no, ya empiezan!





¡La gente sale a la pista!

Presa del pánico, olvido las precauciones con el licor que había tenido hasta entonces. ¡Rápido, camerero, tráigame cualquier cosa! En vaso largo, que pueda excusarme por estar ocupado sosteniéndolo. Ah, y con hielo: on the rocks, muchos, muchos rocks, que tarden en derretirse.

A pesar de ello, existe el riesgo de que alguien se acerque, llegue a atisbar mi presencia en el escondrijo elegido e insista en que abandone mi bucólica paz: «¿Pero qué haces ahí?, venga, a mover el esqueleto, ¡cumbia, salsa, macarena!»

Sí, hombre, y lambada, ¿no te fastidia? Y mambo, y Paquito el chocolatero…

Y yo, el color de la faz ascendiendo a los tonos más cálidos de la escala cromática, niego con la cabeza. Los nudillos se aferran con fuerza al cristal del vaso.

«¡Que están ahí las amigas del novio, a ellas, dóberman!»

Los servidores del terror, el ejército oscuro, salen de todas partes. Me agarran del brazo, me empujan, pretenden arrastrarme sobre el entarimado, hacerme perder el sentido del equilibrio, de la dignidad y quién sabe qué otras maldades. El pánico hace bombear mi sangre. Huyo, escapo perseguido por sus rítmicos y veloces pies, por la voracidad de los altavoces que retumban a mi alrededor, enloqueciéndome.

No, no, no… ¡No me atraparéis!

Será así, sé que será así.

El terror…

viernes, 9 de noviembre de 2012

Y claro…

Mi vecina tiene una extraña (respetable pero extraña) opinión sobre las causas de mi estado civil. No cree en el mero azar, como yo. O en el hecho evidente de que la cantidad de pelo y la tonicidad de la piel, que alguna vez pudieron jugar a mi favor para atraer candidatas al "sí, quiero", empiezan ya a batirse en retirada. Ayer me soltó algo así como:

–Te has empeñado en que no te quieran.

No es eso, no es eso, pero un poco de inquietud sí que tengo, en honor a la verdad. Me preocupan las consecuencias que podrían alcanzar esos quereres en mi vida. ¿Y si el asunto llegara a la cohabitación?

Yo suelo poner música al llegar a casa. Pues bien, supongamos que a Pichurri no le gustase Bach. Nuestro primer día en el nidito de amor, yo estoy teniendo una experiencia catárquica delante de los altavoces y viene ella y me dice…

–Cariño, quita ese rollo.

Mientras me mira con un aleteo de pestañas.

El aire huele a jazmines.

Vamos, quito a Bach, a toda su parentela y mando la catarsis a freír espárragos.

Cambio a algo de los Deep Purple, continuando con la hipótesis. Algo como esto:





Me muevo lentamente de derecha a izquierda, siguiendo con el cuerpo las notas de Jon Lord. Y Pichurri vuelve a mirarme con esa sonrisa suya que adivino será mi sol, mi luna, mis estrellas y mi materia oscura, y me dice:

–Cariño, pon otra cosa.

Otra cosa.

Bueno, sin problema, la discoteca es amplia. A veeeeer… ¿Algo de jazz? ¿Chet Baker? No, que tiemblo de placer sólo de pensarlo. ¿Creedence Clearwater Revival? ¿Rosana? ¿Mike Oldfield? ¿El disco sinfónico de Metallica? Ay, tanto gustirrinín debe de ser pecado.

–Anda, cariño, algo de Bisbal.

La patata que late ardiente en mi costado se carboniza, como ensartada en un espetón. Lo veo todo negro.

–Es que eso no lo tengo…

–No te preocupes, que yo te modernizo. Ya verás qué felices vamos a ser, hoy es el primer día del resto de tu vida.

Y claro…

domingo, 28 de octubre de 2012

Próxima estación...

Los paros del metro, y los consiguientes apelotonamientos al ralentizarse la frecuencia entre convoyes, hay quien se los toma con pésimo humor: bien maldiciendo a la multitud para que le dejen abandonar el vagón, bien replicando al desesperado con amenazas de vudú por pretender atravesar ese lugar adquirido a sangre y fuego justo donde bloquean la puerta. Ya no digo nada cuando el número de los que esperan para entrar es mayor de los que consiguen salir.

Y mira que es fácil evitar tantas tensiones. ¿Por qué no procuramos suavizar los nervios contemplando la belleza que por doquier nos rodea, gozando de las pequeñas cosas que entretejen nuestra existencia? Yo qué sé: la mariposilla posada en la corola de una rosa, el armonioso vuelo del abejaruco, el reflejo del atardecer otoñal en las fuentes…

¡Ah, la especie urbanita! El caso es que, aguantando menciones a la séptima generación de ancestros de todo quisque y recordatorios entre dientes de lo conveniente que resulta la higiene personal cuando se viaja en transporte público, iba yo el viernes por la tarde en la línea 10, total y absolutamente prensado.

No cabía ni un parroquiano más. Incluso la indumentaria típica de esta época lluviosa (zapatos gruesos, vaquero de batalla, chupa de cuero, paraguas en el bolsillo) estaba de sobra allí. Si todos hubiésemos optado por una sencilla camiseta o top en el caso de las damas, los agobios por el calor que desprenden tantas personas en tan estrecho espacio quizá se habrían atemperado. Pero no era el caso.

Llegamos a Santiago Bernabéu. Andén de bote en bote. Pocos desertores de nuestra comunidad regularmente avenida. Nuevas sardinas que quieren introducirse a toda costa en la lata. Expresiones de horror.

Hablaba hace un momento sobre templar los nervios, gozar de las pequeñas cosas y tal. Incluso existe la posibilidad de hacer amigos. Buenos amigos. Íntimos… ¿De qué otra manera podría llamar a la demoiselle pelirroja que se pegó a mí como lapa a su concha, como banquero a su cochiquera, como político a su sillón de escay?

Efectivamente, una señorita de céltico (y agraciadísimo) aspecto se avalanzó sobre mi persona. Pardon, me dijo sonriente en francés.

Detrás de ella, otra media docena de compatriotas lanzaban alegres grititos por la aventura de no separarse.

Asentí en silencio. Lo mío son las lenguas nórdicas, nacidas en los umbríos bosques más allá de Estrasburgo. El francés se me resiste.

Sonó el silbato. De forma inverosímil, el tren arrancó con más ocupantes.

No se podía girar el tronco, no se podía mover la cabeza, no se podía obedecer la regla de nunca mirar a los ojos de los demás (¿o es que en un ascensor no nos fijamos colectivamente en la esquina superior izquierda?) ¿Conseguir doblar el codo para sostener frente al rostro alguna lectura con que entretenerse? ¡Ja!

Con espíritu de caballero andante, intenté ponérselo más fácil a la recién llegada: dejé de respirar.

Llenar de continuo los pulmones ensancha el perímetro torácico y además resta aire al vecino. Muy insolidario.

No obstante, a la altura de Nuevos Ministerios el contacto de los átomos corporales hispano-galos estaba sobrepasando ya un nivel equívoco. Me esforzé en pensar algo elevado: Hegel o Cristiano Ronaldo, lo mismo me daba. Con tal de abstraerme…

Cuando la voz anunció por los altavoces que nos acercábamos a Gregorio Marañón, ese contacto había alcanzado el nivel de la fusión. Ignoro si fría o caliente, pero seguro que los resultados iluminarían al menos una bombilla… desconectada de su lámpara.

Pardon, gemí a mi vez, retorciéndome, culebreando para escapar.

Creí distinguir una pizca de satisfecho arrebol en sus mejillas.

Al llegar a casa me sentí culpable: ¡ser despreciable, politeísta, digooo, polígamo y sin moral! Todos los hombres somos iguales…

Luego empecé a considerar si convendría que mejorase mi francés. La semana que viene hay más paros.

Je

Je

Je vois la vie


sábado, 20 de octubre de 2012

Y decirte...

Resulta difícil de explicar, pero de repente lo supe. Me avisó una percepción extrasensorial, más allá de la vista, el oído, el gusto, el olor y el tacto, la misma que quizá permitió a nuestros ancestros más remotos sobrevivir a los velociraptores, después a los dientes de sable y ahora a los vendedores por teléfono. Ese sexto sentido, como digo, fue el que tensó cada fibra de mi cuerpo, el que inundó de adrenalina mis venas, preparándome para la confrontación o la huida.

Yo llevaba en mis manos el alimento honradamente ganado aquel día, y la idea era calentarlo en el microondas. Me dispuse a esperar. Con la paciencia del cazador que acecha en silencio a su presa aunque se le haga la boca agua, así contemplaba a la tartera dando vueltas tras el cristal.

Y de repente lo supe: estaba detrás de mí. Era yo el cazado. Aún intenté comportarme con dignidad, sabedor de lo fútil del gesto. Aún quise meter tripa y sacar pecho, todavía me esforcé en recordar si por la mañana me había echado la colonia de la suerte (¡sí, por favor, por favor!), tuve el tiempo justo para lamentar haber cogido una camisa arrugada del armario y haber postergado un par de meses la visita al peluquero.

Sonó el timbre, saqué mis guisantes con jamón de york, me giré y…

Ella estaba allí.

Ella en persona.

La mona más mona de las monas del comedor.

(Bueno, si esta opinión la llegaran a leer mis compañeros de mesa, habría profundo desacuerdo y tendríamos que batirnos en duelo para dirimir la ofensa. ¡Pero qué sabran ellos de belleza, beauty, bellezza, Schönheit, beauté, szépség!)

Ella miraba a través de mí, con patente disgusto por tener que compartir el electrodoméstico con gusarapos. Tenía el mundo a sus pies. Avergonzado, con los calcetines escurriéndoseme temblorosos por las pantorrillas, salí pitando.

Cuando lo que hubiera querido decirle es…