Valoración: ✮✮✮✮✩
Comentario personal: De espíritu y contenido muy aprovechables.
Música: Sinfonía nº 9 (II.Scherzo), de Anton Bruckner ♪♪♪
Lo peor que le puedo achacar a este ensayo de Pascal Bruckner es su abrigo de retórica, algo tupido para mi gusto: incisos, considerandos, oropeles verbales, ítem más…
(¿Achacar tendrá que ver con achaques?).
Lo mejor que le concedo es que, si conseguimos desnudarlo en términos juanramonianos, su análisis resulta interesante.
Vamos al meollo: Un instante eterno se ocupa de la existencia tras haber cumplido los cincuenta. Esa frontera a partir de la cual uno se hace «maduro».
¿Es el cuerpo nuestro dictador? ¿Sus condiciones motoras? ¿La tersura de su piel? ¿O permanecemos activos siempre que nuestras mentes lo perciban así?
¿Siempre que nuestra actitud esté tan abierta a la novedad como se supone lo estuvo a los quince, los veinte, los treinta…?
Bruckner considera que no es tanto la vida lo que se ha prolongado en nuestra sociedad, sino la vejez. Ahora bien, junto a inevitables inconvenientes, surgen abiertas oportunidades.
Conocer las emociones fuertes, en el sentido más amplio de la palabra, la suerte, el placer, la buena fortuna, disfrutar de todas las bondades del mundo, no está reservado solo a los menores de 50 años. Incluso cuando la carga es grande, todavía hay mucho que hacer antes de que caiga el telón.
Los epígrafes van desgranando una propuesta: jamás bajar los brazos, no abandonar la intensidad del pensamiento, seguir reconociéndonos a nosotros mismos mediante el esfuerzo, la curiosidad…, la pasión…
Renunciar a la renuncia. Permanecer en la dinámica del deseo. La rutina salvadora. El entrelazamiento del tiempo. Los deseos nocturnos. Eros y Ágape a la sombra de Tánatos.
¡Nunca más, demasiado tarde, otra vez! Tener éxito en la vida, ¿y luego qué? Muerte, ¿dónde está tu victoria? La inmortalidad de los mortales.
Y concluye con un título recopilatorio: Amar, celebrar, servir, en el que insiste que «debemos vivir más allá de nuestros medios físicos, intelectuales y amorosos, como si acabáramos de heredar una inmensa fortuna».
¿Es ello posible?, me pregunto. Intento comparar las premisas del autor a lo que me dicta mi propia circunstancia.
Y sí, claro, cómo no participar de esa idea. Las ganas de «hacer cosas» permanecen despiertas.
Con la ventaja además (aunque no siempre) de que las «cosas» sean las que de verdad se anhelan, en lugar de las metidas antes con calzador. Ars gratia artis.
El único riesgo por el que Bruckner me despierta media sonrisa condescendiente es la melancolía. El desánimo que surge por los pobres resultados que a menudo obtenemos tras tanto esfuerzo, curiosidad y pasión.
Tentaciones de dejarnos llevar sin dolor, de nadar en lo puramente lúdico, sin preocuparnos por un mundo que no tiene arreglo.
Pero es el precio que le debemos a la pequeña grandeza / gran pequeñez de los sueños humanos, no tiene nada que ver con los años.
Aprovechemos por tanto el espíritu, así como el contenido del libro: Filosofía de la longevidad.
¡Adelante!