sábado, 31 de diciembre de 2011

Feliz 2012.

Bueno, otro año más. Otro aniversario en el que desear cosas al mismo tiempo que echamos la vista atrás para reflexionar sobre las que ya han ocurrido (o no).

Y el que viene, ¿más de lo mismo? ¿Ese juego de siempre...?


Casillas de felicidad en el tablero, de frustración, de sorpresa, rutina, humor, melancolía, etc., etc.

Infinitos etcéteras.

Infinitos cruces de fichas.

¿Trescientos sesenta y cinco días en los que quizás, con suerte en la tirada, algunos privilegiados podremos permitirnos ciertos lujos?

Comer caliente. Dormir bajo techo. Comprar.

Comprar.

Comprar.

Al fin y al cabo quizás, como decía, la cuenta bancaria siga soportando el precio de la conexión a Internet, las visitas regulares al supermercado, las rondas de bebidas carbonatadas, destiladas o espumosas en compañía de los amigos, y algunos otros caprichos.

Repito: privilegiados.

¿Y el lujo de soñar? ¿También ese? Caray, vaya vida llevamos. Pues hagámoslo, soñemos.

Y sintamos, y disfrutemos con los matices de la luz y las sombras cuando termina la tarde, con los sonidos, olores y sabores, con lo que roce nuestra piel.

Y escribamos sobre todo ello.

Demos.

Démonos.

Recalco: si seguimos teniendo suerte.

Pero aún mejor: ojalá algo o alguien, o una fuerza que surja de nosotros mismos, nos haga dejar de desear.

Únicamente desear.

Y nos pongamos el mono de trabajo para ayudar a construir... no sé, construir algo que se parezca de verdad a nuestros sueños.

Ojalá.

Ya veremos...


lunes, 26 de diciembre de 2011

Roma y los bárbaros.

Cuando era apenas algo más joven, ejem, solía participar en las representaciones de teatro escolares. Entre las obras que guardo en la memoria, puedo mencionar aquella en que hice de curtido legionario romano con casco, peto y gladius al cinto. Y antes de que se disparen las imaginaciones calenturientas, aclaro: nada de faldita corta. Pantalones, que todos tenemos nuestra pizca de dignidad.




Reconozco que mi personaje apenas tenía diálogo, era bastante secundario. A cambio, la verdad es que no me exigía actuar. Simplemente ser yo mismo, imponer mi fuerza magnética en escena, la expresividad jupiterina de mi mirada, advertir a todos los que venían a postrarse ante el procurador de Judea: "cuidadín, cuidadín, que como no le deis al César lo que es del César, aquí vamos a montar la de Cartago".

Ah, sí, yo fui uno de ellos, los romanos. Cuánto los admiro. Gente práctica, lacónica, que no se andaban con chiquitas. Que se lo pregunten a quienes se toparon con sus huestes: celtas, germanos, griegos, persas, dacios... Todos estos y unos cuantos más tienen voz en Roma y los bárbaros, de Terry Jones y Alan Ereira.


"Si tenemos presentes las fabulosas riquezas de Roma, podría parecer extraño que los romanos se tomaran la molestia de conquistar las empobrecidas naciones bárbaras que limitaban con su imperio. Desde luego, existía el constante imperativo de la seguridad interior, al que se añadía la doctrina de los ataques preventivos, un credo que instaba a los romanos a atacar antes de ser atacados. Ahora bien, ¿es posible que hubiera alguna otra razón? A mediados del siglo I a.C., el caudillo galo Vercingetórix acuñó monedas de oro con su nombre y una efigie idealizada, posiblemente basada en el modelo del padre de Alejandro Magno: Filipo II de Macedonia. Dejando a un lado el hecho de que Vercingetórix no llevaba bigote (pese a la afirmación de Diodoro de Sicilia, quien sostenía que todos los miembros de las clases altas se los dejaban), lo más sorprendente de esta acuñación se hace patente al comparar la moneda con otra pieza romana de oro de la misma época.
Y es que no existe ninguna. Los romanos no tenían suficiente oro como para acuñar monedas con ese metal. No hasta que conquistaron la Galia. Allí era donde se encontraba el oro."

Terry Jones... Quizá, si añadimos que se trata de uno de los Monty Python, guionista, compositor, actor y director de La vida de Brian, se nos fijará mejor su nombre. Junto con Ereira, su visión heterodoxa de la historia consigue como resultado un libro de lo más entretenido.

Con una precisión: entretenido no significa graciosete, descuidado o falto de profundidad, ni mucho menos. En el prefacio ya dejan claras sus intenciones: muchos pueblos a los que Roma tachó de bárbaros, en un exitoso mensaje publicitario que llega hasta nuestros días, estaban en realidad tanto o más avanzados, y fue la perpetua avidez de rapiña del imperio la que provocó que lucharan en defensa propia. Por tanto, ¿cómo describirlos sin utilizar dogmas heredados?

Los celtas son los primeros. Firmemente asentados en gran parte de Europa, incluso pudieron destruir la ciudad eterna en sus albores (cuando las famosas ocas alertaron con sus graznidos a los defensores del Monte Capitolino, según la leyenda). Navegantes, mercaderes, orfebres, campesinos, guerreros... Sus barcos seguían rutas comerciales regulares entre el sur de Iberia y el norte de Irlanda; sus técnicas agrícolas se adelantaban a las cisalpinas; construían calzadas; sus escudos y carros fueron descaradamente copiados por las legiones; los conocimientos de los druidas dejaban en pañales a los augures, y un largo etcétera.

Pero quiso la suerte que cayeran en sucesivas campañas bajo la sandalia del novio de Cleopatra, un tal Cayo Julio César (excepto cierto pueblo galo que todos conocemos, por Tutatis). ¿Y quién escribió para la posteridad sobre dichas campañas? El propio Cayo. Evidentemente, nadie se preocupó de entrevistar a Vercingetórix para conservar las impresiones de los vencidos. De manera que los testimonios del "otro lado" brillan por su escasez.

Cruzando el canal, la descripción de los britanos por Jones y Ereira muestra una sociedad donde la mujer tenía los mismos derechos que el hombre: propiedad, divorcio, poder político... Sin olvidar que eran incluso más feroces que sus contrapartes masculinos cuando iban a la batalla. El caso de Boudicca, por ejemplo, de la que podremos leer sus peripecias junto a las de Cartimandua o Cunobelino.

Germanos: gente campechana, fuertota, con una idea de la guerra basada en la pura competición deportiva, a pecho (con abundante pelambrera) descubierto. Partidarios de la igualdad social, las tierras se repartían rotatoriamente cada año, para que nadie pudiera quejarse de que al vecino le tocaban más o menos fanegas. Aquí tenemos la historia de Hermann (o Arminio, según la versión latina), que tras haber militado en las filas del ejército de Augusto, se pasó de bando para machacarlo en toda regla en los bosques de Teutoburgo.

Si hablamos de los dacios, hay que referirse enseguida a la Columna de Trajano. Sus relieves muestran a los milites entretenidos en no dejar bicho viviente, y ya de paso traerse a casa unas cuantas toneladas de oro y plata, que siempre venían bien para pagar los espectáculos del Coliseo. Los autores reconocen que es complicado poner sobre el papel las costumbres de este pueblo, dado el arrasamiento que sufrió, pero las pistas lo sitúan como un reino próspero y organizado. Tanto a nivel técnico, como artístico y de pensamiento. Al carismático Decébalo se le unen nombres más antiguos como el rey Burebista o el filósofo Salmoxis, cuya importancia religiosa podría haber llegado a ser igual a la de su coetáneo Buda, de acuerdo con el libro.

Y llegamos a los godos. El saqueo de Roma en 410 d.C., que se considera tradicionalmente el fin del mundo, se interpreta aquí como "un lance tergiversado", ya que ni destruyeron la urbe ni diezmaron a sus habitantes. De hecho, Alarico, el caudillo que lo llevó a cabo, era cristiano. ¿Qué ocurrió entonces en realidad?

Jones y Ereira nos ponen en situación: al conquistar la Dacia, que no disponía de defensas naturales, el imperio habría cavado su propia tumba. Los godos llegaron hasta allí presionados por los nómadas de las estepas, justo cuando los romanos lo estaban pasando mal en sus conflictos con los persas. Valente, emperador de Oriente, concedió asilo a aquella masa humana con la intención de sacar provecho de ellos como vigilantes de la frontera. Pero Lupicino y un tal Máximo, sus legados, les hicieron pasar tanta hambre y humillaciones, que se rebelaron. En la batalla de Andrinópolis, la imprudencia de Valente condujo al desastre, y la caballería goda se impuso sobre las tácticas de infantería clásicas. Cayeron dos terceras partes de todos los efectivos disponibles.

Así que Teodosio, el sucesor, hizo la paz, concediendo como precio la actual Bulgaria y el deber de participar en el ejército contra otros romanos, los del imperio de Occidente, con los que había ciertos roces. Pasados los años, los godos se aburrieron nuevamente; Alarico y los suyos bajaron hasta Grecia a entretenerse.

Estilicón, el general que llevaba la voz cantante en Roma (que, por cierto, era de origen vándalo), se movilizó para hacerles frente. Y si ya de paso podía hacerse con la debilitada Constantinopla, mmmm...

La jugada fue respondida por Eutropio, el regente oriental, otorgando más espacio a los godos y altos títulos nobiliarios a su líder. Después de variados acontecimientos, pasando por que a Estilicón se lo cargase su jefe Honorio, los godos sitiaron Roma y pactaron respetar la vida de los ciudadanos a cambio de sus bienes. Era la fecha de 408 d.C.

¿Cómo es que se recuerda entonces 410 en el calendario? Pues porque Honorio atacó a Alarico cuando se dirigía a Rávena para confirmar los tratados de paz. Él se sintió ofendido, dio media vuelta y saqueó otra vez Roma. Todo lo que no había podido llevarse antes, pero sin romper apenas nada. Especialmente, los edificios y objetos sagrados. Hasta San Agustín, no obstante lamentar el hecho, reconoció esta clemencia, motivada, según él, por la confesión religiosa del "bárbaro".

Muchas, muchísimas otras aventuras se cuentan en el resto del libro. Pero como apenas he llegado a la mitad de sus páginas en el comentario, y me doy cuenta de que ya me he extendido más de lo habitual, tendré que dejar a los sofisticados helenos, tolerantes persas, hábiles partos, incomprendidos vándalos, alegres pastorcillos hunos, etc., etc., para que los lectores los descubran por sí mismos. Mis disculpas por la prolijidad, y mi sincera y entusiasta recomendación. Os dejo, he quedado para tomar unas libaciones con mi amigo Pijus Magnificus...

martes, 20 de diciembre de 2011

La mesa Luna de miel.

Nuestras miradas se cruzaron. Yo llevaba un esmoquin blanco y ella un vestido de noche, acariciado por la brisa. Se acercó con pasos lentos, felinos, la larga melena cayendo como una cascada sobre su espalda. Cuando llegó hasta mi mesa, las notas del piano y el bajo comenzaron a sonar. Ella cantó. Sus labios cantaron sólo para mí.


–No, hombre, no, que no fue así. Venga, rebobina la película y cuéntala de verdad.

Dichosa conciencia Pepito Grillo... Con lo bien que me había quedado la escena. Bueno, en realidad ocurrió de esta otra manera:

Se acercó taconeando con unas botas que no pegaban ni con cola al clima tropical. Ni tampoco la falda de cuero, ni los leggings, ni nada de lo que vestía con escaso gusto, francamente. Cuando llegó hasta mi mesa, el tipo de los teclados y el del bajo empezaron a tocar desafinados. A continuación, ella cantó algo que no me sonaba de nada, con voz un pelín chirriante y repitiendo el estribillo como cuarenta veces.

Nada más finalizar, me preguntó:

–¿Has venido solo?
–¡Aaaaaaaaah!

Para entender el grito de desesperación, tendremos que rebobinar otra vez. ¡Ahí, para la imagen! Justo ahí estoy entrando en el restaurante.

Había sido un flechazo, lo reconozco. Era tan bonita, tan atrayente... Hablo de... de... bueno, de una mesa, ¿qué pasa? De aquella mesa en el restaurante de la playa. Ya la había visto antes, en medio de la arena, mientras yo salía del agua. Me invadió el deseo. Tenía que conseguirla. Tenía que asentar junto a ella mis posaderas.

De forma que al anochecer, me dirigí al lugar. Esmoquin blanco... hum... ¿Valen a cambio bermudas y camiseta?

–Hola, buenas noches.
–Buenas noches, señor. ¿Desea cenar?
–Exacto.
–¿Ha venido solo?

Giré la cabeza a mi derecha. Después a mi izquierda. Hacia atrás.

–Ajá.
–Pase por aquí.

La mesa que me ofrecía el maitre era vulgar, del montón, bajo techo. Nada que ver con la deseada.

–Perdón, pero, ¿podría sentarme fuera? Allí.

Detecté un tono de incomprensión.

–¿Dijo que ha venido solo?

Iba a echar un nuevo vistazo alrededor para sumar, pero me contuve. Estaba razonablemente seguro de que seguíamos siendo los mismos: yo. Vamos, seguro al 99%.

–Sí.
–Es que se trata de la mesa Luna de miel.

Brinco. Sobresalto. Pelo erizado. Uh, eso se avisa, caramba.

–Pero si le gusta, no hay ningún problema. Hoy no está reservada.

Ah, la tentación fue demasiado fuerte. Sentía que la mesa me llamaba, ven, ven... Y claro, cuando estas cosas pasan, hay que acudir a la llamada. No somos de piedra.

Así pues, el maitre me acomodó, me presentó las cartas y regresó a la puerta. Tomó el relevo la camarera.

–Buenas noches, señor.
–Hola, ¿qué tal?
–¿Desea algo de beber?
–Pues sí, un cóctel de estos de color azul.
–Excelente. ¿Y su acompañante?

Mi seguridad en haber salido a cenar conmigo mismo descendió un punto. Se quedó en el 98%.

–No, no espero a nadie. Creo.

–Oh –nuevo tono de incomprensión. –¿Ha venido solo? Es que esta es la mesa Luna de miel.

Asentí, resignado. En fin... El sol se ponía en el horizonte, el aire del mar inundaba mis pulmones, el rumor de las olas mis oídos y el líquido azul que me trajeron estaba bastante bueno. Para darle gusto a todos los sentidos, quedaba apenas el del tacto. Dejé que mi mano reposara sobre la superficie de la mesa, que las yemas de mis dedos tocaran su suave barniz...

–Buenas noches, señor.

Vaya, otra camarera diferente. ¿No se daría cuenta de que estaba chafándome el momento?

–Buenas.
–¿Ha elegido ya?
–Pescado a la plancha.
–¿Y para...? –señaló a la silla vacía.
–¿Para...? –encogimiento de hombros, pero seguridad decreciendo al 97%.
–(Con el sempiterno tono). ¿Ha venido solo?

Empecé a tamborilear. Por unos segundos, hasta que pude controlarlo, el párpado tuvo vida propia, lo que suele decirse un tic nervioso.

–Es que esta es la mesa... –quiso terminar la frase.
–Ya sé, ya sé, Luna de miel, ¿verdad?

Y cuando creía haber alcanzado la paz y la comprensión del universo, apareció la cantante. Menos mal que estaba en los postres. Tuve que tragarme la cancioncita, e incluso un par añadido mientras me traían la cuenta, pero conseguí salir de allí como alma que lleva el diablo.

Conclusión: no vayáis a cenar nunca solos, además de ser más divertido hacerlo en compañía, es mejor para los nervios. Pero si no es posible evitarlo, manteneos en un rincón, agazapados bajo la protección de las sombras. Jamás, jamás se os ocurra sentaros en la mesa equivocada. Especialmente, una que lleve por nombre Luna de miel...


martes, 13 de diciembre de 2011

Operación Noche y niebla.

En fin, ya de vuelta. Mientras paso a limpio mis notas de viaje por tierras armenias, revelo las fotos, etc., engordaré el blog con esta entrada literaria que, aunque no tenga nada que ver, es más rapida de escribir.

Como ya conté hace meses, me invitaron golosamente a entrar en la caseta húngara de la última Feria del libro. Golosamente, porque sacaron una caja de bombones como reclamo tras el mostrador.

Y a continuación pasé un buen rato charlando con sus ocupantes. Fue entonces, mientras mis ojos escrutaban los títulos alineados en la trastienda, cuando se detuvieron en aquel pequeño montón: Operación noche y niebla, de Elisabeth Szel.

"Rozsnyai arrancó su pie medio vendado de entre las manos de Eva y echó a correr hacia las callejuelas laterales. A punto de alcanzar el primer callejón, recibió un tiro en la espalda, disparado desde un coche de la Gestapo, que se había detenido en la esquina. El pobre hombre cayó cuan largo era. Eva corrió hacia él, pero cuando alcanzó el callejón, ya los alemanes recogían a Rozsnyai para llevárselo hasta el coche. Eva se apoyó, cansada y desesperada, contra un muro. Wallenberg contemplaba con curiosidad la cara de Eva, cuando el coche de la Gestapo arrancó de allí con sus alemanes y el hombre herido en el interior. De pronto, Wallenberg bajó de su Cadillac e hizo señas a un taxi libre que aguardaba en la esquina. Apenas se acercó este, saltó a él e indicó a su conductor que siguiera urgentemente al coche de la Gestapo.
Eva contempló la extraña escena, sin comprender nada de lo que hacia el sueco loco, pero pronto olvidó el incidente. Se arregló el pañuelo torcido que cubría sus cabellos y se dispuso a regresar a la prisión. Allí se consoló al enterarse de que muchos prisioneros habían logrado escapar, entre ellos su querida Magda y la pequeña novia."

Por su envejecido aspecto, no parecía una edición reciente. Abrí un ejemplar y lo corroboré: medio siglo desde que salió de imprenta. Tres páginas más adelante, aparecía el subtítulo: El caso Wallenberg.

El caso Wallenberg... ¡Claro, ya me acuerdo! Raoul Wallenberg, el diplomático sueco que desapareció a finales de la Segunda Guerra Mundial sin que hasta hoy se conozca qué le ocurrió con exactitud. ¡Me lo llevo!


Hay hechos de los que existe constancia fehaciente: destinado en Budapest durante 1944, Wallenberg consiguió salvar a miles de personas perseguidas por los nazis y sus aliados locales del partido de los flechas.

Para ello utilizó todo tipo de métodos, desde concederles salvoconductos como ciudadanos de Suecia y refugiarlos en edificios "anejos" a la embajada, pasando por los sobornos, hasta sacarlos literalmente en su automóvil de las columnas de deportados hacia los campos de exterminio.

El misterio surgió cuando las tropas soviéticas entraron en la capital. La versión más extendida cuenta que nuestro hombre fue capturado mientras intentaba contactar con su comandante, y encerrado en la cárcel moscovita de Lubyanka bajo la acusación de espionaje. Pese a las posteriores indagaciones y presiones internacionales, como decía, nunca se volvió a saber de él.

Elisabeth Szel construye una novela en la que le muestra, según sus propias palabras, como "un héroe, generoso, romántico, audaz, increíble..." Su oponente es el siniestro Adolph Eichmann, responsable de ejecutar la solución final en el país centroeuropeo. Junto a ellos, muchos personajes reales, alemanes, suecos, húngaros, hoy anónimos o que figuran en los libros de historia.

La confrontación pasa por salones palaciegos, despachos de la Gestapo, cabarés regentados por agentes dobles, centros de detención de los flechas, y las calles e incluso tejados de una ciudad cercana al paroxismo. Ambos enemigos se conocen perfectamente e intentan adelantarse al próximo paso del otro, tal como demuestran en sus encuentros oficiales, cada vez más amenazantes, cada vez con mayor incertidumbre de sus colaboradores sobre si Raoul volverá sano y salvo. Tensión que se mantiene hasta el 17 de enero de 1945, aquel último día.

Aunque la escritura peque de candidez, sacrificando la profundidad psicológica en aras de la agilidad narrativa (y el nivel de la traducción sea también mejorable), el conjunto resulta interesante. Sobre todo, por su valor testimonial. Se puede adquirir en librerías a través de la red, y personalmente recomendaría su lectura. La de relatos así perdidos que habrá por el mundo, aguardando una pequeña resurrección en nuestras manos...

viernes, 2 de diciembre de 2011

Rumbo al Cáucaso.

Los días iban pasando como las páginas de un libro. Ninguno exactamente igual que el anterior, pero la historia que contenían sí era la misma. Entonces alguien me dijo las palabras mágicas: "tienes cara de cansado".

¿Eh? ¿No es suficiente esa loción después de afeitar, que con sus sales minerales y su aloe vera promete dejarme la faz fresca como una lechuga?

Debía de ser cierto, lo adivinaba en las miradas de la gente. "Tienes cara de cansado", expresaban sus ojos acusadores. Y como me quedaban unos días de vacaciones y unos ahorrillos para el billete de avión, pues hala, rumbo al Cáucaso.

Tendré que acostumbrarme a que en lugar de buenos días o buenas tardes, me saluden con un "բարի լույս" o un "բարի երեկո". O dar yo las gracias con "շնորհակալ եմ". Estoy practicando, estoy practicando, es cuestión de vocalizar.

¿Հայաստան? ¿Acaso te vas a Armenia? ¡Premio!

Ya estoy deseando aterrizar en Ereván, con mi fiel cámara en bandolera, y patearme la calle Abovian y el mercado de Vernisaj. Zvartnots, Garni, Echmiadzin, Khor Virap... Con lo que a mí me gustan los pedruscos antiguos, las columnas jónicas, las batallitas de Tigranes el Grande y esas cosas.

Mientras voy y vuelvo, os dejo con este vídeo musical de Aram Khatchaturian (o Khachaturian, o Jachaturián o Խաչատրյան, como cada cual quiera escribirlo), ilustre hijo de la tierra. La escena de Espartaco en la que el héroe y Frigia bailan al compás de un adagio. Maravilloso...