miércoles, 27 de octubre de 2010

El gato al que le gustaba la lluvia

Nuestro libro de hoy comienza cuando Lukas cumple seis años. Sus padres, Axel y Beatrice, le regalan a Noche, y él se compromete a cuidarlo responsablemente. Su hermano mayor, El Torbellino, no piensa ayudarle. Al contrario, para hacerle rabiar preferiría que echaran al intruso de casa. Y un día, al despertar, ha desaparecido.

Beatrice intenta tranquilizar a Lukas: no puede haber ido lejos, porque está lloviendo y todo el mundo sabe que a los gatos no les gusta mojarse. Pero, ¿y si el suyo fuese especial? ¿Y si hubiera viajado al País de la Lluvia, dentro de una gota de agua gigante? Al menos, esa es la versión de Axel.

No, seguro que es un cuento, ha de recuperar a su mejor amigo como sea. Colocará carteles en todo el barrio, ofreciendo un millón de recompensa, aunque primero tenga que averiguar cómo se escribe esa palabra. Y si es necesario, se escapará aún más lejos, con su almohada y dos bocadillos metidos en la mochila del colegio, para seguir buscando.

El gato al que le gustaba la lluvia, de Henning Mankell. ¿Literatura infantil y juvenil? Bien, de acuerdo. ¿Infantiloide? En absoluto. Mankell sabe lo que se hace, tanto en sus famosos títulos policíacos como en sus demás registros. De hecho, puede dirigirse a todo el mundo que no tema leer con otros ojos. Al fin y al cabo, como nota Lukas, «los padres piensan más despacio que los niños, y a veces les cuesta entender cosas sencillas».



jueves, 7 de octubre de 2010

Más historias de la Cochinchina

Hablábamos hace poco del caodaísmo, si no recuerdo mal. Hoy vamos a comentar algo más conocido: el taoísmo. Este resumen de sus creencias me lo hicieron rodeado por volutas de incienso, mientras visitaba un templo del barrio chino de Saigón. Ya me tenían medio convencido, un poco más y levito. Ooooooooommmmmm...

Lo más importante es el concepto de la reencarnación: hay que pasar por una serie de niveles o vidas intermedias, antes de que el alma purificada encuentre el camino al nirvana.

Así que uno se muere y se convierte en espíritu. Desde luego, es un problema. Entre otras molestias, resulta que no puede doblar las rodillas (por eso las puertas de los templos tienen un escalón que impide atravesarlas y dar sustos a los de dentro), y se siente solo y aburrido.

Entonces decide reencarnarse. Si se lo merece, será en una persona. En caso contrario, suerte que le toque un escarabajo pelotero. ¿Qué necesita para ello? ¿Qué es lo que busca con ansia para sus fines? Chasquea los dedos et voilà, aparece a la velocidad del rayo en el lugar idóneo: ahí lo tiene.

Mejor dicho, ahí los tiene. Lo que viene bien a sus planes es una pareja de amantes. No resulta difícil encontrarla, parece que medio planeta está dándole al tema. Aunque es importante que primero se cerciore de la elección.

Da unas cuantas vueltas alrededor, sin perderse detalle. Ay, cómo añora volver a ser un ente de carne y hueso. Y hace uso de otra de sus características sobrenaturales: la capacidad de leer el pensamiento. A ver, a ver, lo que está pasando ahora mismo por la cabeza de estos dos...

¿Que no os lo creéis? A mí es lo que me han contado. El resultado es que, si todo está a su gusto, ¡bang!, en el momento preciso el espíritu se cuela dentro de la madre y nueve meses más tarde (en ausencia de medios contraceptivos) viene júnior al mundo.

En resumen, que procuréis pensar cosas buenas en general, pero especialmente en algunas circunstancias. Yo, por mi parte, voy a seguir haciendo méritos para el nirvana. Me he traído a casa un cargamento de esos palitos de incienso. Ooooooooommmmmm...