| Los papalagi, de Erich Scheurmann. | |
| Tuiavii viaja al mundo de los papalagi blancos. | |
| ✮✮✮✮✩ | |
| A ver si aprendemos de una vez. | |
| Sanibel, de Scott Cossu & Eugene Friesen ♪♪♪ |
Tenemos hoy un libro simpático en la forma, pero con carga de profundidad:
Los papalagi somos los «blancos extranjeros». A principios del siglo XX, en el auge del colonialismo, Samoa era territorio ambicionado por varias potencias que enviaron a sus representantes para civilizar a los nativos.
Llevaron consigo prodigios: barcos que superaban a las más veloces canoas, luz en medio de la noche, máquinas de todo tipo, el metal redondo, los muchos papeles, los palos que lanzan fuego...
Fue entonces cuando el jefe Tuiavii hizo a su vez un viaje a Europa, con ánimo de contar lo que aquí aprendiera a su pueblo.
Confiesa que no siempre fue capaz de asimilar nuestras costumbres. ¿Por qué tantos tipos de taparrabos y esteras? ¿Por qué el ansia de cubrir los cuerpos? ¿Qué significa eso del «pecado»?
Llamaron también su atención las canastas de piedra que forman ciudades, bajo cielos de humo y cenizas. Y el hecho de que sus habitantes a menudo no conozcan ni el nombre de los vecinos.
Ah, los ojos de los papalagi delatan su gran amor: el dinero. En Siaminis lo llaman marco. En Fafali, franco. En Peletania, chelín, y en Italia, lira. Pero en todas partes es lo fundamental. Quizá solo el aire para respirar está —de momento— libre de su carga.
Los papalagi no cejan en su empeño de inventar objetos sin propósito ni belleza. Y las multitudes se vuelven locas por obtenerlos. Los adoran y cantan elogios.
Algo complicado de explicar es la falta de tiempo. Los papalagi dividen el día en horas, minutos y segundos, marcados por una especie de dedos que se mueven sobre una esfera. Perderlo les causa una angustia insoportable.
Las razones por las que unos papalagi son ricos y otros pobres, las profesiones, los locales de pseudovida, la enfermedad del pensamiento profundo o la oscuridad a la que quieren arrastrar a los samoanos, con la excusa de enseñar las escrituras de su dios, son otros de los temas que se tratan en estos discursos.
Simplicísimos en su estructura y sus palabras, casi infantiles. Y, sin embargo, en más de una ocasión he sacudido la cabeza reconociendo el saber que contienen.
Los papalagi no hemos cambiado. Seguimos aferrados a «necesidades» cuya obtención nos causa infelicidad y separación de la naturaleza.
Y así, en la tierra de los blancos es imposible estar sin dinero, ni siquiera por un momento, entre el amanecer y el ocaso, ¡sin nada de dinero! No podrías satisfacer tu hambre, tu sed, serías incapaz de encontrar una estera para la noche. Te encerrarían en la más sombría pfui-pfui y difamarían tu nombre en muchos papeles, porque no tienes dinero.
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