—¡Hala, ya está! No hay manera de concentrarse con tanta carrera y tanto salto, ¡a la calle!
—¿A la calle? ¿Yo? ¿Seguro?
—Vaya que sí. Vas a pasarlo estupendo, busca a tus colegas y os montáis los juegos olímpicos del barrio. Vuelve para la cena. O mañana.
—Pero dentro estoy calentito, prrrrrrrrr. No me apetece, prrrrrrrrr.
—¿Ahora ronroneas? No me vas a convencer, ni prrrrrrrrr ni ojitos ni gaitas. En esta casa lo que digo es ley.
—Miauuuuu, claro que mandas, por supuesto. ¿Y si...?
—¡Puerta!
—¿Y si toco algo?
—Eh, déjate de historias y...
—Algo... ¿quizá de Schubert? ¿Un impromptu?
—De..., de... Bueno, un impromptu siempre... Schubert...
—Tú eres el amo, el monarca, el señor del mundo, yo un simple gatito. Mi bemol mayor, allegro. Ponte cómodo, prrrrrrrrr.
(...)
Tengo la sensación de que en esta casa estoy perdiendo autoridad.
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