martes, 31 de mayo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCV)

En el pueblo de mis mayores hay una estatua. Un busto, por ser más preciso.

Según la hemeroteca, el día de su inauguración se reunió la crème de la crème de los felices veinte: el gobernador civil, el militar, el alcalde, los mandos del Regimiento del Príncipe, de Carabineros, de la Guardia Civil, el delegado gubernativo…

El señor alcalde presentó el acto. El secretario leyó los telegramas de altos oficiales en memoria del homenajeado. Una señorita pronunció un discurso "muy elocuente y oportuno". Otro caballero aportó unas "cuartillas tan brillantes como patriotas y poéticas". El mencionado gobernador militar propuso que cada año los niños acudieran allí desde las escuelas, para inculcarles "el amor a la patria".

El gobernador civil abundó en el tema, "entonando un canto a nuestra gloriosa tradición militar, cuando nuestros soldados asombraron a Europa dirigidos por sus valientes capitanes y escribieron las inmortales páginas de Gravelinas y otras".

Al finalizar, el cronista se lamentó de no haber podido asistir al lunch en casa del alcalde, por premuras de tiempo.

El teniente coronel don Emilio Villegas Bueno, hijo predilecto de la localidad, fue a morir gloriosamente en el norte de África. Aplausos.

En la guerra más absurda e infame, y esto lo digo ya sin ironías, que imaginarnos podamos en nuestra rica historia. Al menos, mientras algo aún peor se preparaba.

El libro cuya lectura propongo para sustentar estos rigurosos calificativos es Annual 1921, de Manuel Leguineche. El desastre de España en el Rif.

Siguiendo la imperecedera tradición humana de descuartizarnos unos a otros con regularidad, en los conflictos que llaman coloniales no faltan ejemplos de ejércitos "modernos" masacrados por los "brutos" nativos. Se me ocurren, así a bote pronto: el Séptimo de Caballería en Little Big Horn, los británicos en Isandlwana, los italianos en Adua, los franceses en Dien Bien Phu…

Annual fue la tumba de miles de soldados de reemplazo cuya suerte, al ser llamados a filas, dictó que habían de civilizar un erial de piedras y arena, habitado por tribus con la gumía afilada. Hasta que la sustituyeron por fusiles y cañones sobrantes en Europa, gran parte aportados por negociantes del mismo país cuyos vástagos iban a alimentar a los buitres. La pela es la pela.

Manu Leguineche, como es más conocido el autor, plantea un relato que no se parece a un tomo de historia académica al uso. Más bien se trata de un inmenso reportaje periodístico, o una sucesión de ellos, con una fuerza expresiva y una fidelidad a lo ocurrido impresionantes. Su pluma nos hace sentirnos verdaderamente allí.

A lo largo de entrevistas, recuerdos, informes, diarios personales, se tejen hilos para ilustrar una época de corrupción e ineptitud sin límites, del rey abajo. Donde se rapiñaban medicinas, agua o comida hacia bolsillos particulares. Donde las ambiciones de ascensos y medallas primaban sobre toda lógica. Y donde, como suele convenir, los que al final cargaron con las culpas habían muerto "gloriosamente".

Qué tiempos… ¿aquellos?

No deja de lado, desde luego, la crónica de la batalla en sí, sus prolegómenos, actores y consecuencias. Pero se centra en cómo vivieron los hechos los protagonistas más que en descripciones a ojo de águila que podamos encontrar en una enciclopedia.

Alfonso XIII, Berenguer, Silvestre, Abdelkrim, el Raisuni, Franco, Indalecio Prieto, Picasso, el general cuyo demoledor informe sobre las causas de la derrota precipitó la dictadura veladora de Primo de Rivera…

El recluta Eulogio de Vega, el recluta José Cañizo, el recluta Julián Sanz, el recluta Mariano Gálbez…

La defensa sin esperanza de los blocaos, el aterrador destino de los prisioneros, la última carga del Regimiento Alcántara…

Una obra sobresaliente.




miércoles, 18 de mayo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCIV)

Bromeaba el otro día sobre la "culpabilidad" por leer un libro considerado clásico en la, digamos, mediana edad. Lo cual implicaría haber postergado algún conocimiento valioso a cambio de cien de "inferior" importancia.

Pero también venía a decir que quizá sea ahora la oportunidad idónea para apreciar ciertas obras en toda su dimensión. Quizá la vida, los años, las experiencias personales acumuladas, ayuden a tender puentes hacia el mensaje del autor o autora.

¿Significa que he entendido mejor a estas alturas el Siddhartha de Hermann Hesse, por ejemplo? ¿Qué he sabido interiorizar con más aprovechamiento sus palabras? No me atrevo a contestar categóricamente, pero me gustaría pensar que sí.

Siddhartha es un hombre que no halla su sitio. Incluso cuando, bajo el prisma de los demás, ocupa el hueco correcto en el engranaje del mundo, él cree que ha de seguir buscando.

Que la búsqueda es tanto un proceso como un estado.

¿Por qué estamos aquí? ¿Somos una casualidad cósmica? ¿El juego de un demiurgo? ¿Tiene todo esto algún sentido?

¿Sabiduría? ¿Amor? ¿Espiritualidad? ¿Riqueza? ¿Dogmas?

Como hijo de brahmán, la religión oficial le proporciona "certezas" muy cómodas. Una comodidad vacía.

Como samana o asceta vagabundo, la renuncia a lo material en realidad le detrae, le quita una parte de su ser, al negar las sensaciones obtenidas a través de su cuerpo.

Su encuentro con Buda parece el final del camino. Es tanta la impronta del Ser Perfecto en los corazones… Así lo decide Govinda, el amigo que le acompaña en su viaje. Aunque Siddhartha opta por no detenerse.

Kamala, la bella cortesana que le elige como compañero. Kamaswami, el adinerado mercader de quien se convierte en mano derecha. ¿Décadas aprendiendo junto a ellos no son aún suficientes?

Un sencillo barquero, Vasudeva, es su última esperanza. Compartir su cabaña, su alimento, el lenguaje secreto del río que habla a quien quiera escuchar… ¿Es eso? ¿Lo ha conseguido entonces?

¿Y qué papel reserva el destino a su hijo, nacido tras dejar atrás a Kamala, cuando ambos sepan de la existencia del otro?

Nadie más que Siddhartha puede darse a sí mismo una respuesta.

Igual que cada uno de nosotros.



jueves, 5 de mayo de 2022

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XCIII)

El pianista Glenn Gould explica por qué eligió cada pieza específica de Bach que suena en la película. Su intención habría sido trascender las escenas, no acompañarlas en segundo plano. Crear con la música una intrahistoria, un viaje a través de las diversas etapas en la existencia del personaje principal.

Billy vagando por los bosques de las Ardenas, conmocionado por el estruendo de la artillería y los panzer… Su traslado a un campo de prisioneros en Dresde… La destrucción de la hermosa ciudad por el bombardeo de 1945… El retorno a casa… Su trabajo, su esposa, sus hijos… Los paseos por el espacio y el tiempo entre la Tierra y el planeta Tralfámador, donde Billy, según su testimonio, es expuesto en el zoo en compañía de la actriz Montana…

Antes de la película, Kurt Vonnegut había escrito el libro en el que se inspira. Escucho el disco de Bach mientras pergeño la nota sobre Matadero cinco.

Personas más sabias que yo han catalogado esta novela como uno de los grandes clásicos del pasado siglo, así que supongo que mi tardanza en acercarme a ella me hace reo de alguna falta. Al menos, de un pensamiento culpable. So it goes, es lo que hay.

Pero, por otro lado, en un mundo donde la guerra sigue siendo la rueda que gira bajo la vida —la "antivida", sería más adecuado decir— siento que no hay mejor ocasión para leerla.

Siento que la sencillez y la profundidad de sus páginas, sin ninguna contradicción entre ambos términos, se manifiestan hoy con pleno significado.

No sé qué podría reseñar con un mínimo de originalidad. Algo que compense a quien haya llegado a las Tres corcheas y se encuentre leyendo estas líneas. Es tanta, precisamente, la libertad de pensamiento que nos ofrece Vonnegut…

La figura de Billy, lo contrario al arquetipo del soldado, inmerso en la lucha de forma risible, sujeto a un cautiverio humillante, testigo de acontecimientos inabarcables, y que, como si fuera idiota, resume cada una de sus experiencias con un descuidado «es lo que hay», nos desvela el destino del ser humano.

Peleles, ni siquiera marionetas movidas por hilos, muñecos de trapo lanzados aquí y allá por fuerzas que no vemos, no elegimos, no sabemos controlar.

Las continuas líneas cruzadas entre la cotidianidad —empleo, familia, amigos— y lo extraordinario —la capacidad de Billy para recorrer el universo a voluntad, con su presente, pasado y futuro abiertos ante él, convirtiéndose así en "inmortal"—, nos sugieren una vía de escape.

Quizá interior —nadie le cree cuando cuenta algo tan fantasioso, incluso los más allegados se lo reprochan, como salidas de tono impropias de un hombre de clase media acomodado—, pero una puerta al fin y al cabo.

Y, en conjunto, no me cabe duda de que Matadero cinco merece con creces el podio al que personas más sabias que yo la han elevado.

Memorable. Es lo que hay.