lunes, 26 de diciembre de 2011

Roma y los bárbaros

Celtas, germanos, griegos, persas, dacios... Todos estos tipos y unos cuantos más tienen voz en Roma y los bárbaros, de Terry Jones y Alan Ereira.

Quizá, si añadimos que Jones es uno de los Monty Python, entenderemos mejor su visión heterodoxa de la historia.

Los celtas vienen primero. Navegantes, mercaderes, orfebres, campesinos, guerreros... Sus barcos seguían rutas comerciales regulares entre el sur de Iberia y el norte de Irlanda. Construían calzadas. Sus escudos y carros fueron descaradamente copiados por las legiones.

Para los britanos, la mujer tenía los mismos derechos que el hombre. Y eran incluso más feroces en la batalla. Es el caso de Boudicca, de la que podremos leer sus peripecias junto a las de Cartimandua o Cunobelino.

Luego aparecen los germanos: gente campechana, fuertota, con una idea de la guerra basada en la pura competición deportiva. Partidarios de la igualdad social, repartían las tierras rotatoriamente cada año. Hermann (o Arminio, según la versión latina) es su representante más destacado.

Si hablamos de los dacios, las pistas lo sitúan como un reino próspero, tanto a nivel técnico como artístico y de pensamiento. A Decébalo se le unen nombres más antiguos como el rey Burebista o el filósofo Salmoxis, cuya importancia religiosa podría haber llegado a ser igual a la de Buda.

Y llegamos a los godos. El saqueo de Roma en 410 d.C. se interpreta aquí como "un lance tergiversado", ya que ni destruyeron la urbe ni diezmaron a sus habitantes. De hecho, Alarico, el caudillo que lo llevó a cabo, era cristiano. ¿Qué ocurrió entonces en realidad?

Mucho más se cuenta en el resto del libro: sofisticados helenos, tolerantes persas, hábiles partos, incomprendidos vándalos, alegres pastorcillos hunos, etc., etc. Bueno, os dejo, que he quedado para tomar unas libaciones con mi amigo Pijus Magnificus.



martes, 20 de diciembre de 2011

Dos versiones de la escena

Nuestras miradas se cruzaron. Yo llevaba un esmoquin blanco y ella un vestido de noche, acariciado por la brisa. Se acercó con pasos lentos, felinos, la melena cayendo como una cascada sobre su espalda. Cuando llegó hasta mi mesa, las notas del piano y el bajo comenzaron a sonar. Ella cantó. Sus labios cantaron sólo para mí.

¡Corten! No, esto no queda bien, poco realista. Vamos a rodar otra vez la escena, a ver si ahora la cuentas mejor. ¡Acción!

Se acercó taconeando con unas botarras que no pegaban ni con cola al clima tropical. Ni tampoco la falda de cuero, ni los leggings, ni nada de lo que vestía con escaso gusto, francamente. Cuando llegó hasta mi mesa, el tipo de los teclados y el del bajo empezaron a tocar desafinados. A continuación cantó con voz chirriante y repitiendo el estribillo como cuarenta veces.

Fin.



martes, 13 de diciembre de 2011

Operación Noche y niebla

Fue en la última Feria del libro, mientras mis ojos escrutaban los títulos alineados dentro de la caseta húngara, cuando se detuvieron en Operación noche y niebla, de Elisabeth Szel.

Por su envejecido aspecto, no parecía una edición reciente. Abrí un ejemplar y lo corroboré: medio siglo desde que salió de imprenta. Me dijeron que había sido la propia autora quien los trajo.

En su interior aparecía el subtítulo: El caso Wallenberg.

El caso Wallenberg... ¡Claro, ya me acuerdo! Raoul Wallenberg, el diplomático sueco que desapareció a finales de la Segunda Guerra Mundial. Me lo llevo.

Destinado en Budapest durante 1944, Wallenberg consiguió salvar a miles de personas perseguidas por los nazis y sus aliados locales del partido de los flechas.

Para ello utilizó todo tipo de métodos, desde concederles salvoconductos como ciudadanos de Suecia y refugiarlos en edificios "anejos" a la embajada, hasta sacarlos literalmente en su automóvil de las columnas de deportados hacia los campos de exterminio.

El misterio surgió cuando entraron las tropas soviéticas. La versión más extendida cuenta que nuestro hombre fue encerrado en la cárcel moscovita de Lubyanka. Pese a las posteriores indagaciones y presiones internacionales, nunca se volvió a saber de él.

Elisabeth Szel construye esta novela alrededor de su figura, en la que le muestra como «un héroe, generoso, romántico, audaz, increíble». Su oponente es el siniestro Adolph Eichmann, responsable de ejecutar la solución final en el país centroeuropeo. Junto a ellos, muchos personajes reales, alemanes, suecos, húngaros, hoy anónimos o que figuran en los libros de historia.

La confrontación pasa por salones palaciegos, despachos de la Gestapo, cabarés regentados por agentes dobles, centros de detención de los flechas, y las calles e incluso tejados de una ciudad cercana al paroxismo. Ambos enemigos se conocen perfectamente e intentan adelantarse al próximo paso del otro, tal como demuestran en sus encuentros oficiales, cada vez más amenazadores. Tensión que se mantiene hasta el 17 de enero de 1945, aquel último día.

Aunque la escritura peque de candidez, sacrificando la profundidad psicológica en aras de la agilidad narrativa, el conjunto resulta interesante sobre todo por su valor testimonial. Personalmente recomiendo su lectura. La de relatos así perdidos que habrá por el mundo, aguardando una pequeña resurrección en nuestras manos...



sábado, 26 de noviembre de 2011

Intimidad

En su novela Intimidad, Hanif Kureishi viene a darle el milésimo repaso a ese tema tan sencillo y tan complicado de las relaciones de pareja. Todo comienza, en palabras de Jay, el protagonista, "la noche más triste". Dentro de unas horas, cuando su esposa Susan vaya a trabajar, piensa abandonarla a ella y a los niños.

¿Se atreverá a hacerlo? ¿De qué manera siente él un matrimonio que para nadie más presenta síntomas de crisis? ¿Es que ya no se aman?

Las preguntas van sucediéndose. Recuerda, duda, razona, intenta justificarse a sí mismo, porque no está seguro de si las causas en realidad existen, o es que simplemente todo en la vida ha de tener un comienzo y un final.

Con estos mimbres ya se anticipa cierta densidad en la trama, a riesgo de que a veces se convierta en un pequeño embrollo, con excesivos giros sobre las mismas ideas. O quizá sea Kureishi quien busca ese efecto premeditadamente, para trasladarnos la confusión que atormenta al personaje.

En cualquier caso, a mí me costó un poco zambullirme en ella, aunque reconozco que la obra tiene sus virtudes. De hecho, el encargado de la librería me felicitó por haberla elegido, cuando la compré.

Nada más por hoy.



lunes, 21 de noviembre de 2011

Cómo me quedé calvo

Presentemos a Marek, el personaje principal de Arnon Grunberg en su novela Cómo me quedé calvo.

Marek es un poeta y estudiante de filosofía que anhela experimentar un amour fou, loco, total, desatado, en el que su fuego vital roce el infinito. Como todo el mundo, claro.

Pero aparte de la timidez, va a tener ciertos problemillas. El primero es de imagen: la progresiva alopecia. Y el segundo, bastante peor: su... su... eso... no está en proporción con el resto de su cuerpo. Una cuestión de centímetros.

Así comienza un relato de desventuras con continuos saltos en el tiempo, entre el presente y los años en que las ondas castañas aún adornaban la cabeza del protagonista.

Los demás miembros de la familia, padre, hermanos y madrastra, tampoco le ayudan mucho, inmersos en sus propias rarezas. Y el ambivalente recuerdo de su madre, desaparecida al resbalar durante una excursión alpina, le acompaña siempre como una sombra. ¿Conseguirá conocer a la chica de sus afanes?

Sin que me parezca malo, tampoco creo que funcione al cien por cien. Va desinflándose cuando aún quedan un montón de páginas por delante, y ni siquiera el misterio sobre la muerte de la madre trae de nuevo expectación. Resumiendo, un aprobadillo para premiar el original planteamiento de inicio.

Hasta la próxima.



martes, 11 de octubre de 2011

Elogio del amor

Hoy comentaremos Elogio del amor, del filósofo Alain Badiou.

Se estructura este ensayo en forma de entrevista, con seis capítulos y una conclusión. En el primero, «El amor amenazado», el autor analiza los eslóganes publicitarios de cierta agencia para encontrar pareja por Internet: "Tenga amor sin azar", "Se puede estar enamorado sin caer enamorado" o "Puede usted perfectamente estar enamorado sin sufrir por ello". De ahí advierte que no es posible evitar a toda costa las equivocaciones. Medir, calcular, encerrarnos tras las rejas de una presunta compatibilidad matemática, viene a decir, elimina "toda poesía existencial". Para alcanzar el premio del éxito, tenemos que arriesgarnos al fracaso.

A continuación, en «Los filósofos y el amor», reflexiona sobre la presencia del concepto en la historia del pensamiento. No excesivamente destacada, a su entender, pese a tratarse del centro de los anhelos del ser humano. Diferencia entre tres corrientes: la romántica, que considera el éxtasis del encuentro como principio y fin en sí mismos; la comercial, por la que "individuos libres declaran que se aman", prestando atención a las ventajas que pueden obtener a cambio; y la escéptica, que hace del amor una simple ilusión, un maquillaje del deseo físico.

«La construcción amorosa», el tercer capítulo, defiende que el amor no se realiza plenamente en la inmediatez, sino mediante la duración. Desde que los amantes se conocen sorpresivamente, comienza una "aventura obstinada" para vencer los obstáculos que sin duda se irán presentando. Cambia su sentido del tiempo y del mundo, que de concebirse bajo la forma del Uno, pasa a adoptar la del Dos (con mayúscula).

Más adelante, en «La realidad del amor», aclara Badiou que el Dos no supone eliminar la diferencia, que no nos fusionamos en un solo ente, y es ahí donde radica el gran misterio: contemplamos la vida de manera única pero a través de una mirada doble. La declaración del sentimiento, articular por primera vez las palabras "Te quiero", puede venir acompañado de una angustia casi insoportable. No sin motivo, pues de la respuesta positiva o negativa depende que aquel azar se convierta en un destino.

«Amor y política»: reconozco que a partir de aquí no me resulta tan sencillo describir el contenido. Más o menos, consiste en una digresión sobre similitudes y diferencias entre ambos. Aun separando los contextos y rechazando las manipulaciones ideológicas del amor, al fin y al cabo en política se estudia "de qué son capaces los individuos cuando se reúnen, se organizan, piensan y deciden". Con lo cual, algún paralelismo asoma en el fondo.

Y llegamos a «Amor y arte», otro apartado de difícil ilación dentro del discurso. Para ilustrarnos, recurre a muestras de Rimbaud, Breton, Marivaux, Pessoa, Vitez o Samuel Beckett. Igualmente, a sus propias novelas y piezas teatrales. Una especie de análisis sobre ética y estética.

La conclusión sigue incidiendo en esta curiosa deriva, mediante un repaso a la actualidad política francesa: Sarkozy, con los precedentes de Pétain o la restauración de 1815, se enfrentaría al periodo revolucionario, la comuna y mayo del 68, al igual que el amor obediente a la "lógica y la seguridad" se opone al "transgresor y heterogéneo".

Salvando las secciones más confusas, Elogio del amor es un texto de calidad, interesante..., bonito. Intenta dejar atrás tanto el idealismo como el realismo extremos, y no obstante, se nutre de esperanza, optimismo, de alegría incluso. Quizá echo de menos que comente la otra cara, la del fracaso, ese al que no debemos tener miedo aunque en ocasiones resulte vencedor. Pero nada, si tenéis la oportunidad de leerlo, no lo dudéis.



lunes, 3 de octubre de 2011

Cada siete olas

Al final de Contra el viento del norte nos habíamos quedado en una disyuntiva, si recordáis. Daniel Glattauer dejaba a Leo expatriándose a Boston y a Emmi en la vieja Europa. Todo por no haberse atrevido a acudir a aquella cita para conocerse en persona.

Pues bien, la continuación, Cada siete olas, nos ofrece algunas respuestas. Leo ha vuelto, y cuando Emmi consigue ponerse en contacto con él sin que el servidor de correo le devuelva el mensaje, retoman su relación epistolar. Ninguno ha olvidado lo que sentían o creían sentir, sólo que... él no ha vuelto solo. Y ella sigue casada.

Nuevamente el intercambio de ideas, comentarios, opiniones, seguridades e inseguridades entre ellos, hasta que por fin se deciden al encuentro real, con el resultado inmediato que cabía esperar, pero que tampoco resuelve nada de nada.

Y así  transcurre el libro, a base de desnudar metafóricamente a los protagonistas y hacer que se enfrenten a sí mismos. ¿Cómo acabará la historia? ¿Cómo explicarles a sus respectivas parejas, que al fin y al cabo también tienen sentimientos, cuánto se necesitan? ¿Lo entenderán?

No está mal. Incluso diría que Glattauer enriquece la trama mejor que en la primera parte, gracias a la permanente presencia de terceros en la sombra. Quizás el único punto "dudoso" para la verosimilitud sería el lenguaje, desde luego bastante más elaborado que el habitual en el correo electrónico, pero tampoco es algo de lo que quejarse. A leer.



jueves, 29 de septiembre de 2011

Vienen a decirme…

Vinieron a decirme que estabas muy enferma, que desde tu cama, tras años de lucha, tus ojos miraban ya apagados.

Y yo sólo veía imágenes de vida. Sonrisas ante la cámara. Alegría rodeándote. Un ramo de flores blancas. También tú vestida de blanco.

Ahora, vienen a decirme que...



jueves, 15 de septiembre de 2011

El fútbol a sol y sombra

Pues no sé si habrá mañana mucha polémica, pero esta es mi decisión inapelable: penalti a favor de El fútbol a sol y sombra. Chuta Eduardo Galeano.

Tenemos aquí un conjunto de artículos que glosan múltiples aspectos del balompié, desde la más simple anécdota que ocurrió en tal o cual partido, hasta la más profunda mística cuando millones de personas alcanzan una comunión de fervor al final de los noventa minutos.

Si bien cada uno presenta un grado de interés variable, la verdad es que la mayoría consigue transportarnos al momento que describen: un remate de Pelé, una parada de Zamora, una jugada gloriosa de algún jugador olvidado de los tiempos del blanco y negro... Gran mérito de la prosa apasionada de Galeano.

Pero lo más curioso es que ni siquiera hay que ser practicante activo de la religión pelotera para disfrutar de estas historias. Porque son como parábolas extrapolables a cualquier aspecto de la vida (la gloria efímera, el valor del esfuerzo, el triunfo de lo inesperado). Todas las pasiones humanas acaban viéndose reflejadas en la cancha, listas para jugar el partido.

¡Goooooooool!



lunes, 12 de septiembre de 2011

La llamada (IV)

Vi con alarma cómo se apresuraba hacia mí, a pesar de sus tacones altos y su traje de falda estrecha. ¿Qué pretendía, practicar en el último segundo el salto del tigre? ¿Debía yo por tanto adoptar la tsuru ashi dachi, más conocida en términos de defensa personal como postura de la grulla? Aiooooooo...

–Perdona, ¿puedes hacerme una perdida?

Tenía el sol de frente, por eso no pude fijarme bien en sus pupilas. ¿Estaban dilatadas? ¿Nos conocíamos de algo? Lo de hacerle una perdida, ¿se trataba de algo lúbrico? Las preguntas se sucedían en mi interior.

–¿Cómo?
–Ay, es que no sé dónde tengo el móvil –abrió el bolso y empezó a revolver su contenido–. Llámame, a ver si lo encontramos. Mi número es el 660...

Vaya, eso lo explicaba todo: el viejo truco del intercambio de números de teléfono. Debía de haber experimentado un flechazo a distancia, para correr a pedírmelo con tanta urgencia.

Marqué los dígitos delectándome, con el pecho hinchado de orgullo. Pulsé el botón. La miré. Me miró. Momento de gran intensidad emocional: ¿sonaría un violín como fondo de nuestra primera comunicación?

–Yo no oigo nada.
–Entonces es que me lo he dejado encima de la mesa. Me voy corriendo, muchas gracias. Eres un encanto.

De nuevo el acompasado y veloz golpear de sus tacones contra el pavimento. ¿Eso era todo? ¿Me abandonaba así?

Alrededor de una hora más tarde, el 660... apareció en mi pantalla. ¡El violín, rápido, el violín!

–Hola, tengo una llamada tuya. Eres el mecánico, ¿no?
–Eh, no, soy el tipo al que paraste antes en la calle. No sé si te acuerdas...
–Aaaaah. Bueno, te dejo, que estoy esperando al mecánico. Gracias otra vez, eres un encanto. Clic.

Pues seré un encanto, pero preferiría haber sido el mecánico...



martes, 6 de septiembre de 2011

El libro de las maravillas

Un barco pirata navegando por las arenas africanas. Un mago harto de los ruidos de Londres, que encarga a su acólito el ingrediente necesario para hacerlo desaparecer.

Nómadas aterrados porque saben quién ha encendido la luz en la cámara superior, mientras intentan robar la Caja Dorada. El destino del señor Thomas Shap tras coronarse rey.

Por qué el lechero se estremece cuando divisa la aurora. La profecía sobre aquel que ha de llegar a la ciudad de Jamás.

Una inquietante tienda donde los clientes acuden a intercambiar sus males. Los celos entre un ídolo centenario y la nueva imagen que los sacerdotes colocan cerca de su pedestal…

Estas son algunas de las historias que se ocultan tras las tapas de El libro de las maravillas, de Lord Dunsany.

Historias breves, subyugantes, que desearemos leer con un vaso en la mano junto al vivificador fuego de una posada, mientras fuera… quizá algo con lo que no conviene encontrarse merodea en la oscuridad.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Via dell'...

Es una calle que muchos buscan.

A veces, deambulando por callejones que vagamente se le parecen.

Otros no. Llegan a ella de forma inesperada y simplemente entran.

Aunque hay quienes la evitan. Tienen miedo a caminar por ella.

Puede ser arriesgado, es cierto.

Porque nunca se divisa adónde conduce. Y la respuesta no figura en ningún mapa.

Incluso con la luz del día más transparente, cuando nada puede ocultarse detrás de las esquinas, en alguno de sus recovecos, hay quienes se asoman a ella con recelo, a través de ventanas con vidrios emplomados.

En el familiar silencio de sus casas, se saben seguros.

No abren las cerraduras. No cruzan los umbrales. No muestran la llave a nadie.

Y la vida pasa silbando como el viento. Y no vuelve atrás, jamás vuelve atrás, en Via dell'...



lunes, 1 de agosto de 2011

Uno, dos, tres

C.R. MacNamara, el gerente de Coca-Cola en Berlín Oeste, tiene algún que otro problemilla.

Su mujer suspira por que le destinen a Atlanta, la sede central de la compañía, después de haber vivido como trotamundos durante años.

Cada vez que se cruzan con él, sus empleados hacen un irritante honor a la fama de cabezas cuadradas prusianos.

La misión comercial rusa intenta birlarle a Fräulein Ingeborg, su secretaria.

Y para colmo, Scarlett, la casquivana hija del director general, a quien han dejado a su cargo, se aventura constantemente al otro lado de la Puerta de Brandemburgo para encontrarse con Otto, comunista convencido con quien se ha casado en secreto y que pretende llevársela a Moscú.

Ahí es donde se demuestran las dotes de mando, en las situaciones críticas.

Uno, conseguir el ascenso y que le trasladen a Londres, Atlanta es sólo para fracasados.

Dos, atender debidamente a su secretaria, añadiendo "extras" a su sueldo, como ese modelito de alta costura que la tiene encandilada.

Tres, convertir al fiel seguidor de las consignas del partido a las mieles del capitalismo. Quizá, si le hiciera pasar por un refinado aristócrata, calmaría el disgusto de sus suegros.

En Uno, dos, tres, Billy Wilder nos regala una obra maestra. A base de humor inteligente, se mofa de todo y de todos: la guerra fría, la incorruptibilidad de "los ideales", los tópicos nacionales alemanes, rusos, norteamericanos...

Tiene frases geniales, como cuando Scarlett, que está embarazada, discute con Otto sobre el porvenir de su vástago:
Cuando cumpla dieciocho años dejaremos que decida qué quiere ser, si un capitalista o un comunista rico.
Y por supuesto, no podemos pasar por alto la celebérrima secuencia sobre técnicas de negociación empresarial, al animado ritmo de la Danza del sable de Khatchaturian. Simplemente, disfrutemos...


lunes, 25 de julio de 2011

En la Armada

Por sorteo me hubiera tocado hacer la mili en la Armada. Pero era tan miope como un rinoceronte.

De manera que mi examen con la teniente médico fue más o menos así:

–Teniente: ¿Cuántos dedos distingues en mi mano?
–Yo: Eh, tres... ¡No, cuatro! Cuatro... creo... O dos...
–Teniente: Déjame las gafas.
–Yo: Aquí tiene. ¿Me puedo apuntar de artillero? En un acorazado, creo que ahí usan balas gordas. O en un submarino, con esos pedazo de torpedos.
–Teniente: Hum, ¿algún otro defecto físico?
–Yo: Bueno, defecto, defecto, habría que matizar el término, establecer ciertas bases, analizarlo desde una perspectiva ontológica, teleológica, epistemológica...
–Teniente: Altura, bien. Peso, bien. Sin pies planos.
–Yo: Y los dientes son todos míos.
–Teniente: Por ahora vete a casita. Ya te mandaremos la carta con el resultado.
–Yo: ¡A sus órdenes, señora, sí señora!
–Teniente: ¡Otro!
–Yo: En la Armada, tu patria así protegerás, en la Armada, con tu uniforme de oficial, en la Armada, las chicas tú deslumbrarás, en la Armada, en la Armada... plas, plas, plas... ♪♪♪

Y luego me dijeron que era un inútil. ¿Eso iba con segundas? Con lo bien que hubiera hecho yo de vigía...



lunes, 18 de julio de 2011

Una chica maravillosa

La conocí hace cinco noches, apoyado en la barra de un bar.

Enseguida me sentí atraído. ¿Y quién no, entre el puñado de fracasados buscavidas que allí nos encontrábamos, intentando descubrir el sentido de cualquier cosa en las alitas de pollo frito y las cañas sin fin?

Me levanté del taburete y se lo cedí. No era digno que soportase mis infames carnes de devorador de colesterol, pudiendo alojar a aquel grácil cuerpo por cuyo roce todos hubiéramos vendido nuestras almas.

Dejó resbalar la mirada por los presentes, que fueron desgranando sus nombres en diminutivo, quizá un primer intento para ganarse su confianza. Por fin me llegó el turno y... ¡No, por favor! Sus ojos tenían que ser de ese color, precisamente ese...

Me sorprendí a mí mismo enviando feromonas a metros de distancia, invitando al resto de machos del local a dejarme el campo libre. Por las buenas o por las regulares, pero esa belleza tenía que caer en mis romas garras. Me invadió un halo de villanía.

¿Entenderían los demás el mensaje? ¿Podía fiarme de mis compañeros? ¿Podía contar con su solidaridad masculina sincera, o por el contrario nos habíamos transformado en fieros competidores por el premio mayor? Yo intentaba acapararla, pero de continuo venía alguien a meter baza en la conversación.

Fue entonces cuando se hizo la luz en mi cabeza. Fue entonces cuando recordé aquella escena de Una mente maravillosa. ¿Cómo era eso de Adam Smith, el padre de la economía moderna? En competencia, la ambición individual sirve al bien común. ¿Y qué contestaba John Nash en la película?




¡Claro! ¡Por supuesto! El mejor resultado, obtener el favor de la dama, es producto de que todos en el grupo hagan lo mejor para sí mismos... ¡y para el grupo!

Lógicamente, dejé de torcer el gesto ante las intrusiones de la demás gentuza. Una vez que lo hube comprendido, la sonrisa se instaló permanentemente en mis labios.

Ay, qué pronto vienen las parcas a poner en su sitio a los incautos, con qué celeridad se deshacen en el aire las ilusiones del hombre.

Porque olvidé lo fundamental: para que exista cooperación, todos tienen que cumplir las reglas. En cuanto alguien va por libre, el sutil entramado teórico se desarma.

Y fue uno más avispado que yo quien consiguió su teléfono cuando nos separamos. Dichoso Adam Smith...

jueves, 14 de julio de 2011

¡Vive l’Empereur!

El sol que brillaba aquella mañana en Cherburgo proyectaba sobre mí la poderosa sombra del emperador.

Él esperaba que lo hiciese. Sus ojos, contemplándome desde lo alto del caballo, hacían innecesarias las arengas o las voces de mando. No me lo ordenaba, me lo pedía. ¿Acaso no guardaba yo también en la mochila un bastón de mariscal?

Una cadena. Debía sortear una cadena. El símbolo de la opresión del antiguo régimen se cruzaba en mi camino al muelle del ferry. Desvíate unos metros, pasa por otro sitio, parecía desafiarme a dos palmos de altura.

La plaza estaba desierta, sólo las gaviotas desplegaban en el cielo sus alas. Y sentí que eran en realidad aquellas águilas presentes en los cielos de Marengo, de Austerlitz, de Ulm...

Avancé a paso de carga: un breve salto y estaría al otro lado. Después embarcaría hacia Inglaterra, nada ni nadie podría detenerme. Flexioné la rodilla, levanté la pierna, me impulsé en el aire. ¡Allons, allons! ¡Pour la gloire! ¡Vive l’Empereur!

Waterloo... La cadena, hundiendo sus fauces de hierro en mi tobillo, lo esclavizó vilmente. Mi pantalón era un estandarte roto y ensangrentado, y sobre mi cuerpo tendido se depositaba el polvo de la derrota. La ley de la gravedad (escrita evidentemente por un súbdito de Albión), había dictado sentencia.

Desde entonces, bonapartista irredento, cuando en traje de baño muestro a la luz la pálida cicatriz de esa jornada, imagino que cualquier obstáculo a esos dos fatídicos palmos del duro suelo se ríe de mí. Y doy un rodeo. Qué ignominia...



lunes, 11 de julio de 2011

El corazón de las tinieblas

¿Así que estás casualmente por el delta del Mekong y quieres dejarte caer por determinado punto más allá de, digamos, Chau Doc? Eso es cruzar la frontera, muchacho, mucho cine has visto tú. Pero bueno, como quieras, súbete a la lancha.

¿Vas buscando a alguien? ¿Al coronel Kurtz, quizás? Ya sabrás que está inspirado en un personaje de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. La has leído, ¿verdad?

Charlie Marlow rememora cuando, años atrás, pilotó un bote de vapor en las aguas del Congo. Su misión era remontar el río para encontrar al señor Kurtz, tratante de marfil. Las imágenes acuden vívidas a su mente, como si de nuevo se encontrara allí.

Kurtz... Personaje misterioso y admirado, nadie había conseguido antes unos resultados comerciales tan espectaculares. Y tampoco pregunta nadie de qué manera lo hace.

Una selva profunda y brutal se abre a proa y se cierra de nuevo nada más pasar. Van quedando atrás las factorías en las riberas, habitadas por colonos que deben enseñar a las hordas de nativos a abolir sus bárbaras costumbres.

Colonos que, según avanzan hacia el interior, muestran cada vez más signos de agotamiento. Físico y sobre todo... moral.

Y el nombre de Kurtz sigue creciendo, inmenso, como el de un dios esperándoles en su destino. Hasta que, una vez alcanzado, lo que encuentran allí es...


jueves, 30 de junio de 2011

Jesús me quiere

Hoy damos paso a Jesús me quiere, de David Safier.

Marie, la figura femenina de la novela, está hecha un lío en el tema afectivo. Aún se acuerda (con pensamientos enfocados en la castración) de Marc, su penúltimo novio, que la engañó con una azafata de la talla 34. Y acaba de dejar plantado a Sven justo cuando le estaban preguntando eso de ¿quieres a este hombre como esposo?

Pero bueno, la vida te da sorpresas, debe de pensar cuando al día siguiente del fiasco conoce a alguien especial: amable, sensible, una persona que piensa sinceramente en los demás... De pinta un poco hippie. Carpintero de profesión.

En la primera cita se entera de quién se trata en realidad.

De todas maneras, lo peor no es haberse enamorado de él, sino el poco tiempo que quizá dure esta nueva relación. Porque si no consigue persuadirle de que nos merecemos otra oportunidad, el próximo martes está previsto que llegue el fin del mundo.

Ya en Maldito Karma, Safier nos ofrecía un relato desinhibido y saludable. Pues bien, Jesús me quiere presenta una fórmula similar, con personajes míticos que se mueven sin que lo advirtamos entre nosotros: el propio Creador, por ejemplo, transmutado en Emma Thompson, o Gabriel, que por amor a una mortal ha renunciado a su elevado rango dentro de la jerarquía divina. Y ese que recluta alternativamente con los rasgos de George Clooney o Alicia Keys a los mejores candidatos a jinetes del Apocalipsis, ¿no huele algo a azufre?



lunes, 13 de junio de 2011

Breve historia de un amor eterno

Hoy tenemos por aquí Breve historia de un amor eterno, de Szilárd Rubin. Attila y Orsolya, sus personajes principales, disfrutan de una pasión juvenil tras la Segunda Guerra Mundial, aunque las circunstancias les den la espalda. La familia de ella pertenece a la antigua nobleza, mientras él saluda con ardor proletario a los rusos que vienen a imponer un nuevo orden.

Pero, ¿qué les importan las normas sociales, antiguas o modernas, a una pareja que sólo sabe de juegos e ilusiones? En compañía de sus amigos, otros estudiantes que desean recuperar la alegría bohemia, ellos aprenden a conocerse, ajenos a cualquier preocupación.

Y va pasando el tiempo. En cada capítulo surgen cuadros de una obsesión cada vez más profunda, cada vez menos inocente.

Noviazgo, separación, matrimonio, divorcio... Attila lo confiesa: no puede vivir sin Orsolya. Y ella, por su parte... Ella le ama. Y le odia.

Si tuviera que resumir, calificaría a esta obra como una crónica de la destrucción, una dependencia mutua que les lleva a acumular sobre sí capas de decadencia física y espiritual, hasta convertirse en verdugos a la par que víctimas.

Me ha gustado, aunque quizá el final quede demasiado abierto, impreciso. Ya sabéis: una vez más, a leer.



jueves, 9 de junio de 2011

En la arena

Lo que más recuerdo es la luz, aquella luz brillante. El calor me hacía sudar. Y también recuerdo a la plebe, agolpándose a ambos lados. Recuerdo sus facciones deformadas por el ansia. Ansia por ocupar un buen sitio, por acercarse a nosotros hasta casi tocarnos. Ansia por que saliéramos al fin a la arena.

Se hizo un breve silencio, teatral, solemne. El orador se adelantó y anunció al público lo que iban a presenciar. Para eso habían venido, ¿no es verdad?, eso era lo que deseaban. ¿Querían divertirse? Pues no se irían defraudados. A continuación, con un gesto de cabeza, nos dio la señal. De dos en dos, tal como nos habían enseñado, comenzamos el desfile.

«En este conjunto, la chaqueta azul de corte cruzado se realza con cordones en hilo de plata. El pantalón gris marengo y el jersey blanco de cuello vuelto aportan una nota marinera de gran frescura. Se completa con unos mocasines que...».

Qué vergüenza, por favor. Ah, pero las fotos que pueden comprometerme están bien guardadas. Nadie vendrá a acusarme, nadie será capaz de airear esos trapos sucios de mi pasado. De aquella ominosa ocasión cuando me dijeron: mira al frente, cuida el paso y sobre todo, sonríe, sonríe, no dejes de sonreír. Y encendieron los focos.

La verdad, aún me pregunto por qué me eligieron a mí para desfilar por la pasarela. Quiero decir que, puestos a buscar niños a quienes embutir en la última moda de trajes de primera comunión y exponerlos a los pulgares aprobatorios, supongo yo que debía de haberlos con aspecto mucho más mono, pero bueno...



lunes, 9 de mayo de 2011

El germen

Si a veces nos parece que la humanidad anda con los vapores alborotados, preparémonos ante el panorama que nos espera hacia 2047.

Gracias a la tecnología, en el futuro la población mundial tiene sus necesidades básicas cubiertas. Ni siquiera hay que trabajar demasiadas horas.

Por lo tanto, la industria del ocio se ha convertido en la más próspera, a cambio de ofrecer novedades continuas al consumidor. Y Salomon Moody Moore muestra gran perspicacia para llenar el mercado de emociones. Especialmente, las ilegales.

Cabeza del mayor imperio mafioso de Chicago, no se toma a bien que un circo recién llegado a la ciudad refunfuñe a la hora de contratar sus "servicios". Y cuando sufre un atentado, su humor empeora aún más. Las indagaciones para descubrir al culpable apuntan a Jeremías el G., un tipejo de poca monta. Se ordena su busca y captura.

Sin embargo, este parece disfrutar de una suerte que sobrepasa lo verosímil. Después de muchas vueltas y revueltas, Salomon llega a entenderlo. Las pruebas están ahí, aunque se resista a creerlas: su oponente es... el Mesías.

Amoral, bebedor, estafador, polígamo... ¿Conseguirá Jeremías ser reconocido como señor teocrático del orbe? ¿Será capaz Salomon de impedir que se cumplan las antiquísimas profecías o quizás él mismo ha de cumplir un papel fundamental en ellas? ¿Volverá a aparecer la zarza ardiente para dar explicaciones?

El germen, de Mike Resnick. Muy, pero que muy entretenido.



viernes, 29 de abril de 2011

Lux aeterna...

Tenía muy pocos años.
Muy pocos.
Le faltó vivir miles de días nuevos.
La última vez que la vi, corría con otros niños.
Y algo era diferente a los demás.
En su cabecita, los cabellos estaban hechos de luz.
De luz transparente.
Invisible.
Una cabecita de sueños. De risas.
De coraje.
Ilimitado.
Eterno.
No había, no podía haber rendición.
Y ahora...

Nuestros ojos ya no son nuestros ojos.
Son lagos de sal.
Una gota de sal por cada día hurtado.
Por cada risa hurtada.
Y ahora...
¿Qué nos queda, ahora?
Ese velo de luz...
Rasgado...
Y todo lo que somos, ¿se derrama?
¿Desaparece?
¿Así, de repente?
¿Dónde estás?
Pequeña...
¿Dónde estás?...



martes, 26 de abril de 2011

Triple

Nat Dickstein es un agente israelí encargado de una difícil misión: robar uranio para fabricar la bomba atómica. Nadie debe averiguarlo, ni siquiera sospechar de la participación de su país. Porque estamos en el año 68 y Oriente Medio es un polvorín que puede volver a estallar en cualquier momento: egipcios, sirios, palestinos... y los rusos haciendo de las suyas para que la zona caiga definitivamente bajo su influencia.

Dickstein tiene un pasado oscuro, incluso para sus jefes. Algo le ocurrió cuando estuvo prisionero durante la Segunda Guerra Mundial, que le ha cambiado para siempre. Sus adversarios son antiguos compañeros de estudios en Oxford: Hassan, resentido por la ruina de su familia desde que existe el Estado hebreo, y el coronel de la inteligencia soviética Rostov, con quien solía jugar al ajedrez.

En su bando figura Al Cortone, un mafioso que le debe la vida. Y la figura clave es... Suza. Cuando la conoce, todo se tambalea. ¿Será ella capaz de penetrar en los abismos de su alma? ¿Será la única persona que puede salvarle, al mismo tiempo que el principal peligro que se cierne sobre la operación?

Intriga, tiros, carreras, micrófonos, traiciones, barcos asaltados en alta mar... Se trata de otro tablero, el del gran juego, cuyas piezas de carne y hueso son peones sacrificables si el premio es la victoria.

Triple, de Ken Follett. Al menos de forma "no oficial", se rumorea que la historia de fondo ocurrió realmente. El talento narrativo del autor rellena los huecos, compone muy buenos personajes y nos mantiene pegaditos a las páginas del libro desde el comienzo hasta el desenlace. Notable.



lunes, 11 de abril de 2011

Ging heut Morgen übers Feld

Es cierto, puede achacárseme que yo estaba de más en la escena. Eso de que tres son multitud...

En el sofá de la residencia de estudiantes, en Viena, la otra española contemplaba al sueco con ganas de darse un festín. Objetivamente, tampoco es que el muchacho pareciera nada del otro mundo, pero con las cosas de comer es lo que ocurre, que cada cual tiene su plato favorito.

Centímetro a centímetro fue acercándose a él. El brillo de su mirada, su sonrisa relamiéndose con anticipación, sus gestos de huy, tienes una arruguita en la camisa, déjame que te la alise, resultaban signos evidentes. Incluso podía notar su comunicación telepática conmigo: piérdete, cretino.

Y lo hubiera hecho. En circunstancias normales, el espíritu solidario con una compatriota habría prevalecido. Ah, pero es que justo en ese momento el sueco y yo estábamos hablando de música, y cuando empezó a cantar un lied de Mahler, me sentí incapaz de retirarme a mis aposentos.

Reconocí la melodía enseguida. No me sabía de memoria la letra, pero eso carecía de importancia. De forma inevitable, tarareando, comencé a seguir su canto. Mi voz de tenor se unió a la suya de barítono igual que se encuentran dos amigos bajo la luz de una farola, en una noche de niebla.

Él era feliz. Yo era feliz. Ella me odiaba.

Algún tiempo después, ya de regreso en Madrid, coincidimos de nuevo: cruzaba la plaza de Felipe II y nuestros pasos nos llevaron frente a frente. Alcé la mano, quise saludarla, pero sus ojos atravesaron mi cuerpo como si fuese de cristal, sin detener un segundo su camino.

Hay cosas que una mujer no perdona nunca en la vida. Ni siquiera por Mahler.


jueves, 7 de abril de 2011

La muchacha de los cabellos de lino

Ocurrió un día a finales del invierno. Junto con otro compañero, salí de trabajar. La calle era un mosaico de teselas monocromas, abrazadas a un cielo ceniciento. Moloch insaciable, la boca del ferrocarril subterráneo nos aguardaba. Aguardaba su tributo.

Puertas que se deslizan a cada lado del vagón. Filas de viajeros que, consumidas las horas diurnas, retornan a su hogar. Un pitido de aviso. El túnel.

Pusimos el pie en la escalera mecánica. Los roces y crujidos de los engranajes acompañarían nuestro último recuerdo de la jornada. Fue en ese postrer momento, mientras descendíamos lentamente, cuando mis ojos se dirigieron a lo alto, anhelantes de un fugitivo rayo de sol...

Allí estaba ella, al otro lado de la balaustrada.

Caminaba hacia nosotros.

Con su cabellera al viento.

Dudando de mí mismo, pedí a mi compañero que me confirmase la visión. ¿Quién era? ¿Quién podía ser? ¿Acaso las hijas de los dioses se muestran así ante los hombres, se convierten en partícipes voluntarias de nuestra grisura?

Ocurrió un día a finales del invierno. Pero en el horizonte alboreaba el color, la alegría, la vida. En el horizonte venía hacia nosotros la primavera.



jueves, 31 de marzo de 2011

La batalla de Jaipur

Unas horas antes había llovido. El suelo destinado a convertirse en campo de batalla estaba aún perlado de humedad. Los primeros rayos del alba se reflejaban en él con el color de desvaídas amapolas, como una premonición.

Revestido en ropajes de ónice, mi contrincante pasó revista a sus tropas. Al frente se situaba la apretada línea de piqueros. Detrás de ellos, domeñados a duras penas, los caballos piafaban impacientes por entrar en combate.

Él había sido el retador. Ya hacía mucho tiempo que la molicie se había adueñado de mí, que los cantos y danzas de las bayaderas me habían hecho olvidar el espíritu guerrero. Sin embargo, era tal la osadía, la insolencia, la jactancia de sus bravatas, que mandé tocar atabales e izar en mis argénteas torres los pendones del honor.

Ante los preparativos, algunos viajeros de lejanas tierras se detuvieron a observarnos. Me avergoncé un poco, pero en fin... Siempre resulta conveniente para la fama de un adalid que sean compuestos cantares de gesta más allá del Indo.

Ceñí el turbante. Requerí la espada. Musité una plegaria a Shiva. Y a una señal de mi brazo, todo comenzó.

Al principio avancé con furia incontenible. Los barbados rostros de mis arqueros parecieron infundir pavor, y mis veloces jinetes, sorteando los obstáculos, arrollaron el centro de la falange enemiga. Cierto que sufrí algunas pérdidas en la conquista, pero todo parecía desarrollarse en buen orden.

Quizá fue eso lo que hizo que me confiara. Tomé la mano de mi amada reina y la aproximé a lo más enconado de la contienda. Por dos veces hubo de escuchar el otro maharajá advertencias de victoria surgidas de mis labios orgullosos. Ja, me reí, no te librarás de la tercera. Ordené a mi alfil tomar posiciones en el flanco derecho.

Ooooooh... Un gemido se elevó de los espectadores. Intuí que había cometido un error, un terrible error. Lo que vi a continuación me heló la sangre: la consorte adversaria, agazapada, había atravesado a mi dama de un certero lanzazo. ¡Ah!

Transido por la pena, incrédulo, sacudí la cabeza una y otra vez. Los de una bestia que arremete sin pensar en las consecuencias, así fueron mis siguientes movimientos. Uno a uno, aquellos fieles compañeros de armas fueron sacrificados en el altar de mi ceguera. El final llegó rápidamente, tan abrupto como cesan las lágrimas del monzón.

Desde entonces me lo digo y me lo repito: tengo que aprender a jugar mejor a esto del ajedrez. Pero claro, luego vuelven a sonar las musicales voces de las bayaderas y...



jueves, 24 de marzo de 2011

Un recuerdo de la casa pública

Frisaba yo los dieciséis y claro, esa es una edad complicada. Quería saberlo todo de las cosas de la vida. Por eso frecuentaba ese lugar. En sus discretos salones, a salvo de escándalos, de mohines reprobatorios, cualquiera podía dar rienda suelta a sus fantasías adolescentes.

Sólo había que dirigirse a la amable encargada y escribirle una nota. Tras breve espera, en apenas unos minutos, ella volvía con sonrisa cómplice y el instrumento de placer solicitado. Y todo pagado por el ayuntamiento, aquello era jauja. Definitivamente, tengo muy buenos recuerdos de la biblioteca pública.

Pues bien, hallábame un día refocilándome cuando un tipo vino a pararse a mi lado. Parecía uno más de nosotros, los habituales: gafas con el grosor reglamentario, hombros caídos, cierto desapego a las tendencias de la moda en el vestir... Sin embargo, lo que hizo a continuación fue tan sorprendente que nos dejó petrificados.

Hubo cabezas que se irguieron, hubo mandíbulas desencajadas, lecturae interruptae, en el culmen puede que incluso alguien ahogase un grito. Él, él... ¡habló en voz alta! Sí, creedlo. Nadie se había atrevido a tanto desde que se levantaron los muros de aquella casa. ¿Sabéis quién fue Solón?, fueron sus insólitas palabras.

Parecía que el tiempo hubiese quedado en suspenso, ninguno de los presentes daba razón de vida. Hasta que, sobreponiéndome al shock, me enfrenté tímidamente al hereje: ¿Un legislador ateniense?, respondí.

Un legislador ateniense... repitieron sus labios. De todas maneras –me apresuré a añadir–, mejor lo buscas en la enciclopedia. Y tracé un arco con la mano, mostrándole los tomos de la Británica que combaban los anaqueles a mi espalda. Edición de 1912, un tesoro.

Los tropecientos volúmenes, tan incitantes, tan seductores, estaban allí esperándole. ¿Qué ser humano con sangre en las venas habría podido resistirse a acariciar la suave piel de sus cubiertas? Y sin embargo... Aún guardo memoria de sus lentes empañadas y su tez enrojecida. Consumido por la vergüenza, dio media vuelta y desapareció tras la puerta. No volvimos a saber de él.

Pobre muchacho, no se atrevió a dar el paso definitivo. Debía de ser su primera vez.



jueves, 17 de marzo de 2011

Los hermanos Corazón de León

Karl Lejon tiene diez años y no va a cumplir más. La enfermedad le mantiene recluido en casa, donde le cuidan su madre y su hermano de trece, Jonatan. Echa de menos ir a la escuela.

El miedo se apodera de él cuando escucha una conversación en la que el médico anuncia su próximo fin. Pero Jonatan le tranquiliza: sólo va a alcanzar otra vida, en el lejano mundo de Nangijala, donde las limitaciones físicas no existen y reina la fantasía.

Karl abandona el temor. Su pena es ahora que pasará mucho tiempo antes de que Jonatan vaya a reunirse con él, ya de viejo. Ninguna aventura valdrá la pena si no pueden compartirla. Aunque quizá el reloj allí se mueva tan rápido que noventa años normales se conviertan en dos días...

De repente, un incendio destruye su hogar. El bravo hermano mayor salta por la ventana con él en brazos. Karl se salva. Será Jonatan quien primero vaya a Nangijala.

¿Y si ese lugar no fuera cierto? ¿Y si le hubieran mentido? La duda es muy fuerte, hasta que una paloma mensajera le trae palabras de calma: el otro lado es tal como Jonatan le había dicho. Al poco, ambos están juntos de nuevo.

Nangijala, tierra de magia, tierra para recorrerla cabalgando, para disfrutar de sus praderas, ríos, montes y valles. Tierra que Tengil, señor de las fuerzas del mal, desea sojuzgar con su ejército y su dragón Katla. Algunos de sus habitantes, como Sofia, están dispuestos a luchar por la libertad y esperan a alguien que les ayude a enfrentarse al peligro. Necesitan héroes. Necesitan a Los hermanos Corazón de León.

Que esta novela de Astrid Lindgren esté catalogada como literatura juvenil resulta algo discutible. Tener tan presente el tema de la muerte, incluso mostrándola en primer plano como parte natural de nuestro ciclo, no parece común en este género.

Por otro lado, como novela de aventuras es totalmente recomendable para cualquier edad. Encontramos algún eco de Tolkien o de Lewis, por supuesto, pero también sería posible identificar antiguas eddas y sagas escandinavas. Incluso la idea metafísica de la continua reencarnación.

Lealtad, solidaridad y esperanza se quedan así en nuestra retina como valores por los que guiarnos, al igual que sus protagonistas. Y si algo malo nos sucediera, si llegado el momento tuviéramos que cerrar para siempre los ojos también en Nangijala... Más allá nos espera Nangilima.



jueves, 10 de marzo de 2011

Monina

Primera hora de la mañana. Monina, rasgos finísimos, palmito privilegiado, andares de alfombra roja, entra en el ascensor. Es toda una reina.

El ascensor es un territorio donde se imponen las distancias cortas, la audacia, la osadía, donde toda decisión ha de tomarse en escasos segundos, entre que se abren y se cierran las puertas. Monina pulsa el botón del piso nueve.

Su regio brillo refulge en las metalizadas paredes mientras nos elevamos. ¿He dicho nos? Sí, hay un tercer jugador en escena: otro individuo ha entrado detrás de nosotros y su entusiasmo monárquico queda enseguida de manifiesto. Monina se dirige a él con una sonrisa:

−Ay, no fui ayer a la compra y hoy no me queda más remedio que comer cualquier sándwich de la máquina −y sus pestañas tintinean: clinc, clinc, clinc.

−¿Qué? Si yo he traído una cazuela entera de espaguetis. Para ti −y le tiende una bolsa.

−¿Sí? ¿De verdaaaaad? Qué encanto…

Pienso en las setas a la plancha que llevo en la tartera. ¿Seré capaz de cubrir el envite, de ver la apuesta? La duda nubla mis sentidos, que se lanzan a una competencia feroz entre ellos: estómago, corazón, cerebro..., estómago, corazón, cerebro... ¿Cuál será el vencedor?

−Y como vivimos en el mismo barrio, puedes venir a mi casa cuando quieras y llevarte lo que necesites.

Vaya, eso es un órdago de verdad; si cuela, sería una jugada maestra por su parte. Desconozco si yo también soy vecino de Monina, a lo mejor podría ofrecerle ese tarro de garbanzos que guardo como reserva de emergencia en el congelador. Ricos, ricos.

En esas, el ascensor decelera: alguien ha llegado a su destino. Anda, ¿soy yo? Qué mala suerte, no he tenido tiempo para nada. ¿Por qué habré pulsado el botón de la planta tres?

Bueno, da igual. Aquí, entre vosotros y yo, Monina no es mi tipo.


lunes, 7 de marzo de 2011

La página en blanco

El compositor intenta crear. Quiere escribir una ópera. Miles de notas, miles de texturas, miles de líneas, armonías, instrumentos, mundos inabarcables de posibilidades sonoras entrecruzándose en su mente.

Su mujer aparece en la habitación, seguida de dos operarios de mudanzas. De entre los pájaros disecados que cubren la pared, va seleccionando aquellos que quiere llevarse. Le reprocha al compositor que sólo le importe su trabajo, y le recuerda que, en tanto no se firme el acuerdo de divorcio, todo lo que él haga le pertenece también a ella. Y cuando muera, se encargará de destruirlo. El mundo perderá la memoria de quién ha sido.

En el ordenador suena el aviso de un correo electrónico. Alguien desconocido envía al compositor una imagen de la misma partitura que acaba de anotar. Pero, pero... ¿cómo es posible? Y a continuación de la misma, una página nueva. Una página en blanco.

Ni siquiera su mejor amigo, un experto informático, puede ofrecerle una explicación. Pero tiene que tranquilizarse, tiene que poner un poco de orden en los acontecimientos, porque en seguida va a conocer a la protagonista de su ópera, una joven soprano que le ha sido impuesta por el director del teatro. Ensayan. Ella lee, canta y no comprende. ¿Dónde está el problema? −pregunta él−. ¿Qué simbolos son los que no entiende? No sé dónde está el alma de esta música −responde ella−.

Él quiere volver a verla. Ella le promete que se encontrarán siempre que lo necesite.

Ha pasado un tiempo. En una especie de sótano, el director del teatro acude a su cita con la cantante. ¿Por qué esa llamada tan urgente? Ella duda de poder continuar: el compositor se muestra cada vez más atraído sentimentalmente.

¡Perfecto entonces!, todo transcurre como esperaban. Ella protesta, no quiere herirle así. Pero no es momento para dudas, necesitan que termine la ópera. El amigo del compositor se une a ambos. Y también su mujer. Trae a un periodista, muy interesado en formar parte de sus planes. De la conspiración...

Imágenes sacadas de un cuadro de El Bosco se ponen en movimiento. Pequeñas formas de pesadilla. Las palabras latinas del Apocalipsis resuenan, pronunciadas por múltiples voces. Primero desde arriba, más tarde desde la profundidad.

El compositor sigue recibiendo los correos anónimos. Nadie ha estado en su casa durante semanas, y sin embargo le envían exactamente aquello que acaba de escribir. Y siempre, acompañándolo, una página en blanco. Quizá haya dispositivos ocultos que le vigilan.

Su amigo le insta a utilizar un autómata, un robot. ¿Qué es lo que sabe hacer? No sólo las mismas cosas que podría hacer él mismo, sino... todo aquello que apenas puede soñar. Es un ser avanzado. Es perfecto. Es superior.

Avanza, avanza, avanza. La inspiración le desborda. Siente como nunca antes había sentido. La cantante, somnolienta, le pide que vuelva a la cama.

Se ha enamorado de ella.

Cuando la ópera está finalizada, todas las energías de su vida han confluido en ese punto. La ópera y ella son una misma cosa. Cuánta esperanza, cuánto futuro dentro de su habitación blanca.

En otro sótano, el compositor aparece sujeto a una extraña silla. Su cabeza está vendada. El amigo, el director del teatro, su mujer, el periodista, se congratulan del resultado. Tienen la partitura en su poder. Es algo histórico, en adelante podrán conservar la creatividad de los grandes genios... aunque ya no estén.

Desde que el compositor sufrió el accidente y quedó en coma irreversible, no había producido nada.

Pero con los neurotransmisores conectados a su cerebro, con el mundo de realidad virtual creado especialmente para él, y sobre todo con la motivación adecuada...

Porque es sabido que la fuerza más poderosa, la que es capaz de activar el pensamiento de una persona hasta sus niveles máximos... es el amor.

Todos felicitan a la joven y eminente doctora que ha sido la pieza clave en el proceso.

Lástima que el cuerpo del compositor ya no sea útil. Pasará a la sección de post-investigación.

Aunque ella no parece contenta. Desata las correas. La doctora. La cantante. La amada.

Los atados son ahora los demás, protagonistas de la ópera imaginada por el compositor. Vuelven a moverse las extrañas figuras de El Bosco. Vuelve a sonar el coro de voces del Apocalipsis.

Teatro Real. No todos los días puede uno asistir al estreno de una ópera. La página en blanco, de la asombrosa y polifacética artista Pilar Jurado, ha sido mi caso. Compositora, escritora del libreto, soprano... Lo he contado a mi manera, intentando describir las escenas tal como las recuerdo más de una semana después, envueltas en una música de gran fuerza expresiva. Un privilegio haber estado allí.


jueves, 3 de marzo de 2011

El pesquero

Takiji Kobayashi fue un comunista convencido que murió por sus ideas, ya que le mató la policía secreta japonesa en 1933.

Y lo que hizo fue poner su talento narrativo al servicio de la causa. Para ello, escribió El pesquero.

Un barco dedicado a la captura y envasado de carne de cangrejo ha de navegar hacia el Norte, donde la dureza de las condiciones laborales se cobra su tributo en la salud e incluso la vida de los marineros. Un destructor de la Marina Imperial vigila para que nada se salga de sus cauces. Pero los hombres que aún no han caído, hombres sencillos que habían aceptado los riesgos por llevar el sustento a sus familias, empiezan a conspirar. Quizá no deberían pagar ese precio tan alto.

El posicionamiento del autor a la hora de transmitir simpatías y antipatías está claro. En esta novela hay trabajadores que desean abrazar su misma causa política y sólo necesitan guías que les muestren el camino. Otros temen arriesgar lo poco que tienen, de lo que se aprovechan patrones sin escrúpulos. Y un poco más allá, figuras en la sombra mueven los hilos, convirtiendo el sudor y la sangre en su oro.

Sin embargo, no se trata de un panfleto. Nada de maniqueísmo. Buenos y malos son como los personajes de cualquier relato, y el conjunto es perfectamente creíble.

En resumen, un título cuyo retorno a la luz merece la pena.



domingo, 20 de febrero de 2011

Cuestión de tiempo

La gota cae,
resbala,
encuentra el punto exacto,
se detiene.
Horada.
Sin oposición, sin resistencia.
La piel es demasiado débil.
Atraviesa.
Lenta.
Fría.
Increíblemente fría.
No existen palabras para describir su frialdad.
Se acerca.
Cada golpe que resuena contra el pecho
le va indicando el camino.
Y al final...
Alcanza su meta.
Sólo era cuestión de tiempo.



domingo, 13 de febrero de 2011

Fiesta para una mujer sola

Fiesta para una mujer sola, de Ángel Vázquez, es una novela que no puede pasarse por alto. ¿Razones? Al menos, dos.

Primero, por méritos puramente literarios, su hábil estructura, su riqueza expresiva, sus diálogos, su capacidad para conseguir que el lector se sienta inmerso en los ambientes y en los estados de ánimo de los personajes.

Y segundo, porque fue mal vista por la censura cuando se publicó en 1964, y si no prohibida, al menos obstaculizada en un intento por desterrarla al olvido. Había algunos a quienes su canto a la libertad resultaba incómodo.

Paula está casada con Derrik, un inglés acomodado, pero únicamente por conveniencia social. A los cincuenta años, la monotonía la rodea en su presente, su pasado y su futuro. Sólo sobrevive organizando fiestas para invitados tan contenidos como ella misma.

Damián desea ver mundo y acepta un traslado laboral desde Madrid, donde vive con sus dos tías solteras. Mucho más joven que Paula, él desea sin embargo la soledad, algo difícil de conseguir cuando se es un hombre atractivo, un polo que atrae con fuerza a los demás a su alrededor.

El encuentro de ambos tiene lugar en Tánger. Javier, quien ya de adolescente había presentido que no era como los demás. Julieta Grisson, risueña dama anacrónica. Santi, el diplomático. Nadia e Irene, las amigas de Paula... Todos acompañarán a los protagonistas en un juego marcado por fronteras que saben que no deberían cruzar.

Y no digo más. Sólo que hay que hacerle justicia al autor, que en su momento llegó a ganar el premio Planeta. Leer este libro es un buen comienzo.



jueves, 27 de enero de 2011

Schubertiada III

Contemplo mi reflejo en la ventana.

Le pido en silencio una luz ya perdida.

Y sus labios se mueven en respuesta: Du Doppelgänger!, du bleicher Geselle!

Pálido compañero…



domingo, 23 de enero de 2011

Schubertiada II

Recuerdo el salón de actos. Recuerdo al pianista, el leve movimiento de cabeza que hizo hacia mí.

Recuerdo que empecé a cantar.

Recuerdo. Pero miro las imágenes de aquel día y no lo entiendo.

Soy yo… y no lo soy. Un extraño ha usurpado mi rostro, mi sonrisa torcida, mi voz.

Como si muchas vidas hubieran dejado sus pátinas sobre un cristal antes transparente.



jueves, 20 de enero de 2011

Schubertiada I

La veía a diario.

Era maravillosa.

Siempre supo que no iba a corresponderle. Al fin y al cabo, era una condesa.

Y él...

Pobre Franz.



domingo, 16 de enero de 2011

La guerra de la Cochinchina

Retrocediendo siglo y medio en el tiempo, al emperador vietnamita Tu Duc no se le ocurrió otra cosa que proscribir a los misioneros cristianos en su territorio, empezando por un obispo español al que envió a mejor vida. Su homólogo en el trono galo, Napoleón III, que precisamente estaba buscando terrenos por la zona, pensó: mon Dieu, aquí tenemos una oportunidad de grandeur.

Así que le pidió un favor a la reina Isabel II: total, no te cuesta nada, préstame unos regimientos, que en tres o cuatro meses lo tenemos solucionado. Si es casi una misión divina, anda, anda... Y para allá que se fue la tropa, a desembarcar en Da Nang al mando del coronel Palanca.

Así comenzamos el libro de hoy: La guerra de la Cochinchina, de Luis Alejandre Sintes.

El caso es que llegaron y hala, al fregado. Pero de meses, nada: cuatro años se pasaron cubriéndose de heroísmo... y de bichos selváticos, mientras los gobiernos iban cambiando y olvidándose del asunto. Las pagas no llegaban y al coronel lo único que le quedaba era protestar porque los aliados iban plantando la tricolor y diciendo: esto para el tío Napo, y esto, y esto, y esto, merci, mon ami.

Al final se firmó un tratado de paz que incluía el regreso de los misioneros para reparar el honor patrio, y el protectorado de París para todo lo demás. Otra guerra a las estanterías de la historia.

No obstante, su olvido es hoy en día casi total, así que desde el punto de vista divulgativo el volumen de Alejandre es de agradecer. Como punto fuerte, está muy documentado en cuanto a los personajes, las unidades y las acciones, sin descuidar al mismo tiempo una visión de conjunto sobre el colonialismo decimonónico.

El problema es la forma de escribir del autor, un estilo poco ágil, con tendencia a la dispersión, a las repeticiones desordenadas y por ello, en algunos de sus capítulos, lindando peligrosamente con la monotonía. Lástima, nadie es perfecto.



sábado, 1 de enero de 2011

Año nuevo

2011. Os deseo...

Que encontréis lo que buscáis.
Y si no sabéis lo que buscáis, que ese algo os encuentre a vosotros.
Que nadéis en el aire, caminéis por los mares, respiréis de la tierra.
Porque la libertad, a menudo, significa atreverse a soñar.
Que no queráis ser perfectos, sólo humanos, incluso si cometéis errores.
Y a pesar de ellos, que vuestra mirada en el espejo os devuelva una imagen limpia.
Que al encajar un golpe, tengáis presente que no será el primero ni el último.
Y aunque duela, no os rindáis, porque sólo el último es el que podrá derrotaros.
Que améis y seáis amados.
Y si no hay suerte, que por intentarlo no quede.
Que consigáis ser felices. Un poco al menos.
Vivir. Nada más. Buen año.