Bodas. Esponsales. Ceremonias nupciales. Escalofríos desde que recibo los tarjetones de invitación.
Según avanzan las manecillas del reloj, los entrantes, el sorbete, el principal, la tarta, aguzo cada sentido. Apenas levanto la copa de agua.
Necesito buscar el mejor sitio para ocultarme. Detrás de aquella columna, entre las hojas de aquella planta tan frondosa, cerrando el pestillo en el cuarto de baño...
La gota de sudor se instala en mi nuca hasta el momento en que... ¡Oh, no, ya empiezan!
¡La gente sale a la pista!
Presa del pánico, olvido las precauciones con el licor. ¡Rápido, camarero, tráigame cualquier cosa! En vaso largo, que pueda excusarme por estar ocupado sosteniéndolo. Ah, y con hielo: on the rocks, muchos, muchos rocks, que tarden en derretirse.
Porque existe el riesgo de que alguien se acerque, atisbe mi presencia en el escondrijo e insista en que abandone mi bucólica paz: «¿Pero qué haces ahí? ¡Venga, a bailar!».
Y yo, el color de la faz ascendiendo a los tonos más cálidos, niego con la cabeza. Los nudillos se aferran al cristal del vaso.
Los servidores del terror me agarran, me empujan, pretenden arrastrarme sobre el entarimado, hacerme perder el sentido del equilibrio, de la dignidad y quién sabe qué otras maldades.
El pánico hace bombear mi sangre. Escapo perseguido por sus rítmicos pies, por la voracidad de los altavoces que retumban alrededor, enloqueciéndome.
El oro del Rhin es el prólogo de la famosa Tetralogía de Richard Wagner. Comienza cuando Alberich, un nibelungo con mala baba, sale de la cueva e intenta hacerse amigo de alguna de las Hijas del Rhin. Pero Woglinde, Wellgunde y Flosshilde, que tienen el listón bastante alto, le toman el pelo.
(Nota: por alguna razón, la gente suele asociar la palabra «nibelungo» con cachas nórdicos de firmes pectorales y cabellera rubia. Por el contrario, se trata de señores de escasa estatura que viven bajo tierra, se lavan poco y no se espulgan la barba. Espero haber contribuido a aclarar el error popular).
Resulta que en el Rhin hay un tesoro y su resplandor se vislumbra desde la superficie. Las ninfas guapetonas le cuentan al canijo que quien lo consiga será poderoso, el amo, el jefe, pero tiene un precio: deberá renunciar antes al amor.
Alberich contesta que el amor es algo sobrevalorado y escapa al Nibelheim con el oro. Allí mandará forjar un anillo mágico.
En el cuadro segundo los dioses van a recibir las llaves de su nueva villa, el Valhalla. Al frente tenemos a Wotan, que enarbola una lanza, y a su esposa Fricka. El astuto Loge se ocupa del fuego, Donner de los truenos y relámpagos, Froh maneja el sol y la dulce y delicada Freia cuida el jardín donde crecen las manzanas que los mantienen.
Wotan es tuerto porque de joven cedió uno de sus ojos para arrancar una rama del fresno del mundo, con la que talló la lanza, y beber del manantial de la sabiduría. En tenaz lucha venció a la raza de los gigantes y sólo dos sobreviven, Fafner y Fasolt. Los ha contratado de albañiles, y si terminan la obra en plazo les concederá a Freia como recompensa.
(Otra nota: la sabiduría de Wotan es cuestionable. Los gigantes lo que quieren es echarse novia y perpetuar la especie, y Freia les viene al pelo. Son brutos, pero no tontos).
Ambos aparecen a cobrar. Donner y Froh se oponen con vehemencia y piden a Wotan que rompa el pacto. Pero la estabilidad del universo depende de que un dios cumpla con sus compromisos.
Hasta que Loge propone un trueque: les habla de Alberich y el oro arrebatado. ¿Les interesaría quizás a los forzudos mejorar sus finanzas?
Mmmm, novia, cuenta bancaria... Novia, cuenta bancaria... Novia, cuenta bancaria... Vale, eligen cuenta bancaria, pero mientras tanto se llevan a Freia en prenda. Sin sus manzanas, los dioses se quedan mustios.
Llegamos al cuadro tercero. Wotan y Loge descienden al Nibelheim, donde Alberich, además del anillo, ha ordenado a su hermano Mime que le fabrique un yelmo con el que puede convertirse en cualquier otro ser, así como volverse invisible: el Tarnhelm.
Wotan se pone chulo. Que tú no sabes con quién estás hablando, que soy la autoridad, que trae para acá el anillo, que se va a montar una gorda, que bla, bla, bla… Sin resultado.
Loge, por su parte, se lo trabaja mejor: reta a Alberich a demostrar sus habilidades transformistas. La enorme serpiente que este elige es todo un logro, está conseguida, da mucho miedo, pero… ¿podría volverse algún bicho pequeño? Seguro que es más difícil.
El nibelungo (otro que anda ágil de entendederas) se convierte en sapo. Y Loge lo captura.
Para ganar su libertad no le queda más remedio que donar el anillo a Wotan, junto con el yelmo y demás bienes. No sin antes proferir una maldición: quien no lo posea lo deseará con ansia, y su dueño vivirá siempre con la angustia de que le sea arrebatado.
A la deidad suprema la baratija le gusta. Su color dorado hace juego con sus trenzas y quiere conservarlo. Consulta a Erda, espíritu primordial de la naturaleza, pero esta le obliga a cumplir su palabra a los gigantes.
No tiene más remedio que acceder, Freia vuelve a casa y el anillo se suma al pago del rescate. Fafner y Fasolt pelean por lucirlo. Fafner mata al otro gigante y se apodera de todo.
La escena final (hace un rato que habíamos puesto el pie en el cuadro cuarto) hace hervir la sangre.
Donner blande su martillo, convocando a los elementos, y Froh abre un arco iris. Loge murmura amargado que nadie le quiere y esa se la guarda. Las Hijas del Rhin lloran su pérdida y Wotan toma de la mano a Fricka para entrar en el Valhalla. Trompas, trompetas, trombones y demás parafernalia los acompañan a todo decibelio.
Y de esta manera hemos pasado la jornada entretenidos. Ya vendrán luego las trotonas valquirias, Siegfried tocando el cuerno, y se desmoronará el tinglado en el ocaso. Pero esas son otras historias.
Atengámonos a los hechos: hay quienes han nacido para tocar una pelota y poner a medio mundo patas arriba, haciendo olvidar cualquier tristeza, mientras la mirada se pierde con embeleso en sus artes.
Pues bien, de la misma manera hay aquellos, como Ernesto Antonio Parrilla, cuyo talento natural es el de escribir.
En Esperanza nos presenta varias historias con el nexo común del Club Atlético Esperanza, una institución de tercera o cuarta categoría según dictan la lógica de los números y la liga regional en que compite, pero que, para don Anselmo, el narrador, significa poco menos que su propia vida.
Él conoce cada detalle desde el momento de la fundación, año por año. Y ahora que ya es mayor desea compartir con un cronista ciertos hechos, protagonizados por otros personajes del pasado que también le dedicaron su sudor.
El primer partido, allá por el año 18, inicio de la lucha sin tregua contra el poderoso Sportivo. El fantasma cuyos gemidos nocturnos atemorizaron la cancha.
El clásico imperecedero del 72, cuyo resultado decidiría el campeonato. De qué extraña forma una imagen religiosa los salvó de la bancarrota. Un soborno que pudo haber destruido el honor del club...
Son sus principales virtudes la fuerza narrativa, la soltura y, sobre todo, la pasión. Lo recomiendo con gran placer.
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Fue el Flaco Barril quien, cuando iba abandonando el campo de juego por el perímetro, justo detrás del arco de Sánchez, se percató del fallo garrafal de su compañero y, sin pensarlo dos veces, volvió a meterse en la cancha, corrió hacia el área chica y de un puntazo, antes de que el balón cruzara la línea de meta, lo alejó tan distante como pudo. Fue el Flaco Barril el que nos hizo salir campeones y también el que desató aquel (permítame la palabra) despelote.
Stanislaw Lem escribió Memorias encontradas en una bañera alrededor de 1960. Muchas cosas han pasado desde entonces; sin embargo, ¿por qué esta novela sigue manteniendo un aura de credibilidad bajo su ropaje satírico?
¿Se trata de un futuro que ya no puede cumplirse? ¿De verdad?
Dentro de algunos siglos, los historiadores estudiarán extrañados la época actual, el Neogeno Tardío. Apenas quedan evidencias de nuestros logros, aunque se supone que habíamos alcanzado la cúspide de la civilización.
Más nos valdría haber legado inscripciones en piedra, ya que, cuando una sonda de exploración espacial volvió a la Tierra transportando el catalizador alienígena que desintegraba el papyr, todo se derrumbó.
Papyr, un término cuyo influencia sobre la vida de los individuos aún se discute por los expertos. Algunos plantean que quizá fuera una deidad con múltiples encarnaciones: Thoolar, Bool-Sah o Kap-Eh-Taal, por ejemplo, de culto ampliamente extendido.
De lo que no cabe duda es que todo el saber científico se depositaba en él. Su pérdida supuso el gran colapso.
Por ello es tan importante el hallazgo arqueológico de un complejo de túneles bajo las Montañas Rocosas. Allí, en una bañera, bajo los restos de dos esqueletos, ha aparecido un rollo con el relato de alguien que lo presenció de primera mano: Las notas de un hombre del Neogeno.
Lem es un escritor extraordinario y este libro supone una de sus mejores creaciones.
No es difícil identificar una crítica al «sistema» en sentido amplio, a través de un protagonista que deambula por pasillos y oficinas de un inmenso refugio atómico, desde el cual se dan órdenes contra unos presuntos enemigos a las que ya nadie hace caso.
Donde el poder es... de papel.
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Entré primero en la Sección Verística, luego en la Sección de Desinformación, donde un funcionario de la Sección de Presiones me dijo que debía subir al octavo piso, pero allí nadie quiso ni siquiera hablarme; iba extraviado entre una multitud de altas jerarquías, cada corredor resonaba de enérgicas pisadas y golpes de puertas y tacones; se mezclaba con estos ruidos marciales la música cristalina de unas campanitas que me recordaban cascabeles de trineos.
¿Cuál es la primera impresión de Senta sobre Thomas?
Cuarenta y tantos, pectorales algo caídos, brazos demasiado largos, corte de pelo antediluviano, gusto discutible al elegir la ropa, incluso un ojo que... ¿bizquea ligeramente?
Pero ese color verde tras los párpados la vuelve loca cuando él se la queda mirando.
¿Y Thomas? ¿Qué piensa él de Senta?
Los protagonistas de Un encuentro de dos, de Iris Hanika, han salido a despejarse una noche de verano berlinesa.
Thomas se siente hastiado de su trabajo como analista informático. O, más que de su trabajo, de la monotonía existencial, de levantarse cada día a la misma hora, hacer las mismas cosas, volver a su casa como siempre...
Lo mejor es «cerrar el programa, detener el proceso, borrar la memoria». Un par o dos de cervezas ayudarán.
Senta, al cuidado de una galería de arte sin clientes, se encuentra deprimida porque llama a la puerta del amor, pero no le abren. No consigue que un tal Rainer se interese en ella y, más atrás en el tiempo, sus intentos de construir algo duradero siempre han fracasado.
El escenario, un bar de la Oranienstrasse que ambos frecuentan en horarios diferentes, pero en el que en esta ocasión han coincidido. Dos extraños. ¿Dará uno de ellos algún paso? ¿Quién? ¿Se comportarán por el contrario de forma «educada» y pasarán de largo tras una última mirada de soslayo?
Mi impresión... Mmm... Me gustan sus intenciones, la frescura del planteamiento y la construcción empática de los personajes, sus maneras de ser diferentes.
En el debe: literariamente un poco floja. Para ser creíble, más allá del tópico de «no dejes pasar la oportunidad», hubiera necesitado ofrecer un desarrollo más rico de la historia.
En resumen, una comedia ligera para entretenerse un rato.
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Pensó en preguntarle por su profesión o por su origen, adónde iba, qué esperaba de la vida, pero lo desestimó, pues en ese instante lo más importante era averiguar si volverían a verse y si más adelante se casarían, y si él quería tener hijos o no. Más importante que el matrimonio o la planificación familiar, de todas formas, le parecía la cuestión de si se verían de nuevo.
Un monje vivía entre pergaminos, allende las montañas armenias. En griego y latín sacaba sobresaliente, y también le daba al siríaco en sus ratos libres. Se llamaba Mesrob Mashtots.
En aquella época había mucho pagano suelto, y el rey creyó que para difundir los intríngulis de la religión había que explicarlos de manera más clara. En griego o latín, definitivamente no. Pidió consejo al venerable y su respuesta fue un nuevo alfabeto.
Desde el año 405, mes arriba mes abajo, hasta hoy mismo: el alfabeto armenio.
ա բ գ դ ե զ է ը թ ժ ի լ խ ծ կ հ ձ ղ ճ մ յ ն շ ո չ պ ջ ռ ս վ տ ր ց ւ փ ք օ ֆ
A ojos de los profanos, prefiere la línea curva: hacia arriba, hacia abajo, a los lados, con un rabito aquí, otro allá... Consta de treinta y ocho caracteres (dos de ellos más tardíos, del siglo XIII), y pese a alguna reforma ortográfica moderna, viene a ser el mismo salido de la mollera de Mashtots.
Incluso sirvió como sistema numérico. Las diez primeras letras equivalen a la primera decena de números: 1, 2, 3, 4... Las nueve siguientes simbolizan el 20, 30, 40... Luego van por centenas, hasta el 1000. Más tarde por millares, y así llegamos hasta el 9000 (las dos letras medievales no cuentan). Para cifras más altas, se suman combinaciones.
Pero que el lejano visitante deseche cualquier preocupación. Los armenios son tan majos como para escribir también la versión latina en los carteles públicos. Al menos, en los nombres de las calles de Ereván. Porque de otra manera, si se quisiera ir a la avenida Բաղրամյան, lo más fácil sería acabar en...
Itsjok Katzenelson vivía en Varsovia. Ya había perdido a su mujer y dos hijos, y había visto lo suficiente como para saber que pronto se reuniría con ellos.
Por eso, en una carrera desesperada contra el reloj, empezó a escribir en apretadas líneas, aprovechando centímetro a centímetro el papel, El canto del pueblo judío asesinado.
No había tiempo para repasar o corregir los versos. Cada palabra podía ser la última.
En 1940 comienza el confinamiento en el gueto. En 1941, las autoridades nazis deciden «deshacerse» de sus habitantes. En 1942 ya han sido deportadas 350.000 personas. En 1943, la insurrección: se lucha casa por casa. En 1944, el levantamiento general de Varsovia es aplastado.
Katzenelson, junto con el único hijo que le queda, Zvi, es miembro de la Resistencia y consigue salir clandestinamente antes de ese gesto.
En el campo francés de Vittel, bajo el gobierno colaboracionista de Vichy, escribe en yidis su memoria. Introduce el manuscrito en botellas y queda enterrado para salvaguardarlo.
Al poco, les encierran a los dos en un tren con destino a Auschwitz.
Es poesía, sin duda, un libro de poemas. Pero es al mismo tiempo infinitamente más: el testimonio de la historia humana más sincero, más estremecedor, que podamos imaginar.
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«¡Canta! Toma el violín vaciado y hueco
y arroja sobre sus delgadas cuerdas tus dedos,
pesados como corazones doloridos. Y canta el último canto
acerca de los últimos judíos en tierra europea».
—¿Cómo cantar? Cómo abrir la boca siquiera
habiendo quedado completamente solo,
sin mi mujer, sin mis dos pequeños. ¡Es un espanto!
El horror me habita... Escucho un llanto a lo lejos...
«¡Canta, canta! ¡Alza la voz, quebrada y dolorida,
búscala! Busca el canto allá arriba, si aún está,
y cántalo... Canta el último canto acerca del último judío;
vivió, murió, quedó insepulto y ya no existe más...».
Hay obras y personajes que jamás podrán ser enterrados en la memoria.
Sandokán, Conan, Sherlock Holmes o el capitán Nemo, por ejemplo, ocupan lo más alto de un imaginario sin edad. Son patrimonio universal de nuestras vidas.
Tal es el motivo de traer hoy aquí de nuevo a Astrid Lindgren y a una niña pelirroja de fuerza hercúlea y espíritu rebelde ante las convenciones, que nos hace sonreír abiertamente en compañía de Tommy y Annika, sus amigos, su caballo Pequeño Tío y el mono Señor Nilsson.
¡Pippi Calzaslargas!
Una niña imaginativa, libre, de corazón compasivo, que vive en Villa Villekulla, cuyo descaro trae de cabeza a las fuerzas biempensantes del pueblo.
Y a otros no tan biempensantes, como los ladrones que suspiran por arrebatarle la maleta llena de monedas de oro que le ha dejado su padre, rey de una isla en los misteriosos mares del sur.
Si el espíritu de los días de aventuras no ha desaparecido del todo en vuestro interior, solo se encuentra adormecido por las «realidades» que os habéis impuesto, decid conmigo en voz bien alta: Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta Efraimsdotter Långstrump.
Y a continuación poned a prueba con vuestros saltos los muelles del sofá.
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Pippi había navegado con su padre hasta el día en que él se cayó al agua durante una tempestad y desapareció. Pero Pippi estaba completamente segura de que un día volvería, pues no podía creer que se hubiera ahogado. Estaba convencida de que había empezado a nadar y que había conseguido llegar a una isla llena de caníbales, que estos le habían nombrado rey y que se pasaba el día con una corona de oro en la cabeza.
En Mozart, camino de Praga, Eduard Mörike sitúa al compositor de viaje a la ciudad donde va a estrenar una de sus obras cumbre: Don Giovanni.
Durante una parada arranca una naranja del jardín de un conde, destinada a celebrar cierto compromiso matrimonial. Aclaradas tanto su buena fe como su identidad, le invitan a almorzar.
Por supuesto, se convierte en el centro de atención de la velada. Con su característico buen humor entretiene a los anfitriones, interpretando al piano varios pasajes de la ópera inédita.
Y el momento clave llega cuando les habla sobre la escena final, esa en la que el seductor afronta su destino frente al espectro, negándose al arrepentimiento pese a conocer de antemano las consecuencias.
Clave, porque en ella se contienen sus propios fantasmas.
El intento de complacer a Constanza, su esposa, ansiosa por ascender en la escala social.
El sentimiento de humillación frente a aristócratas y alumnos mediocres, de cuyas monedas depende.
Su espíritu manirroto, sin mirar al futuro, quemando la vida antes de que sea tarde. Don Giovanni, a cenar teco m´invitasti...
Todo un clásico del Romanticismo.
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De siempre, pocas cosas había que hicieran a Mozart tan desgraciado como el que las cosas no fueran amables, claras y alegres entre él y su querida mitad. ¡Si hubiera sabido las otras preocupaciones que ella tenía desde hacía días!... Realmente de las peores, e iba aplazando su revelación, como era su costumbre, tanto como podía. Su dinero se acabaría en breve y no había ninguna perspectiva de prontos ingresos.