lunes 23 de noviembre de 2009

Sirenas.


Me llamaba, podía sentirlo, su voz en el viento era tan bella… Un paso tras otro, un latido tras otro, me fui acercando. Carcajadas sin rostro caminaban tras de mí, pero yo no les prestaba atención. Y llegué, al fin: era el borde del mundo. Y la vi. Ella extendió sus brazos. Con sólo un paso más sería suyo, un breve albor rodeado de oscuridad, un súbito furor de mi corazón en calma.


Contemplé largamente la inmensidad oceánica, me arrodillé, mi mano rozó su superficie mientras ella seguía cantando, hermosa, muy hermosa: ven, ven… Volví a erguirme, sonreí con tristeza y… le di la espalda. Todo quedó en súbito silencio, ambos aguantamos la respiración. Despues, el despecho se apoderó de sus palabras: volverás -la escuché decir-, sé que lo harás. Algún día, un rumor imparable te recorrerá por dentro, no podrás seguir huyendo, y te traerá de nuevo a mí. Un paso tras otro, un latido tras otro, el mar quedó cada vez más atrás.

Hoy, en un tiempo ya lejano, ni siquiera estoy seguro de que aquello ocurriera, de que no fuese una fiebre que me hizo delirar. Tan sólo un susurro, como surgido desde mi interior, parece aturdirme algunas veces, cuando voy paseando hasta el puerto: algún día, algún día… He oído decir a los viejos marinos que no soy el primero, que sólo los huesos de los ahogados son ya inmunes a esa llamada, a la llamada de una sirena.

sábado 21 de noviembre de 2009

Encargos húngaros.

Se va mi vecina a pasar tres días en Budapest, entre balnearios urbanos, violinistas zíngaros y gulash, y me pregunta si quiero encargarle algo. Lo primero que se me ocurre es una botella de pálinka matapenas de melocotón. Pero luego me lo pienso mejor, y lo cambio por un disco del grupo Nox y un libro de István Örkény en versión original, Egyperces novellák. Quién sabe si en el futuro me dará un ataque de locura e intentaré leerlo, armado con un par de diccionarios, una garrafa de pálinka hasta los topes y una vela a San Esteban, patrón homónimo de los magiares, para que me asista. Al mismo tiempo, le insisto en que no quiero que los encargos le supongan ningún esfuerzo, que no tenga que buscarlos más allá de la tienda del aeropuerto. Ella me responde que no me preocupe, ya que piensa recorrer la avenida Andrassy de arriba abajo. Ah, qué casualidad, igual que la emperatriz Sissi recorría al conde Andrassy, también de arriba abajo. Eso se rumoreaba, vamos.


Mmmm, Budapest, ciudad con un encanto especial, ya lo creo. El Danubio y sus puentes, el Bastión de los Pescadores, la Iglesia de Matías, la gran Plaza de los Héroes, la basílica, la sinagoga, el Parlamento, las casas señoriales por doquier… Precisamente allí nació y vivió Örkény, y allí escribió las historias traducidas como Cuentos de un minuto.

Los relatos cortos son un subgénero filoso, que lo mismo puede mostrar las miserias que la habilidad de sus cultivadores. En el espacio de unas pocas páginas, o incluso párrafos, hay que condensar un mundo; el autor no se puede entretener con preliminares, explicaciones y complejas tramas. Tiene que ir directo al corazón del lector, ¡paf, paf!, y pegarle un par de amistosos sopapos para que abra los ojos, sorprendido (sobre todo, si se va leyendo en el transporte público a horas tempranas). Se hace difícil imaginar a esos escritores de mil páginas, donde las primeras cuatrocientas y pico son de calentamiento, haciendo un buen papel con los cuentos, aunque tampoco es imposible. Y viceversa, quizá el especialista en la miniatura encontrará duro salir a los espacios abiertos del novelón.

Pero bueno, digresiones aparte, convengamos en que Örkény escribió una obra de gran valor, entrañable, con el humor de lo absurdo, con la ironía del que usa el lenguaje como arma pacífica, para desafiar a los grandes hermanos que vigilan la ortodoxia del mundo. Para muestra, un botón acerca de cómo deben presentarse las noticias, de acuerdo con esa ortodoxia de lo políticamente correcto, y así me despido:

Movimiento revolucionario en Paraguay.
En Asunción, la capital del país, la división blindada número 3, considerando insuficiente su paga, se presentó frente al palacio presidencial. Después de un breve tiroteo echaron a López Burillo, el presidente de derechas, amigo de los Estados Unidos, de tendencias reaccionarias, y colocaron en su lugar a Aurelio Lapaz, de tendencias progresistas. Al cierre de nuestra edición, la población de la ciudad celebra con un desfile de antorchas la nueva derrota de la reacción en América del Sur.

Nuevo movimiento revolucionario en Paraguay.
Las fuerzas aéreas paraguayas que reclaman su paga, lanzaron un batallón de paracaidistas en el jardín del palacio presidencial. Después de un breve tiroteo lograron echar a Aurelio Lapaz, el presidente amigo de Estados Unidos, de tendencias derechistas, el cual apenas ocupó el cargo por tres cuartos de hora. El nuevo presidente es López Burillo, de pensamiento progresista, cuyo triunfo los habitantes de Asunción celebran con un desfile de antorchas, el cual continúa en el momento de cierre de esta edición.

jueves 19 de noviembre de 2009

Finis coronat opus.

Contaré hoy cómo la obra pasó fugazmente por mi vida. No se trata de unos albañiles con martillo y escoplo en ristre, aclaro. Tampoco de una función de teatro, aunque aparecerán algunas escenas dignas de abucheo. Me estoy refiriendo a un momento en mi existencia, con diecisiete añazos a cuestas, caminando por una calle con la mochila en bandolera, cuando escuché una voz surgida de improviso a mi espalda, cual trueno bíblico:

–¿Quo vadis?

Bueno, en realidad sonó como: "Hola, ¿adónde vas?" Se trataba de un compañero de clase, pupitre de la quinta fila, tercera columna, que seguía el mismo camino y quería acompañarme. Por mí…

El acompañamiento continuó durante semanas, a modo de cortejo. Por fin, quiso pasar a mayores: "Un grupo de amigos celebramos una fiesta, ¿te apuntas?" Si hay de comer y beber, pensé yo, es buena señal, pues en palabras del inmortal arcipreste:

"Aristóteles dijo, y es cosa verdadera,
que el hombre por dos cosas trabaja: la primera,
por el sustentamiento, y la segunda era
por conseguir unión con hembra placentera".

Así que la primera parte se iba a ver cumplida. La segunda…, mejor sigo contando.

La pretendida celebración se daba en una especie de colegio mayor. Antes de traspasar el umbral, mi compañero me preguntó: "¿Tú sabes lo que es un oratorio?"

Hombre, claro. No había yo aún penetrado a esa edad en mucha historia de la solfa y el contrapunto, pero sabía que Bach tiene tres: el Oratorio de Pascua, el de Navidad y el de la Ascensión. Más adelante, cuando hube dejado de ser doncel, descubrí con gozo los de Haendel, Haydn, Beethoven, Saint-Saëns...

Vaya, pues mira por dónde, estamos ante una palabra polisémica, y la musical es sólo la cuarta acepción en el diccionario. Antes del yantar, según me explicó, era costumbre de la casa prepararse mentalmente en una sala totalmente equipada al efecto: crucifijos, imágenes de santos, bancos y altar. Hum…

De acuerdo, de acuerdo, donde fueres, haz lo que vieres. Bisbisbisbisbis, amén. Las churris, ¿dónde están las churris y las coca-colas? ¡Que ha llegado el alma de la fiesta!

Como treinta minutos de educado guateque más tarde ("Perdón, ¿me pasas la mayonesa? –Faltaría más, ¿una o dos cucharadas?"), ya estaba claro que nada de churris. Todo tíos. Un servidor, criado con amiguitos y amiguitas, encontró extraña la separación de sexos. En medio del mordisco a una rodaja de chorizo, mi cicerone volvió a llamar mi atención: "Quiero que conozcas a alguien. Padre, éste es Mannelig".


A ver, ¿quién ha sido el gracioso que ha puesto a Mike Oldfield? La música de El exorcista, no te digo… Qué poco respeto por el hábito talar. Decía que fui presentado a un señor de oscuro, que parecía tener mando en plaza. No recuerdo exactamente cómo ni de qué manera, pero tras una breve conversación que incluyó una oferta para unirme a su equipo de fútbol, me introdujo en una cámara aparte… y cerró la puerta por dentro. Con llave.

Así es como uno deja atrás la niñez y se hace un hombre, no me diréis lo contrario. No, de esa manera no, puñetas, me refiero a cruzar fronteras desconocidas, a manera de prueba iniciática, y salir indemne. Mi interlocutor quería, digo mal, insistía en escucharme en confesión. Pues los diecisiete son proclives a tener un saco de pecados que limpiar, aunque entren en la categoría de pensamiento más que en la de palabra, obra u omisión. Por si la cosa iba para largo, vi allí una silla y me senté. "Quieto, hijo mío, ¿qué haces? Ese asiento es para mí. Tú, ponte de rodillas." Huy, qué chungoooo.

–Cuando vas por la calle, ¿miras a las mujeres?
–Muy poco.
–Ah, estupendo, estupendo, castidad y templanza.
–No, no exactamente. Lo que pasa es que soy miope.
–Pffffff, ¿y qué programas sueles ver en la tele?
–Así en general, documentales de naturaleza.
–Qué bonito. ¿Algo en especial? ¿La procelosa vida marina, los bosques de sequoyas gigantes de California…?
–Más o menos: las estrategias reproductivas de los percebes, la polinización de las margaritas…
–Brrrrrr, y al pasar al lado de un quiosco, ¿te fijas en las portadas de las revistas?
–Vaya, ésta es de las difíciles. No me la he estudiado, ¿podemos pasar a la siguiente?”
–¿Y te, te, te…?
–Qué obsesión. Perdone que le diga, pero como no hable más claro…
–Da igual, tienes el alma hecha unos zorros. Derechito que vas a acabar, ya sabes dónde. Así que vete ahora mismo al oratorio y me rezas cuarenta avemarías y sus correspondientes padrenuestros, a ver si aún podemos hacer carrera de ti. Por supuesto, nada de televisión ni de prensa gráfica. Y bésame el anillo antes de salir.

Qué agradecido le estoy a aquel día, qué agradecido. Sólo añadiré que jamás volví a pisar dicho lugar, que no volví a arrodillarme, que dejé de hablarme con el "captador", y que tras un periodo de necesaria reflexión, de introspección personal…, me cambié de equipo de fútbol. Creo que no hice mal a nadie, y al fin y al cabo, así soy algo más feliz. Y nada más, como dice el proverbio latino, el final corona la obra. O, expresado en su forma original:

Finis coronat opus.

lunes 16 de noviembre de 2009

Tu nombre.


Aun estando a solas,
esclavizado a esta noche eterna,
no me atrevo a pronunciar
tu nombre.
Aunque lo sea todo, aunque me llene,
como una inmensa avalancha
que va cubriendo, segundo a segundo,
cada sima, cada cumbre de mi vida.
Entre sábanas de sombra,
lejos de la belleza que duerme contigo,
en el más íntimo silencio,
ni siquiera entonces,
amor.
Me niego, inútilmente,
a que mis labios liberen
lo que les está prohibido revelar,
besar, incluso casi soñar,
y mi propia rebelde mano
apenas puede trazar aquí,
con la luz de mis ojos a oscuras,
tu nombre.

sábado 14 de noviembre de 2009

Confidencias.

Me escuchó pacientemente, la botella ya mediada. Al finalizar, elevó una ceja, mientras preguntaba: ¿Por qué no...? La frase quedó flotando en el aire. No sé cómo explicarlo, contesté. Él insistió: ¿Y desde cuándo? Desde..., esbocé un gesto vago. Asintió, pensativo. Entonces, ¿qué vas a hacer? Nada, respondí de nuevo. Un breve silencio. Pues no te entiendo, fue su conclusión. Ya, concedí yo, pero así hacemos tiempo mientras empieza el partido.

jueves 12 de noviembre de 2009

El tiempo arrebatado.

El convoy situado en la vía hizo sonar un pitido, señalando que iba a partir. Los pasajeros que transbordaban desde la otra línea echaron a correr, desesperados por salvar el tramo de escaleras y alcanzarlo.


Trajes, vaqueros, tacones, zapatillas, bolsas con ordenadores portátiles, con monos de faena, carpetas llenas de apuntes… En cada cara se veía la misma ansia: "Tengo que llegar, tengo que extender el brazo y cruzar la meta; allí hay asientos libres; fuera de mi camino vosotros, yo lo conseguiré, yo…".

La carrera, esquivándose a duras penas unos a otros, fue en vano. Todos vieron cómo se perdía su oportunidad, cuando las puertas se cerraron ante ellos. Fue un momento de frustración, incluso de imprecaciones silenciosas. Derrotados, tuvieron que humillarse ante ese tiempo arrebatado a sus vidas y esperar al próximo tren. Tres minutos. Cada tres minutos llegaba uno.

martes 10 de noviembre de 2009

Crónica del cambio.

Ayer, día nueve de los corrientes, lunes feriado en la capital del imperio, me desperté con una idea fija en la cabeza: cambiar. Algo tenía que cambiar, ya estaba bien. Porque el cambio es natural, porque todo se encuentra en perpetuo movimiento, porque nada permanece. ¿No dijo Heráclito de Éfeso que “a quienes penetran en los mismos ríos, aguas diferentes y diferentes les corren por encima”? Tumbado en la cama, ese pensamiento se solapó con el del kiwi, las ciruelas pasas, el yogur de frutas del bosque y el zumo de naranja del desayuno, se estudiaron el uno al otro, dieron varias vueltas en derredor y llegaron a una entente: primero el cuerpo, después el espíritu. De forma que me levanté, di buena cuenta de mis necesidades vitamínicas mañaneras, me froté las manos y me dispuse a cumplir con el cambio soñado. Porque ya tocaba, porque en la vida a veces hay que dar un paso adelante y atreverse a desafiar a nuestros miedos, abandonar la comodidad de lo conocido, evolucionar, ayer, día nueve del decimoprimer mes según el calendario gregoriano reformado, alrededor de las diez y media de la mañana, me dispuse a ¡hacer limpieza general!


Sonaron timbales y atambores, pífanos y chirimías, campanas y panderos, mientras armado con productos mágicos antigrasa, antical, antipolvo, plumeros de colores, abrillantador de cristales, toallitas impregnadas en cera natural, líquidos amoniacales con menos del cinco por ciento de tensioactivos no iónicos, bayeta absorbetodo, estropajo y fregona, inicié la cruzada de la limpieza, y no paré hasta lo que creía la victoria final. Sudoroso, con los pectorales marcados y brillantes por el ejercicio, eché un vistazo a los resultados y… sentí que algo…, pero, ¿qué podía ser? ¿Había malinterpretado quizás ese aviso del subconsciente, ese eco de mi propio yo, libre durante unas breves horas de las ataduras y limitaciones del mundo vigil? Entonces, el cambio que necesitaba de verdad en la vida era, era…, ¡claro! ¡Trasladar un par de muebles, colgar los cuadros de manera diferente, mover los libros de sitio!

A las tres y cuarto, horario peninsular según el meridiano de Greenwich (pronúnciese /grinich/), el de abajo (el estómago) exigió que los contemporáneos polacos se quedaran exactamente donde estaban en ese momento, apilados encima de la alfombra, sin prestar la debida sensibilidad a que el resto de eslavos ya se habían mudado de habitación, y los iban a echar de menos a su vera. Hala, los Singer, Milosz, Lem, Mrozek, Pilch, Stasiuk, Kapuscinski, todos por los suelos, sometidos al tributo de proteínas e hidratos de carbono que pagamos por nuestra condición mortal. Tazón de gazpacho, filete de bacalao con su chorrito de aceite de oliva virgen y su poquito de eneldo por encima, rebanada de pan con semillas, vaso de sidra y compota de ciruelas para rematar. Los polacos prosiguieron con su exilio temporal, mientras los cojines del sofá me acompañaban en el momento crítico de la sobremesa. ¿Conseguiría aguantar con los párpados abiertos…, conseguiría… aguan… aguantar…?

Como a las cinco y media de la tarde… Bueno, puntualicemos. Hablo de la hora oficial, pero noooo, ni mucho menos, de la legal. Que tampoco es la misma que la solar. A su vez, ha de distinguirse entre hora solar verdadera y hora solar media. En aras de la máxima transparencia descriptiva, y para ayudaros a entender la circunstancia, la fórmula de conversión sería tal como:

Hora oficial = hora solar verdadera (la que marcaría un reloj de sol) + ecuación del tiempo (para calcular el efecto de minutos que produce el ángulo de oblicuidad del plano ecuatorial con respecto al de la órbita terrestre alrededor del sol, así como el propio movimiento elíptico de ésta última) + (longitud del lugar en grados, con signo positivo o negativo, según de trate respectivamente del Oeste o del Este - longitud del meridiano central del huso) x 4 minutos (diferencia entre cada grado de longitud) + (2 horas de abril a octubre, o 1 hora el resto del año).
Hecha la precisión, como a las cinco y media por mi reloj, decía, desconecté la aspiradora, exultante. Ah, sí, ahora sí, ¿verdad? Esto era otra cosa. Claro que… Esas carpetas rebosantes de papeles viejos…, los folletos de una exposición de figuras de bisonte en las cuevas de Altamira, el testamento manuscrito de Chindasvinto, el programa de mano de un concierto con Wolfgang Amadeus como estrella invitada…, puede que el cambio, la renovación, también debiera afectarles. Al saco de reciclaje, al saco. Con una paradita técnica para tomar el té, hacía un rato que la luz diurna se había extinguido cuando por fin consideré que la jornada había servido a su propósito inicial. Cena a base de ensalada, película ya empezada por la tele, tebeo de Mortadelo y Filemón y a las doce, hala, a la camita pronto, que mañana hay que madrugar. Me acosté en el lado izquierdo del lecho, según se mira desde los pies al cabecero, apagué la lámpara y a dormir. Al poco, me giré al lado derecho. Luego caí hacia el centro. Extendí brazos y piernas en equis, en una postura digna de dibujarse por Leonardo, sin obstáculos de por medio. Entonces, volví a tener esa extraña sensación de que aún debería cambiar algo. Pero, ¿qué, qué?

sábado 7 de noviembre de 2009

La mecánica del corazón.

En el fondo, pero ojo, muy, muy, muy en el fondo, soy un sentimental. Sería capaz de comerme un huevo frito, una de mis principales aversiones, antes de ver de nuevo Sentido y sensibilidad, por ejemplo. ¡Por favor, que rueden otra entrega de La jungla de cristal! No obstante, tras esta máscara de imperturbable machote, el condenado corazoncito hace de vez en cuando de las suyas.


Por eso, cuando pasé por delante de este libro, pensé: ¡pero qué portada tan chula! Uno de los mejores diseños que he visto en mucho tiempo, en dibujo, en color y, como pronto comprobé, en adecuación al contenido de la obra.

"Mi corazón sigue acelerado, me cuesta retomar el aliento. Tengo la impresión de que el reloj se hincha y va a salir expulsado por mi garganta. ¿Qué tiene esta muchacha que me provoca estos sentimientos? ¿Está hecha de chocolate? Pero ¿qué me ocurre?"
Jack acaba de nacer en Edimburgo, la noche más fría de la historia, en una cabaña sobre la cima del Arthur's Seat. Que, dicho sea de paso, por lo que recuerdo tiene un rato de subida. La doctora Madeleine consigue que sobreviva, uniendo un reloj de cuco a su aparentemente dañado corazón. Allí le abandona su madre, y ése será el hogar en el que crezca, entre redomas y objetos llenos de magia, bajo la tutela de su salvadora y en compañía de Anna y Luna, dos prostitutas, y Arthur, un viejo borrachín. No es nada fácil ser diferente, con esas agujas que sobresalen de su pecho, ese sonido que surge de dentro, esos engranajes a los que hay que dar cuerda cada día al levantarse, para funcionar; no, hay pocas cosas que jueguen a su favor. Sin embargo, el pequeño Jack quiere ser como los demás, no desea quedarse encerrado sin ver el mundo, y convence a la doctora para que le lleve un día de la mano, bajando la colina, a visitar la ciudad. Ay, ¿quién es esa criatura que baila en la calle, desafiando al equilibrio, de quién es esa voz que canta, acelerando de forma tan evidente la maquinaria de su reloj? Lleva un vestido de plumas de ave, su cabello es largo y ondulado, su nariz chiquitilla y sus ojos inmensos, aunque los guiñe por no ponerse las gafas, que le serían muy útiles para no tropezar.

Pobre Jack, nada va a ser igual a partir de entonces. Irá al colegio, sufrirá los embates de sus compañeros, especialmente del gigante Joe, que por alguna razón tanto parece odiarle, y él lo aguantará todo, siempre con ella en el recuerdo. Madeleine le advierte: has de cumplir tres reglas, de ellas depende tu misma existencia: no toques las agujas, controla tu cólera y sobre todo, la más importante, no te enamores nunca jamás. Hasta el día en que ocurra algo terrible y tenga que correr para salvarse, cruce el mar, las montañas, y llegue a esa cálida tierra llamada Andalucía, hasta Granada, donde le han dicho que ella vive ahora, actuando en el Extraordinarium, con docenas de admiradores rendidos a sus pies. Miss Acacia…

Que sí, vale, de acuerdo, que después de La mecánica del corazón, de Mathias Malzieu, ese cuento para niños grandes, como lo llaman, me comprometo a leer inmediatamente algo que lo compense. Yo qué sé, sobre dinosaurios, rayos láser, combates de boxeo, las Termópilas, el ser en sí o el ser para sí, me da igual. Hasta compraré la prensa económica cada mañana, si es necesario para redimirme. Y sin embargo, aquí entre nosotros, ¡qué bonito! Y con la música de Danny Elfman para Eduardo Manostijeras de fondo, ya para qué contar…

miércoles 4 de noviembre de 2009

Un día cualquiera.

Como siempre, se despertó antes del alba. No es que no tuviera sueño, pero su cuerpo se ponía en marcha cada jornada de forma automática, como si un sexto sentido le hiciera anticiparse a sus hermanos pequeños, que no tardarían en reclamar su desayuno de buena mañana.


Como siempre, extendió el brazo para apoyarse en el borde del jergón, tratando de no hacer ruido. Se cercioró de que estaban todos allí, durmiendo. Al fondo, junto a la pared, le pareció distinguir sombras más alargadas, como si fueran sus padres, pero sólo se trataba de una ilusión. Sabía que ya no los vería nunca más.

Como siempre, se dirigió primero a la cocina. Encendió el fuego, para cocer la injera de harina de teff, y de paso abrió el recipiente donde guardaban el café. Echó un vistazo en su interior: lástima, no quedaba nada. El aroma del café le transportaba al pasado, incluso le parecía recordar a su madre preparándolo a la manera tradicional, con mucha ceremonia, mientras él la observaba desde la estera del suelo, con sus ojos de niño curioso.

Como siempre, repasó mentalmente las próximas actividades que le esperaban: limpiar, preparar a sus hermanos, llevarlos al colegio, atender las lecciones, cuidar a la vuelta su pequeño trozo de tierra y… sí, era lunes. Por tanto, haría cola para que un ayudante de Abba Melaku le diera algunos birrs con que arreglarse durante la semana en el mercado. Era una mala época, esperaba que pasara pronto, que no subieran de nuevo los precios, o tendría que volver a ingeniárselas para burlar al hambre.

Como siempre, la luz anaranjada comenzó a filtrarse por la ventana. Se asomó afuera. No vio nubes en el cielo, hacía tiempo que no aparecían. En cuanto se levantaba algo de viento, el polvo se metía por cada rendija, estaba presente en cada rincón. Siguió pensando en Abba Melaku, en ese hombre que había llegado hace años al pueblo, desde un país lejano. En cómo se multiplicaba por la comunidad, haciendo llamamientos, plantando árboles, construyendo acequias para aprovechar hasta la última gota de agua, organizando la distribución de las ayudas, preocupándose por los numerosos huérfanos de la zona... Era ya mayor, ¿y si algún día le fallaran las fuerzas?

Como siempre, dejó pasar unos segundos en el dintel, con los ojos entrecerrados. Tenía miedo, pero trabajaría duro, no se rendiría. Él había sido elegido como cabeza de familia, ya tenía catorce años. Quería seguir estudiando, su sueño era ir algún día incluso a la universidad. Si solamente consiguieran semillas para la siembra, si solamente lloviera un poco, si solamente hubiera buena cosecha, si solamente tuvieran algo de suerte…

El amanecer etíope inundaba ya cálidamente las casas de Wukro.


Nota: ayer, en el programa "Españoles por el mundo", de Televisión Española, salieron varias personas que viven en Etiopía, describiendo diversos aspectos de dicho país. Entre ellas, se contó Ángel Olaran. En tigriña, una de las lenguas locales, le conocen como Abba Melaku, que significa Ángel de Dios. Visitaron a una familia de varios hermanos, apenas sin recursos, en la que a falta de adultos, el mayor llevaba la responsabilidad desde hacía años. Ahora iba a empezar sus estudios en la universidad. Por la noche, se me ocurrió escribir algo al respecto, a despecho de las inevitables ojeras. Más referencias en estas entradas antiguas del blog:

http://trescorcheasyunasletras.blogspot.com/2009/02/nueva-visita-wukro.html

http://trescorcheasyunasletras.blogspot.com/2008/11/donde-anidan-los-ngeles.html

domingo 1 de noviembre de 2009

Perdón.

Hubo un tiempo en que me las di de poetastro, una época en que las Dulcineas que tuvieron la desgracia de que mis entretelas quedasen prendadas de su fermosura, se convirtieron en destinatarias de infumables serventesios, apolillados zéjeles, soporíferas silvas, y demás versuchos de similar jaez. Con honrosas excepciones, casi todos acabaron en su lugar natural, el cubo de reciclado, y dados los limitados éxitos donjuanescos que me proporcionaron, en comparación con los ceños fruncidos, resolví dejar de atormentar a las musas y dedicarme a otros menesteres. Hasta que…, vaya, en fin…, qué le vamos a hacer, nadie es perfecto, perdón…

Por favor, perdóname,
perdóname por tener ojos,
y boca y nariz,
y oídos y manos,
perdóname por sentir,
por estar algunas veces
tan cerca de ti y verte,
y hablarte y respirarte,
y oírte e imaginar
que rozo tu mejilla.
Por favor, perdóname,
perdóname por vivir.

jueves 29 de octubre de 2009

Tren nocturno a Praga.

Un grupo de jóvenes y animosos estudiantes nos dirigíamos por primera vez a Praga en el tren nocturno, para pasar el fin de semana. Estoy hablando de los años noventa, antes de que se ampliara la Unión. Buscamos nuestro compartimento y… hum, nos recibió la presencia de media docena de ocupantes con botas altas, gorros de piel, poblados bigotones y fardos de todos los volúmenes ocupando cada rincón del habitáculo. Nos sentimos más o menos como lindas damiselas en presencia de tipos de los que acostumbran a afeitarse con navaja y sin jabón. Poco fiados en su buena voluntad para desalojar los asientos, se impuso un cambio de vagón. Cuando por fin encontramos una alternativa, nos recostamos unos sobre otros como buenamente pudimos (chicos y chicas ahí mezclados, sin sentido del pudor y la decencia), y pasamos así la noche.


Muy temprano, la puerta corredera pareció salirse de sus rieles, tal fue el golpe con que la abrieron dos guardias checos de fronteras, que empuñaban sendas metralletas. "¡En pie!", gritó uno de ellos en alemán. Ser despertado por una voz así, con el tono de pocos amigos que la imaginación popular asigna a esa lengua, y con un par de armas automáticas a metro y medio de distancia, es un remedio mucho más efectivo que el café para empezar la jornada como un cohete, hacedme caso.

Casi sin tiempo para subirnos de nuevo los pololos, repentinamente descendidos al nivel de los tobillos, apareció el revisor, pidiendo los billetes y pasaportes. Uno tras otro, comprobó los papeles que mis compañeros de viaje le fueron presentando. Al llegar a mí, nos comunicó que nuestros títulos de transporte eran válidos sólo para segunda clase, y que nos habíamos "colado" en un vagón de primera (jo, si eso era primera...). La solución era pagarle al probo funcionario una cantidad compensatoria. Coro de quejas inmediato, en cuanto los más aventajados hubieron traducido a los demás sus intenciones. Que si una banda de cosacos nos había impedido tomar posesión de nuestro legítimo reservado, que si no hay derecho, que si sea usted bueno, excelentísimo y reverendísimo señor…

Bueno, el revisor debió de considerar que, de donde no hay, no se puede sacar, e inició condescendiente la retirada. Pero como quien no quiere la cosa, se había metido mi pasaporte en el bolsillo de la camisa, y con él se fue por el pasillo. Treinta segundos de rascada de cráneo más tarde, salí escopetado detrás. Escuche, que hay algún error, que ese librillo es mío, que nos tenemos mucho aprecio mutuo, que adónde se lo lleva… El otro, ni caso, me miraba sin responder y seguía caminando. Visto que las palabras, quizá entrecortadas y sin aprecio ninguno por normas gramaticales, resultaban insuficientes para hacerme entender, le señalé insistentemente el bolsillo donde esa valiosa posesión se encontraba presa. Con un mohín de fastidio, soltó el botón, estudió el documento página a página, le dio unas vueltas entre los dedos y lo sostuvo frente a mis narices, mientras preguntaba algo en su idioma, que a mí me sonó a "¿Esto es lo que quieres, chiquitín?". Asentí y, con un encogimiento final de hombros por su parte, el pasaporte volvió con papi.

Mediante esta trivial anécdota, es como me di cuenta del poder que uno debe de sentir cuando se embute en un uniforme. El de ferroviario, sin ir más lejos, cual mariscal de campo, cual césar de Roma, tiene decisión de pulgar arriba o pulgar abajo ante el resto de ciudadanos que circulan sobre railes. Una palabra o acción suya puede cambiar el devenir de tantas cosas…

"-Milos, mañana tenemos servicio nocturno, otra vez juntos… Por nuestra estación pasará un tren de carga compuesto por veintiocho vagones de munición, la llevan en vagones abiertos, pasará por nuestra estación a las dos de la mañana. Y entre nuestra estación y la siguiente no hay montes ni edificios… Todo ese tren podría volar y volar y el universo correría con los gastos…
-Estaría bien, señor factor, estaría bien, pero, ¿con qué?
-Nos llegará a tiempo todo lo necesario…
-¿Dónde está el tren?
-Mañana sale de Trebíc.
-Así que ahora vamos a ser nosotros los que vigilemos rigurosamente a un transporte militar, ¿verdad? –sonreí y el cobertizo se oscureció durante un momento.
Y es que la bandada de palomas polacas había pasado volando junto a la ventana."

Esto ocurre en Trenes rigurosamente vigilados, novela de Bohumil Hrabal. El protagonista, Milos, con su abrigo de botones de bronce y estrella de hilo dorado de aprendiz, se reincorpora después de una temporada bajo observación psiquiátrica, a un destino por el que continuamente pasan convoyes de tropas y material alemanes. Tiene novia, la revisora Mása, pero su primera experiencia íntima fue un desastre, debido a que “se quedó mustio como un lirio”, lo cual le condujo a un frustrado intento de suicidio. No sufre el mismo problema su compañero de trabajo, el factor Hubicka, como demuestra en colaboración con la radiotelegrafista Zdenka, a quien estampa en el trasero los entintados sellos de la estación. El asunto trasciende, llega a altas instancias y, dado que se trata de sellos oficiales, el mismísimo director de los ferrocarriles del Estado crea una comisión para examinar el “cuerpo de delito”, tomando las pertinentes fotografías. Por su parte, el jefe del lugar, colombófilo empedernido que anda de aquí para allá cubierto de palomas, teme que los escándalos de su subordinado perjudiquen sus posibilidades de ascenso a inspector. Mientras tanto, cualquier maniobra en falso con las agujas, que retrasara en lo más mínimo la marcha de los trenes militares, podría ser considerada como acto de sabotaje contra el Reich, por los poco simpáticos SS que los escoltan. Y finalmente entra en juego la Resistencia checa…

Tragicómica, con el ominoso escenario de las desgracias de la guerra, que planean en todo momento sobre sus inolvidables personajes, pero con un humor no menos omnipresente, mi impresión es entusiasta: se trata de una obra extraordinaria. ¿Para qué decir más? Así que no olvidéis meter a Hrabal en vuestro equipaje, mientras escucháis algo de su compatriota Smetana, por ejemplo. Hasta pronto, ¡viajeros al tren!