miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las tinieblas.

Las hetairas de mi barrio, tres o cuatro matronas entradas en carnes, con aspecto de llevar bastante mili a cuestas, se apoyan sobre un lienzo de ladrillo, cerca de la salida del metro. De vez en cuando, pasean discretamente hasta la esquina de la calle donde tienen el cuartel general y dan la vuelta, no debe de ser aún la hora en que la quemazón de la naturaleza acucia a sus clientes. En tiempos de crisis, parece que incluso se aventuran fuera de su mercado natural. Al menos, una de ellas me dio los buenos días en cierta ocasión, mientras yo me disponía a cruzar el paso de cebra. Ocupado en cavilaciones sobre la intrínseca naturaleza del gorgojo de la patata, respondí con una breve y distraída inclinación de cabeza. Sin embargo, el saludo verbal de vuelta nunca llegó a salir de mis labios, repentinamente congelados en una mueca de incredulidad. "¿Es a mí? Pero señora... "


El mito de las "mujeres malas" es antiguo. Por ejemplo, en el bíblico libro de los proverbios se dice que "el mandamiento es lámpara y la enseñanza es luz, y camino de vida las reprensiones que te instruyen, para que te guarden de la mala mujer, de la blandura de la lengua de la mujer extraña. No codicies su hermosura en tu corazón, ni ella te prenda con sus ojos; porque a causa de la mujer ramera el hombre es reducido a un bocado de pan; y la mujer caza la preciosa alma del varón." Cuidadín, cuidadín, compañeros, que los seres perfectos de la creación, los de pelo en pecho, estamos en peligro de que nos desmenucen en miguitas si no nos andamos con ojo. El caso es que recientemente terminé de leer Las tinieblas, de Leonid Andréyev. Y Liuba, la protagonista femenina, tan ligera de cascos como para correr el Grand National, tiene una importancia señera en hacer que se tambalee la existencia de su obligado cliente ocasional, Alexéi.

–Pero, ¿por qué eres tan bueno? –preguntó la muchacha con un deje irónico.
Pero él, sin comprender la ironía, respondió seriamente:
–No lo sé. Probablemente porque he nacido así.
–Pues bien, yo he nacido mala. Y, sin embargo, los dos hemos venido al mundo de la misma manera, con la cabeza para adelante. ¿Qué tienes que decir a eso?
Sumido en sus reflexiones, él no prestó atención a aquellas palabras. Examinando el fondo de su alma, todo su pasado, que veía ahora con tanta claridad en toda su simplicidad y en todo su heroísmo, continuó:
–Ya ves, tengo veintiséis años, mis cabellos empiezan a encanecer y, sin embargo, hasta aquí... –Buscaba palabras, pero acabó su pensamiento con firmeza, aun con orgullo–: Hasta aquí no he conocido mujeres. Pero en absoluto, ¿entiendes? Tú, tú eres la primera mujer que he visto de esa manera. Y para decirte la verdad, me da un poco de vergüenza mirar tus brazos desnudos...
La música llenó de nuevo toda la casa, y el suelo temblaba bajo los pies de los que danzaban. En el salón, alguien, probablemente borracho, gritaba muy fuerte, como si condujera un tropel de caballos furiosos. Pero en el cuarto de Liuba reinaba un silencio melancólico. En la nebulosidad rosácea se percibían pequeñas volutas de humo de cigarrillo.

En realidad, empecé y terminé el mismo día, pues se trata de un volumen breve, dedicado a un solo relato, que probablemente agradecería el acompañamiento de otros cuentos de su autor para no dejarnos con apetito. Alexéi es un revolucionario en la Rusia de los zares, que en breve va a arrojar una bomba. Pero, con el aliento de la policía en el cogote, rodeado de espías y confidentes, necesita descansar unas horas en lugar seguro, si no quiere fracasar en su misión. Para ello, se le ocurre entrar en una casa de lenocinio, alquilar los servicios de una de las chicas y utilizar la cama de forma poco convencional: para dormir. Su desventura llegará al elegir a Liuba, que se revela como una criatura bastante rara, con carácter y reacciones peculiares, y que busca a alguien "bueno" como meta vital. ¿Será él el esperado, con su revólver en el bolsillo y que nunca ha catado labios de mujer? ¿Qué efectos tendrá en ambos ese encuentro?

Diferente, creo que es la mejor definición. Nada que ver con las historias tipo "dama de las camelias", donde un amor sincero viene a redimir a la heroína de su vida anterior. Mordaz y desesperanzado, tiene el estilo típico de Andréyev, de quien dice su biografía que llegó a ser muy popular antes de su temprana muerte en 1919. Ya habían pasado por mis manos otros títulos suyos que me reservo para comentar en el futuro, y como ellos, Las tinieblas entra sin problemas en la categoría de recomendable.

Y nada más. Procurad que no cacen vuestra alma...

domingo, 27 de septiembre de 2009

Amatenango del Valle.

Nuestro guía en Chiapas, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, hacía numerosos comentarios sobre la historia, la geografía y la sociedad de la zona. Ciertamente se trata de un destino muy interesante, una muestra de los contrastes que tanto la naturaleza como la mano del hombre ofrecen en este país norteamericano. Después de un día visitando parajes pintorescos, nos detuvimos en un pueblecito donde varias indígenas tzeltales ofrecían muestras de artesanía alfarera. El profesor inició una disertación sobre las costumbres de esa comunidad india, tradicionalmente poco conectada con la "civilización". La falta de infraestructuras, la falta de desarrollo, la falta de interés del gobierno, etc., etc. Y de repente sonó un teléfono móvil, una de las vendedoras echó mano a los pliegues de su ropa y extrajo un modelo de última generación. Nuestro cicerone abrió mucho los ojos, mientras el pequeño grupo de viajeros permanecíamos a su alrededor en un silencio ligeramente escéptico. "No se lo van a creer en el departamento de Antropología, no se lo van a creer", musitó al fin, mientras sacaba del bolsillo una cámara de fotos e inmortalizaba el momento. Y es que el mundo ya no es lo que era...

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Life is...

Alguien le habló a media voz, como un gesto de piedad, con las palabras de consuelo que se ofrecen a un amigo. Olvídala, vino a decir. Ya es demasiado tarde, too late, trop tard, zu spät. No fueron necesarios más detalles, de alguna forma lo entendió todo. Perfectamente.

¿Había tenido en algún momento su oportunidad y la desperdició, o fue desde el principio un simple castillo en el aire de su imaginación? Había dudado, eso es cierto, y la duda le había paralizado. Quizá sus propias contradicciones tuvieron por lo tanto la culpa. Pensó que en esta vida, en realidad, cada uno se labra su propio destino. Así que nada más, adiós, good bye, à bientôt, auf Wiedersehen...

lunes, 21 de septiembre de 2009

El mar (III): eternidad.



De pie sobre los escalones del órgano de mar de Zadar, mis ojos siguieron a un pequeño barco que se alejaba de la costa. El cielo era de acero, con jirones de luz intentando romper su cerco, casi exangües. Las oscuras aguas, introduciéndose en los tubos del instrumento con cada empuje de las olas, con cada golpe de respiración de la marea, componían un mensaje sonoro, siempre el mismo, siempre diferente, alfa y omega. Eran notas primigenias, acordes eternos, como aquellos que duermen ocultos dentro de nosotros, procedentes de lo que no es memoria, de lo que en algún momento no fue aún conciencia de existir, pero tampoco la nada; como la música que debimos de escuchar nada más nacer, y quizá volveremos a hacerlo en nuestro viaje de retorno…

jueves, 17 de septiembre de 2009

El mar (II): piratas.

Al amparo de la sorpresa, el Zephyr se aproximó por la popa del buque anclado cerca de la costa. La mayor parte de la tripulación debía de haber bajado a tierra para la aguada, pues su cubierta se veía vacía. Ni un centinela sobre las vergas, qué imprudentes. Quizá alguien dormitara en el sollado, reponiéndose de la mar gruesa de la noche anterior. Nosotros, sin embargo, teníamos los ojos bien abiertos, pues se encontraba a nuestro alcance un apetitoso botín. Cada hombre, endurecido por los días de navegación, deseaba poner su pie el primero en la presa. Sujetos con una mano a las jarcias, nos girábamos de hito en hito hacia el capitán, que manejaba con pericia el timón, esperando su señal. Yo me adelanté hasta el bauprés, donde la bandera del cráneo y las tibias mostraba claramente nuestras intenciones. Me humedecí los labios, sabían a salitre y a ansiedad. Al fin y al cabo, iba a ser mi primera experiencia, y no quería desenvolverme cuerpo a cuerpo peor que ninguno de mis compañeros. Un sable y les demostraría de qué pasta estoy hecho, me sentía capaz de saltar al abordaje hasta con las manos desnudas. El viento y las corrientes nos impulsaban con fuerza, tanto, que a una breve orden del segundo media docena de brazos se dispusieron a recoger trapo. No deseábamos encallar en algún bajío, o arriesgarnos a colisionar contra el casco que se mecía cada vez más cercano.


Un navío francés: los colores de Saint-Malo ondeaban en lo alto de su mástil. Próspero puerto, cuna a su vez de corsarios. Quizá, para nuestra suerte, fuera uno de ellos y pudiéramos arrebatarles el fruto de su pillaje, dejándolos desarbolados y lanzando espumarajos de rabia, mientras nos vestíamos con sus casacas de seda y nos bebíamos su ron. Hasta el graznar de las gaviotas se me asemejaba ya al tintineante sonido de las piezas de a ocho. El mar era la libertad, madre de los audaces, y nosotros sus hijos más queridos, dignos de ese amor. Me preparé, faltaban sólo unos segundos para poder disparar, sólo unos segundos,... ahora, ahora, ¡AHORA!



El cabeceo del bergantín hacía difícil encuadrar con pulso firme, pero confié en mi buena estrella cuando apreté el botón. El obturador de la cámara se abrió y cerró con un chasquido. Enseguida me preparé para lanzar una nueva andanada, esta vez desde el costado de babor. A media legua, brillaban los orgullosos torreones de Saint-Servant, testigos de nuestra aventura, donde pensábamos desembarcar unas horas para saquear también sus tabernas y visitar algún supermercado. Esa noche me acosté en la estrecha litera, abrí el ojo de buey y, al agradable frescor que entraba en la cabina, me quedé dormido. Debía estar descansado para nuevas correrías...

lunes, 14 de septiembre de 2009

El mar (I): sueño.




Soñé que esa noche estaba en una playa, a solas, creyendo que nada me inquietaba por dentro. Pero allí vivía también tu recuerdo…

Y salió fuera de mí, sin que pudiera detenerlo, hecho de niebla, de palabras nunca dichas, de la espuma del tiempo…

Y fue como si tú misma me cerraras entonces los ojos, creando un sueño dentro de un sueño…

Donde la niebla respiró los deseos, se fundió con ellos, les dio sus colores, aquellos imaginados que apenas pueden existir uno, dos segundos, mientras el mundo se esconde de los rayos de luz que aman sólo de lejos…

Y nacieron, de las mudas miradas, remolinos, titánico oleaje, abrazos a todas las criaturas que entregan su pecho…

Y en un postrer gemido sobre las sábanas de arena, acarició al fin el mar lo que ya no era mío: mi cuerpo…

Sólo un sueño humano, no fue nada más que eso, una pizca de la felicidad que yo, en mi locura, fugitivo de ti, a mí me niego.

viernes, 11 de septiembre de 2009

La niña.

Me pregunta una compañera de trabajo: ¿A ti no te he contado lo de la niña de la habitación? No sé… Pues que mi hijo ve a una niña en la habitación de casa. Ajá. Y si le preguntamos dónde está, señala en una dirección y contesta: ahí. Pero ahí no hay nadie. La amiga invisible, vamos. Una vez estaba dándole de comer y dijo que había venido la niña, imagina qué salto pegué. Lo imagino. Porque cuando empezó, tenía el crío dos años, a esa edad no se puede mentir. Seguro que no. Mi marido tomó una foto y se veían unos círculos luminosos, como si se hubiera reflejado una ventana, o el espejo del armario. Me los estás poniendo de corbata. Y si le enseñas al pequeño libros de Disney con dibujos, habla de ella. En concreto, si sale el hada de Pinocho, con sus alitas y su vestido azul. ¡La niña, la niña!, exclama enseguida. ¿El hada de…? Bueno, mientras no nos haga nada a ninguno de los tres, a mí me da igual. ¿Tú que piensas? Mira, sólo un consejo, por si acaso. En caso de duda, nunca, nunca vayas hacia la luz…

martes, 8 de septiembre de 2009

Sin novedad en el frente.

Hoy me gustaría hacer esta recomendación:

"Habrían debido ser para nosotros, jóvenes de dieciocho años, los mediadores, los guías que nos condujeran al mundo de la madurez, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La noción de la autoridad que representaban, les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común. Pero el primero de nosotros que murió, echó por los suelos esta convicción. Tuvimos que darnos cuenta de que nuestra edad era mucho más leal que la suya; no tenían por encima de nosotros más ventajas que la frase huera y la habilidad. El primer bombardeo nos reveló nuestro error, y al darnos cuenta de ello, se derrumbó, con él, el concepto del mundo que nos habían enseñado."



Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Lo leí por primera vez de adolescente. Se trata de una novela muy conocida, de manera que resumiré en seguida el argumento: un grupo de alumnos de bachillerato se alistan voluntarios en el ejército alemán, en el apogeo de la Primera Guerra Mundial. Allí se unirán a obreros y campesinos, y en sus "aventuras" participarán de las barbaridades de la vida en las trincheras, comprobando a costa de su sangre, que sus padres, maestros y gobernantes, cuando les inculcaron los valores bajo los que habían crecido, se olvidaron del más importante: la humanidad.

Es ésta una obra que aún sigue siendo necesaria, de fondo de biblioteca. Y que además es muy buena, entretenida y realista, sin necesidad de recurrir a moralinas para convencer de las virtudes de la paz (por supuesto, los nazis la prohibieron y Remarque tuvo que exiliarse). Así que aquí queda lo dicho. Otro día, más.

sábado, 5 de septiembre de 2009

La mujer de la arena.

Si alguna vez vais por la calle y os cruzáis con alguien que, detenido frente a un portal, está recorriéndose el cuerpo con las manos, palpándose como si de repente se descubriera hecho de carne y hueso, con una pasión tal que pudiera confundirse con un exceso de amor propio... soy yo, que he vuelto a olvidarme las llaves. No, no están en los bolsillos, eso es evidente. Y ya van... En fin, espero que al menos la próxima sea algo más llevadera que aquella otra vez en que saqué la basura por la noche y me encontré en la acera en camiseta, con un frío que pelaba, mis vecinos de viaje y un euro con cincuenta céntimos en el bolsillo, como toda riqueza. ¿Sabéis lo que tragan las cabinas telefónicas? ¿Y cuando no recuerdas ningún número? ¿Y cuando lo consigues y al otro lado no contestan?


Algunos "queridos amigos", cuyo principal entretenimiento consiste en chincharme cada día, insisten en que una segunda persona debería ocupar mi hogar, para dividir por la mitad la posibilidad de tener que pernoctar al raso. Buen argumento, lo concedo. Aunque aprender a convivir también es un arte, con sus pros y sus contras, según se relata en La mujer de la arena, del japonés Kôbô Abe.

"Al parecer, la mujer percibió el estado emocional del hombre. Dejó de ajustarse el pantalón, y el extremo del cordel que había desatado cayó blandamente entre sus manos. Lo miró desde abajo con ojos de liebre; el parecido estaba no sólo en el modo de mirar, sino también en los párpados enrojecidos. El hombre le devolvió una mirada en la que el tiempo se había detenido. Un olor punzante, como de ternilla hervida, rodeó a la mujer".

El argumento es originalísimo, y le valió a su autor un prestigioso premio literario en su país cuando la obra fue publicada, a principios de los sesenta. Un profesor de escuela, aficionado a la entomología, se va de excursión en busca de nuevos insectos. Al llegar a un pueblo de pescadores, éstos le convencen para pernoctar en la casa de una joven viuda, situada en una depresión del terreno rodeada por las dunas. Al amanecer, cuando desea marcharse, ve con sorpresa que la única manera es hacerlo con ayuda de escalas de cuerda, lanzadas desde el exterior del agujero, pero ni los vecinos ni la anfitriona están dispuestos a colaborar para que salga. Es necesario que alguien trabaje junto a ella para mantener a raya a la arena, cavando sin descanso, jornada tras jornada, si quieren que el pueblo no desaparezca tragado por su avance. Es necesario un hombre para la mujer de la arena.

Para el profesor, lo que le ocurre no tiene ninguna lógica. Él no desea quedarse ahí prisionero, tiene su vida en la ciudad, su familia, su trabajo… Por otro lado, no puede evitar la progresiva atracción física por su nueva compañera, y el calor que señorea el lugar, así como el fino polvillo que se pega continuamente a sus cuerpos, contribuyen a perturbar cada vez más sus sentidos. ¿Se rebelará? ¿Intentará escapar como sea de la casa? ¿Se plegará a la situación?

Gran novela, sin duda, de las que se recuerdan, de las que gusta regalar. Con una poderosa carga simbólica, a la vez que un hermoso –y sensual– lenguaje, consigue ponernos en el lugar de sus protagonistas, que no son dueños ni del ambiente que amenaza con sepultarles, ni siquiera de sí mismos. Y por hoy, ya está. Hasta pronto.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Fraternidad.

En los servicios de caballeros se dan a veces situaciones de las que tampoco desvelaré demasiado, por no traicionar en público los misterios propios de mi sexo. En todo caso, muestran la habilidad humana para adaptarse exitosamente al entorno (porque si no, que alguien me explique cómo se puede, al otro lado de la puerta, estar pasando las páginas del periódico, tecleando en el ordenador y hablando por el móvil al mismo tiempo, supongo que entre otras actividades).

Una de las características de estos espacios es el imperio de la democracia. Todos puestos en fila, de cara a la pared, con igualdad absoluta de condiciones, sin favoritismos; si hay cola (si hay más personas que puestos libres, quiero decir), se espera por exquisito orden de llegada, se saluda a los compañeros de derecha e izquierda con versallesca cortesía y se fija la mirada en un punto indefinido que nos empuje a la meditación, al desprendimiento de lo superfluo, al nirvana. Sobre todo, nada de movimientos oculares en diagonal, imperdonable falta de solidaridad inter pares, que supondría envidias o, por el contrario, envanecimientos innecesarios.


Porque despojados temporalmente de galones, del estatus social, de las diferentes vías del tren por las que se conducen nuestras vidas, ¿qué nos queda en ese preciso momento? En los servicios, ¿no estamos todos hechos de la misma pasta? Altos o bajos, gordos o delgados, triunfadores o escritores de blog, ¿no buscamos básicamente igual meta, descubrir nuestro lugar en el ignoto plan de la existencia? Es entonces cuando desearíamos abrazar a nuestros hermanos, fundirnos en un canto general, hacernos uno con el universo... Por desgracia, a los pocos segundos creemos tener algo importante entre manos, dejamos pasar la oportunidad y caemos de nuevo en lo material. El ruido huracanado del secador anclado a la pared termina de borrar aquellas buenas vibraciones...