martes, 22 de abril de 2014

Vida de perros

Coches caros, ropa chula, y aun así no había manera. Ya no sabía qué hacer para que se fijara en él cuando se cruzaban por la calle.

La hermosa cocker spaniel le traía completamente loco…





viernes, 18 de abril de 2014

El inconformista

Tras probar todos los canales de la televisión digital terrestre, reorientó la antena.





domingo, 13 de abril de 2014

La camiseta

Ah, ¡la camiseta!

No, no he dicho "una" camiseta. Es "la" camiseta.

De algodón, talla M, color azul con letras verdes…

Un azul digno de un hombre de acero.




Empecé a darme cuenta de sus superpoderes el primer día que la llevé al trabajo. A la fórmula de saludo habitual, de vocalización inarticulada por falta de cafeína en las venas:
Burñpsmmmmdías

La respuesta de la primera persona con la que me crucé no fue un:
–Beeeej.

Sino un:
–¡Oooooooh!

Y sus ojos brillaron como un sol en expansión.

¡Anda! ¡Qué novedad! Eso me animó, y aproveché para darme un paseíllo en busca de más reacciones.
–¡Guau!
–¡Ey!
–¡Mmmmm!

Envanecido por los síntomas de admiración a mi prenda de vestir, no supe presagiar el peligro. Y es que todo superhéroe, lleve o no el slip por encima de los leotardos, necesita un enemigo que le ponga en aprietos, que convierta su victoria en un camino plagado de dificultades: un supervillano.

Mi Lex Luthor particular esperó a que pasara a su lado. Y entonces me clavó la kriptonita.

–¡Oye…!
–¿Sí?
–¿Cómo te has puesto esa camiseta? Te sienta fatal.
–¿Qué?
–Normalmente no se te nota tanto, pero así… Uf, deberías hacer un poco de ejercicio.

Incliné la cabeza. Vaya, quizás tuviera razón, debajo de la tela ajustada quizás faltara... ¿cómo expresarlo?... tonicidad muscular aquí y allá.

Atormentado, corrí a refugiarme en la fortaleza de la soledad. Necesitaré tiempo para recuperarme, porque una cosa son los superpoderes y otra los milagros. Pero que el mundo tome buena nota de lo que voy a prometer: algún día del próximo verano, cuando haya levantado las suficientes pesas, la camiseta azul… ¡volverá!

Bueno, ya veremos.

martes, 8 de abril de 2014

Imagine...

…all the people living life in peace…





miércoles, 2 de abril de 2014

Mi amiga

Le dije a la hora de comer a mi amiga que pensaba hacer una breve semblanza de ella, de sus méritos y sagacidad discursiva. Y lo prometido es deuda, así que, ¿para qué dejar pasar más tiempo?

Mi amiga es una Lady Sith del lado oscuro, suma sacerdotisa de Chtulhu, vecina prominente de Salem, guardiana de los misterios de Canaan, jibara adoptiva, gran empaladora transilvana.






A la mínima que te descuidas, disfruta triturando almas sencillas y angelicales (como la mía) en la Thermomix de su lengua acerada.

Con una mirada lee el más profundo de tus miedos. Con una palabra sobre el color de los calcetines que llevas puestos es capaz de mutar tu autoestima en flojera de gónadas.

O convertir tu templanza en la de un catador oficial de la Oktoberfest.

Incluso en el Fondo Monetario Internacional, ese reputado nido de azufre, tendrían buen cuidado de enfrentarse a sus iras. Yo creo que por eso seguimos en el euro.

Fillet of a fenny snake, / in the caldron boil and bake…

Y más cosas que ya se me ocurrirán, pero por decirlo en una sola frase…

Me cae bien mi amiga.

sábado, 29 de marzo de 2014

La encrucijada de Carabanchel

La Guerra Civil.

De las novelas que haya podido leer al respecto, La encrucijada de Carabanchel, de Salvador García de Pruneda, es la que más vívidamente acude a mi memoria para describir los años que acabaron conduciendo a aquella locura.



Se despidieron. Tomó Enrique el metro. Vio en las escaleras los mismos mendigos de siempre y en los coches atestados una humanidad que se hacinaba, camino de las Ventas.
−¡Sin empujar, que hay sitio!
Una muchacha de servir le decía a un soldado:
−¡Militar, no me meta la mano!
Cuando al entrar en una estación el tren frenaba, la masa humana iba hacia adelante; cuando arrancaba, hacia atrás. Miraba Enrique el movimiento alterno de las cabezas de aquella pobre gente, sus modestos atuendos, su alegre resignación.
−Vamos como sardinas en banasta –comentaba una vieja.
−A mí no me gusta la soledad –decía un hombre de unos cuarenta años, con pinta de jaque.
−Pues va usted bien servido, caballero –le contestaba una jamona.
Pensó Enrique en el confortable ambiente de Sakuska, en el césped mullido del hipódromo.
−Es mucha la diferencia –musitó entre dientes.


La historia abarca desde las boqueadas de la dictadura de Primo de Rivera hasta 1936. Dos de sus protagonistas, Enrique y Paco, son jóvenes estudiantes recién llegados a Madrid. Se habían conocido de niños y por casualidad vuelven a encontrarse durante una protesta universitaria.

La escena es curiosamente intemporal: manifestación no autorizada, fuerzas del orden público que quieren despejar la calle, carreras…

Llevados a la comisaría, comienzan a forjarse de nuevo esos lazos perdidos. Amistad a la que se unen otros condiscípulos y profesores, inflamados por los cambios que se avecinan en el destino del país.

Y también reaparece Ana María, aquella niña con quien jugaban y que ya no es una niña.

Los acontecimientos siguen su curso. Por un lado, los que quedarán recogidos en los anales: cae el gobierno, pasa sin pena ni gloria la “dictablanda” del general Berenguer, elecciones municipales, el rey abdica, se proclama la República…

Por otro, los pequeños detalles, las experiencias cotidianas que van moldeándoles: expectativas, incertidumbres, tertulias en el mítico café Granja el Henar, mentores como Don Mariano, figura valleinclanesca… También, en el caso de Enrique, la difícil elección entre el amor platónico por la aristocrática Ana María, o el mucho más carnal que le ofrece Fina, artista de variedades.

Y poco a poco, todos van tomando posiciones. Aquellos compañeros que antes formaban una piña comienzan a desconfiar unos de otros, a mirarse de manera diferente según su adscripción política: falangistas, comunistas, anarquistas, monárquicos, republicanos... Cada bando cree tener la razón de su parte, cada uno sueña con un ideal. Y Enrique ha de nadar entre aguas, sin querer renunciar a nada ni a nadie.

Hasta que llega el 18 de julio. Los sublevados en la capital se concentran en el Cuartel de la Montaña. Los milicianos pretenden tomarlo al asalto, imposible quedarse al margen. ¿Cómo reaccionarán Enrique y Paco? ¿Cómo lo harán los demás personajes que les han acompañado página a página? ¿Dentro o fuera de los muros? ¿Dispararán sin importarles quien se encuentre bajo la mira de sus fusiles?

El relato es absorbente. Los caracteres, incluso los secundarios, presentan un gran caleidoscopio de matices. La sociedad de la época se describe con maestría. No hay odios o sesgos, victimismos o triunfalismos.

El resultado es un libro redondo. Se editó hace ya mucho y no queda otro remedio que buscarlo de segunda mano, pero quien busque hallará. Vale la pena.

jueves, 20 de marzo de 2014

Otra vez primavera. Y ya van...

Al principio piensas algo así como: «Vaya…». Y quieres hacerte el tonto.

Después pasas a algo más meditado, más profundo, del tipo: «Jo…».

No entiendes lo que ocurre.

Hace calor.

Empieza a hacer demasiado calor.

Las sienes te laten.

Te esfuerzas en distraerse con otras cosas. Tus ojos vagan por muchos rostros, en realidad sin verlos, por las paredes, por el techo…

Pero vuelven a atravesar la multitud. Vuelven a dirigirse a…

Durante fugaces segundos, mantienes la mirada.

Fugaces segundos más valiosos que horas, que días, que años.






Y bueno, luego la historia continúa, o quizá termina tan de repente como empezó. Imposible escribirla igual para todos los habitantes del planeta.

Otra vez primavera, hay que fastidiarse. Y ya van...

domingo, 16 de marzo de 2014

Rebelde

–¿Te acuerdas del viaje a Italia que hicimos con el colegio?
–Hombre, ya lo creo. Aquel viaje de fin de curso…
–Tengo que confesarte una cosa: cómo te admiraba.
–¿Eh?
–Es que ibas a tu bola, escuchando esa música rara, y no te importaba lo que pensaran de ti los demás.

Me veo de nuevo adolescente, gafas de pasta marrones, entrecejo sin depilar, cámara Kodak Instamatic en el bolsillo del anorak, recorriendo en autocar las carreteras transalpinas: Venecia, Pisa, Roma… Pegado a mí, el pequeño radiocasete del que salía música rara.

–Ah, sí, todavía guardo aquellas cintas.
–Tenías personalidad, sí señor. Un rebelde contra el mundo.

¿Rebelde? ¿Yo? Miro extrañadísimo a mi antiguo conmilitón.

Hago entrechocar los hielos en el vaso.

Le doy vueltas a la idea.

Rebelde.

Mmmm…

Pues me gusta, nunca es tarde para volver a hacer locuras.

Decidido: necesitaré una Harley. Y creo también que me voy a hacer un tatuaje. Uno que ponga Wolfgang Amadeus…



miércoles, 12 de marzo de 2014

Los solteros

Un título rotundo de Muriel Spark, con efecto de llamada al ávido lector: Los solteros.

–¿Pero quieres casarte o no?
–No puedo decir que sí –dijo Matthew antes de sorber el té, que con el método de Ronald se había enfriado–. Todos tenemos el deber de casarnos. ¿No es así? Hay dos caminos en la vida: el sacerdocio y el matrimonio. Y hay que elegir.
–¿De veras crees que es necesario? –dijo Ronald–. A mí me resulta evidente que no es obligatorio elegir una de esas opciones. Estamos hablando de la vida. No es un juego.
–Sólo estoy repitiendo lo que me han enseñado en la iglesia –dijo Matthew.
–No es una doctrina oficial del todo –dijo Ronald–. No hay una ley moral que prohíba ser soltero. No exageres, por favor.
–Pero uno no puede pasarse la vida entera acostándose con chicas y confesándose luego.
–Eso es una cosa muy diferente –dijo Ronald–. Eso es puro sexo. Aquí estábamos hablando del matrimonio. Tú quieres tener una vida sexual pero no quieres casarte. No se puede tener todo.
–Al final no tendré más remedio que casarme –dijo Matthew, la mirada perdida en las hojitas de té que se mecían en el fondo de su taza–. El único modo que tengo de eludir el sexo es confesándome y renovando mis votos de castidad cada semana, aunque no siempre funciona.


La contraportada de la edición pone en boca de Evelyn Waugh: «Los solteros es la novela más elegante e inteligente de Spark. El libro que cualquier novelista querría escribir». Y aunque no deja de ser una frase publicitaria, por una vez lo que se ofrece no se aleja en exceso de lo que obtenemos.

Quizá su rasgo más destacado sea el estilo cien por cien british. Es decir, que la manera de contar, de dar vida a los personajes y las situaciones, el ambientillo, por intentar explicarlo de alguna manera, es marca registrada de autores de la isla. Como ver una serie de la BBC en la tele, vamos.




Y haciendo abstracción de ciertos desacuerdos sobre la Gran Armada, Gibraltar, la Guerra de la oreja de Jenkins y las judías estofadas con tocino en el desayuno, yo particularmente aprecio las virtudes de ese estilo. En este caso concreto, me gusta el fino humor que impregna cada página como la niebla en Piccadilly, y que sin mover a abierta carcajada, sí nos empuja con buen cuerpo tras las andanzas de un grupo de solteros londinenses: algunos empedernidos, irreductibles, y otros que se debaten entre continuar en ese estado civil o catar las mieles del matrimonio. Las vidas de todos ellos irán convergiendo en espiral hasta acabar reuniéndose en la sala donde se ha de juzgar a Patrick Senton, por fraude y falsificación. Ay, aquel "desafortunado incidente" ocurrido con la señora Flora…

Fácilmente recomendable.

domingo, 9 de marzo de 2014

Los judíos

Visitaba una sinagoga en la tunecina isla de Djerba, cuando una anciana señora, comentario va, comentario viene, me preguntó si acaso era yo también judío. No, no, le contesté, como si hubiera un familiar del Santo Oficio escuchando detrás de la puerta, presto a dar el chivatazo.

Pero fue una respuesta un poco precipitada, porque ¿quién sabe si la sangre de Maimónides corre por mis venas, o por las de cualquiera que haya nacido en Sefarad?

Arvoles yoran por luvyas
i muntanyas por ayres,
ansi yoran los mis ojos
por ti, kerida amante.



De manera que, para aprender algo más sobre el devenir del "pueblo elegido", que desde sus albores como tribu del desierto tan extraño protagonismo ha tenido a lo largo de la historia, propongo el libro Los judíos, de Luis Suárez.

Con el paso del tiempo, los inquisidores, cuya misión consistía en limpiar la sociedad de todas sus adherencias, fueron recogiendo datos acerca de los judaizantes. Las cifras correctas que manejamos de los procesos incoados por los famosos tribunales, permiten suponer que no eran demasiado numerosos si se compara con el total de la población conversa, pero podían contarse por millares los que habían vuelto a la obediencia del Talmud. Advirtieron entonces a los Reyes que la tarea a ellos encomendada no podía cumplirse mientras la ley amparase las prácticas talmúdicas de los judíos: en las sinagogas y en sus escuelas estaban los verdaderos focos de «herética pravedad». El 1 de enero de 1483, esto es, mucho antes de que Torquemada asumiese la dirección, los dos inquisidores escogidos por los Reyes de acuerdo con la bula de Sixto IV, Miguel de Morillo y Juan de San Martín, actuando de oficio, prohibieron la residencia de judíos en las diócesis de Sevilla, Cádiz y Córdoba. El Consejo Real ratificó luego esta orden, sin duda con conocimiento de los propios monarcas, asignando un plazo de seis meses para la evacuación. Muchos judíos creyeron que se trataba de una medida provisional y que, cuando los inquisidores concluyeran la tarea que, con gran dureza, estaban realizando, serían autorizados a regresar a sus casas.


Estamos ante una obra enciclopédica, erudita más que divulgativa. No quiero decir que se trate de un ladrillo, tampoco es plan de asustar, pero sí que su contenido es prolijo. En lugar de narrar hechos a vista de pájaro, el autor analiza de forma minuciosa todos los aspectos sociales, culturales y religiosos relacionados. Y teniendo en cuenta la amplia distribución geográfica de la diáspora y tantos siglos que tiene que cubrir en su propósito, tales aspectos resultan de lo más variado.

Por lo tanto, recomiendo no querer absorber todo el texto de una sentada, como si se tratase de una novela. Mejor una lectura tranquila, con suficiente tiempo por delante (y unos cuantos pretzel a mano y un vinito galileo para ir picando).

Y nada más. Shalom.