lunes, 1 de junio de 2026

Nuestro mundo (XXVII)

Carteles de bicicleta y ruta 66

Pasa a centímetros de mí. En el último segundo, no sé cómo, consigo evitar que me arrolle.

Alarmado, giro la cabeza y encuentro su mirada. Un gesto de inequívoco desprecio, de «fuera de mi camino» junto a algún epíteto desagradable.

Compruebo a continuación el semáforo, por si me hubiera distraído: confirma el color correcto para cruzar. La bicicleta se lo ha saltado.

No hay motivo en realidad de sorpresa, jamás he visto una bici rodar según las normas. Lo que me da rabia no es el incumplimiento, sino la cara prepotente que lo acompaña. ¿Arrepentido? ¡Al contrario!, esas normas no van con él y si acabo sobre el asfalto es mi culpa.

Lo que me da rabia es la ignorancia para distinguir entre «poder» y «deber», como señalaban los viejos manuales de filosofía. ¿Puedo ignorar el muñeco verde? ¿Debo ignorar el muñeco verde?

Creer que, en una sociedad enseñada a que aquellos que pueden, hagan, el ciclista va a dejar de lado el «yo primero» por razón moral si no hay un policía observando... Cierto, quizá soy un estúpido.

Confiar en que, pese a los ámbitos que demuestran cada día lo contrario —política en portada, muchos otros por detrás—, vamos a evitar un mundo distópico solo porque es lo correcto, lo que está bien...

Ya, ya, se me ha ido un poco la cabeza, perdón.


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3 comentarios:

Beauséant dijo...

Voy a levantar una mano en mi defensa, voy en bici al trabajo todos los días y, mi moral Sartriana, me obliga a comportarme como si fuese el representante de todos los ciclistas del mundo, así que soy todo sonrisas hasta cuando un camión me pasa a tres centímetros de mi cabeza :)

Beauséant dijo...

El problema, por cierto, puede ser cierto daltonismo, tengo la teoría de que el casco de la bici nos aprieta en cierta zona del cerebro encargada de diferencias los colores, ¿puede ser?

Mannelig dijo...

Ja, ja, ja... Esa es, de hecho, parte de la cuestión. El camionero piensa que, al mando de una máquina más potente, las normas limitan su "voluntad de poder", un poco al estilo del superhombre de Nietzsche. Y le demuestra al ciclista quién manda. El ciclista hace lo propio con el peatón y este no pierde la oportunidad de cruzar por libre aunque vea un paso de cebra a diez metros. "Porque yo también lo valgo".
Al final, remitiéndome a Hobbes, lo que impide el caos es el miedo a que nos trinquen, no la falta de deseo de imponernos.