Desde los Tarquinios, en Roma están proscritos los reyes.
El último fue Lucio Tarquinio «el Soberbio» (no porque fuera magnífico, grandioso, espléndido, sublime, sino más bien vanidoso, endiosado, fatuo, pedante…).
El hijo de Lucio, Sexto, atropelló vilmente a Lucrecia y esta se quitó la vida, según cuenta Tito Livio. A continuación, los romanos corrieron a la familia real a puntapiés.
¿Pretores? Sí. ¿Cónsules? Sí. ¿Dictadores? Sí. ¿Césares? También. Pero de reyes, nanay.
Por eso, cuando Constantino encargó su retrato de bolsillo (dos metros y pico para la cabeza, dos metros menos el pico para cada pie), lo hizo como maximus victor ac triumphator semper Augustus. No como rex.
Dónde va a parar, caramba, que lo hubieran comparado con «el Soberbio».
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