La zarza declara a Moisés su interlocutor y a Aarón quien convenza al pueblo con el don de la palabra. Pero los objetivos de ambos son distintos.
El pueblo no comprende las exigencias, solo mediante milagros cruzarán el desierto.
Los ancianos y sacerdotes se inquietan por la ausencia de Moisés. Los israelitas danzan alrededor de ídolos. Excitación, fiebre, sacrificios de sangre.
Moisés reniega de ellos y los hace huir. Aarón contrapone la eternidad de Dios y el presente ofrecido por los otros dioses: ¿qué necesitan más?
Las tablas de la ley yacen rotas. ¿Es la columna de fuego que ahora los guía un símbolo? En tal caso, ¿no debería llamársela también ídolo?
Schönberg no llegó a escribir la música para el acto III
Sí, sí, submarinistas, habéis leído bien. Y un toro de verdad. Y una damisela con atuendo (o no atuendo) de los de pasar frío.
Gran éxito y aplausos con ganas.
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