sábado, 22 de diciembre de 2018

Reflexiones de diciembre

Nuevo día. Me preparo para lo que pueda ofrecer el mundo.

Aunque nunca se está realmente preparado si solo pensamos en cosas buenas.

Las noticias abren con una mujer asesinada en Huelva. Laura. Nos mira desde su fotografía en la pantalla del televisor. Nos habla antes de convertirse en parte de una estadística.

Y continúan en una universidad catalana, donde alguien que aspira a estar en el otro lado, en el de quienes arrancan vidas, amenaza a estudiantes constitucionalistas con coger una pistola y pegarles un tiro en la cabeza.

Una única palabra.

Odio.

Un odio que no tiene explicación. Puro mal.

A las mujeres, al color de la piel, a quienes han nacido aquí o allá, a los que no piensan lo mismo, a los que no quieren perder su libertad...

Odio a todo y a todos.

Y aquellos que vomitan odio acabarán en algún momento su existencia, corrompidos por su propio veneno. Y al mirar atrás sabrán que han desperdiciado miserablemente cada minuto.

Pero hasta entonces, debemos luchar contra ellos. Hacer que paguen aunque sea una fracción de lo que nos arrebatan.

Con la justicia, pero también con lo que más detestan: una sociedad de respeto, donde mujeres y hombres, mujeres y mujeres, hombres y hombres están juntos porque lo desean. Sin violencia ni imposición ni miedo.

Una sociedad donde se convive. Donde ese de ahí, el que habla otra lengua, no es un enemigo. Ni el que viste o se corta el pelo de tal o cual manera. Y ese otro, al que le gusta una forma de gobierno distinta a la tuya, tiene derecho a decirlo. Y obligación de escuchar tu respuesta.

Y sobre todo, por encima de todo...

Donde cada uno, al ir de nuevo a dormir, nos sintamos decentes con nosotros mismos.

Adelante.

Adelante.



viernes, 14 de diciembre de 2018

Día 13

Debe de ser que la vida
nos da momentos para no pasar de largo
y otros para rememorar
el eco mientras nos alejamos.



jueves, 6 de diciembre de 2018

Manifiesto cívico (VIII)

Cuando redactamos la primera, allá por 1812, supuso un avance impresionante. Y digo redactamos, en vez de redactaron, porque es un acervo del que sentirse orgullosos, como si hubiéramos estado allí.

De repente, la voluntad o el simple capricho de un rey "por gracia divina" no resultaban la última palabra. Aparecieron otras como Nación, ciudadanos, electores y derechos.

Y si hoy en día nos parece lógicamente anticuada, no debemos olvidar su época y su propósito. ¡Qué historia tan diferente si los absolutistas enemigos de sus ideas no hubieran prevalecido!

De la misma manera, la Constitución de 1978 nació con un propósito: nunca más sujetos, no ya a la voluntad o simple capricho de un rey, sino a cualquier tiranuelo con espuelas.

Pero es que ni siquiera nuestros representantes, con toda la legitimidad de sus cargos, pueden promulgar leyes partidistas que vayan en contra de la norma fundamental.

Por eso conviene tener muy claro qué es la Constitución. Y también qué no es.

Su raíz, principio y origen es la soberanía del pueblo español, del que emanan, como señala el artículo segundo, los poderes del Estado.

Es decir, muchos millones de conciencias individuales, voluntades, formas de pensar y sentir. Muchos millones que, en sociedad, compartimos nuestras vidas.

La Constitución es un acuerdo. De mínimos, si se quiere, pero un acuerdo. Hay renuncias particulares para obtener a cambio un bien común. Quizá no el soñado por todos, pero uno que no aparta a nadie.

Ni siquiera a quienes quisieran apartarse por sí mismos, por no aceptar otra cosa que su propia e "iluminada" visión del mundo. Absolutistas de nuestra era. Incluso a ellos la Constitución les protege.

Por otro lado, la Constitución no es una panacea. La desigualdad, la injusticia, la violencia –la lista sería larguísima–, no se resuelven solo con un libro en la mano. Hay que remangarse con pico y pala.

Aunque si no tuviéramos ese libro, tampoco tendríamos los materiales con que fabricar las herramientas.

Acuerdo no excluyente y un fin que requiere poner los medios para cumplirse. Así lo entiendo yo, ciudadano de a pie nada más. Pero tampoco nada menos.

¿Nos hace entonces la Constitución más fuertes? ¿Seguiremos celebrándola? ¿Defenderemos con fe sus valores? ¿Merece de verdad la pena?
La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:
Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.
Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.
Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.
Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.
Establecer una sociedad democrática avanzada, y
Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra.


Sí, definitivamente la merece.

¡Viva la Constitución Española!