En el sofá de la residencia de estudiantes, en Viena, la otra española contemplaba al sueco con ganas de darse un festín. Objetivamente, tampoco es que el muchacho pareciera nada del otro mundo, pero con las cosas de comer es lo que ocurre, que cada cual tiene su plato favorito.
Centímetro a centímetro fue acercándose. El brillo de su mirada, su sonrisa relamiéndose, sus gestos de huy, tienes una arruguita en la camisa, deja que te la alise, resultaban signos evidentes. Incluso podía notar su comunicación telepática conmigo: piérdete, cretino.
Y lo hubiera hecho. En circunstancias normales, el espíritu solidario habría prevalecido. Ah, pero es que justo en ese momento el sueco y yo estábamos hablando de música, y cuando empezó a cantar un lied de Mahler, me sentí incapaz de retirarme.
Él era feliz. Yo era feliz. Ella me odiaba.
Hay cosas que una mujer no perdona. Ni siquiera por Mahler.
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2 comentarios:
Sucede a veces que el calor se nos queda en las partes bajas y entonces nada es mas importantes que satisfacer nuestros instintos basicos. Parece que a tu amigo le sucedió algo de esto y claro como iba a apreciar un lied de Mahler
Es que las hay... ay, cómo las hay!
;)
A mí el lied me ha emocionado.
Un abrazo!
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