domingo, 25 de julio de 2021

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXVI)

Una manera de decirlo sería afirmar que las obras de Joseph Roth reflejan la vida en el Imperio austrohúngaro.

Claro que no sería incorrecto, pero…

Qué corta se quedaría la descripción.

Las obras de uno de mis autores favoritos son el Imperio austrohúngaro. Contienen la metafísica de su existencia, la heterogeneidad absoluta de cada pedazo de tierra que lo conforma, su decadencia al mismo tiempo que su brillantez.

Las costuras descosidas de un mundo llevado a sus límites pero que se resiste a romperse.

En La marcha Radetzky, un joven teniente, descendiente de campesinos eslovenos e hijo del guarda de un parque, salva la vida del emperador durante la batalla de Solferino. El empujón y la bala que recibe en su lugar le valen el ascenso a capitán, la más alta condecoración y, sobre todo, el derecho a añadir un von a su apellido: Joseph Trotta von Sipolje.

Pero por mucho que a partir de entonces se le abra cualquier puerta en las vastas posesiones de su majestad, siempre se sentirá ajeno a ellas. No entiende ni comparte la grandeza que le ha sido otorgada.

Su heredero Franz, por el contrario, sí es consciente de esa importancia. Ha nacido ya con ella. La benevolencia de palacio pronto le eleva a jefe de distrito en Moravia.

Los domingos, la banda militar le obsequia en la plaza, bajo su balcón. El papeleo oficial, los almuerzos, el casino… El orden social impera, a pesar de alguna huelga y algunos potenciales descontentos que quisieran estropearlo. Los gendarmes los pondrán en su sitio.

Aunque es el nieto del héroe, Carl Joseph, la figura central del relato. Sus años en la academia de cadetes, los amores desgraciados, el juego, la bebida, las fiestas, los escándalos, las guarniciones de la frontera donde cada oficial es un inepto o un corrupto, y ni soldados ni habitantes hablan alemán…

Y el emperador Francisco José omnipresente, perenne desde su trono de Schönbrunn, guiando a sus súbditos tras el emblema del águila bicéfala.

Comienza la guerra. La Gran Guerra.

Un clásico de todos los tiempos.



miércoles, 14 de julio de 2021

Brevísima y elogiosa nota sobre… (LXXV)

Es curioso.

Todo cambia con el tiempo, igual que los rayos de luz capturados en una pintura. Por la mañana, el mundo que reflejan es uno, y por la tarde…

Según iba leyendo este libro, me decía a mí mismo: sí, todo está en su sitio. Todo resulta agradable, los personajes, la ambientación, las palabras elegidas por Tracy Chevalier

Además, la preciosa banda sonora de Alexandre Desplat para la película homónima danzaba suavemente en mi cabeza.

Y sin embargo, no era mi historia. La observaba desde fuera, desde el umbral de las páginas, con displicencia, pero no conseguía entrar en ella.

Griet comienza a servir en casa de Vermeer. Lava, cose, friega, va al mercado. Tanneke, Catharina, Maria Thins, Cornelia y su hermano y hermanas, Pieter, van Ruijven, van Leeuwenhoek, se mueven junto a ella en la gran escena.

Lo más importante es que no debe alterar el lugar exacto de los objetos mientras limpia el estudio del señor. Un lugar casi prohibido para los demás miembros de la familia.

Cada elemento de la historia en su sitio, pero sin aparente fuerza. Sin aparente pasión. Naturaleza muerta.

Es curioso. ¿Qué me hizo cambiar de percepción? ¿Cuándo empecé a recorrer las líneas de La joven de la perla bajo una luz diferente? Lo que fuera que antes le faltaba se asomaba ahora, adueñándose poco a poco de la pintura escrita.

Haciendo que el conjunto de emociones ocultas cobrasen sentido.

Llenando el lienzo de vida.

Como la joya del retrato.