lunes, 6 de julio de 2026

Final de temporada

Teatro Real de Madrid de noche

¡Ha muerto! ¡Él era tu hermano! ¡Él, qué horror! ¡Estás vengada, oh madre! ¡Y yo aún vivo!

Cae el telón: Manrico ejecutado, veneno en Leonora, Azucena loca, el Conde de Luna fratricida... Sin contar con la madre y el hijo natural de Azucena, consumidos por la hoguera. Y los soldados cuya sangre cubre el campo de batalla. Antes hacían dramas de verdad.

Cae el telón, digo, y el Real se viene también abajo con ovaciones. No solo El Trovador es una de las principales óperas de Verdi, sino que el reparto nos ha ofrecido un nivel de altura. ¡Brava, brava, bravo, bravo!, gritan desde platea y paraíso.

Así acaba una temporada por lo demás muy interesante. La idea de alternar «superventas» y títulos menos habituales me encanta; «descubrir» continúa significándose como un gran verbo.

Comenzó con Otello, otra maravilla verdiana, para afirmar que las grabaciones son un gran invento y la música en vivo imprescindible. Por desgracia, la dupla El mandarín maravilloso y El castillo de Barbazul de Bartók me la perdí.

Luego vino Carmen, disfrute melódico asegurado por el genio de Bizet, aunque la escenografía tenebrista no me traiga tan buen recuerdo. ¡Ah, Ariadna y Barbazul, descubrimiento!

Junto al entramado orquestal de Dukas, opulento como pocos, el libreto de Maeterlinck consigue trasladar la contradicción entre el deseo de libertad y el miedo a la libertad. Ariadna se pone en peligro cuando abre la puerta que conduce a las cinco esposas anteriores de su marido, rompe un boquete en la mazmorra, las convence de escapar... Pero los campesinos apresan a Barbazul y ellas toman partido por su «amor». Eligen finalmente quedarse.

Sueño de una noche de verano... Esta la pongo medio paso tras las obras señeras de Britten (Billy Budd y Peter Grimes). Aparte de las acrobacias del bailarín aéreo que doblaba al personaje de Puck, no llegó a impresionarme.

La novia vendida sí. Todo melómano conoce la obertura; sin embargo, el resto no se suele representar. Injusticia, a tenor de la estupenda jornada que nos deparó Smetana. Primera vez y ojalá vea una segunda.

Romeo y Julieta de Gounod en penúltimo lugar. Un clásico del repertorio al que, sin echar en saco roto, tampoco considero lo más. Tiene «momentos».

Los optimistas clamarían que lo mejor siempre nos aguarda delante. Haciendo caso a ese espíritu, ya os contaré.


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