| La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek. | |
| Dios se libera por fin. Y está en todas las cosas. | |
| ✮✮✮✩✩ | |
| Le falta un punto de grandeza. | |
| Misa glagolítica (Introducción), de Leoš Janáček ♪♪♪ |
Leo
Karel Čapek explica que escribió los primeros capítulos libremente, con idea de publicarlos por entregas, y los demás «para escapar de la persecución de la imprenta». No esperaba el éxito y de alguna manera debía seguir.
El ingeniero Marek cede la patente de su invento, el Karburátor, a G.H. Bondy, director de la Metallo-Electric Company. Al poco, las solicitudes internacionales desbordan su escritorio: altos hornos, calderas, motores de automóvil, de avión, de barco, trenes…
El Karburátor genera energía desintegrando átomos hasta la última partícula. Un solo kilogramo hará funcionar una fábrica, incluso una ciudad, durante cientos de horas. Ahora bien, Marek advierte al comprador de efectos secundarios.
Bondy, con el escepticismo de un industrial moderno, tampoco puede ignorarlos: cuando se acerca al prototipo, cae en éxtasis.
Al transformarse en energía, la materia libera la esencia de todas las cosas. El Absoluto. Hay quien lo llama «Dios».
El consejo de administración de la Metallo-Electric Company se desprende de sus riquezas. Los bancos queman el dinero. El Absoluto no respeta la lógica económica, lo suyo es crear.
Produce lo que sea, textiles, azúcar, papel, zapatos, chinchetas, en cantidades multiplicadas como los panes y los peces. No importa que nadie los necesite.
El arrebato crece. Las personas, los países, el globo, bullen de pensamientos religiosos. Aunque no iguales, ahí reside el problema.
De hecho, el obispo Linda aconseja interrumpir el proceso. No se trata de un Dios legal, reconocido y respaldado por la autoridad de la Iglesia, y todo lo que se salga de su control ha de considerarse herético.
Kuzenda predica desde una draga milagrosa en el Moldava y Binder desde un tiovivo volante. ¡En nombre del Señor!, gritan los partidarios de ambos cuando se encuentran a puñetazos.
El cuartel de Vršovice envía un ultimátum al de Černin, exigiendo que acepten su dogma de los tres grados de salvación. La negativa desencadena las hostilidades.
Baviera ataca a Prusia (apoyada por el ejército español), Irlanda a Inglaterra y los musulmanes a los cristianos. Los Karburátores enemigos han de destruirse.
Bobinet, nuevo Napoleón, despliega la bandera del ateísmo francés. Vano intento. Finalmente se lucha la Gran Guerra. Los beduinos cabalgan por Suiza, los cosacos por el Sáhara, se suceden los imperios de Uruguay, Brandeburgo y Patagonia, Bobinet sigue los pasos de Alejandro en Asia…
Los últimos trece soldados se miran con desconfianza al pie de un abedul. Uno dice: «Vamos, muchachos, dejémoslo».
Es una pena, repito, que Čapek no exprima al máximo las posibilidades narrativas de su idea. ¿Novela original? Sí. ¿Disfrutable? Sí. ¿A la que falta un punto de grandeza? También.
[…] se aprobó una resolución declarando que el Absoluto era propiedad exclusiva del proletariado y que la burguesía no tenía derecho a honrarlo ni a beneficiarse de sus milagros. Se dieron instrucciones para idear un plan para un culto obrero del Absoluto y para llevar a cabo medidas defensivas secretas en caso de que el capital intentara explotar o apropiarse del Absoluto.
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