Just imagine:
There is only one starry night left till the end of this world.
What would we do?
Some would be despairing, hopelessly.
Some would gather their riches and take them with them full of hope.
Some would pray to God in faith.
Some would enter the bacchanalia to pleasure themselves.
Some would spend the last intimate moment with their nearest and dearest love.
(…)
Y caí en la cuenta de que, efectivamente, a lo mejor mañana se acaba todo, como hay quienes andan pregonando.
A mí, la verdad, me pilla en mal momento. Mejor lo dejamos para otro día.
Pero, ¿qué haría en tal caso? ¿Desesperarme, juntar «mis riquezas», rezarle a algún dios, apuntarme a una bacanal?
En fin, si esto fuera la despedida, ha sido un placer. Y si no, un placer mayor.
Voy a apagar el ordenador, a ver si encuentro una bacanal de esas por algún sitio.
Porque, ya con tantas prisas, encontrar a my nearest and dearest love, pues…
Estos fueron los avatares de la construcción de la mezquita de Bibi Khanum, tal como me los relataron los sabios en Samarcanda.
Andaba una vez el emperador Tamerlán trabajando en lo suyo fuera de casa: unos pillajes, unos saqueos, unos incendios, unas cabezas cortadas… La rutina.
Mientras tanto, a Bibi Khanum, su mujer, se le ocurrió prepararle una sorpresa para la vuelta. Pensó: «Vamos a construirle una mezquita a lo grande. Pero grande, grande. La entrada la ponemos de treinta y tantos metros de alto, por lo menos. Que venga el arquitecto de la corte».
Así empezaron los trabajos, a mayor gloria y prez del ladrillo. Hasta que un día…
—Arquitecto, ¿esto va un poco lento, no? ¿Te falta argamasa, pintura, esclavos? ¿Qué necesitas?
—Un besito.
—¿Eh?
Ahí lo tenéis, el arquitecto había caído prendado de la sin par Bibi Khanum, y para concluir el encargo exigía darle un beso en la mejilla.
Mira que hay tíos lelos por el mundo. Pudiendo pedir amatistas, rubíes y topacios…
Claro, la emperatriz le contestó que como se enterase su marido del atrevimiento, le iba a hacer pupa.
Y el otro, dale que te pego con su ósculo. O beso, o paraba la obra.
Ella al fin cedió. Si nadie se enteraba…
Él acercó sus labios enfebrecidos.Mua.
Cuando los separó, a su majestad le había entrado un buen sofoco.
Es que Tamerlán no la besaba así. En lo de cortar cabezas sería un hacha, nunca mejor dicho, pero en lo de los cariñitos… El roce del arquitecto, que iba como una moto (o como un camello turbodiésel recalentado), le dejó una marca en la piel.
Entre nosotros, esta parte de la historia la escuché un poco escéptico. ¿No habría estado comiendo dátiles y tenía los labios pringosos?
Sea como sea, los dos quedaron más que contentos de la experiencia. La emperatriz le regaló un anillo a su admirador y este por su parte levantó lo que quedaba del edificio.
Por fin, el rey de reyes regresó de sus correrías.
—Hola, cariño. Te voy a enseñar lo que hemos hecho en tu ausencia.
«Ajá, hum, oooooh». De esta manera iba expresándose según cruzaba las estancias.
—En el centro podemos poner una fuente, aquí y allá plantamos árboles, en aquella esquina unas alfombras…
Fue entonces cuando Tamerlán reparó en la marca sobre la hermosa Bibi Khanum. Y se mosqueó.
—Por cierto, el que te hace la reverencia es el artista que lo ha diseñado. Salúdale.
El terror de las estepas se quedó mirando el anillo que el amigo no había dudado en lucir. Huyyyyyy, gato encerrado. Ese brillo de mala leche en su mirada...
El arquitecto, que lo notó, se puso a trabajar como un poseso en un medio de locomoción para tomar las de Villadiego antes de que la guardia timúrida llamase a la puerta. Toc, toc.
Cuando esta apareció, para tener unas palabritas de parte de su jefe, se fue volando. Literalmente.
Había fabricado unas alas gigantes y, agitándolas mucho, que le echaran un galgo. Dicen que su rastro se perdió en dirección a Isfahán.
¿Y qué ocurrió con Bibi Khanum? Dicen también que, para ponerla a prueba, su marido la ordenó que entrara en el palacio y volviera a salir con aquello que él más apreciase, lo más valioso del reino. Si acertaba, bien; si no…
La emperatriz, que era más lista que el hambre, se presentó ante él sin nada, monda y lironda. De donde se deducía que ella misma era el mayor tesoro.
Pues nada más. Que la mezquita está ahora un poco estropeda por dentro pero siendo una pasada. Colorín, colorado…
Escalofríos cuando recibo los tarjetones de invitación. Porque el enemigo jamás descansa. La sombra que siempre me acecha querrá encararse conmigo una vez más, exhalándome su aterrador aliento.
Según van avanzando las manecillas del reloj, los entrantes, la vichysoisse, el sorbete de limón, la carne o el pescado, la tarta, el café, me vuelvo más parco en la conversación con mis vecinos de mantel: «Sí, no, ajá, quizás, hum…».
Sólo levanto la copa de agua.
Necesito mantener mis sentidos alerta. Necesito buscar el mejor sitio para ocultarme. Detrás de aquella columna, entre las hojas de aquella planta tan frondosa, cerrando el pestillo en el cuarto de baño…
El momento que temo se va acercando. La gota de sudor frío se instala permanentemente en mi nuca.
El momento en que… ¡Oh, no, ya empiezan!
¡La gente sale a la pista!
Presa del pánico, olvido las precauciones con el licor que había tenido hasta entonces. ¡Rápido, camarero, tráigame cualquier cosa! En vaso largo, que pueda excusarme por estar ocupado sosteniéndolo. Ah, y con hielo: on the rocks, muchos, muchos rocks, que tarden en derretirse.
A pesar de ello, existe el riesgo de que alguien se acerque, llegue a atisbar mi presencia en el escondrijo elegido e insista en que abandone mi bucólica paz: «¿Pero qué haces ahí? Venga, a mover el esqueleto, ¡a bailar!».
Y yo, el color de la faz ascendiendo a los tonos más cálidos de la escala cromática, niego con la cabeza. Los nudillos se aferran con fuerza al cristal del vaso.
Los servidores del terror, el ejército oscuro, salen de todas partes. Me agarran del brazo, me empujan, pretenden arrastrarme sobre el entarimado, hacerme perder el sentido del equilibrio, de la dignidad y quién sabe qué otras maldades.
El pánico hace bombear mi sangre. Huyo, escapo perseguido por sus rítmicos pies, por la voracidad de los altavoces que retumban a mi alrededor, enloqueciéndome.
Como decían de la tónica, creo que a quien no le guste la ópera es porque la ha probado poco. Hay otros géneros, de acuerdo, y también otros estilos, y en todos pueden alcanzarse elevadas cumbres. Pero la ópera es a la música como la novela a la palabra escrita: la culminación.
Por eso, en una labor desinteresada, altruista, pensando en el bien de nuestros tataranietos, intentaré describir en sucesivas entradas algunos ejemplos de este arte tal como yo los siento. Hoy toca El oro del Rhin. ¡Heda, heda, hedo!
El oro del Rhin es el prólogo de la famosa Tetralogía de Richard Wagner. Richi, para los amigos (los deudores le llamaban de otra forma). El asunto comienza cuando un tipo renegrido, con muy mala baba e intenciones sospechosas (*) sale de una cueva y se acerca hasta el río. Allí se encuentra con unas chavalas que están para mojar pan, haciéndose aguadillas.
(*) Nota: por alguna extraña razón, la gente suele asociar la palabra «nibelungo» con un cachas nórdico de firmes pectorales, pantorrillas de gimnasio y rubia cabellera, cuando se trata de señores de escasa estatura que viven bajo tierra, se lavan poco y no se espulgan la barba. Espero haber contribuido a aclarar el error popular.
Pues el nibelungo este, que se llama Alberich, intenta hacerse amigo de alguna de las Hijas del Rhin. Pero amigo de los de roce. Woglinde, Wellgunde, Flosshilde, lo mismo le da. Y ellas, que tienen el listón bastante alto, le toman el pelo. Como consecuencia, Alberich pilla un monumental mosqueo hacia todo el sexo femenino.
Resulta que en el Rhin hay un tesoro, y su resplandor se vislumbra desde la superficie. Las ninfas guapetonas le cuentan al canijo que quien lo consiga será poderoso, el amo, el jefe, el number one, pero tiene un precio: deberá renunciar antes al amor. Alberich contesta que el amor es algo sobrevalorado y escapa al Nibelheim con el oro. Allí mandará forjar un anillo mágico.
En el cuadro segundo los dioses están a punto de recibir las llaves de su chalé, Villa Valhalla. Al frente tenemos a Wotan, que enarbola una lanza a modo de cetro, y a su esposa Fricka. El astuto Loge se ocupa del fuego, Donner de los truenos y relámpagos, Froh maneja el sol, y la dulce y delicada Freia cuida el jardín. Tarea importante, porque en él crecen las manzanas que mantienen a la familia eternamente lozana, sin cremas exfoliantes ni botox. No hay nada como un atracón de vitaminas.
Wotan es tuerto porque de joven cedió uno de sus ojos para arrancar una rama del fresno del mundo, con la que talló la lanza, y beber del manantial de la sabiduría. En tenaz lucha venció a la raza de los gigantes y sólo dos sobreviven, Fafner y Fasolt. Estos son los que ha contratado de albañiles, y si terminan la obra en plazo les concederá a Freia como recompensa. Trata de blancas, evidentemente. Aunque cree que, llegado el momento de sacar la chequera, podrá tentarles con alguna otra cosilla.
Haciendo otro inciso, lo de la sabiduría de Wotan es cuestionable. ¿Cómo pudo llegar a la poltrona de mandamás? Los gigantes lo que quieren es echarse novia y perpetuar la especie, y Freia les viene al pelo. Son brutos, pero no tontos.
Así que ambos aparecen a cobrar. Donner y Froh se oponen con vehemencia, y piden a Wotan que rompa el pacto. Pero la estabilidad del universo depende de que un dios cumpla con sus compromisos; si no, adónde iríamos a parar. Como mínimo, subiría la prima de riesgo.
Hasta que Loge propone un trueque: les habla de Alberich y el oro arrebatado. ¿Les interesaría quizás a los forzudos mejorar sus finanzas?
Mmmm, novia, cuenta bancaria..., novia, cuenta bancaria..., novia, cuenta bancaria... Vale, eligen cuenta bancaria, pero mientras tanto se llevan a Freia en prenda. Sin sus manzanas (y en esa época todavía no se ha inventado la sidra), los dioses se quedan mustios.
Llegamos al cuadro tercero. El comienzo mola un montón, cuando Wotan y Loge descienden al Nibelheim y se escuchan golpes de yunque al unísono: tan tarantan tarantantan tan tan... Richi estuvo fino ese día.
En las profundidades Alberich ha montado una dictadura, y obliga a sus congéneres a malear los metales preciosos a punta de látigo. Además del anillo, ha ordenado a su hermano Mime, el maestro herrero, que le fabrique un yelmo con el que puede convertirse en cualquier otro ser, así como volverse invisible y espiar lo que se habla a sus espaldas: el Tarnhelm.
Wotan se pone chulo. Que tú no sabes con quién estás hablando, que soy la autoridad, que trae para acá el anillo, que se va a montar una gorda, que bla, bla, bla… Sin resultado.
Loge, por su parte, se lo trabaja mejor: reta a Alberich a demostrar sus habilidades transformistas. La enorme serpiente que este elige es todo un logro, está conseguida, da mucho miedo, pero… ¿podría volverse algún bicho pequeño? Seguro que es más difícil.
El nibelungo (otro que anda ágil de entendederas) se convierte en sapo. Y Loge le captura.
Total, que para ganar su libertad no le queda más remedio que donar el anillo, junto con el resto de bienes gananciales, el yelmo y tal, a Wotan. No sin proferir una maldición: quien no lo posea lo deseará con ansia, y su dueño vivirá siempre con la angustia de que le sea arrebatado.
A la deidad suprema la baratija le gusta. Su color dorado hace juego con sus trenzas, y quiere conservarlo. Consulta a Erda, espíritu primordial de la naturaleza, pero lo que esta contesta va a misa: Cumple tu palabra a los gigantes. Mientras el anillo esté en tu mano, mal yuyu.
A regañadientes, Wotan accede. Freia vuelve a casa y el anillo se suma al pago del rescate. Fafner y Fasolt se fijan ambos en él y pelean por lucirlo. Fafner mata al otro gigante y se apodera de todo.
La escena final (hace un rato que habíamos puesto el pie en el cuadro cuarto) también es justamente famosa, de las que hacen que nos hierva la sangre.
Donner blande su martillo, convocando a los elementos, y Froh abre un arco iris. Loge murmura amargado que nadie le quiere, pese a ser el más guay del grupo, y que esa se la guarda. Las Hijas del Rhin lloran su pérdida y Wotan, haciendo caso omiso de los presagios, toma de la mano a Fricka para entrar en el Valhalla: ven, chata, que te voy a enseñar el jacuzzi. Trompas, trompetas, trombones y demás parafernalia les acompañan a todo decibelio.
Y de esta manera hemos pasado el rato. Entretenido, ¿verdad? Insisto, es que la ópera engancha. Ya vendrán luego las trotonas valquirias, Siegfried tocando el cuerno, y se desmoronará el tinglado en el ocaso. Pero esas son otras historias.
Atengámonos a los hechos: hay quienes han nacido para tocar una pelota y poner a medio mundo patas arriba, haciendo olvidar cualquier tristeza, mientras la mirada se pierde con embeleso en sus artes.
Pues bien, de la misma manera hay aquellos, como Ernesto Antonio Parrilla, cuyo talento natural es el de escribir.
En Esperanza nos presenta varias historias con el nexo común del Club Atlético Esperanza, una institución de tercera o cuarta categoría según dictan la lógica de los números y la liga regional en que compite.
Pero que para don Anselmo, el narrador, significa poco menos que su propia vida.
Él conoce cada detalle desde el momento de la fundación, año por año. Y ahora que ya es mayor desea compartir con un cronista ciertos hechos, protagonizados por otros personajes del pasado que también le dedicaron su sudor.
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Fue el Flaco Barril quien, cuando iba abandonando el campo de juego por el perímetro, justo detrás del arco de Sánchez, se percató del fallo garrafal de su compañero y, sin pensarlo dos veces, volvió a meterse en la cancha, corrió hacia el área chica y de un puntazo, antes de que el balón cruzara la línea de meta, lo alejó tan distante como pudo. Fue el Flaco Barril el que nos hizo salir campeones y también el que desató aquel (permítame la palabra) despelote.
El primer partido, allá por el año 18, inicio de la lucha sin tregua contra el poderoso Sportivo. El fantasma cuyos gemidos nocturnos atemorizaron la cancha.
El clásico imperecedero del 72, cuyo resultado decidiría el campeonato. De qué extraña forma una imagen religiosa los salvó de la bancarrota. Un soborno que pudo haber destruido el honor del club...
Son sus principales virtudes la fuerza narrativa, la soltura y, sobre todo, la pasión. Lo recomiendo con gran placer.
Clave de lectura: Todo se derrumba y hay que vivir como siempre. Valoración: ✮✮✮✮✮ Comentario personal: Escritor y novela extraordinarios. Música: To the Unknown Man, de Vangelis ♪♪♪
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Stanislaw Lem escribió Memorias encontradas en una bañera alrededor de 1960. Muchas cosas han pasado desde entonces; sin embargo, ¿por qué esta novela sigue manteniendo un aura de credibilidad bajo su ropaje satírico?
¿Se trata de un futuro que ya no puede cumplirse? ¿De verdad?
Dentro de algunos siglos, los historiadores estudiarán extrañados la época actual, el Neogeno Tardío. Apenas quedan evidencias de nuestros logros, aunque se supone que habíamos alcanzado la cúspide de la civilización.
Más nos valdría haber legado inscripciones en piedra, ya que, cuando una sonda de exploración espacial volvió a la Tierra transportando el catalizador alienígena que desintegraba el papyr, todo se derrumbó.
Papyr, un término cuyo influencia sobre la vida de los individuos aún se discute por los expertos.
Algunos plantean que quizá fuera una deidad con múltiples encarnaciones: Thoolar, Bool-Sah o Kap-Eh-Taal, por ejemplo, de culto ampliamente extendido.
De lo que no cabe duda es que todo el saber científico se depositaba en él. Su pérdida supuso el gran colapso.
Por ello es tan importante el hallazgo arqueológico de un complejo de túneles bajo las Montañas Rocosas. Allí, en una bañera, bajo los restos de dos esqueletos, ha aparecido un rollo con el relato de alguien que lo presenció de primera mano: Las notas de un hombre del Neogeno.
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Entré primero en la Sección Verística, luego en la Sección de Desinformación, donde un funcionario de la Sección de Presiones me dijo que debía subir al octavo piso, pero allí nadie quiso ni siquiera hablarme; iba extraviado entre una multitud de altas jerarquías, cada corredor resonaba de enérgicas pisadas y golpes de puertas y tacones; se mezclaba con estos ruidos marciales la música cristalina de unas campanitas que me recordaban cascabeles de trineos.
Lem es un escritor extraordinario y este libro supone una de sus mejores creaciones.
No es difícil identificar una crítica al «sistema» en sentido amplio, a través de un protagonista que deambula por pasillos y oficinas de un inmenso refugio atómico, desde el cual se dan órdenes contra unos presuntos enemigos a las que ya nadie hace caso.
¿Cuál es la primera impresión de Senta sobre Thomas?
Cuarenta y tantos, pectorales algo caídos, brazos demasiado largos, corte de pelo antediluviano, gusto discutible al elegir la ropa, incluso un ojo que... ¿bizquea ligeramente?
Pero ese color verde tras los párpados la vuelve loca cuando él se la queda mirando.
¿Y Thomas? ¿Qué piensa él de Senta?
Los protagonistas de Un encuentro de dos, de Iris Hanika, han salido a despejarse una noche de verano berlinesa.
Thomas se siente hastiado de su trabajo como analista informático. O, más que de su trabajo, de la monotonía existencial, de levantarse cada día a la misma hora, hacer las mismas cosas, volver a su casa como siempre...
Lo mejor es «cerrar el programa, detener el proceso, borrar la memoria». Un par o dos de cervezas ayudarán.
Senta, al cuidado de una galería de arte sin clientes, se encuentra deprimida porque llama a la puerta del amor, pero no le abren. No consigue que un tal Rainer se interese en ella y, más atrás en el tiempo, sus intentos de construir algo duradero siempre han fracasado.
El escenario, un bar de la Oranienstrasse que ambos frecuentan en horarios diferentes, pero en el que en esta ocasión han coincidido. Dos extraños. ¿Dará uno de ellos algún paso? ¿Quién? ¿Se comportarán por el contrario de forma «educada» y pasarán de largo tras una última mirada de soslayo?
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Pensó en preguntarle por su profesión o por su origen, adónde iba, qué esperaba de la vida, pero lo desestimó, pues en ese instante lo más importante era averiguar si volverían a verse y si más adelante se casarían, y si él quería tener hijos o no. Más importante que el matrimonio o la planificación familiar, de todas formas, le parecía la cuestión de si se verían de nuevo.
Mi impresión... Mmm... Me gustan sus intenciones, la frescura del planteamiento y la construcción empática de los personajes, sus maneras de ser diferentes.
En el debe: literariamente un poco floja. Para ser creíble, más allá del tópico de «no dejes pasar la oportunidad», hubiera necesitado ofrecer un desarrollo más rico de la historia.
En resumen, una comedia ligera para entretenerse un rato.
Siglo V d.C.: un monje vivía allende las montañas armenias, entre el balar de los corderillos y el piar de los gorriones.
En época tan remota no se dedicaban aún a la mejor actividad posible tras los muros de un monasterio. Ad maiorem homini gloriam, al menos: la fabricación de cerveza. También tenemos lo de meditar, tocar a maitines y plantar guisantes en el huerto, pero vamos, donde estén los trapenses...
De manera que el hombre, que por cierto se llamaba Mesrob Mashtots, se entretenía leyendo un montón. En griego y latín sacaba sobresaliente, y también le daba al siríaco en sus ratos libres. Hasta que su fama de enterado llegó al rey del lugar.
Había mucho pagano suelto por el mundo, y el rey creyó que para difundir los intríngulis de la religión había que explicárselos a la gente de manera un poco más clara. En griego o latín, pues... no, definitivamente no. Llamó al venerable para pedirle consejo y a este se le ocurrió inventar un nuevo alfabeto.
Y hala, ya está. Desde el año 405, mes arriba mes abajo, hasta hoy mismo: el alfabeto armenio.
ա բ գ դ ե զ է ը թ ժ ի լ խ ծ կ հ ձ ղ ճ մ յ ն շ ո չ պ ջ ռ ս վ տ ր ց ւ փ ք օ ֆ
A ojos de los profanos, prefiere la línea curva de todas las maneras posibles: hacia arriba, hacia abajo, a los lados, con un rabito aquí, con otro allá... Consta de treinta y ocho caracteres (dos de ellos más tardíos, del siglo XIII), y pese a alguna reforma ortográfica moderna, viene a ser el mismo salido de la mollera de Mashtots.
Incluso, durante mucho tiempo, sirvió como sistema numérico. Las diez primeras letras equivalen a la primera decena de números: 1, 2, 3, 4... Las nueve siguientes simbolizan el 20, 30, 40... Luego van por centenas, hasta el 1000. Más tarde por millares, y así llegamos hasta el 9000 (las dos letras medievales no cuentan). Para cifras más altas, se suman combinaciones.
Pero que el lejano visitante deseche cualquier preocupación. Los armenios son tan majos como para escribir también la versión latina en casi todos los carteles públicos. Al menos, en los nombres de las calles de Ereván. Porque de otra manera, si se quisiera ir a la avenida Բաղրամյան, lo más fácil sería acabar en...
Itsjok Katzenelson vivía en Varsovia. Ya había perdido a su mujer y dos hijos, y había visto lo suficiente como para saber que pronto se reuniría con ellos.
Por eso, en una carrera desesperada contra el reloj, empezó a escribir en apretadas líneas, aprovechando centímetro a centímetro el papel, El canto del pueblo judío asesinado.
No había tiempo para repasar o corregir los versos. Cada palabra podía ser la última.
En 1940 comienza el confinamiento en el gueto. En 1941, las autoridades nazis deciden «deshacerse» de sus habitantes. En 1942 ya han sido deportadas 350.000 personas. En 1943, la insurrección: se lucha casa por casa. En 1944, el levantamiento general de Varsovia es aplastado.
Katzenelson, junto con el único hijo que le queda, Zvi, es miembro de la Resistencia y consigue salir clandestinamente antes de ese gesto.
En el campo francés de Vittel, bajo el gobierno colaboracionista de Vichy, escribe en yidis su memoria. Introduce el manuscrito en botellas y queda enterrado para salvaguardarlo.
Al poco, les encierran a los dos en un tren con destino a Auschwitz.
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«¡Canta! Toma el violín vaciado y hueco
y arroja sobre sus delgadas cuerdas tus dedos,
pesados como corazones doloridos. Y canta el último canto
acerca de los últimos judíos en tierra europea».
—¿Cómo cantar? Cómo abrir la boca siquiera
habiendo quedado completamente solo,
sin mi mujer, sin mis dos pequeños. ¡Es un espanto!
El horror me habita... Escucho un llanto a lo lejos...
«¡Canta, canta! ¡Alza la voz, quebrada y dolorida,
búscala! Busca el canto allá arriba, si aún está,
y cántalo... Canta el último canto acerca del último judío;
vivió, murió, quedó insepulto y ya no existe más...».
Es poesía, sin duda, un libro de poemas. Pero es al mismo tiempo infinitamente más: el testimonio de la historia humana más sincero, más estremecedor, que podamos imaginar.
Clave de lectura: Pippi, Tommi, Annika... Nada es imposible en Villa Villekulla. Valoración: ✮✮✮✮✩ Comentario personal: Un libro sin edad. Música: Pippi Calzaslargas ♪♪♪
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Hay obras que jamás podrán ser enterradas en la memoria.
Sandokán, Conan, Sherlock Holmes o el capitán Nemo ocupan un puesto en lo más alto de un imaginario sin edad. Son patrimonio universal de nuestras vidas.
Tal es el motivo de traer hoy aquí de nuevo a Astrid Lindgren y a una niña pelirroja de fuerza hercúlea y espíritu rebelde ante las convenciones, que nos hace sonreír abiertamente en compañía de Tommy y Annika, sus amigos, su caballo Pequeño Tío y el mono Señor Nilsson.
¡Pippi Calzaslargas!
Una niña imaginativa, libre, de corazón compasivo, que vive en Villa Villekulla, cuyo descaro trae de cabeza a las fuerzas biempensantes del pueblo.
Y a otros no tan biempensantes, como los ladrones que suspiran por arrebatarle la maleta llena de monedas de oro que le ha dejado su padre, rey de una isla en los misteriosos mares del sur.
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Pippi había navegado con su padre hasta el día en que él se cayó al agua durante una tempestad y desapareció. Pero Pippi estaba completamente segura de que un día volvería, pues no podía creer que se hubiera ahogado. Estaba convencida de que había empezado a nadar y que había conseguido llegar a una isla llena de caníbales, que estos le habían nombrado rey y que se pasaba el día con una corona de oro en la cabeza.
Si el espíritu de los días de aventuras no ha desaparecido del todo en vuestro interior, solo se encuentra adormecido por las «realidades» que os habéis impuesto, decid conmigo en voz bien alta: Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta Efraimsdotter Långstrump.
Y a continuación poned a prueba con vuestros saltos los muelles del sofá.
En Mozart, camino de Praga, el gran poeta Eduard Mörike sitúa al compositor de viaje a la ciudad donde va a estrenar una de sus obras: Don Giovanni.
Durante una parada arranca una naranja del jardín de un conde, destinada a celebrar cierto compromiso matrimonial. Aclaradas tanto su buena fe como su identidad, le invitan a almorzar.
Por supuesto, se convierte en el centro de atención de la velada. Con su característico buen humor entretiene a los anfitriones, interpretando al piano varios pasajes de la ópera inédita.
Y el momento clave llega cuando les habla sobre la escena final, esa en la que el seductor afronta su destino frente al espectro, negándose al arrepentimiento pese a conocer de antemano las consecuencias.
Clave, porque en ella se contienen sus propios fantasmas.
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De siempre, pocas cosas había que hicieran a Mozart tan desgraciado como el que las cosas no fueran amables, claras y alegres entre él y su querida mitad. ¡Si hubiera sabido las otras preocupaciones que ella tenía desde hacía días!... Realmente de las peores, e iba aplazando su revelación, como era su costumbre, tanto como podía. Su dinero se acabaría en breve y no había ninguna perspectiva de prontos ingresos.
El intento de complacer a Constanza, su esposa, ansiosa por ascender en la escala social.
El sentimiento de humillación frente a aristócratas y alumnos mediocres, de cuyas monedas depende.
Su espíritu manirroto, sin mirar al futuro, quemando la vida antes de que sea tarde. Don Giovanni, a cenar teco m´invitasti...
Según me contaron, las fiestas más de guardar en Armenia son las independencias y el Año Nuevo. Aparte, en el lado triste, el recuerdo del genocidio.
La primera independencia, la del Imperio Otomano, es el 28 de mayo. La moderna, de la URSS, el 21 de septiembre. Hay desfiles y exaltaciones patrióticas, porque tuvieron líos bélicos con sus vecinos azerbayanos (con quienes aún se llevan malísimamente mal).
En cuanto al Año Nuevo, se sigue el calendario armenio tradicional, con trece días de diferencia sobre el gregoriano. La costumbre establece visitar a todos los parientes y amigos para desearles parabienes.
Como curiosidad culinaria, el plato más apreciado en estas reuniones es el arroz cocido con frutas y frutos secos.
Pero, además de las mencionadas, encontramos otras fechas que gozan de amplio reconocimiento social. Veamos una breve descripción de tres de ellas, empezando por el 23 de febrero: el «Día de los hombres».
Sí, sí, tal como suena: el día del macho armenio (tampoco es que el prototipo se parezca al ideal de Botero, pero me encontré la estatua de la foto en una calle de Ereván y vale de ejemplo).
Hay que hacerle regalos, mimarle, pasarle la mano por el lomo, demostrarle que es lo más... Aunque esa generosidad sea interesada, se espera contraprestación.
Y a no tardar, por cierto. Cada 8 de marzo llega la hora de pagar el principal más los intereses en el «Día de las mujeres». Lo mínimo son toneladas de flores.
Ah, pero resulta que hay una efeméride para desnivelar la balanza: el 7 de abril, «Día de la belleza». Las chicas obtienen aún más flores (todos los mercados que visité estaban bien surtidos), rebajas en las tiendas y dulces gratis en las cafeterías.
En fin, otro apunte etnográfico en la libreta. Continuará.
Clave de lectura: Novela de caballerías con héroes, heroínas, gigantes, hechiceros... Valoración: ✮✮✮✮✮ Comentario personal: ¡Qué bien me lo pasé leyendo este libro! Música: Tristán e Isolda (Preludio), de Richard Wagner ♪♪♪
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Preparaos para una novela de caballerías de tomo y lomo, en la que los elementos célticos se funden con los trovadorescos igual que quisieran hacer los labios de sus protagonistas: La historia de Tristán e Isolda, de Joseph Bédier.
Empieza narrando el nacimiento del héroe, vástago del rey Rivalén de Leonís y Blancaflor, hermana a su vez de Marcos de Cornualles. El duque Morgan ataca sus tierras y, como consecuencia, el bravo Rivalén ya no vuelve a su castillo de Kanoel.
La reina espera a dar a luz y también abandona la vida. El mariscal Rohalt cuida del pobre huérfano como si fuera de su propia sangre, para que el duque ignore su existencia.
Con el tiempo, Tristán se convierte en un apuesto joven. El escudero Gorvenal se encarga de prepararle en artes que le serán de utilidad: manejar la espada, el escudo, el arco, el corcel, lanzar discos de piedra, cantar, tocar el arpa...
Luego unos marineros le raptan, hay una tormenta, llega hasta la costa cercana a Tintagel...
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El castillo se erguía sobre el mar, fuerte y bello, bien preparado contra cualquier asalto y todas las máquinas de guerra; y su torre del homenaje, que antaño edificaron unos gigantes, estaba hecha con bloques de piedra grandes y bien tallados, dispuestos como un tablero de ajedrez en verde y azul.
Tras recuperar el trono de manos del usurpador, ha de hacer frente al Morholt, el enviado de Irlanda, que reclama un tributo de trescientos muchachos y trescientas doncellas al rey Marcos, su tío. Nadie más se atreve a desafiarle, pues se trata de un guerrero de fuerza descomunal.
En singular combate le vence, aunque él queda algo pachucho por culpa de una pica envenenada. Alegría en Cornualles, enfado entre los parientes del caballero irlandés. Sobre todo, el resultado no le hace ninguna gracia a su sobrina.
Ya adivinaréis de quién se trata... Exacto, de Isolda. Isolda la Rubia, por más detalles.
Dado que no encuentran remedio a sus heridas, Tristán pide que le dejen en una barca a la deriva.
Unos pescadores le llevan al puerto de Weisefort, donde casualmente reside la rubia, que también casualmente es diestra en plantas curativas.
Y bueno, desde ese encuentro inicial en el que ni fu ni fa, pasando por el instante en que ambos se dan mutua cuenta de que son muy guapos, y cuando ya la cosa se pone al rojo vivo, ocurren docenas de aventuras.
Batallas hasta en el desayuno, dragones, velludos gigantes, hechiceros jorobados, rescates in extremis, huidas, separaciones, etc.
Clave de lectura: Desventuras de un reportero en la Estonia soviética. Valoración: ✮✮✮✮✩ Comentario personal: Irónica, mordaz, divertida. Música: Voces del universo, de Urmas Sisask ♪♪♪
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El compromiso es una novela con gran contenido autobiográfico de Serguey Dovlátov. Su alter ego protagonista es un reportero que cubre noticias «de interés público» para el periódico Estonia soviética.
Tarea nada sencilla, ya que el redactor jefe detecta fácilmente errores ideológicos en los textos.
Cuando presenta a su aprobación que especialistas de Dinamarca, Finlandia, Hungría, Polonia, RDA, etc., se han reunido en el VII Congreso de Estudios Escandinavo-Fineses, podría interpretarse como un mensaje contra el partido.
Primero tiene que ir la URSS en el listado, por supuesto. Luego los países «demócratas», en medio los neutrales y al final los del bloque capitalista.
Ah, y cuidado con mencionar a Hungría antes que a la más ortodoxa RDA. Si llegara a ser calificado como disidente por estos detalles, su vida se convertiría en un cúmulo de incomodidades.
De manera que van sucediéndose sus aventuras y las de sus compañeros en pos de los encargos «desde arriba».
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—Guiénrig Fránzevich, se le ha rasgado el trasero de los pantalones.
Turonok se aproximó con calma a un enorme espejo, se inclinó, hizo su comprobación y dijo:
—Compadre, hágame un favor… Le daré aguja e hilo. Los tengo en la caja fuerte. Apelo a su amistad, no al deber. Sólo necesito unas puntadas. Después de todo, no puedo pedírselo a Plyujina…
Por ejemplo, hay que reseñar el nacimiento del habitante 400.000 de Tallin en el aniversario de la «liberación» de la ciudad (para lo cual es bastante complicado encontrar a un bebé presentable y que su madre quiera llamarlo con el histórico nombre de Lembit, que debe de tener la importancia de Sisebuto o Recaredo).
O describir el estajanovista entusiasmo con que los buzos dragan el fondo del puerto (para encontrar la dentadura de oro que se le ha caído al agua al encargado del taller).
También, entrevistar a una lechera que bate plusmarcas de producción gracias a las sabias disposiciones del Comité Central (hay que darse prisa en redactar la carta que lo anuncie al camarada Brézhnev, porque la respuesta de Moscú con la felicitación ya ha llegado). Y así de continuo.
Irónica, mordaz, divertida, son algunos calificativos que la obra merece. Como habré dicho en alguna ocasión, los regímenes que pretenden decidir lo que sus ciudadanos deben leer, escribir o pensar sirven por el contrario de acicate a las imaginaciones rebeldes.
Clave de lectura: José Costa no es José Costa, sino... Kósta Zsoze. Valoración: ✮✮✮✮✩ Comentario personal: De méritos más que sobrados. Música: O que será, de Chico Buarque ♪♪♪
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Budapest, Budapest… La gran Plaza de los Héroes, el Parlamento, el Puente de las Cadenas, la Avenida Andrássy, el Bastión de los Pescadores, las olas rompiendo en la ensenada de Botafogo, el cerro Corcovado…
¿Cómo? ¿Que me he hecho un lío? No, de ninguna manera, estoy seguro. Budapest… ¿No se titula así una novela del cantautor brasileño Chico Buarque?
Ya sabéis: O que será, que será, que andam suspirando pelas alcobas, que andam sussurrando em versos e trovas…
La figura central de sus páginas, José Costa, no consigue ser feliz. Se dedica a escribir por encargo de otras personas: discursos, artículos, libros que quizá se hagan famosos y en los que su nombre nunca aparecerá.
Llega tarde habitualmente a casa y, como consecuencia, su matrimonio con Vanda se resiente.
Tras asistir a una convención internacional de «autores anónimos», hace escala en Budapest, donde escucha por primera vez una lengua de sonido extraño: el húngaro.
De vuelta en Río de Janeiro, la rutina parece continuar. Pero solo «parece». Porque José Costa comienza a hablar en sueños, y no lo hace en su portugués materno.
No sabe por qué, es incomprensible, pero necesita ahondar en ese otro idioma que vive en su interior. Así que vuela de nuevo a la ciudad del Danubio, donde encuentra a Kriska. Ella será su profesora… y algo más.
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Cierta mañana, al bajarme del metro por error en una estación azul igual a la de ella, con un nombre semejante al de la estación próxima a su casa, telefoneé desde la calle y dije: estoy llegando casi. Supuse en el mismo instante que había dicho una burrada, porque la profesora me pidió que repitiese la oración. Estoy llegando casi… Había probablemente un problema con la palabra casi.
Mientras tanto, Vanda progresa en su propia carrera. No se resigna a esperar llorosa, abrazada al pequeño hijo de ambos, el retorno de José.
Él lo abandona todo. Kósta Zsoze será su identidad magiar de ahora en adelante. Un nombre distinto para un hombre distinto. Aunque… quizá algún día haya de regresar a Brasil y se encuentre con ciertas consecuencias que ni mil vidas podrían hacer desaparecer.
Mi comentario es que se trata de una obra estupenda. Refleja con maestría cómo una personalidad salta fuera de sus goznes aunque crea conocerse a sí misma. De qué manera todo puede dar vueltas en la vida cuando menos nos lo esperamos.
Quizá el final resulte desconcertante, también es cierto, o al menos a mí me lo parece. Pero insisto: sus méritos están sobradamente en el lado bueno de la balanza.
¿Queréis saber de dónde viene el nombre de Akhtamar, una de las marcas de nicotina más populares de Armenia? Sí, ¿verdad? No os preocupéis, que os lo cuento.
Tamar era una lugareña que, como suele ocurrir en este tipo de historias, sólo puede ser descrita como auténtica belleza. Excelsa, sublime, la pera limonera. Y además simpática.
Tenía su morada en una isla, en medio del lago Sevan. Allí vivía feliz, entre guirnaldas de flores silvestres y melancólicos suspiros d’amour.
Porque el músculo cardíaco de Tamar golpeaba con fuerza los barrotes de su prisión. La hermosa bebía los vientos por…
Anda, pues no apunté cómo se llamaba el tipo. Para el caso, denominémosle «el Príncipe Azul».
El caso es que a los vecinos de Tamar no les caía bien este novio, porque venía de otro pueblo. Y cada noche se iban a dormir confiados en que la condición insular detendría el ardor de ambos jóvenes.
¡Ja! No contaban con que la fortuna favorece a los audaces, y la recompensa de besos, abrazos y demás arrumacos era para los dos irresistible.
Al caer el sol, las aguas circundantes se volvían turbias. Por ello, Tamar encendía un fanal en la ribera y su chico se lanzaba a nadar en pos de la luz. Brazada, brazada, brazada…
Vaya, tampoco pregunté por qué no se fabricó una barca con cuatro clavos o aunque fuera una tabla de surf, en vez de ponerse siempre en remojo. Estos armenios…
Retomando el hilo, todo fue bien durante un tiempo. Arrumacos, arrumacos, arrumacos…
Pero he aquí que, ooooooh, la fatalidad acabó cerniéndose sobre los amantes. Los vecinos descubrieron el pastel en el horno y, un crepúsculo sin luna, fueron a apagar la llama de la salvación.
¡Qué gentuza! El Príncipe Azul, ya puesto en camino, se encontró de repente sin faro. Y desesperado, a ciegas, sin poder adivinar hacia dónde dirigirse, se ahogó.
Sus últimas palabras, con voz tan potente para que todos pudieran escucharlas (y algún escribano trasladar al pergamino), fueron: «¡Akh, Tamar!». Lo que viene a significar «¡Ay, Tamar!». De esta manera, el nombre ganó la inmortalidad.
Hasta convertirse en reclamo de cigarrillos, no había más que un paso. ¿Y no es también una etiqueta de coñac, ahora que lo pienso? Ah, cómo tiran las cosas de l’amour…
—Marquesa...
—¡Querido conde!
—En este vergel de hermosas flores, vos sois la rosa que...
—¡Pepeeeee! ¡Ponte más a la derecha!
—Qué galante, Nicolái Petróvich.
—Oh, Natalia Feodorovna, mi nombre en vuestros labios es como el rocío que...
—¡Pepeeeee! ¡Junto al chorrito de la fuente!
—Seguid, seguid.
—Em... el rocío que baña los prados del Elíseo cuando la divina Venus...
—¡Pepeeeee! Otra vez, que te has movido.
—Sois verdaderamente irresistible, conde, no os detengáis.
—La divina Venus suspira de envidia por vuestros ojos, vuestra nívea garganta, vuestro excelso talle, vuestro...
—¡Pepeeeee! Ahora hazme tú a mí otra
—¡Se acabó! Yo, así, no puedo.
—Pero, pero, ¿qué os ocurre?
—¿Dónde habré metido el rapé? Excusadme, marquesa, es que no consigo concentrarme. Llevamos aquí más de dos siglos y medio, y de un tiempo a esta parte, desde que todo el mundo entra al palacio con esos extraños objetos de retratar, esto es un suplicio.
—Ay, plebeyos...
—Marquesa...
—¿Conde?
—Estaba pensando...
—¿Sí?
—Dos siglos y medio...
—¿Sííí?
—Creo que vos y yo...
—¿Síííííí?
—Vos y yo...
—¿Sííííííííí?
—Ya va siendo hora de que...
—¿Síííííííííííí?
—Os lo ruego, esperadme esta noche junto al pabellón de la zarina.
—¿Sííííííííííííííí?
—Tantos años de fantasmas y aún no le hemos dado un buen susto al vigilante.
—Jijijijiji. ¿De los de gritar y ulular? Travieso...