Tempus fugit. El tiempo vuela.
Un tiempo peleado a mano desnuda, a rostro descubierto, vivido con nuestro mejor saber.
Un año más, caminamos sobre la Tierra. Sin guía. Frágiles y fuertes. Sin pausa.
En la única dirección posible.
Paz.
Música, libros, fotos, historias, pensamientos, ficciones, viajes y qué sé yo cuántas cosas más...
Tempus fugit. El tiempo vuela.
Un tiempo peleado a mano desnuda, a rostro descubierto, vivido con nuestro mejor saber.
Un año más, caminamos sobre la Tierra. Sin guía. Frágiles y fuertes. Sin pausa.
En la única dirección posible.
Paz.
Inviernos de puestas de sol, de fuegos artificiales, de calles iluminadas con mil reflejos…
Pero ya no.
Ahora, una fotografía borrosa. Sombras informes. Siluetas que miran alrededor con sospecha.
Pasos de sonido sordo, perdiéndose en jirones de bruma que se adhieren monótonos a la piel.
Todo lo que no te dije es como un río. Como un manantial de sensaciones vitales.
Puedes alzar un puente sobre él y cruzarlo —leerlo— desde la segura distancia.
Contemplar de qué manera fluye, los dibujos que trazan sus corrientes, los remolinos que hace nacer cuando choca contra los pilares…
Pero no, es difícil permanecer alejado de las aguas que ofrece en su poemario Laura González Moliner. Quizá incluso imposible.
Mejor lanzarte de cabeza, sumergirte, bracear entre las palabras, dejarte envolver por pasiones, temores, soledades, anhelos, recuerdos, despedidas…
Y, a veces, dejarte envolver por el silencio que reina tras llegar —¿indemne?— al otro lado, intentando recuperar el aliento.
No te enamores de mí,
porque soy capaz de hacerte feliz y puede que no estés preparada.
Versos cortos. Versos largos. Prosas largas. Prosas cortas.
P. D.: Gracias a Ordenado y escondido por hacerme saber de este libro y del blog de su autora.
Cada 6 de diciembre publico unas líneas elogiando el espíritu constitucional, y este año lo voy a hacer a través de un libro: De la fruta madura a la manzana podrida. El laberinto de la Transición española.
Tom Burns Marañón conoció y trató a todos los personajes con algún papel en aquellos tiempos de incertidumbre. Muchos de ellos quizá olvidados para la historia popular, sin cuyos esfuerzos el consenso que desembocó en la aprobación de la Carta Magna hubiera sido imposible.
Hay unos antecedentes que él considera fundamentales, en comparación con las tensiones irresolubles en el advenimiento de la Segunda República. El más importante, la existencia de una clase media consolidada, amplia, con estabilidad económica y deseo de mantenerla.
Es decir, con siglo y medio de diferencia, en España se daba el escenario de las revoluciones burguesas europeas.
A partir de ahí, según se aproximaban los últimos días del dictador, entraron en liza diferentes grupos de presión: los irreductibles del 18 de julio, los monárquicos, los conservadores pragmáticos, los socialistas pragmáticos, los republicanistas, los irreductibles de la revolución de octubre...
Los protagonistas de la Transición no fueron los padres fundadores de la democracia en los Estados Unidos, pero consiguieron construir el mejor edificio constitucional de cuantos fueron levantados por próceres españoles en los últimos doscientos años. Su principal mérito fue haber absorbido las lecciones que imparten los fracasados intentos anteriores de crear una concordia. Solo con eso bastaba y sobraba. La Constitución de 1978 merece respeto, y su arquitectura solo la cuestiona el pensamiento desordenado.
El autor sigue la versión «clásica» de Juan Carlos I como impulsor del cambio. No se habría conformado con los apoyos heredados del régimen para alcanzar la jefatura del Estado, sino que buscó de forma proactiva a la oposición para convencerles de su objetivo rupturista.
Ahora bien, como contrapeso a ese Zeitgeist del gran acuerdo, expone que los detalles, la «letra pequeña», se dejaron muy descuidados. No se terminaron de desarrollar mecanismos institucionales que aseguraran la independencia del sistema frente al partidismo y la corrupción. Así, poco a poco, el «corazón de la manzana» se fue pudriendo.
Hasta llegar a donde hoy nos hallamos: odios, desafecciones, «rojos», «fachas»... ¿De vuelta a la casilla de salida?
Hay que leerlo. Y más importante aún: reaccionar antes de que sea tarde.
¡Viva la Constitución Española!