Señoras y señores, comprueben que los cinturones están abrochados, pongan el respaldo de sus asientos en posición vertical, bla, bla, bla...
¡Menuda tormenta sobre Delhi! ¡Vaya fogonazos! El avión se aproxima a tierra, así que cierro el libro que voy leyendo.
De repente, el piloto mete gas a fondo. Las turbinas responden como tigres de Bengala. Golpeado por un puño invisible, me hundo en la butaca.
Rumores de inquietud. La voz del comandante comunica que, debido a los vientos cruzados, daremos unas cuantas vueltas más; aprovecho y abro otra vez el libro.
Flaps en posición, superficie alar extendida, tren de aterrizaje fuera... Segundo intento, cierro el libro.
Me dispongo a quitarle el envoltorio a un caramelo cuando el libro, que reposa sobre mis rodillas, cobra vida y aparece a la altura de mis ojos.
Durante varios segundos, el tomo (trescientas y pico páginas, tapa dura con sobrecubierta) flota cual ave del paraíso.
¿Y por qué esa sensación de que mi cuerpo también pelea por escapar del asiento en dirección al techo? ¿Y el sabor a higadillos que inunda mi paladar?
El coro de chillidos alrededor, un si bemol agudo de cien gargantas al unísono, le añade curry al asunto. Apenas un semitono antes del do de pecho.
Cuando la gravedad deja de divertirse, la voz vuelve a surgir de los altavoces. Muy entrecortada. Nerviosa. Dice algo de falta de sustentación y descenso súbito: mejor nos desviamos a otro aeropuerto hasta que la naturaleza atempere su malhumor.
¿Qué puedo hacer mientras tanto? ¿Seguir con el famoso libro?
Mejor no. Decido echarle una mano al piloto para tener la oportunidad de contarlo hoy en el blog.
Empiezo a cantar: hare Krishna, hare Krishna, hare Krishna, hare, hare...
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2 comentarios:
me pasa a mi y me da algo!!!!
Par quitar tensión, se suelen contar chistes. ¿Te contaron alguno?
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