domingo, 23 de noviembre de 2014

Brrrrrooooom, brrrrrooooom

Confirmado. No puede haber otra explicación.

Es la crisis esa de los cuarenta que barruntaba no hace mucho. ¿De qué si no iba yo a ponerme a coquetear con…?

Bueno, quizá coquetear sea un verbo de connotaciones ambiguas. Digamos mejor, eh, ¿de qué si no iba yo a ponerme a fantasear con la idea, acariciarla, explorar las posibilidades, dejar finalmente que el pensamiento se perdiera en ella…?

¿Y si me compro una moto?




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viernes, 21 de noviembre de 2014

Un mal sueño

Anoche…

Entré en tu sueño,
desesperanza,
en tu sueño invernal
sin caminos,
yermo,
helador.

Y no sabía cómo salir.

Párpados cerrados. Negras aves agolpándose.
Silenciosas alas batiendo un aire irrespirable.

Anoche…

Sentí tu mano,
desesperanza,
el roce áspero de tu piel,
promesa de un mundo
sórdido,
sin sol.

Y no sé si desperté.




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domingo, 16 de noviembre de 2014

La crisis

Madre mía, en esta etapa de estudiante resurrecto que anunciaba el otro día he durado…

Pues medio telediario, no más.

Compré los libros obligatorios (mi presupuesto mensual para vicios tirado de un sablazo por la ventana), empecé a leerlos, a subrayar las ideas importantes, a sudar pensando en los próximos exámenes… Y de repente me dije: has metido mucho la pata, tú. Toca recular.

Espero que mis compañeros de curso asimilen con mayor aprovechamiento la cantidad de cosas incomprensibles que se desparramaba en aquellas páginas. Tantas fórmulas kilométricas con letras griegas no pueden pertenecer a este mundo.

O quizá resultaran precisamente las claves del mundo moderno y lo que ocurre es que he empezado a quedarme en su extrarradio. Porque hace, pongamos no más allá de seis o siete años, a lo mejor hubiera podido meterme en harina, pero ahora…




La neurona se sobrecalienta y hace plof (dado mi sexo, sólo tengo una).

Por eso creo que ha llegado. Ya está aquí, llamando a la puerta, rondándome con su sonrisa lobuna. Tiene que ser, tiene que ser…

La famosa crisis de la mediana edad.


Cachis.
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lunes, 10 de noviembre de 2014

Lo que a mí (modestamente) me parece

−Nosotros queremos ser klingons. Vamos a montar aquí el imperio klingon y a la Federación Unida de Planetas que le den.

Esteeeeeee… Pero vamos a ver…

Ustedes saben que son humanos, que no tienen esos cabezorros tan huesudos que se gastan en el cuadrante Beta.

−¿Cómo? tlhIngan maH! Hab SoSlI' Quch!

Sí, gracias. La cuestión es que eso no tiene pies ni cabeza. Je, otra vez la cabeza…

tlhIngan maH! ¡Que somos millón y pico! ¿Niegas nuestro derecho a decidir? ¡Prepárate a ser rebanado por una Bat’Leth!



Ras, ras, ras (rascado perplejo de occipucio. Al capitán Picard le hubiera sonado algo más deslizante, zip, zip, zip).

Bueno, miren. Aquí todo el mundo tiene el derecho de pensar lo que le venga en gana, faltaría más. Y a decirlo en voz alta y clara, desde millón y pico hasta cuarenta y tantos. Y si los cuarenta y tantos votamos juntitos por la reencarnación de Kahless el Inolvidable, pues habrá que sentarse a la mesa a marcar la Zona Neutral...

Pero hasta entonces esto es parte de la Tierra y no de Qo’noS, nos pongamos como nos pongamos.

Que ya bastante tenemos con los borg, los del Dominio y los neoliberales intentando amargarnos la existencia, caramba.



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jueves, 6 de noviembre de 2014

De guardia

Oh, por favor, otro turista empeñado en sacarme la foto en pololos…




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domingo, 2 de noviembre de 2014

En la tienda de frutos secos

Tienda de frutos secos del barrio. Vendedora con un original tono melódico, como del Dniéster o por ahí.

−Hola, quería una bolsa de patatas fritas.
−¿Grande o pequeña?
−Grande (hala, vamos a cebar bien cebado al colesterol).
−¿Con sal?
−Poca, por favor (para limpiar el sentimiento de culpa).
−¿Algo más?
−Pues… venga, unos anacardos.
−¿Crudos o fritos?
−Crudos.
−¿Algo más?
−Nada más.
−Aquí tienes. Que pases una buena noche.
−Muchas gracias, adiós.
−Espera, por si acaso...
−¿Mmmm?
−Toma, te regalo unos caramelos para que te endulcen la vida.

Caramelos de malvavisco.

¿Y así la vida...?

Bueno, por algo se empieza. Como dice la canción, the stars are out and magic is here...


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lunes, 27 de octubre de 2014

La influencia del Big Bang

Al final me decidí, hala. Después de semanas dándole más vueltas que a un yoyó, de sopesar pros y contras, de mantener intensas consultas con la almohada (lo que podría contar mi almohada sobre nuestras conversaciones)...

Terminé echando los papeles.

He vuelto a estudiar.

Ya sé, ya sé, sólo a mí se me ocurre meterme en camisa de once varas. Pudiendo dedicar las escasísimas horas libres del día a actividades lúdicas, que es lo que mejor se me da, resulta que elijo el tedio de unos libros tamaño portaaviones, los apuntes, los esquemas, los trabajos, los exámenes...

Y la cabeza no está en su mejor momento, ni siquiera en un momento intermedio, que cuando llegas a los vein... este, trein... hum, cuaren... se han perdido bastantes facultades por el camino.

Hay temas que no sé ni por dónde agarrarlos, de verdad. ¿Pero cómo me habrá dado este rapto de locura?

Supongo que sólo cabe una explicación: la perniciosa influencia televisiva.




Y es que las personas más descuajaringantes que conozco tienen un PhD junto al nombre, y algunos hasta dos. El doctor Cooper, el doctor Hofstadter, el doctor Koothrapali, la doctora Fowler, la doctora Rostenkowsky... Yo quiero unirme a esa panda.

Wollowitz no, de acuerdo, pero con su máster en el MIT sabe hacer cosas útiles, como brazos robóticos y cachivaches para besar. Y Penny... Bueno, de Penny tengo hasta una camiseta estampada con su nombre, así que ni falta que le hace.

Knock, knock, knock, Penny.
Knock, knock, knock, Penny.
Knock, knock, knock, Penny.


Ay, dichoso Big Bang.
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lunes, 20 de octubre de 2014

Y así nace un soneto

−Bueno, hora de comer.
−Que aproveche.
−Voy al edificio norte, ojalá tenga suerte y me cruce con… con…
−¿Con esa compañera que dices que es tan guapa?
−La misma, suelo verla por allí de lunes a miércoles. Un día de estos tengo que... no sé, escribir un soneto en su honor, o algo.
−¿Cómo era eso de los sonetos? ¿Rima ABBA?





−Sí, normalmente.
−¿Y cuántas sílabas?
−Once, me parece que once.
−Vale, pues si quieres te ayudo.
−¿Cómo que me ayudas?
−Tú vete a comer, y cuando vuelvas te tengo preparados los cuatro primeros versos.
−Ah, genial, hasta luego.

(Ñam, ñam, ñam...).

−Ya estoy de vuelta, ¿cómo lo llevas?
−Muy bien, sólo te queda terminarlo.
−A ver, a ver...

Tres veces por semana vengo al norte
aunque
sea la distancia tan larga.
Para nada me supone una carga,
pues me lo tomo como un deporte.


Y así nace un soneto. Puro endecasílabo. Mmmmm... Algo en plan lírico que rime con deporte...
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miércoles, 15 de octubre de 2014

Las bodas de Fígaro

Iba la otra noche de muy buen humor, canturreando por dentro: Non più andrai, farfallone amoroso, notte e giorno d'intorno girando ♪♪♪...

Porque cuando sales de ver unas Bodas de Fígaro, es inevitable sentirte insuflado con una gran dosis de optimismo contra la grisura cotidiana. De esa manera recorrí Arenal, crucé Sol y emboqué por Preciados.

Allí, un grupo de elegantes damiselas bajaba en sentido contrario. Como si quisiera preguntarme algo, una se destacó de repente, cruzándose en mi camino.

Y al llegar a mi altura, rozó con las yemas de los dedos el aire que rodeaba mi áspera mejilla, diciéndome simplemente: Ciao. Entonces...

Entonces...

Entonces, nada. Es que no era el mejor momento para distraerme, con esas notas inundando aún saltarinas mis oídos. O estás a setas o a Rolex, y yo no había terminado de recrear el aria, así que… ♪♪♪ delle belle turbando il riposo, Narcisetto, Adoncino d'amor, delle belle turbando il riposo, Narcisetto, Adoncino d'amor



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sábado, 11 de octubre de 2014

Así me lo contaron

Esto parece que le pasó a cierto amigo del tío del que me lo contó a mí tomando un café, así que yo me limito a continuar la cadena del relato. Cojamos un bol de palomitas y pongámonos en situación: año sesenta y muchos, en cierta carretera de la Alcarria. Nuestro hombre va en el coche, camino del pueblo...

¿Eh? ¿Que qué coche? Pues no pregunté. Sería un 600, supongo, lo típico. El caso es que de repente el motor se para. Por más que gira la llave y tira del starter, no hay manera de que carbure.

Se queda en la cuneta, levanta el capó y tampoco encuentra nada roto. Enciende un pito. Puf, puf, puf... calada, calada...

No muy lejos, su mirada se fija en una especie de construcción en medio del campo. Qué cosa tan rara, con esos bordes tan pullidos. Tiene forma como de sombrero.

Entonces advierte que una figura viene caminando precisamente desde allí. Vuelve al vehículo y espera.

La figura ha llegado ya junto a la ventanilla.

−No se preocupe, el motor no va a funcionar hasta que despeguemos.
−¿Cómo?
−Sí, ya sé lo que me va a preguntar. Es una nave extraterrestre.

Pausa.





−¿Y...?
−Oh, no, yo no. A mí me llevan con ellos de pasajero, por si acaso hay que comunicarse con alguien. Pero en realidad soy argentino. Bueno, le dejo, gusto en saludarle.

Regresa por donde vino. Puf, puf, puf... Las colillas se van acumulando junto a la puerta del conductor.

El paisano no sabe exactamente cuánto tiempo transcurre hasta que el sombrero se eleva y desaparece como una bala en el cielo. Contacto, primera, segunda, tercera, cuarta… Su pie tampoco se despega del acelerador hasta que llega a casa. Un 600 lanzado a toda caña no es para tomárselo a broma.

Balbucea incoherencias. Su mujer, asustada, llama al médico, que resulta ser el tío carnal de la fuente que mencionaba al principio.

Tras conseguir tranquilizarle, es el primero en escuchar de sus labios esta fantástica historia, y quien le convence para acudir al lugar de los hechos en compañía de la autoridad competente. ¿Quién ha hablado de los men in black? ¿Qué iban a hacer unos curas en sotana buscando a un argentino en la era? Me refiero a los men in green, la Guardia Civil.

−Y allá mismito estaba.

Mmmm, el cabo toma nota de los círculos chamuscados y, perspicaz, del montón de colillas que se conservan. Pero ya más…

−Lo que digan en Madrid, oiga; hala, al Ministerio del Aire.

Declaraciones, expediente, alto secreto, la repera. Hasta hoy.

Así me lo contaron.

Sin la música de John Williams, claro.
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