viernes, 11 de abril de 2025

Una leyenda

Iglesia fortificada de Prejmer.

Hace algún tiempo escuché esta leyenda en Prejmer.

No con puño de hierro, sino punta de madera. Así señoreaba sus tierras Vlad, príncipe de Valaquia: introducía postes por salva sea la parte a sus enemigos para volverlos a sacar por la boca.

Vlad III Draculea. O Vlad III Tepes, el Empalador.

El miedo, mudo, gritaba desde la sombra de cada valaco. Pero...

Sobre el brocal de un pozo, a orillas del camino más transitado, este gobernante dejó una copa de metal amarillo para que los viajeros pudieran beber. ¿Cómo? —pensaréis, agrandando los ojos—. ¿Amarillo? ¿Oro de ley?

No existía peligro de que lo robaran, pues cualquier delito era castigado por la vía del poste ipso facto.

Hasta que, cierto día, una viejecita se acercó al pozo y la copa había desaparecido. Incrédula, se persignó: ¿qué iba a ser ahora de las buenas gentes?

Porque era la mejor prueba de que Vlad había dejado de existir.

Se acabó el miedo... y empezó el miedo. Los senderos estaban llenos de peligros. Todos miraban a todos con filo agudo en los ojos.

¡Que viene la derecha! ¡Que amenaza la izquierda! ¡Que nos quitan la sanidad y las pensiones! ¡Que nos invaden inmigrantes criminales!

¡Vladistas! ¡Corruptos! ¡Vampiros! ¡Valaquia primero!

Miedo, miedo, miedo... No ha desaparecido desde entonces.

Aunque solo sea una leyenda.

Y qué bonita es la iglesia fortificada de Prejmer.


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2 comentarios:

@rpi49 dijo...

Gracias por tu comentario en mi blog, que ya ves contesto aquí, en el tuyo.
Me ha gustado esta historia del empalador y también la fotografía perfectamente compuesta. Un saludo!!

Mannelig dijo...

Muchas gracias y un saludo de vuelta.