jueves, 11 de septiembre de 2014

La derrota

Cuando despertó, el 65-52 todavía estaba allí.




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miércoles, 10 de septiembre de 2014

El vestido rojo

Si se quiere alcanzar cierto equilibrio aristotélico en la vida, hay que saber domeñar las pasiones, evitando meternos de cabeza en berenjenales inútiles.


Ya vino a decirlo el estagirita en su Ética nicomáquea: templanza, moderación, prudencia, todo en su punto medio.

Nada de emociones fuertes.

No vaya a ser que nos tropecemos en el camino con alguien que… ¿Cómo lo explicaría yo?

Y nos dejemos arrastrar, así a lo tonto, y acaben pronunciándose ciertas palabras… Brrrrr, qué repelús.




Y luego ya sea demasiado tarde para salvarse. Avisados estamos.

P.D. Ah, sí, lo del título. Es que hoy tuve que pensar intensamente en Aristóteles, con verdadera fruición, a la hora de comer. Cuando vi el vestido rojo que había traido al trabajo mi admirada secreta...
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domingo, 7 de septiembre de 2014

Una princesa de Marte

Yo la llamo la chica rara.

No verde y con antenas, claro, pero...

Es que una vez estaba yo tan tranquilo esperando el metro, leyendo sin meterme con nadie, cuando apareció ella y se puso justo a mi derecha. Hasta ahí, vale.

De repente cruzó por delante. En un andén casi vacío, y yo de pie cerca del borde, ya fueron ganas por su parte de pasar a una distancia que invadía injustificada y hostilmente mi cinturón de Van Allen. ¿Qué quería, que pegase un brinco?

Ahora la tenía a la izquierda. No, no, detrás de mí. Un momento, de nuevo a la derecha.

Tras una vuelta de órbita completa alrededor de mi persona, se me quedó mirando.

Y si hacer todo eso no es de marcianos, pues no sé de qué otro planeta será. A lo mejor es que estaba aquí de visita, me confundía con John Carter de la Tierra y efectivamente hubiera tenido que ponerme a dar saltos...



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domingo, 31 de agosto de 2014

Nusa Dua

No falla. Siempre tiene que haber alguien que se ponga en medio cuando vas a sacar la foto que te gusta.

Iba yo el otro día paseando por Nusa Dua, con la cámara pequeña en el bolsillo del bañador, un poco aburrido ya de tanta playa, tanta tumbona y tanto cocotero, cuando a lo lejos...




Bajo un techo de pagoda, junto a la orilla, aquella sombra meditaba contemplando el gran azul.

Oh, un alma gemela −pensé−. Allí está, en perfecta comunión con Shiva, intentando desentrañar las respuestas que nos ofrece el infinito.


Y programando el zoom al máximo, apreté el botón.

Como decía, llevaba la cámara pequeña. Claro, ni en calidad ni en distancia se puede comparar una compacta con una reflex, de manera que decidí acercarme más. Quería compartir algo del aura que emanaba de ese lugar.

Un paso. Otro paso. Mis pies hollaron penitentes la arena.

Hasta que por fin me detuve. Ya veía claramente el camino pavimentado que llevaba hasta la iluminación.

La pantalla cobró de nuevo vida. Enfoqué. Acerqué el dedo…

Clic. Y justo entonces, no sé cómo, una forma extemporánea se me coló en la imagen.




Hala, la foto estropeada, qué gracia. Lo interpreté como una señal divina, desde luego, y no insistí, pero así no hay quien se aclare con lo del nirvana.
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domingo, 10 de agosto de 2014

El segundo

¿Y ahora qué hacemos?

Si pensaba legarle mis inmensas posesiones al peque. Un par de líneas en Internet tienen más valor probatorio que un pergamino notarial lacrado.

Y de repente aparece otro, y el peque ya no es el peque. ¡Hala! ¡Dos sobrinos para repartir!


Pues nada, a darle muchos besos a su tío si quieren ganarse la paga. Que las chuches no salen gratis...



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jueves, 7 de agosto de 2014

Veintitrés y contando

Calderón, Ricky, Chacho, Llull, Rudy, Navarro...

Abrines, Claver, Pau, Marc, Ibaka, Reyes...


Veintitrés días y contando para que empiece.

¡BA-LON-CES-TO!


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domingo, 3 de agosto de 2014

El verdadero origen del coñac

El Ararat es donde Noé varó su yate de recreo. Debían de tener montada una buena juerga para ir a embarrancar en una montaña, pero tampoco es para culpar al timonel. Con tantas parejitas de todas las especies a bordo…

Y continuando con la tradición, fue el mismo Noé quien bajó a tierra, plantó unas vides, estrujó sus frutos, los dejó macerar et voilà, ¡inventó el vino!





Por eso los armenios creen a pies juntillas que el néctar de la vida tiene su origen en aquellos pagos, y todos los demás son unos copiotas. Pero la inquina la reservan para la falacia esa de que el coñac se inventó en Cognac. Según su versión, agentes secretos bonapartistas les robaron a ellos la fórmula, le pusieron el nombre de Napoleón y con un poco de marketing…

Si alguna vez os acercáis a visitar una bodega de Ereván, esa es la historia que os vais a llevar. Y para demostrároslo (y que luego paséis por la tienda con cierto espíritu jovial en el manejo de la billetera), os abrirán unas cuantas botellas de degustación. De diez, quince, veinte años...

Para qué discutir. Con el frío que hace en aquellas cuevas.
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jueves, 31 de julio de 2014

De Bilbao, oye…

Rangún, Birmania. Época de monzones.

Guarecido bajo una marquesina miro al cielo, preguntándome de dónde ha salido tan de repente esa catarata.

−¡Cómo llueve!

Es lo mejor que se me ocurre decir. A mi lado, la fotógrafa a quien acabo de conocer sigue la dirección de mi mirada, sopesa la intensidad del fenómeno meteorológico y responde:

−¿Esto? Esto no es nada. En Bilbao sí que llueve de verdad.

:-)




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sábado, 26 de julio de 2014

Nuestro mundo (II)

Debajo de una piel de bronce, también puede latir la vida.




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sábado, 19 de julio de 2014

La Valquiria

Creo que hace un par de años me quedé a medias contando lo del Anillo.




O a sólo un cuarto de la historia, que esto es una tetralogía. Así que vamos a remediarlo. Prosigamos.

Estábamos en que Alberich le quita el oro a las hijas del Rhin, Loge le tanga para dárselo a Wotan y este paga con él a Fafner y Fasolt, los cuales tienen a su vez una discusión sobre los derechos de propiedad. Fafner gana y se amodorra sobre el tesoro, convertido en un gran bicho escupefuego.

De un día para otro, a Wotan le da tiempo de echar algunas canas al aire. Por un lado visita a la diosa de la Tierra, Erda, y es tan cumplido que tienen nueve hijas: Brünnhilde, Helmwige, Gerhilde, Ortlinde, Waltraute, Siegrune, Rossweisse, Grimgerde y Schwertleite.

Que alguien intente repetirlo todo seguido.

Y otro rato que se aburría en casa, se cambia el nombre por el de Wälse, sale a por tabaco, se arrima a una representante de la especie humana y ¡zas!, toma gemelos: Siegmund y Sieglinde, fundadores de la estirpe de los welsungos.

Ya mayorcito, Siegmund llega huyendo de sus enemigos a casa de Hunding, un tipo más basto que un arado que ha desposado por la fuerza a Sieglinde, y esta le da cobijo. No se conocen, ya que habían sido separados al nacer, pero empiezan a hablar, jiji, jaja, y descubren que se caen simpáticos. A Hunding no le pasa lo mismo, ya que resulta ser uno de los perseguidores, pero debido a las leyes de la hospitalidad no puede atentar –de momento– contra el huésped. Se les hace la hora de dormir.

El welsungo, pensando en su anfitriona, no concilia el sueño, y se pregunta lo típico en tales situaciones: quién soy, de dónde vengo y adónde voy. Momento de impactante brillantez cuando canta Wäääääääälse, Wääääääääääääälse, wo ist dein Schwert? Das starke Schwert, das im Sturm ich schwänge, bricht mir hervor aus der Brust, was wütend das Herz noch hegt?

Vamos, que dónde narices está la espada que su padre le había prometido en herencia.

Sieglinde, que ha dejado KO al marido con un narcótico, reaparece y le pide que le cuente más cosas de su vida. Cuando llega a la conclusión de que su común progenitor es el tal Wälse, revela que un misterioso anciano tuerto clavó una espada en un roble y nadie hasta entonces ha sido capaz de extraerla.

Atemos hilos: ¿quién era el dios que pagó literalmente un ojo de la cara para beber de la fuente de la sabiduría, eh, quién?

Y va Siegmund y la saca (otro momento para experimentar temblores de gustirrinín wagneriano).




A continuación deciden huir juntos y comer perdices, pero no va a salirles la jugada así de fácil. Fin del primer acto.

Tras la preceptiva visita al cuarto de baño y un trago de hidromiel, que todo seguido estaríamos hablando de cuatro horas, entramos en el acto segundo.

Wotan ordena a Brünnhilde que ayude a Siegmund en el combate que se avecina contra Hunding, tan pronto como este despierte con dolor de cornamenta. Pero Fricka no se muestra muy de acuerdo al respecto, por lo del matrimonio y la fidelidad. Las “aventurillas” de su consorte ya le sientan como una patada, así que pide un buen castigo para los adúlteros.

Wotan intenta explicarle que todo se debe a un plan serio, no a diversión (qué labia…). Las nueve valquirias sirven para llevar al Valhalla las almas de los mejores guerreros y formar con ellos un ejército que contenga la maldición de Alberich. Y a Siegmund le reserva un papel maquiavélico: como él mismo no puede reclamar el oro por la fuerza, en virtud del contrato firmado con Fafner, quiere que le sustituya alguien de la familia. Para ello forjó precisamente la espada Notung.

Nada, Fricka no se deja convencer. Exige la muerte del héroe.

Vuelve Brünnhilde, que encuentra a papuchi con el ánimo muy chafado. Le da contraorden sobre el trato de favor a Siegmund, aunque ella sabe leer en el fondo de su corazón.

Los amantes corren, perseguidos por la jauría de Hunding, hasta que no pueden más y Sieglinde desfallece. Brünnhilde se hace visible y anuncia a Siegmund que son habas contadas y que se prepare para las delicias del Valhalla.

Si allí no va estar su chica, a él no le interesa el tema. Hunding les alcanza y ante tanto amor Brünnhilde se pone sentimental: desobedeciendo su misión, extiende el escudo para proteger al welsungo. Además, como Siegmund le pega un mandoble a su adversario con Notung, parece que va a vencer…

Clinc, clonc. Dos trozos de acero caen al suelo; Wotan ha interpuesto de repente su lanza y la espada se parte. Hunding aprovecha para atravesar al duelista desarmado, mientras la valquiria sale pitando con Sieglinde. Wotan va detrás, no sin cargarse a su vez al vencedor de la refriega, para que le comunique “personalmente” a Fricka que su honor ha sido vengado.

Otra vez al baño, mientras tomamos un respiro hasta el acto tercero.

Sí, prometo que ya se otea el desenlace. Pero antes, escuchemos…




¡Uaaaaaaaaah! ¡La cabalgata de las valquirias! Tan tan tarantaan tan, tan tarantaan tan, tan tarantaaaan tan, tan tarantaaaaaaaan.

Las animosas guerreras se reunen sobre una gran roca, con su cosecha de almas del día. Nada de helicópteros, ¿eh?, no nos liemos. Caballos voladores (o lo que tenga a bien disponer el director de escena de turno).

Pasmo general al detener las bridas Brünnhilde. Pero si en vez de un brutus germanicus lo que lleva a la grupa es una damisela…

Temiendo la cólera divina, ninguna se ofrece a ayudar a las fugitivas.

Sieglinde tampoco quiere vivir, hasta que su salvadora le revela que va a tener un hijo (gracias a lo cual disfrutaremos de un par de óperas más). Entonces parte a esconderse en un bosque umbrío que nadie se atreve a frecuentar, porque en sus inmediaciones se encuentra la cueva donde sestea Fafner.

Y se lleva la herencia para el futuro bebé Siegfried: los pedazos de Notung.

Total, que Wotan, Wälse o como le queramos llamar, alcanza a su favorita, desbanda al resto del grupo y pronuncia sentencia: Brünnhilde se convertirá en una mujer mortal, sumida en letargo hasta que un hombre pase por allí, quede subyugado por su hermosura, le ponga el despertador junto a la oreja y se la lleve.

Ella protesta. Hasta ahora no había conocido varón, de forma que no le gusta la idea de enrollarse con cualquier pelagatos despistado. Wotan, conmovido, añade una condición: reposará rodeada de un círculo de llamas, para que el príncipe azul que la espabile sea un tipo de verdad valiente.

Llamas de las que queman, no de las andinas.

La orquesta toca el encantamiento del fuego, otro temazo, y…




Final. Se acabó. Ende. The End. Yatá. Telón.

Nos vemos en la próxima.
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