Seiscientos tíos y tías se reúnen en el gran salón de actos. Discurso. Apenas falta una semana para…
Seiscientos cofrades, docena arriba, docena abajo, se contemplan entre sí con curiosidad. ¡Anda!, no te veía desde… ¿Te acuerdas de…? ¿Te acuerdas cuando…?
Seiscientos cincuentañeros escuchan que están en el mejor momento, que la vida hay que vivirla, que pasado mañana es tarde, que el amor es el amor y las cigalas, las cigalas.
Seiscientos hermanos de armas aplauden esa verdad. Aquellos instintos sobre los que descansa su pirámide de necesidades (respirar, dormir, preguntar a un posible partenaire si estudia o trabaja) acuden sin demora.
Seiscientos seres sintientes, como las aves del cielo y los lobos del monte, no pueden dejar de notarlo: los jugos gástricos se desperezan.
Seiscientas bocas, multiplicadas por un número indeterminado de muelas (no nos paremos en el detalle), continúan la conversación entre chorizo, queso, lomo y copas de vino español.
Seiscientos colegas, comilitones, licenciados en supervivencia, másteres avanzados en conocimiento del medio, se dirigen al centro del nuevo mundo. Quizá no volverán a encontrarse así.
Seiscientos... ¡Paella! ¡Hay paella! ¡Gratis!
Perdonadme, luego sigo contando. Ya si eso.
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