Fiesta para una mujer sola, de Ángel Vázquez, es una novela que no puede pasarse por alto. ¿Razones?
Primero, por méritos puramente literarios. Por su hábil estructura, su riqueza expresiva, sus diálogos, su capacidad para conseguir que el lector se sienta inmerso en cada ambiente y estado de ánimo de los personajes.
Segundo, porque fue mal vista por la censura cuando se publicó en 1964 y, si no prohibida, al menos obstaculizada en un intento por desterrarla al olvido. Había algunos a quienes su canto a la libertad resultaba inconveniente.
Paula está casada con Derrik, un inglés acomodado, pero solo por apariencia social. A los cincuenta años, la monotonía la rodea en su presente, su pasado y su futuro. Sobrevive organizando fiestas para invitados tan contenidos como ella misma.
Damián desea ver mundo y acepta un traslado laboral desde Madrid. Mucho más joven que Paula, intenta sin embargo aislarse, algo difícil de conseguir cuando se es un hombre atractivo, un polo que atrae con fuerza a los demás.
El encuentro de ambos tiene lugar en Tánger. Javier, quien ya de adolescente había presentido que no era como los demás. Julieta Grisson, risueña dama anacrónica. Santi, el diplomático. Nadia e Irene, las amigas de Paula... Todos acompañarán a los protagonistas en un juego marcado por fronteras que saben no deberían cruzar.
Insisto, hay que hacer justicia a la valía del autor, y leer este libro es un buen comienzo.
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Paula observaba febril a aquel desconocido. Alguien a quien nunca habría de ver. Examinaba con detenimiento su figura. Su mirada trepaba por el rostro en escorzo del muchacho, en un vano intento por arrancar de la distancia el misterio de una revivida añoranza. Por eso ella odiaba cualquier acontecimiento público. Lo odiaba y lo temía. Los recuerdos embestían siempre de forma inesperada.