miércoles, 16 de enero de 2019

Brevísima y perpleja nota sobre…

La lectura inaugural de la temporada y no sé qué opinar. Vaya panorama.

De hecho, tengo que inventarme una sección: esta de Brevísima y perpleja nota. Porque ni la de Brevísima y elogiosa ni tampoco la de Brevísima y viperina serían adecuadas.

A priori, que intente leer todo lo posible de escritores húngaros tiene una razón sentimental. Tantos buenos libros escritos originalmente en esa lengua me han acompañado desde hace años…

Pero claro, placeres pasados no garantizan placeres futuros. Y a pesar de zambullirme alegremente en sus páginas, me temo que no he conseguido desentrañar los misterios de Escuela nocturna, de Zsófia Bán.

Por describirlo de forma aproximada, se trata de historias que descansan en bloques de asignaturas escolares: Inglés-Tareas del hogar, Geografía Humana Nacional-Naturaleza, Física-Biología, etc. Aunque las denominaciones sean motivo genérico más que base temática.

La cuestión es que la autora demuestra en ellas una inventiva surrealista tan, tan personal, que no llego a interpretarla. Es decir, entiendo el exterior de las palabras, su literalidad, pero apenas el significado interno de lo que está contando.

Y la duda no se debe a la traducción, ni mucho menos. Incluso le pondría una medalla al mérito. Más bien la asemejo a contemplar un cuadro sobre el que tus sentidos no se ponen de acuerdo con tu instinto. Ves que tiene algo y no terminas de decidir si te gusta o no.

En fin, una obra "rara". Habrá que darle una segunda oportunidad en el futuro, si para entonces se me han abierto los horizontes meníngeos. Hasta entonces, me quedo en el limbo.



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jueves, 10 de enero de 2019

Lo primero del 19

Tío, despierta.
Despierta.
¡Despiertaaaaaaaa!
Ya está bien, ¿no? Llevas haciendo el vago desde el año pasado, a ver si espabilas y tamborileas un poco en el teclado. Cuenta algo, qué sé yo, algo chusco de lo que te acuerdes, algo que hayas leído, algo que te apetezca hacer, cuelga una foto... Vamos, lo primero que se te ocurra en el 19.

Auuuuuuummmm… ¿Lo primero? Feeling good



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sábado, 22 de diciembre de 2018

Reflexiones de diciembre

Nuevo día. Me preparo para lo que pueda ofrecer el mundo.

Aunque nunca se está realmente preparado si solo pensamos en cosas buenas.

Las noticias abren con una mujer asesinada en Huelva. Laura. Nos mira desde su fotografía en la pantalla del televisor. Nos habla antes de convertirse en parte de una estadística.

Y continúan en una universidad catalana, donde alguien que aspira a estar en el otro lado, en el de quienes arrancan vidas, amenaza a estudiantes constitucionalistas con coger una pistola y pegarles un tiro en la cabeza.

Una única palabra.

Odio.

Un odio que no tiene explicación. Puro mal.

A las mujeres, al color de la piel, a quienes han nacido aquí o allá, a los que no piensan lo mismo, a los que no quieren perder su libertad...

Odio a todo y a todos.

Y aquellos que vomitan odio acabarán en algún momento su existencia, corrompidos por su propio veneno. Y al mirar atrás sabrán que han desperdiciado miserablemente cada minuto.

Pero hasta entonces, debemos luchar contra ellos. Hacer que paguen aunque sea una fracción de lo que nos arrebatan.

Con la justicia, pero también con lo que más detestan: una sociedad de respeto, donde mujeres y hombres, mujeres y mujeres, hombres y hombres están juntos porque lo desean. Sin violencia ni imposición ni miedo.

Una sociedad donde se convive. Donde ese de ahí, el que habla otra lengua, no es un enemigo. Ni el que viste o se corta el pelo de tal o cual manera. Y ese otro, al que le gusta una forma de gobierno distinta a la tuya, tiene derecho a decirlo. Y obligación de escuchar tu respuesta.

Y sobre todo, por encima de todo...

Donde cada uno, al ir de nuevo a dormir, nos sintamos decentes con nosotros mismos.

Adelante.

Adelante.



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viernes, 14 de diciembre de 2018

Día 13

Debe de ser que la vida
nos da momentos para no pasar de largo
y otros para rememorar
el eco mientras nos alejamos.



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jueves, 6 de diciembre de 2018

Manifiesto cívico (VIII)

Cuando redactamos la primera, allá por 1812, supuso un avance impresionante. Y digo redactamos, en vez de redactaron, porque es un acervo del que sentirse orgullosos, como si hubiéramos estado allí.

De repente, la voluntad o el simple capricho de un rey "por gracia divina" no resultaban la última palabra. Aparecieron otras como Nación, ciudadanos, electores y derechos.

Y si hoy en día nos parece lógicamente anticuada, no debemos olvidar su época y su propósito. ¡Qué historia tan diferente si los absolutistas enemigos de sus ideas no hubieran prevalecido!

De la misma manera, la Constitución de 1978 nació con un propósito: nunca más sujetos, no ya a la voluntad o simple capricho de un rey, sino a cualquier tiranuelo con espuelas.

Pero es que ni siquiera nuestros representantes, con toda la legitimidad de sus cargos, pueden promulgar leyes partidistas que vayan en contra de la norma fundamental.

Por eso conviene tener muy claro qué es la Constitución. Y también qué no es.

Su raíz, principio y origen es la soberanía del pueblo español, del que emanan, como señala el artículo segundo, los poderes del Estado.

Es decir, muchos millones de conciencias individuales, voluntades, formas de pensar y sentir. Muchos millones que, en sociedad, compartimos nuestras vidas.

La Constitución es un acuerdo. De mínimos, si se quiere, pero un acuerdo. Hay renuncias particulares para obtener a cambio un bien común. Quizá no el soñado por todos, pero uno que no aparta a nadie.

Ni siquiera a quienes quisieran apartarse por sí mismos, por no aceptar otra cosa que su propia e "iluminada" visión del mundo. Absolutistas de nuestra era. Incluso a ellos la Constitución les protege.

Por otro lado, la Constitución no es una panacea. La desigualdad, la injusticia, la violencia –la lista sería larguísima–, no se resuelven solo con un libro en la mano. Hay que remangarse con pico y pala.

Aunque si no tuviéramos ese libro, tampoco tendríamos los materiales con que fabricar las herramientas.

Acuerdo no excluyente y un fin que requiere poner los medios para cumplirse. Así lo entiendo yo, ciudadano de a pie nada más. Pero tampoco nada menos.

¿Nos hace entonces la Constitución más fuertes? ¿Seguiremos celebrándola? ¿Defenderemos con fe sus valores? ¿Merece de verdad la pena?
La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:
Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.
Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.
Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.
Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.
Establecer una sociedad democrática avanzada, y
Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra.

Oh, sí, ya lo creo que la merece.



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jueves, 29 de noviembre de 2018

Ñam, ñam, ñam

Recuerdo un pub de Edimburgo donde solía pedir patatas rellenas.
Recuerdo un sitio en Shuhe con un hot pot bastante bueno.
Recuerdo el pescado a la parrilla en una terraza turca, frente al mar.
Recuerdo una fuente de chipirones en Lastres y una de tigres en Llanes.
Aquella langosta en Livingston, vaya, también se me ha quedado en la memoria.
Recuerdo los arenques en vinagre que me gustaba cenar en Berlín.
Y las salchichas de Viena, con cerveza de trigo para empujar.
Recuerdo cuando me invitaron al restaurante de la Ópera en Estocolmo: crevettes géantes á la ciboulette aux oeufs d’ablette accompagnées d’une salade printanière.
Recuerdo unas tortas de pan armenias, del horno al buche.
Recuerdo un arroz caldoso en una tabernilla medio escondida de Nazaré.
Un codillo en Cracovia, pizza por la Piazza Nabona, una fondue en Zúrich, la paella de mi primo en Oslo...
Y algún que otro bocata de calamares madrileño.
Pero nada hay que mínimamente se le parezca. Nada.
El olorcillo que sale del microondas mientras caliento la tartera de cocido que me ha dado mami...
Ñam, ñam, ñam.



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martes, 20 de noviembre de 2018

Atardecer en Samarcanda

Clic.
Atardecer en Samarcanda.
El guardia de la porra empieza a tocar el silbato.
Después viene corriendo hacia mí y me echa una parrafada.
Creo entenderle que para usar la cámara en esa plaza tengo que pagar no sé qué.
Pero al preguntar en la única taquilla cercana, solo me cobran por entrar a los edificios, y resulta que yo ya vengo de dentro, así que...
Sigo a mi rollo.
El guardia de la porra no me quita ojo. Viene otra vez y me enseña el camino de su garita.
Viajero español de las Españas, ¿eh? Ya, ya.
Despliega un periódico con foto deportiva a tres columnas.
Señala: ¿Real Madrid?
Yo miro y le respondo: Nooooooooooo. Atlético de Madrid.
¿Atlético? –tono de duda–.
No me apeo del burro: Atlético.
Llega un coche con sirena. Cambio de turno. El guardia de la porra se va y el nuevo me hace un gesto: ¿Y tú qué quieres?
No, nada, si ya me iba. Tralaralara...



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martes, 13 de noviembre de 2018

A la escucha (XI)

Cuando no sabes qué contar. Ni siquiera qué decirte a ti mismo.
Cuando todo parece un círculo, sin un lejos, sin un cerca, sin un quizá liberador jamás.
Cuando no puedes distinguir, un día y otro día, cuál es la pregunta y cuál es la respuesta.
Aún te queda el silencio. Calla. Escucha. Solo escucha…



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martes, 6 de noviembre de 2018

A tope

¡A tope!

Ceja en forma de arco peraltado. ¿A tope? ¿Cómo que a tope?

¡A tope!

Dos pares de ojos me miran, brillantes. Otros brazos tiran de los míos, a derecha e izquierda.

¡A tope!

Empiezo a comprender. Esto va de aumentar la energía cinética a costa de la potencial, pero claro, habrá que tener en cuenta el rozamiento del aire y las suelas sobre el pavimento para determinar el efecto sobre la energía mecánica total, y entonces… Uf, muy complicado.

¡A tope!

Nooooo, despacio, que la acera es estrecha y pasa gente.

¡A tope!

Despacio, que vuestro tío está viejuno, que no he calentado, a ver si me va a dar un tirón.

¡A tope!

Nada, nada, despacio, de paseo. Tralaralaralaraaaaa…

(…)

Aunque, hum, la cosa es que… Je, je, je, ¿a tope?

¡A tope!

Y es en ese momento cuando se me puede ver galopando por la calle, esquivando viandantes, con dos canijos al lado deshaciéndose en carcajadas, sin que quede claro quién lleva a quién de la mano.



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miércoles, 31 de octubre de 2018

La palabra...

La palabra que emociona.

Que trae a nuestro cuerpo paz.

Que consigue hacernos soñar, ignorando el frío, el oscuro aliento, de un octubre sin piedad.

La palabra apenas audible, pronunciada al alba con los labios entreabiertos.

Zzzzzzzzzzzzzz, puenteeeeeeeee, zzzzzzzzzzzzz…

Sí, esa palabra.

Puente.

¡Puente! ¡Que no hay que madrugar! ¡Toma!



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