jueves, 28 de noviembre de 2024

Theodora

Theodora no es una ópera. Oratorio dramático, dice el programa de mano.

Entro, subo las escaleras, paseo mientras suenan las conocidas fanfarrias de inicio de la función.

Ya desde la obertura noto «algo», sensaciones como las que describen a Harry Haller en El lobo estepario: «apareció tan dichosamente abstraído y entregado a ensueños tan venturosos…».

El programa advierte de que «esta producción muestra escenas violentas y contiene temas de terrorismo, acoso y explotación sexual».

En una época donde también se advierte de que Bogart y Bacall fuman, Lo que el viento se llevó es racista y prefiero no pensar en los avisos previos para Blancanieves y los siete enanitos, pues sí, los contiene. Supongo.

Cuando escucho a Joyce diDonato cantar As with rosy steps the morn, me olvido de todo.

Cuando Julia Bullock e Iestyn Davies pronuncian To thee, thou glorious son of worth, más que un dúo, lo que mis oídos sienten es… es…

¿Por qué buscar tan tanto ahínco palabras? Las palabras son importantes, pero a veces…

Han pasado más de tres horas y desciendo de nuevo a la calle. Me espera mi pinta dorada ritual.

Según el reloj, va a comenzar un nuevo día.

Porque, en una época y un mundo donde casi todo resulta absurdo, casi invivible…

Haendel da fuerzas para continuar.


domingo, 24 de noviembre de 2024

Para amantes y ladrones

Clave de lectura: La escritura como cristal, transparente y oscuro, de la vida.
Valoración: Me gusta mucho ✮✮✮✮✩
Música: La Creación (Von deiner Güt', o Herr und Gott), de Joseph Haydn ♪♪♪
Portada del libro Para amantes y ladrones, de Pedro Zarraluki.

Me preguntaba, hace un par de entradas, si cierto título merecía la calificación de destacable. Algo mohíno, hacía alusión al predominio del interesante fondo sobre la recargada forma.

Pues bien, el de hoy, Para amantes y ladrones, sirve de contraste para ilustrar lo que a mí me gusta como «forma».

Y es que Pedro Zarraluki acaricia el lenguaje, le da fuerza, hace que el significante se eleve gozoso a los ojos. Evita, sobre todo, distractores fuegos de artificio. En cuatro palabras: escribe que da gusto.

El protagonista homónimo, Pedro, está inmerso en la mayor confusión que se puede tener a los diecisiete años: las chicas.

¿Cómo son? ¿De qué manera granjearse su favor? Ojalá, al igual que han conseguido otros del pueblo, bastante más cazurros, se echara novia.

Pero ni siquiera tiene moto, apenas una triste bicicleta. Con ella hace los repartos del colmado de su madre, al tiempo que aprende con su padre los secretos de la cocina.

Paco, editor envejecido y epicúreo, propietario de una masía, requiere su ayuda. Van a acudir invitados a pasar el fin de semana y la señora que le lleva la casa ha sufrido un accidente. No se va a ocupar el jardinero marroquí de preparar comida, cena y desayuno, ¿verdad? O de servir las bebidas.

Además, Pedro se codeará con personas de cuya creatividad puede esperar grandes descubrimientos: los invitados son escritores.

Una tempestad de época arrasa los caminos. Todos llegan empapados al refugio.

Antón Arriaga se especializa en relatos policiacos; las andanzas del detective Palomares venden mucho y bien.

Su mujer, Dolores Malnom, acaba de ganar un importante premio con una obra «nihilista y bella».

Humberto Ardenio Rosales, el más antiguo de los representados por Paco, se hace acompañar de la joven secretaria Polín.

Llevaba puesto un albornoz de color rosa. Cruzó el salón caminando muy lentamente, abrazada a sí misma, complaciéndose en los últimos goces del sueño con el impudor con que lo hacen los niños. Al verla fui víctima de un renovado ataque de veneración que me llevaría de inmediato a una situación grotesca. Polín se sentó a la mesa y y bostezó ostentosamente. Obnubilado, pensando sólo en servirla, en que me viera, en verla más de cerca, me apresuré a llevarle una taza. Cuando la puse frente a ella descubrí que llevaba en la otra mano un langostino. Solté un hipido de horror, como si lo que estuviera mostrando fuera en realidad una carta de amor a la secretaria. Todos en la mesa se inclinaron un poco hacia delante para observarlo.

Isabel Togores y Fabio Comalada aparecen discutiendo sobre la inmerecida fama de Nabokov, capaz de aburrir describiendo el revoloteo de una mosca. ¡Ah, pero Balzac es diferente!

Paco les propone entonces que cada uno imagine una historia y él imprimirá el conjunto como regalo a sus amistades. El tema será «el malentendido».

Folios vacíos. La nada. El supuesto poder de la creación y ellos en ese lugar, en ese preciso momento, entrelazados, enfrentados, abrazados por cielos e infiernos que aúllan tanto por dentro como por fuera.

Secretos. Flaquezas. Poses ensayadas para atraer al público ahora inservibles.

Y Pedro, relator y participante al tiempo, testigo y cómplice, aprende que la vida consiste en eso: una página en blanco. Donde escribimos, bien para nosotros mismos, bien para satisfacer lo que esperan de nosotros los demás.

O apenas aventuramos esbozos. O permanecemos sentados ante ella sin ser capaces de hacerlo.

¿En qué me baso para recomendar estas páginas con cierto fervor, parecido al de Antón hacia la botella de whisky? Aparte de la arquitectura formal que alababa al principio, el estilo tan fluido de Zarraluki.

Es una novela que atrae. La construcción —«o deconstrucción»— del entorno, las circunstancias y las figuras reunidas para celebrar el misterio del cordón umbilical entre los autores y sus obras no deja indiferente. Sus conclusiones, totalmente integradas en la trama, ahondan en la complejidad de personas, actos y pensamientos.

Ojalá la próxima alcance niveles parecidos. Ya os contaré.


viernes, 15 de noviembre de 2024

El camino

Perro sobre la carretera al atardecer.

Los días se hacen cada vez más cortos.

Los caminos son cada vez más largos.

Caminos veteados de penumbras.

Y de cansancio.

lunes, 11 de noviembre de 2024

La última batalla de Fernando de Abertura

Clave de lectura: Destino de unos personajes ajenos a su propia voluntad, entre 1931 y 1939.
Valoración: El fondo bien, la forma menos ✮✮✮✩✩
Música: Por quién doblan las campanas, de Victor Young ♪♪♪
Portada del libro La última batalla de Fernando de Abertura, de Emilio Durán.

¿Es La última batalla de Fernando de Abertura una obra destacable? ¿De esas que frunces los labios, elevas las cejas y sacudes de arriba abajo la cabeza en gesto de aprobación?

Premio Provincia de Guadalajara «Camilo José Cela», ostenta bajo el título. ¿Se merece una medalla literaria?

A lo primero respondería que no, aunque conviene matizar. A lo segundo, que ignoro el nivel de los demás trabajos presentados en 1994. Quizá fuera el mejor, al fin y al cabo.

Emilio Durán sabe escribir, si por tal arte entendemos colocar cada palabra en su sitio y dar al conjunto un sentido orgánico. Hasta ahí, de acuerdo. ¡Pero su expresión llega a resultar tan barroca!

Adjetivos sin medida, ornamentaciones gongorinas, manierismos tan recargados como una columna de Churriguera…

Fue de allí de donde salió el acre olor, la negra humareda que, prolongando sus ramificaciones por encaladas pilastras, anchísimas escaleras, altas ventanas, se escapó en aquella distante y fría noche de noviembre del 49 por los cristales rotos del balcón de la Plana Mayor hasta cruzar la calle solitaria, apenas iluminada por el farol agonizante de la esquina, fanal de popa del navío náufrago de la tienda de ultramarinos de Benigno Liébana. Resonaron, entonces, recios los golpes en la puerta claveteada del cuartel, repetidos y nerviosos.

Quien se aventure más allá de la portada corre el riesgo de dudar ante frases por el estilo. Debe convencerse de que, a despecho de la falta de naturalidad (para mi gusto), el argumento presenta interés.

El día en que se proclama la República, el capitán Mario de Abertura, veterano de la guerra de Marruecos, cumple servicio de guardia. Una multitud se aproxima al cuartel en demanda de armas para hacer la revolución y él, en cumplimiento del deber y a riesgo de linchamiento cuando traspasa el portón para hablarles, se las niega.

El deber: valor inculcado por su padre, don Fernando, que ha alcanzado las estrellas de coronel a pesar del origen humilde. Un militar ha de apartarse de patrioterías y actuar con patriotismo, sirviendo al orden civil y legal.

Al frente de los ansiosos por que el nuevo sistema no tenga rasgos burgueses se encuentra Benito, mozo de hotel y líder de una célula comunista, con quien Fernando suele conversar. Las profundas diferencias que los separan no impiden el respeto e incluso el mutuo aprecio.

Regla, la esposa del militar, abomina de que los vean juntos. Podrían creer que está de acuerdo con sus ideas. Los demás oficiales, apartados de la carrera si no prometen fidelidad, tampoco saben a qué carta quedarse con él. ¿Se uniría o no a una rebelión?

Desde el momento en que se cruzan, Soledad podría convertirse en su amante. Soledad, a quien Benito ama.

En un diario escrito por don Fernando se describe el pasado y el presente del mundo en que se mueve la familia. El narrador se dirige a alguien desconocido (¿un soliloquio?) que va recorriendo sus páginas.

En otra crónica escrita por alguien del pueblo, temerosamente escondida durante años, se rellenan huecos: Los noventa días. La guerra civil en las Navas de Ebora. Todos se encuentran allí aquel julio de 1936.

Porque la República está herida de muerte por todos y todos han de participar en la fiesta del horror. El bando… El bando no necesariamente se elige. ¿Amor? ¿Amistad? Odios acechantes, pelotones de fusilamiento al amanecer, toman por sí mismos la decisión.

No, el interés no es algo de que carezca esta novela. Existe detrás una historia. Ay, si a Durán le hubieran gustado más las líneas rectas que las curvas al componerla…


viernes, 8 de noviembre de 2024

Nuestro mundo (XX)

Casa inundada

Nuestro mundo jamás ha sido un lugar amable. Tan maravilloso y tan hostil…

Gaia, de vez en cuando, se encarga de devolvernos las pesadillas que arrojamos sobre ella. Cicatriz por cicatriz.

Terremotos, volcanes, inundaciones, miasmas…

Entre nosotros mismos solemos morder, sajar, blasfemar contra vecinos, contra semejantes, contra la razón.

Ese hombre junto a mí en el metro, jactándose casi a gritos por el teléfono de que ha dado una paliza a su hermana, le ha destrozado la cara, a ver si aprende, y le acaban de soltar de un calabozo donde le permitían fumar y todo…

Mejor amigos que adversarios, mejor juntos que divididos, mejor el respeto que el odio, mejor una taza de barro en la mano que un arma de tecnología punta… Todo eso despreciamos.

Ah, antes de morir dame tu voto, me sirve para no sé qué cosa que alguien inventó. Después puedes ahogarte o, si lo prefieres, arrojarte a tu propio fuego mesiánico.

Triunfos. Derrotas. Voces que se alzan y se hunden, voces. Todo inútil.

Nuestro mundo. Vanidad de vanidades.

martes, 5 de noviembre de 2024

El amor en Suecia (II)

Clave de lectura: Todo lo que usted siempre quiso saber sobre los de (y las de) allá arriba.
Valoración: Entretenido ✮✮✮✮✩
Música: Kom till mig kvinna, de Rolf Wikström ♪♪♪
Portada del libro El amor en Suecia, de Sandro Sciara.

Tras aguantar con estoicismo la entrada del otro día (daneses, noruegos, lapones…), espero que no abandonéis el empeño sin conocer antes a los suecos, según la mirada de Sandro Sciara.

Había dicho que el autor reserva el meollo de su obra El amor en Suecia a estos muchachos y muchachas de apabullante fulgor. Están más buenos que el arenque en salsa de mostaza.

Bromas aparte, el humor espontáneo no es algo que los distinga. Y la mayoría luce pelo castaño o negro en vez de rubio.

Como resultado de la Unión de Kalmar en 1397, el territorio se hizo uno y trino con el de los vecinos, aunque la torpeza de sucesivos monarcas (Erico el Pomeranio y Cristóbal el Bárbaro) lo echó a perder. Gustavo Vasa lideró una victoriosa rebelión contra Cristian II de Dinamarca, el Nerón del Norte de acuerdo con la propaganda.

Su nieto Gustavo Adolfo fue el terror de los ejércitos católicos en la Guerra de los Treinta Años, llegando a ocupar Munich o Praga, donde rapiñó unos cuadros de Adán y Eva pintados por Durero. Su bisnieta, la famosa reina Cristina, se los regaló de vuelta a Felipe IV de España, y así los apreciamos hoy en el Museo del Prado.

Fair-play en el deporte, honradez, civismo, funcionariado eficiente, mujeres iguales a los hombres en derechos y actividades, nadie cruza las calzadas de Estocolmo con el semáforo en rojo...

La vida es fácil, libre de zozobras, porque su gobierno ha estructurado un Estado magnífico, amorosamente planeado y perfectamente previsor».

Sin embargo, el paraiso proyecta sombras.

Suicidios, embriaguez, gamberrismo generacional (bandas de raggare a quienes los sensibles policías no saben cómo frenar), drogas psicodélicas, pornografía, estadísticas de robos y hurtos en crecimiento…

¿Es el Estado excesivamente paternalista un adocenador de mentes, que no aprenden a enfrentar las dificultades de la vida cuando estas surgen sin remedio y encuentran la espita de desahogo en la violencia contestataria?

¿Se adivinan la introversión, la frialdad, la flema de este pueblo, inquietantes preludios a la neurosis depresiva? ¿A la extrema soledad?

En cuanto al tema amoroso, que se recorre en cada una de sus vertientes sentimentales y físicas, la libertad que les da fama ha de relativizarse: según una encuesta, el 87% de los hombres y el 91% de las mujeres responden que ser fieles dentro del matrimonio resulta indispensable.

En realidad, la decisión de contraerlo no difiere de un cálculo utilitarista. ¿Me convienes? ¿Te convengo? ¿Juntos ganamos tanto? ¿Te gustan también las albóndigas de Ikea? No le demos más vueltas: firmamos. Al menos, hasta que la tinta se seque.

Porque los divorcios son tan rápidos y omnipresentes como los emparejamientos.

Sciara plantea dudas acerca de la excesiva «feminización» del elemento masculino. ¿Cuál será el resultado en nuestra época?

Dejo por comentar otros capítulos de interés (las carreras sobre esquíes, los trenes, las orquídeas, la azarosa biografía de Nobel, ¡el problema de la vivienda!...). En todo caso, como colofón, si el desfase de quinquenios desde que fue editado impide experimentar el mismo choque cultural que un lector ibérico de entonces, no por ello declaro impresiones menos positivas.

Como guía anecdótica, El amor en Suecia me ha entretenido un montón.