A menudo resulta difícil trazar una línea entre violencia «justa» e «injusta», o entre medios moralmente o no aceptables para alcanzar un fin justo.
(Habría que definir aparte la justicia, pero supongamos que tenemos en mente un marco común).
La guerra, expresión última de dicha violencia, crea su propia moral, que incluso muta según las circunstancias del conflicto.
«¿Tú podrías matar?», me preguntaban hace poco. Y solo pude contestar con mi ignorancia: «No lo sé». Pido que jamás tenga que averiguarlo.
¿Es lícito entonces fundamentar nuestros valores civiles, verbigracia el ansia de paz, sobre la máxima para bellum? ¿Debemos prepararnos?
Por ejemplo, si se hubiera plantado cara a Hitler en aquella Conferencia de Munich... Pongámonos en la piel de ciudadanos británicos o franceses de la época, con memoria de los gases asfixiantes, las trincheras y el Somme.
¿El führer quiere los Sudetes? ¡Pues solucionado! Ni sangre, ni sudor, ni lágrimas.
¿Quién habría estado dispuesto a sacrificar sus propias vidas, o las vidas de sus hijos, para que generaciones posteriores disfrutaran de libertad y democracia?
Dicho sin circunloquios: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar hoy, ahora mismo, como sociedad y a nivel personal, para que los nuevos führer que salen de debajo de las piedras lleguen a conclusiones de no agresión dentro de sus cerebros de psicópatas?
En este caso no vale un socorrido «no lo sé».
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