La zarza declara a Moisés su interlocutor y a Aarón quien convenza al pueblo con el don de la palabra. Pero los objetivos de ambos son distintos.
El pueblo no comprende las exigencias, solo mediante milagros cruzarán el desierto.
Los ancianos y sacerdotes se inquietan por la ausencia de Moisés. Los israelitas danzan alrededor de ídolos. Excitación, fiebre, sacrificios de sangre.
Moisés reniega de ellos y los hace huir. Aarón contrapone la eternidad de Dios y el presente ofrecido por los otros dioses: ¿qué necesitan más?
Las tablas de la ley yacen rotas. ¿Es la columna de fuego que ahora los guía un símbolo? En tal caso, ¿no debería llamársela también ídolo?
Schönberg no llegó a escribir la música para el acto III de Moisés y Aarón; aun así, incompleta, es una ópera de calado. La producción del Teatro Real se beneficia de estupendos músicos, bailarines y submarinistas.
Sí, sí, submarinistas, habéis leído bien. Y un toro de verdad. Y una damisela con atuendo (o no atuendo) de los de pasar frío.
La historia del dramaturgo y la admiradora disfrazada que estrenan Romeo y Julieta, algo prohibido por ley (¡una mujer en el escenario!), obtuvo un gran éxito en la entrega de los Óscar.
Mejor película, actriz principal, actriz de reparto, guión, vestuario, dirección artística...
Y música: Shakespeare in love es sin duda la banda sonora más reconocible salida de la imaginación de Stephen Warbeck. Escuchemos.
Primera vez en la vida que escucho y veo representada La prohibición de amar. A ver si me he enterado bien.
Estamos en Palermo: neones a tutiplén, night clubs, casinos... A Claudio le gusta la juerga. Friedrich opina lo contrario, que más cilicio y menos ayuntamiento. Isabella es una monja. Luzio piensa que ¡madre mía, qué bueno está el clero! Dorella anda detrás de Luzio. Los demás quieren apuntarse al carnaval. No, Brighella el guardia no, espera.
El rey se ha ido de viaje, así que Friedrich se queda de gobernador y de juez. Y decreta que el alcohol y los cariñitos se han acabado en la ciudad. Principalmente los cariñitos. Sopas de ajo, rigor y abstinencia para todo el mundo.
El guardia se lleva a toda la panda de pervertidos al trullo. Friedrich les quiere meter un puro, pero el amigo Luzio va corriendo al convento a buscar a Isabella, que es hermana de Claudio, por si ella puede convencer al gobernador de que eso del amor, tomándolo en sentido abstracto, no está tan mal.
Y en el convento vive también Mariana, la mujer de Friedrich, desde que él la abandonó para dedicarse a la política.
Al gobernador lo del sentido abstracto no le pasa por la cabeza cuando ve a la monja. Manda sus propias leyes a freír espárragos y le dice que a cambio del roce liberará al hermano. Pero no te fíes, nooooo.
Isabella le explica el trato a Claudio. El tenor, que esa es su cuerda, le contesta que ya está tardando (y eso que no sabe, como el público, que el gobernador es muy cuco y se lo piensa cepillar de todas maneras después del otro cepillado). Isabella se mosquea y le quiere hacer sufrir un poquito, que no adivine lo que va a pasar. Se le está ocurriendo un plan.
Sale el coro, otra vez con lo del carnaval. Hay disfraces. La mujer del juez se da el cambiazo con la monja. Mientras tanto, a Brighella lo que lo que le mola es travestirse con pelucón rubio y que Dorella le dé azotes. Nada, algunos enredos muy resumidos.
Al final tenemos a Claudio en la calle, Isabella se enrolla con Luzio (y parecía tonto), Dorella se olvida de él y se va con el guardia, a Friedrich le echan del gobierno por acostarse con su mujer...
Y regresa el rey de Sicilia y resulta que es la canciller alemana repartiendo euros como caramelos, para que la gente se lo pase bien. Toma directores de escena.
¿La música? Ah, ligera y chispeante. Con panderetas y todo en la obertura. Suena a Donizetti.
Vamos, que si no me dicen antes que es la primera ópera de Wagner, no me lo creo. Por ser tú, Richard, por ser tú.
Tras rodar en Alemania El ángel azul, la película que la dio a conocer, Marlene Dietrich se trasladó a los Estados Unidos. Allí se convertiría en un mito dentro y fuera de la pantalla.
Desde entonces les dijo a los nazis, una y mil veces, lo que pensaba de ellos.
En ausencia de grandes epopeyas, jornadas gloriosas, discursos de parlamento, cotilleos de barrio o cosillas de andar por casa que contar en el blog...
Pues cuelgo otra foto de Pimiango, no es mala solución. Venía yo desde el Alto de Tina por la tarde...