El sol aquella mañana en Cherburgo proyectaba sobre mí la poderosa sombra del emperador.
Él esperaba que lo hiciera. Sus ojos, contemplándome desde lo alto del caballo, hacían innecesarias las arengas o las voces de mando. ¿Acaso no guardaba en la mochila un bastón de mariscal?
«Ve al muelle del ferry, coge un billete hasta Portsmouth, navega y conquista Inglaterra, jo, jo, jo». Estas fueron sus mudas palabras.
Oh, sí, jo, jo, jo, Inglaterra, qué tentador. Jo, jo, jo... (risa megalómana).
Solo un obstáculo se interponía en mi camino: aquella cadena entre bolardos. «Desvíate, cruza la acera más lejos», parecía desafiarme a dos palmos de altura el símbolo de la opresión.
Pero vi las gaviotas desplegando sus alas. Y sentí que eran las águilas de Marengo, de Austerlitz, de Ulm...
Avancé a paso de carga, flexioné la rodilla, levanté la pierna, me impulsé en el aire, ¡allons, allons, pour la gloire!
¿Marengo? ¿Austerlitz? Waterloo... La cadena hundió sus herradas fauces en el tobillo. Mi pantalón era un estandarte roto y mi cuerpo un dibujo en el pavimento.
La ley de la gravedad (escrita evidentemente por un súbdito de Albión) había dictado sentencia.
Desde entonces, bonapartista irredento, cuando me topo con un obstáculo a esos dos fatídicos palmos del suelo, oigo cómo se ríe de mí. Y doy un rodeo. Qué ignominia.
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