lunes, 26 de diciembre de 2011

Roma y los bárbaros

Celtas, germanos, griegos, persas, dacios... Todos estos tipos y unos cuantos más tienen voz en Roma y los bárbaros, de Terry Jones y Alan Ereira.
Si tenemos presentes las fabulosas riquezas de Roma, podría parecer extraño que los romanos se tomaran la molestia de conquistar las empobrecidas naciones bárbaras que limitaban con su imperio. Desde luego, existía el constante imperativo de la seguridad interior, al que se añadía la doctrina de los ataques preventivos, un credo que instaba a los romanos a atacar antes de ser atacados. Ahora bien, ¿es posible que hubiera alguna otra razón? A mediados del siglo I a.C., el caudillo galo Vercingetórix acuñó monedas de oro con su nombre y una efigie idealizada, posiblemente basada en el modelo del padre de Alejandro Magno: Filipo II de Macedonia. Dejando a un lado el hecho de que Vercingetórix no llevaba bigote (pese a la afirmación de Diodoro de Sicilia, quien sostenía que todos los miembros de las clases altas se los dejaban), lo más sorprendente de esta acuñación se hace patente al comparar la moneda con otra pieza romana de oro de la misma época.
Y es que no existe ninguna. Los romanos no tenían suficiente oro como para acuñar monedas con ese metal. No hasta que conquistaron la Galia. Allí era donde se encontraba el oro.

Quizá, si añadimos que Jones es uno de los Monty Python, entenderemos mejor su visión heterodoxa de la historia.

Los celtas vienen primero. Navegantes, mercaderes, orfebres, campesinos, guerreros... Sus barcos seguían rutas comerciales regulares entre el sur de Iberia y el norte de Irlanda. Construían calzadas. Sus escudos y carros fueron descaradamente copiados por las legiones.

Para los britanos, la mujer tenía los mismos derechos que el hombre. Y eran incluso más feroces en la batalla. Es el caso de Boudicca, de la que podremos leer sus peripecias junto a las de Cartimandua o Cunobelino.

Luego aparecen los germanos: gente campechana, fuertota, con una idea de la guerra basada en la pura competición deportiva. Partidarios de la igualdad social, repartían las tierras rotatoriamente cada año. Hermann (o Arminio, según la versión latina) es su representante más destacado.

Si hablamos de los dacios, las pistas lo sitúan como un reino próspero, tanto a nivel técnico como artístico y de pensamiento. A Decébalo se le unen nombres más antiguos como el rey Burebista o el filósofo Salmoxis, cuya importancia religiosa podría haber llegado a ser igual a la de Buda.

Y llegamos a los godos. El saqueo de Roma en 410 d.C. se interpreta aquí como "un lance tergiversado", ya que ni destruyeron la urbe ni diezmaron a sus habitantes. De hecho, Alarico, el caudillo que lo llevó a cabo, era cristiano. ¿Qué ocurrió entonces en realidad?

Mucho más se cuenta en el resto del libro: sofisticados helenos, tolerantes persas, hábiles partos, incomprendidos vándalos, alegres pastorcillos hunos, etc., etc. Bueno, os dejo, que he quedado para tomar unas libaciones con mi amigo Pijus Magnificus.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

martes, 20 de diciembre de 2011

Dos versiones de la escena

Nuestras miradas se cruzaron. Yo llevaba un esmoquin blanco y ella un vestido de noche, acariciado por la brisa. Se acercó con pasos lentos, felinos, la melena cayendo como una cascada sobre su espalda. Cuando llegó hasta mi mesa, las notas del piano y el bajo comenzaron a sonar. Ella cantó. Sus labios cantaron sólo para mí.

¡Corten! No, esto no queda bien, poco realista. Vamos a rodar otra vez la escena, a ver si ahora la cuentas mejor. ¡Acción!

Se acercó taconeando con unas botarras que no pegaban ni con cola al clima tropical. Ni tampoco la falda de cuero, ni los leggings, ni nada de lo que vestía con escaso gusto, francamente. Cuando llegó hasta mi mesa, el tipo de los teclados y el del bajo empezaron a tocar desafinados. A continuación cantó con voz chirriante y repitiendo el estribillo como cuarenta veces.

Fin.


Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

martes, 13 de diciembre de 2011

Operación Noche y niebla

Fue en la última Feria del libro, mientras mis ojos escrutaban los títulos alineados dentro de la caseta húngara, cuando se detuvieron en Operación noche y niebla, de Elisabeth Szel.

Por su envejecido aspecto, no parecía una edición reciente. Abrí uno y lo corroboré: medio siglo desde que salió de imprenta. Me dijeron que había sido la propia autora quien les llevó varios ejemplares.

En su interior aparecía el subtítulo: El caso Wallenberg.

El caso Wallenberg... ¡Claro, ya me acuerdo! Raoul Wallenberg, el diplomático sueco que desapareció a finales de la Segunda Guerra Mundial. Me lo llevo.
Rozsnyai arrancó su pie medio vendado de entre las manos de Eva y echó a correr hacia las callejuelas laterales. A punto de alcanzar el primer callejón, recibió un tiro en la espalda, disparado desde un coche de la Gestapo, que se había detenido en la esquina. El pobre hombre cayó cuan largo era. Eva corrió hacia él, pero cuando alcanzó el callejón, ya los alemanes recogían a Rozsnyai para llevárselo hasta el coche. Eva se apoyó, cansada y desesperada, contra un muro. Wallenberg contemplaba con curiosidad la cara de Eva, cuando el coche de la Gestapo arrancó de allí con sus alemanes y el hombre herido en el interior. De pronto, Wallenberg bajó de su Cadillac e hizo señas a un taxi libre que aguardaba en la esquina. Apenas se acercó este, saltó a él e indicó a su conductor que siguiera urgentemente al coche de la Gestapo.
Eva contempló la extraña escena, sin comprender nada de lo que hacia el sueco loco, pero pronto olvidó el incidente. Se arregló el pañuelo torcido que cubría sus cabellos y se dispuso a regresar a la prisión. Allí se consoló al enterarse de que muchos prisioneros habían logrado escapar, entre ellos su querida Magda y la pequeña novia.

Destinado en Budapest durante 1944, Wallenberg consiguió salvar a miles de personas perseguidas por los nazis y sus aliados locales del partido de los flechas.

Para ello utilizó todo tipo de métodos, desde concederles salvoconductos como ciudadanos de Suecia y refugiarlos en edificios "anejos" a la embajada, hasta sacarlos literalmente en su automóvil de las columnas de deportados hacia los campos de exterminio.

El misterio surgió cuando entraron las tropas soviéticas. La versión más extendida cuenta que nuestro hombre fue encerrado en la cárcel moscovita de Lubyanka. Pese a las posteriores indagaciones y presiones internacionales, nunca se volvió a saber de él.

Elisabeth Szel construye esta novela alrededor de su figura, en la que le muestra como «un héroe, generoso, romántico, audaz, increíble». Su oponente es el siniestro Adolph Eichmann, responsable de ejecutar la solución final en el país centroeuropeo. Junto a ellos, muchos personajes reales, alemanes, suecos, húngaros, hoy anónimos o que figuran en los libros de historia.

La confrontación pasa por salones palaciegos, despachos de la Gestapo, cabarés regentados por agentes dobles, centros de detención de los flechas, y las calles e incluso tejados de una ciudad cercana al paroxismo. Ambos enemigos se conocen perfectamente e intentan adelantarse al próximo paso del otro, tal como demuestran en sus encuentros oficiales, cada vez más amenazadores. Tensión que se mantiene hasta el 17 de enero de 1945, aquel último día.

Aunque la escritura peque de candidez, sacrificando la profundidad psicológica en aras de la agilidad narrativa, el conjunto resulta interesante sobre todo por su valor testimonial. Personalmente recomiendo su lectura. La de relatos así perdidos que habrá por el mundo, aguardando una pequeña resurrección en nuestras manos...
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

sábado, 26 de noviembre de 2011

Intimidad

En su novela Intimidad, Hanif Kureishi viene a darle el milésimo repaso a ese tema tan sencillo y tan complicado de las relaciones de pareja. Todo comienza, en palabras de Jay, el protagonista, "la noche más triste". Dentro de unas horas, cuando su esposa Susan vaya a trabajar, piensa abandonarla a ella y a los niños.
Me obligo a comer. Los próximos días necesitaré reunir todas mis fuerzas. Pero nunca el tomate me había resultado tan poco apetecible. De pronto Susan me acaricia la cara con las puntas de los dedos.
–Tú –dice.
–¿Sí?
Tal vez percibe la velocidad y confusión de mis pensamientos.
–Simplemente tú, Jay. No pasa nada. Simplemente eso.
La miro fijamente. La ternura de su gesto me impacta. Me pregunto si de alguna manera, en cierto modo, me quiere. Y si uno tiene la suerte de ser amado, debería sin duda saber apreciarlo. Yo contaba con que nos pelearíamos. Eso me habría permitido marcharme de casa esta noche. Pero sé que debo hacer esto manteniendo la calma y la compostura, no salir corriendo como si me ardiera el pelo, o como si tuviese una alucinación, o como si quisiera asesinar a alguien.
Esta noche quiero mantener mi irracionalidad bajo control, que no se me vaya de las manos, por favor.

¿Se atreverá a hacerlo? ¿De qué manera siente él un matrimonio que para nadie más presenta síntomas de crisis? ¿Es que ya no se aman?

Las preguntas van sucediéndose. Recuerda, duda, razona, intenta justificarse a sí mismo, porque no está seguro de si las causas en realidad existen, o es que simplemente todo en la vida ha de tener un comienzo y un final.

Con estos mimbres ya se anticipa cierta densidad en la trama, a riesgo de que a veces se convierta en un pequeño embrollo, con excesivos giros sobre las mismas ideas. O quizá sea Kureishi quien busca ese efecto premeditadamente, para trasladarnos la confusión que atormenta al personaje.

En cualquier caso, a mí me costó un poco zambullirme en ella, aunque reconozco que la obra tiene sus virtudes. De hecho, el encargado de la librería me felicitó por haberla elegido, cuando la compré.

Nada más por hoy.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cómo me quedé calvo

Presentemos a Marek, el personaje principal de Arnon Grunberg en su novela Cómo me quedé calvo.
Llegué a la conclusión de que, con una mujer austriaca, me sería imposible hallar lo que yo buscaba, así que me lancé a recorrer Viena en busca de extranjeras.
En los parques y en los jardines solía echarme a llorar, también apasionadamente, hasta que comprendí que los ojos enrojecidos y las mejillas húmedas no me ayudaban demasiado en mi propósito de conocer a extranjeras.
Recorría la ciudad con las manos a la espalda como un patinador, convencido de que los iniciados me reconocerían de inmediato como un servidor del amour fou.
Después de recorrer la ciudad durante semanas sin ningún resultado, una tarde conocí al fin a unas chicas en una heladería.
Dos muchachas me pidieron que les hiciera una foto. Sin lugar a dudas, eran turistas extranjeras.
Me invadió el pánico, porque sabía que había llegado el momento. Era ahora o nunca.

Marek es un poeta y estudiante de filosofía que anhela experimentar un amour fou, loco, total, desatado, en el que su fuego vital roce el infinito. Como todo el mundo, claro.

Pero aparte de la timidez, va a tener ciertos problemillas. El primero es de imagen: la progresiva alopecia. Y el segundo, bastante peor: su... su... eso... no está en proporción con el resto de su cuerpo. Una cuestión de centímetros.

Así comienza un relato de desventuras con continuos saltos en el tiempo, entre el presente y los años en que las ondas castañas aún adornaban la cabeza del protagonista.

Los demás miembros de la familia, padre, hermanos y madrastra, tampoco le ayudan mucho, inmersos en sus propias rarezas. Y el ambivalente recuerdo de su madre, desaparecida al resbalar durante una excursión alpina, le acompaña siempre como una sombra. ¿Conseguirá conocer a la chica de sus afanes?

Sin que me parezca malo, tampoco creo que funcione al cien por cien. Va desinflándose cuando aún quedan un montón de páginas por delante, y ni siquiera el misterio sobre la muerte de la madre trae de nuevo expectación. Resumiendo, un aprobadillo para premiar el original planteamiento de inicio.

Hasta la próxima.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

martes, 11 de octubre de 2011

Elogio del amor

Hoy comentaremos Elogio del amor, del filósofo Alain Badiou.
Es un problema metafísico muy complicado: ¿cómo un puro azar en el principio llega a convertirse en el punto de partida de la construcción de una verdad? ¿Cómo esto, que en el fondo no era previsible y parecía unido a impredecibles peripecias de la existencia, va a convertirse, sin embargo, en el fundamento total de dos vidas mezcladas, apareadas, que van a vivir la experiencia prolongada del constante (re)nacimiento del mundo a través de la diferencia de sus miradas? ¿Cómo se pasa del puro encuentro a la paradoja de un mundo único, en el que se descifra que somos dos? Realmente, es un hecho muy misterioso. Y, por otra parte, es algo que contribuye a nutrir en gran medida el escepticismo frente al amor. Podemos preguntarnos por qué hablar de una gran verdad a propósito de un hecho banal, como que alguien se relacione con un(a) compañero(a) de trabajo. Pero es precisamente esto lo que hay que sostener: un hecho en apariencia insignificante, pero que en realidad es un acontecimiento radical de vida microscópica, portador, en su obstinación y en su duración, de un significado universal.

Se estructura este ensayo en forma de entrevista, con seis capítulos y una conclusión. En el primero, «El amor amenazado», el autor analiza los eslóganes publicitarios de cierta agencia para encontrar pareja por Internet: "Tenga amor sin azar", "Se puede estar enamorado sin caer enamorado" o "Puede usted perfectamente estar enamorado sin sufrir por ello". De ahí advierte que no es posible evitar a toda costa las equivocaciones. Medir, calcular, encerrarnos tras las rejas de una presunta compatibilidad matemática, viene a decir, elimina "toda poesía existencial". Para alcanzar el premio del éxito, tenemos que arriesgarnos al fracaso.

A continuación, en «Los filósofos y el amor», reflexiona sobre la presencia del concepto en la historia del pensamiento. No excesivamente destacada, a su entender, pese a tratarse del centro de los anhelos del ser humano. Diferencia entre tres corrientes: la romántica, que considera el éxtasis del encuentro como principio y fin en sí mismos; la comercial, por la que "individuos libres declaran que se aman", prestando atención a las ventajas que pueden obtener a cambio; y la escéptica, que hace del amor una simple ilusión, un maquillaje del deseo físico.

«La construcción amorosa», el tercer capítulo, defiende que el amor no se realiza plenamente en la inmediatez, sino mediante la duración. Desde que los amantes se conocen sorpresivamente, comienza una "aventura obstinada" para vencer los obstáculos que sin duda se irán presentando. Cambia su sentido del tiempo y del mundo, que de concebirse bajo la forma del Uno, pasa a adoptar la del Dos (con mayúscula).

Más adelante, en «La realidad del amor», aclara Badiou que el Dos no supone eliminar la diferencia, que no nos fusionamos en un solo ente, y es ahí donde radica el gran misterio: contemplamos la vida de manera única pero a través de una mirada doble. La declaración del sentimiento, articular por primera vez las palabras "Te quiero", puede venir acompañado de una angustia casi insoportable. No sin motivo, pues de la respuesta positiva o negativa depende que aquel azar se convierta en un destino.

«Amor y política»: reconozco que a partir de aquí no me resulta tan sencillo describir el contenido. Más o menos, consiste en una digresión sobre similitudes y diferencias entre ambos. Aun separando los contextos y rechazando las manipulaciones ideológicas del amor, al fin y al cabo en política se estudia "de qué son capaces los individuos cuando se reúnen, se organizan, piensan y deciden". Con lo cual, algún paralelismo asoma en el fondo.

Y llegamos a «Amor y arte», otro apartado de difícil ilación dentro del discurso. Para ilustrarnos, recurre a muestras de Rimbaud, Breton, Marivaux, Pessoa, Vitez o Samuel Beckett. Igualmente, a sus propias novelas y piezas teatrales. Una especie de análisis sobre ética y estética.

La conclusión sigue incidiendo en esta curiosa deriva, mediante un repaso a la actualidad política francesa: Sarkozy, con los precedentes de Pétain o la restauración de 1815, se enfrentaría al periodo revolucionario, la comuna y mayo del 68, al igual que el amor obediente a la "lógica y la seguridad" se opone al "transgresor y heterogéneo".

Salvando las secciones más confusas, Elogio del amor es un texto de calidad, interesante..., bonito. Intenta dejar atrás tanto el idealismo como el realismo extremos, y no obstante, se nutre de esperanza, optimismo, de alegría incluso. Quizá echo de menos que comente la otra cara, la del fracaso, ese al que no debemos tener miedo aunque en ocasiones resulte vencedor. Pero nada, si tenéis la oportunidad de leerlo, no lo dudéis.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 3 de octubre de 2011

Cada siete olas

Al final de Contra el viento del norte nos habíamos quedado en una disyuntiva, si recordáis. Daniel Glattauer dejaba a Leo expatriándose a Boston y a Emmi en la vieja Europa. Todo por no haberse atrevido a acudir a aquella cita para conocerse en persona.

Pues bien, la continuación, Cada siete olas, nos ofrece algunas respuestas. Leo ha vuelto, y cuando Emmi consigue ponerse en contacto con él sin que el servidor de correo le devuelva el mensaje, retoman su relación epistolar. Ninguno ha olvidado lo que sentían o creían sentir, sólo que... él no ha vuelto solo. Y ella sigue casada.
Querida Emmi:
En la palma de mi mano izquierda, más o menos en el centro, donde la línea de la vida, surcada por gruesas arrugas, dobla hacia la arteria, allí hay un punto. Lo examino, pero no puedo verlo. Lo miro fijamente, pero no se deja sujetar. Sólo puedo tocarlo. También lo noto con los ojos cerrados. Un punto. La sensación es tan intensa que me da vértigo. Si me concentro en él, su efecto se expande hasta los dedos de los pies. Me produce hormigueo, me hace cosquillas, me da calor, me excita. Estimula mi circulación, dirige mi pulso, determina el ritmo de los latidos de mi corazón. Y en la cabeza surte su efecto embriagador como una droga, amplía mi conciencia, extiende mi horizonte. Un punto. Tengo ganas de reír de alegría, por el bien que me hace. Tengo ganas de llorar de felicidad, porque lo poseo y porque me embarga y me colma hasta la médula. Querida Emmi, en la palma de mi mano izquierda, donde se encuentra ese punto, esta tarde –debían de ser aproximadamente las cuatro– tuvo lugar un incidente en la mesa de un café. Mi mano iba a coger un vaso de agua, cuando vinieron de frente los dedos ligeros de otra mano más suave, intentaron frenar, intentaron evitarla, intentaron impedir la colisión. Por poco lo logran. Por poco. Durante una fracción de segundo, la delicada yema de un dedo que pasaba volando fue arrollada por la palma de mi mano que iba a tomar el vaso. Ello dio como resultado un leve roce. Lo he grabado en mi memoria. Nadie me lo quita. Te siento. Te conozco. Te reconozco. Eres la misma. Eres la misma persona. Eres real. Eres mi punto. Que duermas bien.

Nuevamente el intercambio de ideas, comentarios, opiniones, seguridades e inseguridades entre ellos, hasta que por fin se deciden al encuentro real, con el resultado inmediato que cabía esperar, pero que tampoco resuelve nada de nada.

Y así  transcurre el libro, a base de desnudar metafóricamente a los protagonistas y hacer que se enfrenten a sí mismos. ¿Cómo acabará la historia? ¿Cómo explicarles a sus respectivas parejas, que al fin y al cabo también tienen sentimientos, cuánto se necesitan? ¿Lo entenderán?

No está mal. Incluso diría que Glattauer enriquece la trama mejor que en la primera parte, gracias a la permanente presencia de terceros en la sombra. Quizás el único punto "dudoso" para la verosimilitud sería el lenguaje, desde luego bastante más elaborado que el habitual en el correo electrónico, pero tampoco es algo de lo que quejarse. A leer.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 29 de septiembre de 2011

Vienen a decirme…

Vinieron a decirme que estabas muy enferma, que desde tu cama, tras años de lucha, tus ojos miraban ya apagados.

Y yo sólo veía imágenes de vida. Sonrisas ante la cámara. Alegría rodeándote. Un ramo de flores blancas. También tú vestida de blanco.

Ahora, vienen a decirme que...



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 15 de septiembre de 2011

El fútbol a sol y sombra

Pues no sé si habrá mañana mucha polémica, pero esta es mi decisión inapelable: penalti a favor de El fútbol a sol y sombra. Chuta Eduardo Galeano.
En los pies de los legionarios romanos, llegó la novedad a las islas británicas. Siglos después, en 1314, el rey Eduardo II estampó su sello en una real cédula que condenaba este juego plebeyo y alborotador, «estas escaramuzas alrededor de pelotas de gran tamaño, de las que resultan muchos males que Dios no permita». El fútbol, que ya se llamaba así, dejaba un tendal de víctimas. Se disputaba en montoneras, y no había límite de jugadores ni de tiempo ni de nada. Un pueblo entero pateaba la pelota contra otro pueblo, empujándola a patadas y a puñetazos hacia la meta, que por entonces era una lejana rueda de molino. Los partidos se extendían a lo largo de varias leguas, durante varios días, a costa de varias vidas. Los reyes prohibían estos lances sangrientos: en 1349, Eduardo III incluyó al fútbol entre los juegos «estúpidos y de ninguna utilidad», y hay edictos contra el fútbol firmados por Enrique IV en 1410 y Enrique VI en 1447. Cuanto más lo prohibían, más se jugaba, lo que no hacía más que confirmar el poder estimulante de las prohibiciones.

Tenemos aquí un conjunto de artículos que glosan múltiples aspectos del balompié, desde la más simple anécdota que ocurrió en tal o cual partido, hasta la más profunda mística cuando millones de personas alcanzan una comunión de fervor al final de los noventa minutos.

Si bien cada uno presenta un grado de interés variable, la verdad es que la mayoría consigue transportarnos al momento que describen: un remate de Pelé, una parada de Zamora, una jugada gloriosa de algún jugador olvidado de los tiempos del blanco y negro... Gran mérito de la prosa apasionada de Galeano.

Pero lo más curioso es que ni siquiera hay que ser practicante activo de la religión pelotera para disfrutar de estas historias. Porque son como parábolas extrapolables a cualquier aspecto de la vida (la gloria efímera, el valor del esfuerzo, el triunfo de lo inesperado). Todas las pasiones humanas acaban viéndose reflejadas en la cancha, listas para jugar el partido.

¡Goooooooool!
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 12 de septiembre de 2011

La llamada (IV)

Vi con alarma cómo se apresuraba hacia mí, a pesar de sus tacones altos y su traje de falda estrecha. ¿Qué pretendía, practicar en el último segundo el salto del tigre? ¿Debía yo por tanto adoptar la tsuru ashi dachi, más conocida en términos de defensa personal como postura de la grulla? Aiooooooo...

–Perdona, ¿puedes hacerme una perdida?

Tenía el sol de frente, por eso no pude fijarme bien en sus pupilas. ¿Estaban dilatadas? ¿Nos conocíamos de algo? Lo de hacerle una perdida, ¿se trataba de algo lúbrico? Las preguntas se sucedían en mi interior.

–¿Cómo?
–Ay, es que no sé dónde tengo el móvil –abrió el bolso y empezó a revolver su abigarrado contenido–. Llámame, a ver si lo encontramos. Mi número es el 660...

Vaya, eso lo explicaba todo: el viejo truco del intercambio de números de teléfono. Debía de haber experimentado un flechazo a distancia, para correr a pedírmelo con tanta urgencia.

Marqué los dígitos delectándome, con el pecho hinchado de orgullo como un pollo de corral. Pulsé el botón. La miré. Me miró. Momento de gran intensidad emocional: ¿sonarían violines como fondo de nuestra primera comunicación?

–Yo no oigo nada.
–Ni yo. ¿Lo habré metido en la funda del PC?

Abrió el maletín de su ordenador portátil. Sus dedos palparon, acariciaron, recorrieron apasionadamente el interior. Mmmm, no, seguía sin vibrar el aire.

–Entonces es que me lo he dejado encima de la mesa. Me voy corriendo, muchas gracias. Eres un encanto.

De nuevo el acompasado y veloz golpear de sus tacones contra el pavimento, esta vez alejándose. ¿Eso era todo? ¿Me abandonaba así, después de utilizarme para sus fines?

Alrededor de una hora más tarde, el 660... apareció en mi pantalla.

–Hola, tengo una llamada tuya. Eres el mecánico, ¿no?
–Eh, no, creo que soy el tipo al que paraste antes en la calle. No sé si te acuerdas...
–Aaaaah.
–Deduzco que recuperaste el teléfono.
–Sí, sí. Bueno, te dejo, que estoy esperando al mecánico. Gracias otra vez, eres un encanto. Clic.

Pues definitivamente, soy un encanto. Preferiría haber sido el mecánico, pero... algo es algo.


Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

martes, 6 de septiembre de 2011

El libro de las maravillas

Un barco pirata navegando por las arenas africanas. Un mago harto de los ruidos de Londres, que encarga a su acólito el ingrediente necesario para hacerla desaparecer.
Escalaron la colina y pusieron el caldero sobre el suelo; echaron en él todo lo necesario y encendieron una fogata con hierbas que ningún farmacéutico vendería ni ningún jardinero decente cultivaría; luego removieron el caldero con el espetón dorado. El mago se apartó un poco y murmuró, luego avanzó hacia el caldero y, cuando todo estaba listo, abrió de repente el cofre y dejó caer dentro la cosa carnosa para que hirviera.

Nómadas aterrados porque saben quién ha encendido la luz en la cámara superior, mientras intentan robar la Caja Dorada. El destino del señor Thomas Shap tras coronarse rey.

Por qué el lechero se estremece cuando divisa la aurora. La profecía sobre aquel que ha de llegar a la ciudad de Jamás.

Una inquietante tienda donde los clientes acuden a intercambiar sus males. Los celos entre un ídolo centenario y la nueva imagen que los sacerdotes colocan cerca de su pedestal…

Estas son algunas de las historias que se ocultan tras las tapas de El libro de las maravillas, de Lord Dunsany.

Historias breves, subyugantes, que desearemos leer con un vaso en la mano junto al vivificador fuego de una posada, mientras fuera… quizá algo con lo que no conviene encontrarse merodea en la oscuridad.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

viernes, 2 de septiembre de 2011

Via dell'...

Es una calle que muchos buscan.

A veces, deambulando por callejones que vagamente se le parecen.

Otros no. Llegan a ella de forma inesperada y simplemente entran.

Aunque hay quienes la evitan. Tienen miedo a caminar por ella.

Puede ser arriesgado, es cierto.

Porque nunca se divisa adónde conduce. Y la respuesta no figura en ningún mapa.

Incluso con la luz del día más transparente, cuando nada puede ocultarse detrás de las esquinas, en alguno de sus recovecos, hay quienes se asoman a ella con recelo, a través de ventanas con vidrios emplomados.

En el familiar silencio de sus casas, se saben seguros.

No abren las cerraduras. No cruzan los umbrales. No muestran la llave a nadie.

Y la vida pasa silbando como el viento. Y no vuelve atrás, jamás vuelve atrás, en Via dell'...



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 1 de agosto de 2011

Uno, dos, tres

C.R. MacNamara, el gerente de Coca-Cola en Berlín Oeste, tiene algún que otro problemilla.

Su mujer suspira por que le destinen a Atlanta, la sede central de la compañía, después de haber vivido como trotamundos durante años.

Cada vez que se cruzan con él, sus empleados hacen un irritante honor a la fama de cabezas cuadradas prusianos.

La misión comercial rusa intenta birlarle a Fräulein Ingeborg, su secretaria.

Y para colmo, Scarlett, la casquivana hija del director general, a quien han dejado a su cargo, se aventura constantemente al otro lado de la Puerta de Brandemburgo para encontrarse con Otto, comunista convencido con quien se ha casado en secreto y que pretende llevársela a Moscú.

Ahí es donde se demuestran las dotes de mando, en las situaciones críticas.

Uno, conseguir el ascenso y que le trasladen a Londres, Atlanta es sólo para fracasados.

Dos, atender debidamente a su secretaria, añadiendo "extras" a su sueldo, como ese modelito de alta costura que la tiene encandilada.

Tres, convertir al fiel seguidor de las consignas del partido a las mieles del capitalismo. Quizá, si le hiciera pasar por un refinado aristócrata, calmaría el disgusto de sus suegros.

En Uno, dos, tres, Billy Wilder nos regala una obra maestra. A base de humor inteligente, se mofa de todo y de todos: la guerra fría, la incorruptibilidad de "los ideales", los tópicos nacionales alemanes, rusos, norteamericanos...

Tiene frases geniales, como cuando Scarlett, que está embarazada, discute con Otto sobre el porvenir de su vástago:
Cuando cumpla dieciocho años dejaremos que decida qué quiere ser, si un capitalista o un comunista rico.
Y por supuesto, no podemos pasar por alto la celebérrima secuencia sobre técnicas de negociación empresarial, al animado ritmo de la Danza del sable de Khatchaturian. Simplemente, disfrutemos...


Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 25 de julio de 2011

En la Armada

Por sorteo me hubiera tocado hacer la mili en la Armada. Pero era tan miope como un rinoceronte.

De manera que mi examen con la teniente médico fue más o menos así:

–Teniente: ¿Cuántos dedos distingues en mi mano?
–Yo: Eh, tres... ¡No, cuatro! Cuatro... creo... O dos...
–Teniente: Déjame las gafas.
–Yo: Aquí tiene. ¿Me puedo apuntar de artillero? En un acorazado, creo que ahí usan balas gordas. O en un submarino, con esos pedazo de torpedos.
–Teniente: Hum, ¿algún otro defecto físico?
–Yo: Bueno, defecto, defecto, habría que matizar el término, establecer ciertas bases, analizarlo desde una perspectiva ontológica, teleológica, epistemológica...
–Teniente: Altura, bien. Peso, bien. Sin pies planos.
–Yo: Y los dientes son todos míos.
–Teniente: Por ahora vete a casita. Ya te mandaremos la carta con el resultado.
–Yo: ¡A sus órdenes, señora, sí señora!
–Teniente: ¡Otro!
–Yo: En la Armada, tu patria así protegerás, en la Armada, con tu uniforme de oficial, en la Armada, las chicas tú deslumbrarás, en la Armada, en la Armada... plas, plas, plas... ♪♪♪

Y luego me dijeron que era un inútil. ¿Eso iba con segundas? Con lo bien que hubiera hecho yo de vigía...



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 21 de julio de 2011

El argentino

El argentino dijo:
–Las argentinas son las más lindas del mundo.

Lo cual apenas fue suficiente para que yo levantara la vista un momento. Trabajo, tenía mucho trabajo, trabajo, trabajo...

Él insistió:
–Acá en España también, ¿eh?, también son muy lindas.

¿Y a mí que me contaba? Trabajo, trabajo, trabajo...

–Pero no lo entiendo. Yo salgo mucho por Huertas, por ejemplo, ¿vos lo conocés?

Asentí levemente con la cabeza.

–¿Y con qué me encuentro siempre? Al final de la noche, las minas se van a casa solas (estiró la ooooo de solas, como un bandoneón porteño).

Lo de las minas me despistó. ¿De cobre, de diamantes, de bauxita? Los dedos dejaron de teclear hasta que até cabos y registré mi nuevo conocimiento semántico.

El argentino, por su parte, miraba hacia la ventana, hacia la luz del atardecer madrileño, con aire de melancolía.
–¡Solas! ¡Es imperdonable!

Enarqué la ceja.

–Eso no puede ser, vos y yo tenemos que remediarlo. ¿Me acompañás? ¿Vamos a Huertas?

De nuevo detuve el tecleo. Me imaginé junto a ese pico de oro, aprovechándome como escudero de las habilidades de seducción que todos les suponen a los nacidos desde Salta a Ushuaia, desde La Plata a Neuquén. Mmmmm.

Hasta que la sobriedad castellana vino a dar un aldabonazo en mi conciencia. ¡Reacciona! ¡Céntrate! ¡Di que no! Trabajo, trabajo, trabajo...

No sé por dónde andará ahora aquel tipo, pero me pregunto: ¿puso Huertas patas arriba? ¿Dejó huella imperecedera? Y sobre todo: ¿realmente tomé la decisión acertada?


Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 18 de julio de 2011

Una chica maravillosa

La conocí hace cinco noches, apoyado en la barra de un bar.

Enseguida me sentí atraído. ¿Y quién no, entre el puñado de fracasados buscavidas que allí nos encontrábamos, intentando descubrir el sentido de cualquier cosa en las alitas de pollo frito y las cañas sin fin?

Me levanté del taburete y se lo cedí. No era digno que soportase mis infames carnes de devorador de colesterol, pudiendo alojar a aquel grácil cuerpo por cuyo roce todos hubiéramos vendido nuestras almas.

Dejó resbalar la mirada por los presentes, que fueron desgranando sus nombres en diminutivo, quizá un primer intento para ganarse su confianza. Por fin me llegó el turno y... ¡No, por favor! Sus ojos tenían que ser de ese color, precisamente ese...

Me sorprendí a mí mismo enviando feromonas a metros de distancia, invitando al resto de machos del local a dejarme el campo libre. Por las buenas o por las regulares, pero esa belleza tenía que caer en mis romas garras. Me invadió un halo de villanía.

¿Entenderían los demás el mensaje? ¿Podía fiarme de mis compañeros? ¿Podía contar con su solidaridad masculina sincera, o por el contrario nos habíamos transformado en fieros competidores por el premio mayor? Yo intentaba acapararla, pero de continuo venía alguien a meter baza en la conversación.

Fue entonces cuando se hizo la luz en mi cabeza. Fue entonces cuando recordé aquella escena de Una mente maravillosa. ¿Cómo era eso de Adam Smith, el padre de la economía moderna? En competencia, la ambición individual sirve al bien común. ¿Y qué contestaba John Nash en la película?




¡Claro! ¡Por supuesto! El mejor resultado, obtener el favor de la dama, es producto de que todos en el grupo hagan lo mejor para sí mismos... ¡y para el grupo!

Lógicamente, dejé de torcer el gesto ante las intrusiones de la demás gentuza. Una vez que lo hube comprendido, la sonrisa se instaló permanentemente en mis labios.

Ay, qué pronto vienen las parcas a poner en su sitio a los incautos, con qué celeridad se deshacen en el aire las ilusiones del hombre.

Porque olvidé lo fundamental: para que exista cooperación, todos tienen que cumplir las reglas. En cuanto alguien va por libre, el sutil entramado teórico se desarma.

Y fue uno más avispado que yo quien consiguió su teléfono cuando nos separamos. ¿Con qué intenciones? Miedo me da ese Adam Smith...
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 14 de julio de 2011

¡Vive l’Empereur!

El sol que brillaba aquella mañana en Cherburgo proyectaba sobre mí la poderosa sombra del emperador.

Él esperaba que lo hiciese. Sus ojos, contemplándome desde lo alto del caballo, hacían innecesarias las arengas o las voces de mando. No me lo ordenaba, me lo pedía. ¿Acaso no guardaba yo también en la mochila un bastón de mariscal?

Una cadena. Debía sortear una cadena. El símbolo de la opresión del antiguo régimen se cruzaba en mi camino al muelle del ferry. Desvíate unos metros, pasa por otro sitio, parecía desafiarme a dos palmos de altura.

La plaza estaba desierta, sólo las gaviotas desplegaban en el cielo sus alas. Y sentí que eran en realidad aquellas águilas presentes en los cielos de Marengo, de Austerlitz, de Ulm...

Avancé a paso de carga: un breve salto y estaría al otro lado. Después embarcaría hacia Inglaterra, nada ni nadie podría detenerme. Flexioné la rodilla, levanté la pierna, me impulsé en el aire. ¡Allons, allons! ¡Pour la gloire! ¡Vive l’Empereur!

Waterloo... La cadena, hundiendo sus fauces de hierro en mi tobillo, lo esclavizó vilmente. Mi pantalón era un estandarte roto y ensangrentado, y sobre mi cuerpo tendido se depositaba el polvo de la derrota. La ley de la gravedad (escrita evidentemente por un súbdito de Albión), había dictado sentencia.

Desde entonces, bonapartista irredento, cuando en traje de baño muestro a la luz la pálida cicatriz de esa jornada, imagino que cualquier obstáculo a esos dos fatídicos palmos del duro suelo se ríe de mí. Y doy un rodeo. Qué ignominia...



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 11 de julio de 2011

El corazón de las tinieblas

¿Así que estás casualmente por el delta del Mekong y quieres dejarte caer por determinado punto más allá de, digamos, Chau Doc? Eso es cruzar la frontera vietnamita con Camboya, muchacho, mucho cine has visto tú. Pero bueno, como quieras, súbete a la lancha.

¿Vas buscando a alguien? ¿Al coronel Kurtz, quizás? Ya sabrás que está inspirado en un personaje de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. La has leído, ¿verdad?
Nada parecido al cambio que sobrevino sobre sus rasgos había visto hasta entonces y espero no volver a ver algo así jamás. Oh, pero no me conmovió, me fascinó. Fue como rasgar un velo. Vi en aquel rostro de marfil una expresión de sombrío orgullo, de poder despiadado, de vehemente terror, de una intensa y vencida desesperación. ¿Volvería a revivir en aquel momento de supremo conocimiento toda su vida, cada detalle de sus deseos, de sus tentaciones, de su claudicación? Gritó en un susurro, ante alguna imagen, ante alguna visión. Gritó dos veces, en un grito que no fue más que un hilo de voz:
–¡El horror! ¡El horror!

Charlie Marlow rememora cuando, años atrás, pilotó un bote de vapor en las aguas del Congo. Su misión era remontar el río para encontrar al señor Kurtz, tratante de marfil. Las imágenes acuden vívidas a su mente, como si de nuevo se encontrara allí.

Kurtz... Personaje misterioso y admirado, nadie había conseguido antes unos resultados comerciales tan espectaculares. Y tampoco pregunta nadie de qué manera lo hace.

Una selva profunda y brutal se abre a proa y se cierra de nuevo nada más pasar. Van quedando atrás las factorías en las riberas, habitadas por colonos que deben enseñar a las hordas de nativos a abolir sus bárbaras costumbres.

Colonos que, según avanzan hacia el interior, muestran cada vez más signos de agotamiento. Físico y sobre todo... moral.

Y el nombre de Kurtz sigue creciendo, inmenso, como el de un dios esperándoles en su destino. Hasta que, una vez alcanzado, lo que encuentran allí es...
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 4 de julio de 2011

En el metro (II)

Fin de la jornada laboral. Entro en el vagón y distingo un hueco hecho a medida. Me apalanco.

–Yo nunca me he enamorado.

Eso lo ha dicho una de las chicas que van a mi derecha: la primera frase que todo novelista sueña para empezar su obra. Hago como si fuera distraído, pero en realidad afino bien los oídos.

–Estuve mucho tiempo con aquel chico, pero... los dos sabíamos de qué iba lo nuestro.
–Tía, esos son los peores.
–Además se quería ir a vivir a Los Ángeles, así que cortamos.

¿Los Ángeles, California? ¿Hollywood? Mi imaginación comienza a desbocarse. Si en vez de una novela escribiera un guión...

–Entonces, ¿qué tal este otro?
–Es majo. A ver si funciona.
–¿Dónde le has conocido?
–En el bar donde voy a tomar café.

Sí, lo visualizo, visualizo la escena. ¿A quién se le dan bien las pelis donde salen bares? Mmmm, habrá que contratar a Tarantino.

–¿Está bueno?
–Ajá. Un poco viejo...

Vale, un poco viejo. Actores con canas, entonces: Connery, quizás. O mejor Willis, si hay que repartir estopa.

–¿Ah, sí? ¿Cuántos años tiene?
–Treinta y muchos.
–Halaaaaa, tía. ¿Tantos? Te has pasado.

Súbito vacío. Me quedo en blanco.

–Yo ya tengo treinta, no te creas.
–Pues pareces más joven.
–Ay, gracias, a él le dije veintinueve.

Treinta y muchos, viejuno. Treinta, no airearlo demasiado. ¿Y que viene después? Estoy a punto de deprimirme. Menos mal que la fortuna viene en mi ayuda, en forma de siguiente estación.

–Me bajo aquí. Ya me contarás qué tal te va.
–Un beso. Muá, muá...

Así no hay manera, definitivamente. Tan prometedora como había empezado la historia, de cabeza al Nobel o a los Oscar, y resulta que por estos baremos de edades ya estoy mejor para el retiro.

Y nadie se ha levantado para cederme el asiento, qué tiempos.


Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 30 de junio de 2011

Jesús me quiere

Hoy damos paso a Jesús me quiere, de David Safier.
–Marie, te presento a Joshua. Ha tenido la amabilidad de venir a arreglar el tejado.
Entró un hombre de mediana estatura, vestido con tejanos, camisa y botas de ante. Tenía la tez morena, el pelo largo y ondulado, y llevaba una barba cuidada. Con los ojos llenos de polvo, en una fracción de segundo vi que se parecía un poco a uno de los Bee Gees.

Marie, la figura femenina de la novela, está hecha un lío en el tema afectivo. Aún se acuerda (con pensamientos enfocados en la castración) de Marc, su penúltimo novio, que la engañó con una azafata de la talla 34. Y acaba de dejar plantado a Sven justo cuando le estaban preguntando eso de ¿quieres a este hombre como esposo?

Pero bueno, la vida te da sorpresas, debe de pensar cuando al día siguiente del fiasco conoce a alguien especial: amable, sensible, una persona que piensa sinceramente en los demás... De pinta un poco hippie. Carpintero de profesión.

En la primera cita se entera de quién se trata en realidad.

De todas maneras, lo peor no es haberse enamorado de él, sino el poco tiempo que quizá dure esta nueva relación. Porque si no consigue persuadirle de que nos merecemos otra oportunidad, el próximo martes está previsto que llegue el fin del mundo.

Ya en Maldito Karma, Safier nos ofrecía un relato desinhibido y saludable. Pues bien, Jesús me quiere presenta una fórmula similar, con personajes míticos que se mueven sin que lo advirtamos entre nosotros: el propio Creador, por ejemplo, transmutado en Emma Thompson, o Gabriel, que por amor a una mortal ha renunciado a su elevado rango dentro de la jerarquía divina. Y ese que recluta alternativamente con los rasgos de George Clooney o Alicia Keys a los mejores candidatos a jinetes del Apocalipsis, ¿no huele algo a azufre?
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 13 de junio de 2011

Breve historia de un amor eterno

Hoy tenemos por aquí Breve historia de un amor eterno, de Szilárd Rubin. Attila y Orsolya, sus personajes principales, disfrutan de una pasión juvenil tras la Segunda Guerra Mundial, aunque las circunstancias les den la espalda. La familia de ella pertenece a la antigua nobleza, mientras él saluda con ardor proletario a los rusos que vienen a imponer un nuevo orden.
Sobre las diez había ido con Orsolya al quiosco de los baños; sin embargo, su madre y una tía suya del lugar permanecían sentadas a la mesa en vano equipadas con impertinentes, incluso con anteojos, y en vano vestía Orsolya un traje blanco de batista que se distinguía fácilmente entre los árboles: no podía estar quieta en la pista de baile de cemento. Vi lo que estaba pasando en su interior. Su cara tímida e inocente, propia de la galería de un claustro al amanecer, estaba enrojecida de la excitación; sus ojos buscaban los rincones en sombra del parque. En un momento, sin ser advertidos, salimos de entre las parejas con una pirueta y nos deslizamos sigilosamente en la oscuridad. «Tengo calor –me susurró–, ¡vamos a bañarnos!». Nos quitamos la ropa atropelladamente entre los matorrales, y muy despacio para que el agua no chapoteara nos sumergimos en la piscina.

Pero, ¿qué les importan las normas sociales, antiguas o modernas, a una pareja que sólo sabe de juegos e ilusiones? En compañía de sus amigos, otros estudiantes que desean recuperar la alegría bohemia, ellos aprenden a conocerse, ajenos a cualquier preocupación.

Y va pasando el tiempo. En cada capítulo surgen cuadros de una obsesión cada vez más profunda, cada vez menos inocente.

Noviazgo, separación, matrimonio, divorcio... Attila lo confiesa: no puede vivir sin Orsolya. Y ella, por su parte... Ella le ama. Y le odia.

Si tuviera que resumir, calificaría a esta obra como una crónica de la destrucción, una dependencia mutua que les lleva a acumular sobre sí capas de decadencia física y espiritual, hasta convertirse en verdugos a la par que víctimas.

Me ha gustado, aunque quizá el final quede demasiado abierto, impreciso. Ya sabéis: una vez más, a leer.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 9 de junio de 2011

En la arena

Lo que más recuerdo es la luz, aquella luz brillante. El calor me hacía sudar. Y también recuerdo a la plebe, agolpándose a ambos lados. Recuerdo sus facciones deformadas por el ansia. Ansia por ocupar un buen sitio, por acercarse a nosotros hasta casi tocarnos. Ansia por que saliéramos al fin a la arena.

Se hizo un breve silencio, teatral, solemne. El orador se adelantó y anunció al público lo que iban a presenciar. Para eso habían venido, ¿no es verdad?, eso era lo que deseaban. ¿Querían divertirse? Pues no se irían defraudados. A continuación, con un gesto de cabeza, nos dio la señal. De dos en dos, tal como nos habían enseñado, comenzamos el desfile.

«En este conjunto, la chaqueta azul de corte cruzado se realza con cordones en hilo de plata. El pantalón gris marengo y el jersey blanco de cuello vuelto aportan una nota marinera de gran frescura. Se completa con unos mocasines que...».

Qué vergüenza, por favor. Ah, pero las fotos que pueden comprometerme están bien guardadas. Nadie vendrá a acusarme, nadie será capaz de airear esos trapos sucios de mi pasado. De aquella ominosa ocasión cuando me dijeron: mira al frente, cuida el paso y sobre todo, sonríe, sonríe, no dejes de sonreír. Y encendieron los focos.

La verdad, aún me pregunto por qué me eligieron a mí para desfilar por la pasarela. Quiero decir que, puestos a buscar niños a quienes embutir en la última moda de trajes de primera comunión y exponerlos a los pulgares aprobatorios, supongo yo que debía de haberlos con aspecto mucho más mono, pero bueno...



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 26 de mayo de 2011

En el metro (I)

Termino la novela que iba leyendo, la cierro y levanto la vista. Aún me queda un rato de viaje, así que en algo tendré que entretenerme. A ver si soy capaz de adivinar cosas de los demás pasajeros sin conocerlos, sólo por deducción, al estilo Sherlock Holmes.

El tipo de enfrente, por ejemplo. Es bastante corpulento, lo cual podría deberse al levantamiento de pesas o de jarras de cerveza. Los músculos de sus brazos indican una cosa, su panza otra. Hum… No me acabo de decidir, necesito más pistas.

Camisa negra, chaqueta negra, pantalones negros, zapatos negros, gafas negras, pelo… blanco, peinado hacia atrás y recogido en una coleta. Aún no es suficiente.

De improviso, una melodía familiar llega a mis oídos. ¿Eso no es el vals de los Corleone? Él reacciona llevándose la mano bajo la americana.

Huy, casi lo consigo. Por fin le había adjudicado la profesión, pero cuando vuelve a sacarla veo que sólo empuña su teléfono móvil y no es de la marca Browning. Sigue el misterio.

Nada, se ve que el estilo Sherlock no lo tengo hoy muy despierto. Adiós, Lucca, o Rocco, o como te llames. Yo ya me apeo.


Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 23 de mayo de 2011

Madonna col bambino

Florencia, Galleria degli Uffizi. Me paro delante de un cuadro muy bonito, la Madonna col bambino e due angeli, de fray Filippo Lippi. Una profesora de arte me explica cuál es su origen y aquí lo transcribo, en breves líneas. Más o menos ocurrió así...

Al principio andaba Filippo tan feliz en su convento de carmelitas, dedicándose a escuchar maitines y trinos de verderón. ¡Qué paz! ¡Qué sosiego!

El caso es que también pintaba, de manera que un día llegó de visita Cosme de Medici el Viejo, gran protector de las artes, y le preguntó qué tal le iba.

Pues nada, contestó el fraile, había pensado empezar una virgen con niño. Lo que pasa es que no acabo de inspirarme. Tendría que tomar algún apunte del natural, no sé...

Vaya, dijo el mecenas, aquí dentro va a ser difícil. Mejor te acercas hasta Santa Catalina de Prato, preguntas por la superiora, le dices que vas de mi parte, y a ver si hay alguna monja que merezca la pena, con perdón, para que la dibujes.

El apellido Medici tenía peso. Al poco, la madre abadesa hacía las presentaciones: aquí el hermano Filippo, aquí la hermana Lucrezia. ¿Necesita algo más vuestra paternidad?

Ji, ji, ji, ja, ja, ja, entre pincelada y pincelada, unas cosas llevaron a otras y... Cuando los dos se fugaron, la curia frunció el cejo. Dichoso Renacimiento, estas cosas no pasaban en el Gótico.

En fin, ellos a lo suyo. Afortunadamente, la influencia de Cosme les consiguió una dispensa papal, y su mutuo gusto por haberse conocido se convirtió en dos hermosas criaturas: niño y niña, la parejita.

Y desde entonces Filippo, cuando necesitaba algún rostro que incitara a los más altos pensamientos, pintaba el mismo. ¿Una santa? ¿Una Salomé? ¿Unos frescos en la catedral de Spoleto? Igual daba. Siempre se sentía inspirado.



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 16 de mayo de 2011

Aquel maldito planeta...

Decir que la súbita aceleración me hundió en el asiento no sería describirlo de manera exacta. El asiento y yo nos hicimos un solo cuerpo. Durante aquel lapso de tiempo no tuve conciencia de existir, como si me hubiera sumergido en un agujero negro. Sí, eso es lo que ocurrió cuando los motores, encendidos a su máxima potencia, comenzaron a arrojar llamas suficientes para alejarme de aquel maldito planeta.

Las interminables cintas grises cruzándose alrededor de la nave, igual que una red, quedaron atrás. Según abandonaba la órbita, me fui tranquilizando. Y nada más girar a la derecha junto a un pequeño satélite, casi lo había olvidado. Qué bonito, con sus cráteres... No me convenía excitarme, ya tenía la tensión bastante alta. Precisamente por eso me había recomendado el médico pasar las vacaciones en algún lugar tranquilo, lejos del centro galáctico.

Desde luego, cualquier responsabilidad por los posibles daños sería de los editores. ¿Y si se hubieran ensuciado las toberas al arrancar tan rápido, eh? Ya lo creo, ellos tenían que hacerse cargo. Porque la guía de viaje lo explicaba bien clarito: «Tercer cuerpo después de la estación de abastecimiento de energía, hermosos paisajes en los que disfrutar de paz y armonía natural. Especialmente recomendado para curas antiestrés». Y la fecha era sólo de hace un ciclo estelar. Más actualizada, imposible.

Ah, y no me olvido de la fauna: «Gran variedad de formas de vida, destacando unos simpáticos cuadrúpedos que viven en los árboles, con extremidades prensiles y cola. Sienten gran respeto por el medio ambiente, alimentándose de bayas y frutos silvestres. Curiosidad innata e instinto de imitación, por lo que pueden ser amaestrados como mascotas». Anda que... Lo mismito que me encontré cuando fui a posarme en lo que según el mapa era un claro de bosque junto al río.

Al abrir la escotilla, quedé paralizado. Hordas, miríadas de objetos móviles lanzando apestosos gases de combustión mientras daban vueltas alrededor del fuselaje. Y los animalillos de cuatro patas, ¿dónde se habían metido? Era como si hubiera vuelto a casa: por todas partes ruido, prisas, contaminación, sensaciones de malhumor... ¿Para eso había venido tan lejos, para tener más de lo mismo?

¡Ja! Volví a ajustarme el cinturón, pulsé el botón de contacto y... En fin, lo que he contado. Ahora me dirijo al planeta vecino, ese de color rojo, para hacer una parada técnica. Es que en el azul no tuve ni siquiera tiempo de... La guía dice que lo habita una civilización avanzada, supongo que encontraré algún sitio donde tomar un refrigerio.



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 9 de mayo de 2011

El germen

Si a veces nos parece que la humanidad anda con los vapores alborotados, preparémonos ante el panorama que nos espera hacia 2047.
La primera mitad del siglo veintiuno era una época de rutilantes ciudades de fantasía extendidas cual cánceres progresivos por la superficie del planeta. Era una época de atrevidas formas de arte, placeres oscuros y caprichos extravagantes. Todos los días se descubría una perversión, todos los meses se inventaba un deporte de masas, todos los años había formas nuevas y espléndidas de diversión. La responsabilidad de que perversiones, deportes y entretenimientos fueran cada vez menos novedosos, tan sólo reciclajes de antiguas diversiones mundanas, difícilmente podía achacarse a la sociedad, que proseguía su búsqueda de lo nuevo y lo original con irrefrenable vigor, mientras sus miembros, individual y colectivamente, iban comprendiendo con pesar que un exceso de ocio no era el Valhala previsto.

Gracias a la tecnología, en el futuro la población mundial tiene sus necesidades básicas cubiertas. Ni siquiera hay que trabajar demasiadas horas.

Por lo tanto, la industria del ocio se ha convertido en la más próspera, a cambio de ofrecer novedades continuas al consumidor. Y Salomon Moody Moore muestra gran perspicacia para llenar el mercado de emociones. Especialmente, las ilegales.

Cabeza del mayor imperio mafioso de Chicago, no se toma a bien que un circo recién llegado a la ciudad refunfuñe a la hora de contratar sus "servicios". Y cuando sufre un atentado, su humor empeora aún más. Las indagaciones para descubrir al culpable apuntan a Jeremías el G., un tipejo de poca monta. Se ordena su busca y captura.

Sin embargo, este parece disfrutar de una suerte que sobrepasa lo verosímil. Después de muchas vueltas y revueltas, Salomon llega a entenderlo. Las pruebas están ahí, aunque se resista a creerlas: su oponente es... el Mesías.

Amoral, bebedor, estafador, polígamo... ¿Conseguirá Jeremías ser reconocido como señor teocrático del orbe? ¿Será capaz Salomon de impedir que se cumplan las antiquísimas profecías o quizás él mismo ha de cumplir un papel fundamental en ellas? ¿Volverá a aparecer la zarza ardiente para dar explicaciones?

El germen, de Mike Resnick. Muy, pero que muy entretenido.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 5 de mayo de 2011

Combate del sueño

Combate del sueño, de Josep Janés. No hay palabras...
Te presentía como el mar
y como el viento, inmensa, libre,
alta, soberbia a los azares
y a los hados. Y en mi vivir,

como el aliento. Ahora al tenerte...
¡cómo te limitaba el sueño!
No eres nombre o gesto. Y no voy
a ti como a la azul imagen

de un sueño humano. No eres mar
encarcelado entre las playas,
no eres el viento, en el espacio, preso.

Ilimitada. No hay palabras
para enunciarte, ni paisajes
para tu mundo. Ni ha de haberlos.



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 2 de mayo de 2011

La vendedora de perfumes

Voy a ver si le compro un regalo a mami. Creo que le gusta tal marca de colonia, allí veo el mostrador y a la señorita de amplia sonrisa detrás.

−Hola, buenas tardes.
−Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?
−Quería un frasco de este perfume.
−Cómo no, ¿grande o pequeño?
−Eh… Grande.
−¿Con o sin vaporizador?
−Hum... Con vaporizador.
−En caja normal, estuche metálico o nuestra oferta con un neceser que incluye crema y gel de baño?
−Mire, lo que me recomiende, no soy especialista en el tema. Es para regalar.
−Ah, entonces desea el empaquetado especial, ¿verdad?
−El especial... Sí, claro, el especial... ¿Cómo es el especial?
−Déjeme preparárselo, va a quedar de lo más mono. Una cestita de mimbre, flores, cordones, papel celofán, cintas de colorines, tralarí, tralará...
−Hola, hijo, qué alegría encontrarte, ¿cómo tú por aquí?
−¿Mamá? Qué casualidad... Pues yo, nada, dando una vuelta, a ver si compro loción de afeitado, que no me queda.
−Aquí tiene, señor, su encargo. ¿Lo abonará con tarjeta o efectivo?
−Perdón, ¿se dirige usted a mí? Debe de tratarse de un error, no creo que nos hayan presentado en la vida, no la conozco. Ven, mamá, alejémonos de esta vendedora, a saber qué intenciones trae.
−A lo mejor quiere ligar contigo. Parece simpática.
−Ya, pero se da un aire a Rowan Atkinson en aquella escena de Love Actually, que no sé, no sé...


Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

viernes, 29 de abril de 2011

Lux aeterna...

Tenía muy pocos años.
Muy pocos.
Le faltó vivir miles de días nuevos.
La última vez que la vi, corría con otros niños.
Y algo era diferente a los demás.
En su cabecita, los cabellos estaban hechos de luz.
De luz transparente.
Invisible.
Una cabecita de sueños. De risas.
De coraje.
Ilimitado.
Eterno.
No había, no podía haber rendición.
Y ahora...

Nuestros ojos ya no son nuestros ojos.
Son lagos de sal.
Una gota de sal por cada día hurtado.
Por cada risa hurtada.
Y ahora...
¿Qué nos queda, ahora?
Ese velo de luz...
Rasgado...
Y todo lo que somos, ¿se derrama?
¿Desaparece?
¿Así, de repente?
¿Dónde estás?
Pequeña...
¿Dónde estás?...



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

martes, 26 de abril de 2011

Triple

Nat Dickstein es un agente israelí encargado de una difícil misión: robar uranio para fabricar la bomba atómica. Nadie debe averiguarlo, ni siquiera sospechar de la participación de su país. Porque estamos en el año 68 y Oriente Medio es un polvorín que puede volver a estallar en cualquier momento: egipcios, sirios, palestinos... y los rusos haciendo de las suyas para que la zona caiga definitivamente bajo su influencia.
Nat Dickstein y Pierre Borg se sentaron en la parte trasera de un gran Citroën negro. El guardaespaldas de Borg conducía con su pistola ametralladora junto a él en el asiento delantero. Siguieron a través de la oscuridad sin ver delante de ellos más que el cono de la luz de los faros. Nat Dickstein tenía miedo.

Nunca había llegado a verse a sí mismo como le veían los otros, es decir, como un agente competente, en realidad brillante, que había probado su habilidad para sobrevivir a todo. Más tarde, cuando estuviera metido en el asunto y todos dependieran de su ingenio, y tuviese que luchar a brazo partido para solucionar asuntos de estrategia y enfrentarse a problemas y personalidades, no tendría posibilidades de dar cabida al temor; pero en ese momento en que Borg iba a asignarle una misión, no tenía planes que trazar, ni proyectos que elaborar, ni caracteres que evaluar. Lo único positivo era que debía volver la espalda a la paz y al simple trabajo rudo, a la tierra y al sol y a la ocupación de criar y de sembrar; y que ante él se abrían riesgos terribles, un gran peligro, mentiras y dolor y derramamiento de sangre y, quizá, su muerte. De modo que iba sentado en un extremo del asiento, arrinconado, con los brazos y las piernas entrecruzados, observando la cara levemente iluminada de Borg, mientras el miedo a lo desconocido le revolvía y anudaba el estómago y le sumía en un estado de ansiedad.

Dickstein tiene un pasado oscuro, incluso para sus jefes. Algo le ocurrió cuando estuvo prisionero durante la Segunda Guerra Mundial, que le ha cambiado para siempre. Sus adversarios son antiguos compañeros de estudios en Oxford: Hassan, resentido por la ruina de su familia desde que existe el Estado hebreo, y el coronel de la inteligencia soviética Rostov, con quien solía jugar al ajedrez.

En su bando figura Al Cortone, un mafioso que le debe la vida. Y la figura clave es... Suza. Cuando la conoce, todo se tambalea. ¿Será ella capaz de penetrar en los abismos de su alma? ¿Será la única persona que puede salvarle, al mismo tiempo que el principal peligro que se cierne sobre la operación?

Intriga, tiros, carreras, micrófonos, traiciones, barcos asaltados en alta mar... Se trata de otro tablero, el del gran juego, cuyas piezas de carne y hueso son peones sacrificables si el premio es la victoria.

Triple, de Ken Follett. Al menos de forma "no oficial", se rumorea que la historia de fondo ocurrió realmente. El talento narrativo del autor rellena los huecos, compone muy buenos personajes y nos mantiene pegaditos a las páginas del libro desde el comienzo hasta el desenlace. Notable.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

sábado, 16 de abril de 2011

Benjamin Park: The End of New York

Benjamin Park escribió, allá por el XIX, una ucronía que ahora resulta rarísima de encontrar, con vagas referencias en la web: The End of New York.

Y como precisamente me ha costado dar con ella, he pensado que voy a hacer un resumen. A lo mejor soy el primero en el último siglo y pico y me convierto en glosador canónico, oye.





A finales de 1881, dos personas desembarcan de un paquebote en los muelles de Nueva York. Se trata de una pareja en apariencia acomodada, que va a alojarse en el hotel Quinta Avenida.

La noche siguiente a su llegada, la dama acude a la recepción manifestando gran ansiedad. Con ayuda de un intérprete, explica que su marido, el señor Manuel Blanco, nombrado cónsul de España en Charleston, ha desaparecido misteriosamente.

Tras las primeras pesquisas, ni el detective del hotel ni la policía saben darle cuenta de su paradero. De hecho, se encuentra en un tren camino de Nueva Orleans, esposado a la muñeca de un agente de la ley de aquella ciudad.

El arresto se debe a una confusión: Chile reclama que se extradite a un tal León Sangrado, peligroso asaltante de caminos que ha arribado en otro vapor con el mismo nombre. Dadas las similitudes físicas y la coincidencia de idiomas entre ambos...

La esposa cae gravemente enferma. El médico que la atiende, un compatriota, ha de esperar varias semanas mientras se recupera, antes de comunicarle la noticia. Cuando lo hace, escucha con sorpresa su versión. ¡Un representante de Su Majestad! ¡Qué ultraje! ¡A la embajada enseguida!

El embajador remite la protesta al secretario de Estado, exigiendo la inmediata liberación de Don Manuel y disculpas oficiales. La respuesta es que nanay, que los enviados del gobierno chileno están seguros de que se trata del criminal y ya se ha cursado la orden de entrega.

Cabreo diplomático. Nueva carta demandando la retirada de los cargos. Y es más, por tocarnos las narices, a mediodía del uno de febrero la rojigualda tiene que ondear simbólicamente en ciertos lugares de la Unión: el puerto neoyorkino, el de Boston, en Washington y en el buque insignia de la flota del Atlántico. Ah, y que se la salude con veintiuna salvas de honor.

Las autoridades norteamericanas, ofuscadas, vuelven a contestar que no. Se rompen las relaciones entre los dos países y al pobre Blanco le empaquetan con grilletes hacia el Cono Sur.

La prensa, el público, el Congreso, el Senado, todos claman por la guerra. Sin embargo, eso no es bueno para los negocios, y cuando se anuncia que cuatro fragatas han abandonado La Coruña con supuesto destino a Cuba, la bolsa se pega un batacazo.

En la urbe de la Gran Manzana se pone a punto la artillería, aunque ciertas voces dudan de que sus proyectiles puedan atravesar las bordas de acero de la armada ibérica. La culpa es de los presupuestos federales, por no haber invertido suficiente dinero en material moderno.

Por si acaso, se hacen unas cuantas propuestas para resolver las carencias. Entre ellas, construir un fuerte submarino cuya guarnición sería un regimiento de buzos y con cañones apuntando hacia arriba. Cuando las quillas enemigas pasasen justo por encima...

También Edison, el reputado inventor, tiene una idea: instalar imanes gigantes que arrastrarían a los barcos hasta los arrecifes. Le hacen notar que algo así ya se describe en Simbad el marino y él acusa al tal Simbad de querer piratearle la patente.

El primer intercambio de guantazos ocurre cerca del cabo Trafalgar, qué casualidad. La Lancaster del contralmirante Nicholson, con más de treinta cañones, se enfrenta a la Tornado, una corveta de hélice con, ejem, seis bocas de fuego. Los yanquis ganan: 1-0.

Ah, pero el partido no ha terminado. La mañana del 9 de abril de 1882, se avista un navío cerca de la Costa Este. En su mastelero ondea la cruz de San Jorge. Así que ingleses, ¿eh? Ya, ya... Por allí se encuentra patrullando la Franklin, que no se fía demasiado. Su capitán enarbola el mismo pabellón y se acerca para echar un vistazo.

A cuatro millas de distancia, los contendientes abaten las máscaras. Son izados sus respectivos colores: sangre y oro contra barras y estrellas. Ratatatatata, los tambores resuenan sobre el puente, zafarrancho de combate, el olor a pólvora quemada llena los pulmones.

Cuando el humo se disipa, la Franklin descansa en el fondo del océano: 1-1. El blindaje de la Numancia ha resultado decisivo frente al maderamen adversario. Tras reunirse con la Zaragoza, la Arapiles y la Vitoria (Vittoria en el texto original), la escuadra continúa navegando.

En Nueva York, el general Hancock constata que la cosa está fea. Los españoles, gallardamente, desean parlamentar. Las condiciones son: rendición absoluta y cincuenta millones de dólares como pago por las molestias. Si no, en veinticuatro horas se iniciará el bombardeo.

Hancock protesta. ¡Sólo veinticuatro horas! ¡No hay tiempo de evacuar! El cónsul británico se une a su indignación. Bien, negociemos: ¿cuarenta y ocho, quizás? No, no, cinco días por lo menos. Ni para ti ni para mí, dejémoslo en tres. Cinco, cinco, o la Royal Navy tomará cartas en el asunto.

Las multitudes se ponen en movimiento para huir (menos los irlandeses, hay que enviar al ejército para echarlos). Al cumplirse el plazo, la Numancia enfila sus piezas hacia la batería de Coney Island. Se armó el follón.

El relato está dividido en capítulos; el cuarto y el quinto se dedican a describir la batalla, pero podemos pasar un poco de puntillas, por aligerar el ritmo. Simplemente, andanada tras andanada va quedando todo como un erial, no se salva ni Central Park. Además, un nuevo jugador llega desde Vigo: el más poderoso acorazado del mundo, el mejor armado, el más impenetrable. Recién salido de los astilleros... ¡El Cid!

Y si antes habíamos visto unas muestras de la inventiva estadounidense con el fuerte submarino y los imanes gigantes, ahora aparece su equivalente cañí: para desactivar las minas por donde pasan las afiladas proas, se mandan lanchas en vanguardia. Lo original es que no van tripuladas, se las maneja mediante cables de control remoto.

Otra innovación bélica consiste en lanzar globos. Calculando la velocidad del viento y adosándoles unos relojes que, a su debido tiempo, dejen caer cargas de nitroglicerina, los efectos son...

El general Grant, ya retirado, toma el mando de las operaciones de defensa. Él y su inseparable cigarro. Pero por fin se produce lo inevitable: la ciudad capitula, el orgullo de la República se derrumba bajo el taconeo de un zapateado. El almirante Vizcarro (sic) echa el ancla y concede cinco días adicionales para recaudar la indemnización.

La suerte cambia entonces de bando, y es que tenemos la negra con eso de los elementos: una de las peores tempestades que se recuerdan azota el lugar. Al despuntar la mañana, el Cid está embarrancado, la Vitoria camino de La Habana para reponer munición, la Zaragoza y la Arapiles pugnando por recuperarse, no se sabe dónde, y sólo la Numancia ha aguantado en su sitio, a duras penas, el embate de las olas.

De repente, se escuchan explosiones. ¿Alguien ha roto el armisticio? La niebla cubre la bahía, de manera que resulta difícil adivinarlo hasta que el horizonte se aclara un poco. Entonces... ¡sorpresa! La Numancia, pillada desprevenida, ha volado por los aires, y tres extraños buques se están cebando sobre la pobre Arapiles.

En tierra, los vigías no salen de su asombro, preguntándose por la bandera de los recién llegados: rojo, blanco, una estrella solitaria sobre fondo azul... ¡Por Júpiter!, exclama uno de ellos, ¡si son los muchachos de Chile!

El Huáscar, el Almirante Cochrane y el Blanco Encelada (se supone que en la vida real sería el Blanco Encalada) se han hecho dueños de la situación. Un torpedero local termina el trabajo, alcanzando al inmovilizado El Cid bajo la línea de flotación. Game over.

Seis meses después, un marinero del Huáscar observa a un grupo de trabajadores retirando escombros. Por desgracia un proyectil enterrado estalla, causando varias víctimas. El marinero ayuda a recogerlas y reconoce a una de ellas. Con tristeza, pide que le sea entregado el cuerpo. Cuando le preguntan la razón, explica: «Era mi hermano, León Sangrado».
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 11 de abril de 2011

Ging heut Morgen übers Feld

Es cierto, puede achacárseme que yo estaba de más en la escena. Eso de que tres son multitud...

En el sofá de la residencia de estudiantes, en Viena, la otra española contemplaba al sueco con ganas de darse un festín. Objetivamente, tampoco es que el muchacho pareciera nada del otro mundo, pero con las cosas de comer es lo que ocurre, que cada cual tiene su plato favorito.

Centímetro a centímetro fue acercándose a él. El brillo de su mirada, su sonrisa relamiéndose con anticipación, sus gestos de huy, tienes una arruguita en la camisa, déjame que te la alise, resultaban signos evidentes. Incluso podía notar su comunicación telepática conmigo: piérdete, cretino.

Y lo hubiera hecho. En circunstancias normales, el espíritu solidario con una compatriota habría prevalecido. Ah, pero es que justo en ese momento el sueco y yo estábamos hablando de música, y cuando empezó a cantar un lied de Mahler, me sentí incapaz de retirarme a mis aposentos.

Reconocí la melodía enseguida. No me sabía de memoria la letra, pero eso carecía de importancia. De forma inevitable, tarareando, comencé a seguir su canto. Mi voz de tenor se unió a la suya de barítono igual que se encuentran dos amigos bajo la luz de una farola, en una noche de niebla.

Él era feliz. Yo era feliz. Ella me odiaba.

Algún tiempo después, ya de regreso en Madrid, coincidimos de nuevo: cruzaba la plaza de Felipe II y nuestros pasos nos llevaron frente a frente. Alcé la mano, quise saludarla, pero sus ojos atravesaron mi cuerpo como si fuese de cristal, sin detener un segundo su camino.

Hay cosas que una mujer no perdona nunca en la vida. Ni siquiera por Mahler.


Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 7 de abril de 2011

La muchacha de los cabellos de lino

Ocurrió un día a finales del invierno. Junto con otro compañero, salí de trabajar. La calle era un mosaico de teselas monocromas, abrazadas a un cielo ceniciento. Moloch insaciable, la boca del ferrocarril subterráneo nos aguardaba. Aguardaba su tributo.

Puertas que se deslizan a cada lado del vagón. Filas de viajeros que, consumidas las horas diurnas, retornan a su hogar. Un pitido de aviso. El túnel.

Pusimos el pie en la escalera mecánica. Los roces y crujidos de los engranajes acompañarían nuestro último recuerdo de la jornada. Fue en ese postrer momento, mientras descendíamos lentamente, cuando mis ojos se dirigieron a lo alto, anhelantes de un fugitivo rayo de sol...

Allí estaba ella, al otro lado de la balaustrada.

Caminaba hacia nosotros.

Con su cabellera al viento.

Dudando de mí mismo, pedí a mi compañero que me confirmase la visión. ¿Quién era? ¿Quién podía ser? ¿Acaso las hijas de los dioses se muestran así ante los hombres, se convierten en partícipes voluntarias de nuestra grisura?

Ocurrió un día a finales del invierno. Pero en el horizonte alboreaba el color, la alegría, la vida. En el horizonte venía hacia nosotros la primavera.



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 31 de marzo de 2011

La batalla de Jaipur

Unas horas antes había llovido. El suelo destinado a convertirse en campo de batalla estaba aún perlado de humedad. Los primeros rayos del alba se reflejaban en él con el color de desvaídas amapolas, como una premonición.

Revestido en ropajes de ónice, mi contrincante pasó revista a sus tropas. Al frente se situaba la apretada línea de piqueros. Detrás de ellos, domeñados a duras penas, los caballos piafaban impacientes por entrar en combate.

Él había sido el retador. Ya hacía mucho tiempo que la molicie se había adueñado de mí, que los cantos y danzas de las bayaderas me habían hecho olvidar el espíritu guerrero. Sin embargo, era tal la osadía, la insolencia, la jactancia de sus bravatas, que mandé tocar atabales e izar en mis argénteas torres los pendones del honor.

Ante los preparativos, algunos viajeros de lejanas tierras se detuvieron a observarnos. Me avergoncé un poco, pero en fin... Siempre resulta conveniente para la fama de un adalid que sean compuestos cantares de gesta más allá del Indo.

Ceñí el turbante. Requerí la espada. Musité una plegaria a Shiva. Y a una señal de mi brazo, todo comenzó.

Al principio avancé con furia incontenible. Los barbados rostros de mis arqueros parecieron infundir pavor, y mis veloces jinetes, sorteando los obstáculos, arrollaron el centro de la falange enemiga. Cierto que sufrí algunas pérdidas en la conquista, pero todo parecía desarrollarse en buen orden.

Quizá fue eso lo que hizo que me confiara. Tomé la mano de mi amada reina y la aproximé a lo más enconado de la contienda. Por dos veces hubo de escuchar el otro maharajá advertencias de victoria surgidas de mis labios orgullosos. Ja, me reí, no te librarás de la tercera. Ordené a mi alfil tomar posiciones en el flanco derecho.

Ooooooh... Un gemido se elevó de los espectadores. Intuí que había cometido un error, un terrible error. Lo que vi a continuación me heló la sangre: la consorte adversaria, agazapada, había atravesado a mi dama de un certero lanzazo. ¡Ah!

Transido por la pena, incrédulo, sacudí la cabeza una y otra vez. Los de una bestia que arremete sin pensar en las consecuencias, así fueron mis siguientes movimientos. Uno a uno, aquellos fieles compañeros de armas fueron sacrificados en el altar de mi ceguera. El final llegó rápidamente, tan abrupto como cesan las lágrimas del monzón.

Desde entonces me lo digo y me lo repito: tengo que aprender a jugar mejor a esto del ajedrez. Pero claro, luego vuelven a sonar las musicales voces de las bayaderas y...



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

lunes, 28 de marzo de 2011

Rugby

Entro en el Molly Malone's. En realidad yo había quedado con una amiga a tomar café, no una jarra de espumosa Kilkenny, pero a ella le apetece saludar a otras conocidas suyas que están allí viendo el torneo Seis Naciones de rugby, así que no le haré ascos a una pinta.

Rugidos orgiásticos nos reciben. Interpreto que el partido va viento en popa, me aposento en un taburete y presto atención a la pantalla.

Cinco minutos más tarde, tengo que preguntar:

−Mmmm, perdonad, ¿quiénes juegan?
−Francia y Gales.
−Ajá. Y... esto consiste en llevar la pelota hasta la línea de fondo, ¿no?

Se giran hacia mí, sorprendidas.

−Sí, claro. Entonces consigues un ensayo, que son cinco puntos. Además tienes un tiro a los palos; si lo metes es una transformación, tres puntos más.
−Entiendo. Y los del equipo contrario no quieren que ocurra, ¿verdad? Por eso reparten abrazos.

Carcajadas.

−Pues no, ellos intentan placar al jugador que lleva el balón. Cuando cae al suelo tiene que soltarlo, y siempre se pasa hacia atrás o los árbitros pitan fuera de juego.
−Vale, ya le voy cogiendo el tranquillo.
−¿No habías visto nunca un partido de rugby?
−Nunca. Y vosotras, ¿con quién vais? −me acerco un poco más.
−¡Con Francia, con Francia! −exclaman entusiasmadas−. ¡Los franceses están buenísimos!
−Bueno −acota una de ellas−, en Inglaterra juega Hook, que tampoco está nada mal, pero vamos, en general los franceses son los más guapos.
−¿Y los galeses no? −pregunto yo.
−¡Nooooooo, los galeses son gnomos, ni punto de comparación!

Aullidos alrededor. Un tal Parra, con camiseta azul, ha hecho algo que es motivo de vitoreo por la concurrencia. Ellas se tornan de nuevo hacia el televisor.

Miro a los apuestos caballeros del deporte. Después a las señoritas dando botes excitadas. Medito. Y tomo mi decisión.

−¡Vamos, Gales! ¡Gales, Gales, Gales! ¡Uh, uh, uh!

¿Que así no se puede ir por la vida? ¿Que siempre voy a estar tirando oportunidades por la borda? Bueno, lo siento. Es que yo defiendo al débil.

P.D. 1: Perdimos 28-9.
P.D. 2: Y a mí me gusta más el fútbol.



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

jueves, 24 de marzo de 2011

Un recuerdo de la casa pública

Frisaba yo los dieciséis y claro, esa es una edad complicada. Quería saberlo todo de las cosas de la vida. Por eso frecuentaba ese lugar. En sus discretos salones, a salvo de escándalos, de mohines reprobatorios, cualquiera podía dar rienda suelta a sus fantasías adolescentes.

Sólo había que dirigirse a la amable encargada y escribirle una nota. Tras breve espera, en apenas unos minutos, ella volvía con sonrisa cómplice y el instrumento de placer solicitado. Y todo pagado por el ayuntamiento, aquello era jauja. Definitivamente, tengo muy buenos recuerdos de la biblioteca pública.

Pues bien, hallábame un día refocilándome cuando un tipo vino a pararse a mi lado. Parecía uno más de nosotros, los habituales: gafas con el grosor reglamentario, hombros caídos, cierto desapego a las tendencias de la moda en el vestir... Sin embargo, lo que hizo a continuación fue tan sorprendente que nos dejó petrificados.

Hubo cabezas que se irguieron, hubo mandíbulas desencajadas, lecturae interruptae, en el culmen puede que incluso alguien ahogase un grito. Él, él... ¡habló en voz alta! Sí, creedlo. Nadie se había atrevido a tanto desde que se levantaron los muros de aquella casa. ¿Sabéis quién fue Solón?, fueron sus insólitas palabras.

Parecía que el tiempo hubiese quedado en suspenso, ninguno de los presentes daba razón de vida. Hasta que, sobreponiéndome al shock, me enfrenté tímidamente al hereje: ¿Un legislador ateniense?, respondí.

Un legislador ateniense... repitieron sus labios. De todas maneras –me apresuré a añadir–, mejor lo buscas en la enciclopedia. Y tracé un arco con la mano, mostrándole los tomos de la Británica que combaban los anaqueles a mi espalda. Edición de 1912, un tesoro.

Los tropecientos volúmenes, tan incitantes, tan seductores, estaban allí esperándole. ¿Qué ser humano con sangre en las venas habría podido resistirse a acariciar la suave piel de sus cubiertas? Y sin embargo... Aún guardo memoria de sus lentes empañadas y su tez enrojecida. Consumido por la vergüenza, dio media vuelta y desapareció tras la puerta. No volvimos a saber de él.

Pobre muchacho, no se atrevió a dar el paso definitivo. Debía de ser su primera vez.



Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...