El oro del Rhin es el prólogo de la famosa Tetralogía de Richard Wagner. Comienza cuando Alberich, un nibelungo con mala baba, sale de la cueva e intenta hacerse amigo de alguna de las Hijas del Rhin. Pero Woglinde, Wellgunde y Flosshilde, que tienen el listón bastante alto, le toman el pelo.
(Nota: por alguna razón, la gente suele asociar la palabra «nibelungo» con cachas nórdicos de firmes pectorales y cabellera rubia. Por el contrario, se trata de señores de escasa estatura que viven bajo tierra, se lavan poco y no se espulgan la barba. Espero haber contribuido a aclarar el error popular).
Resulta que en el Rhin hay un tesoro y su resplandor se vislumbra desde la superficie. Las ninfas guapetonas le cuentan al canijo que quien lo consiga será poderoso, el amo, el jefe, pero tiene un precio: deberá renunciar antes al amor.
Alberich contesta que el amor es algo sobrevalorado y escapa al Nibelheim con el oro. Allí mandará forjar un anillo mágico.
En el cuadro segundo los dioses van a recibir las llaves de su nueva villa, el Valhalla. Al frente tenemos a Wotan, que enarbola una lanza, y a su esposa Fricka. El astuto Loge se ocupa del fuego, Donner de los truenos y relámpagos, Froh maneja el sol y la dulce y delicada Freia cuida el jardín donde crecen las manzanas que los mantienen.
Wotan es tuerto porque de joven cedió uno de sus ojos para arrancar una rama del fresno del mundo, con la que talló la lanza, y beber del manantial de la sabiduría. En tenaz lucha venció a la raza de los gigantes y sólo dos sobreviven, Fafner y Fasolt. Los ha contratado de albañiles, y si terminan la obra en plazo les concederá a Freia como recompensa.
(Otra nota: lo de la sabiduría de Wotan es cuestionable. Los gigantes lo que quieren es echarse novia y perpetuar la especie, y Freia les viene al pelo. Son brutos, pero no tontos).
Ambos aparecen a cobrar. Donner y Froh se oponen con vehemencia y piden a Wotan que rompa el pacto. Pero la estabilidad del universo depende de que un dios cumpla con sus compromisos.
Hasta que Loge propone un trueque: les habla de Alberich y el oro arrebatado. ¿Les interesaría quizás a los forzudos mejorar sus finanzas?
Mmmm, novia, cuenta bancaria... Novia, cuenta bancaria... Novia, cuenta bancaria... Vale, eligen cuenta bancaria, pero mientras tanto se llevan a Freia en prenda. Sin sus manzanas, los dioses se quedan mustios.
Llegamos al cuadro tercero. Wotan y Loge descienden al Nibelheim, donde Alberich, además del anillo, ha ordenado a su hermano Mime que le fabrique un yelmo con el que puede convertirse en cualquier otro ser, así como volverse invisible: el Tarnhelm.
Wotan se pone chulo. Que tú no sabes con quién estás hablando, que soy la autoridad, que trae para acá el anillo, que se va a montar una gorda, que bla, bla, bla… Sin resultado.
Loge, por su parte, se lo trabaja mejor: reta a Alberich a demostrar sus habilidades transformistas. La enorme serpiente que este elige es todo un logro, está conseguida, da mucho miedo, pero… ¿podría volverse algún bicho pequeño? Seguro que es más difícil.
El nibelungo (otro que anda ágil de entendederas) se convierte en sapo. Y Loge lo captura.
Para ganar su libertad no le queda más remedio que donar el anillo a Wotan, junto con el yelmo y demás bienes. No sin antes proferir una maldición: quien no lo posea lo deseará con ansia, y su dueño vivirá siempre con la angustia de que le sea arrebatado.
A la deidad suprema la baratija le gusta. Su color dorado hace juego con sus trenzas y quiere conservarlo. Consulta a Erda, espíritu primordial de la naturaleza, pero esta le obliga a cumplir su palabra a los gigantes.
No tiene más remedio que acceder, Freia vuelve a casa y el anillo se suma al pago del rescate. Fafner y Fasolt pelean por lucirlo. Fafner mata al otro gigante y se apodera de todo.
La escena final (hace un rato que habíamos puesto el pie en el cuadro cuarto) hace hervir la sangre.
Donner blande su martillo, convocando a los elementos, y Froh abre un arco iris. Loge murmura amargado que nadie le quiere y esa se la guarda. Las Hijas del Rhin lloran su pérdida y Wotan toma de la mano a Fricka para entrar en el Valhalla. Trompas, trompetas, trombones y demás parafernalia los acompañan a todo decibelio.
Y de esta manera hemos pasado la jornada entretenidos. Ya vendrán luego las trotonas valquirias, Siegfried tocando el cuerno, y se desmoronará el tinglado en el ocaso. Pero esas son otras historias.
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2 comentarios:
Qué buen post sobre Nibelungos. Vos hacés como cuando yo intento explicarles obras literarias complejas a los alumnos cuando doy literatura.
Espero más posts de estos! Mis nonos amaban la ópera. Me viene el recuerdo de mi nona lavando en tabla de lavar cuando no había máquina cantando un aria. Ay! Bellos recuerdos.
Saludos van, Mannelig
Oye, eres un auténtico crac, lo sabías?
Lo cuentas todo tan... tan natural, tan como de vecinos de rellano de toda la vida que lo que sí engancha es tu forma de llevarnos al huerto, jajajajaja!
Bravissimo!
;)
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