Siento que en muchas entradas del último año el tono haya sido... Inquieto, melancólico, desesperado por el giro de un mundo bajo tantos golpes de locura.
Guerra, genocidio, odio, aislamiento tras los muros de la propia mente… Deseos de que el tiempo deje de transcurrir en mi insignificante Shangri-La.
Y, sin embargo, la vida exige —¡demanda, imperativa!— que el milagro de abrir los ojos tome protagonismo. Que asombren cada sol y cada espejo de lluvia. Que solo triunfe la nada cuando se agoten las fuerzas.
La historia fotográfica de hoy trae ese tipo de lucha. La del gatín que llegó a la puerta enfermo e insistía en entrar de nuevo cada vez que era llevado a ese pétreo umbral.
Perdió la batalla, no lo consiguió a la postre, pero por unos días tuvo una voz de esperanza, un rincón caliente y un plato donde comer.
Vida. La triste, la alegre, la corta, la común y asombrosa vida.

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