miércoles, 29 de julio de 2009

El aciago demiurgo

El aciago demiurgo, de Emil Cioran, es un libro capaz de dejar marca. Un libro que conviene retomar en diferentes etapas de nuestro camino, buscar fragmentos anteriormente subrayados y volver a contemplarlos después de los años, de manera que el bagaje de las pequeñas y grandes cosas vividas nos haya preparado para afrontar el pesimismo existencial de su autor.
Con excepción de algunos casos aberrantes, el hombre no se inclina hacia el bien: ¿qué dios le impulsaría a ello? Debe vencerse, hacerse violencia, para poder ejecutar el menor acto no manchado de mal. Cada vez que lo logra, provoca y humilla a su creador. Y si le acaece el ser bueno no por esfuerzo o cálculo, sino por naturaleza, lo debe a una inadvertencia de lo alto: se sitúa fuera del orden universal, no está previsto en ningún plan divino. No hay modo de ver qué lugar ocupa entre los seres, ni siquiera si es uno de ellos. ¿Será acaso un fantasma?

Se estructura esta obra en seis capítulos. El primero, que da nombre al conjunto, es un ensayo acerca del pretendido creador del mundo. En caso de tratarse de un ente divino, no podría ser bondadoso. Más bien hablaríamos de un demiurgo malvado, aciago, cuyas pulsaciones aún subyacen en sus criaturas.

A continuación, Los nuevos dioses reflexiona sobre la expansión del cristianismo y el inevitable eclipse de los dioses griegos y romanos.

Paleontología, la tercera parte, es difícil de explicar. Está construida a partir de los huesos, del esqueleto en contraposición a la carne, como metáfora de la desnudez última de cada ser.

Más tarde, en Encuentros con el suicidio, se dedica Cioran a monologar sobre esta idea, una constante en su pensamiento filosófico.

El no liberado es otro apartado complejo. Toca ideas variadas, incluso sin relación aparente, más allá de su génesis en el interior de un espíritu atormentado.

Y finalmente, un conjunto de aforismos, Pensamientos estrangulados, ácidos, provocadores, brillantes,... tristes.
Esos momentos en que se desea estar absolutamente solo porque se está seguro de que, cara a cara con uno mismo, se será capaz de encontrar verdades raras, únicas, inauditas; después la decepción y pronto la amargura, cuando se descubre que de esa soledad finalmente alcanzada nada sale, nada podía salir.
El aciago demiurgo puede provocar fascinación. Si contuviera un atisbo de la verdad, si estuviéramos de alguna manera predestinados a cometer nuestros actos, si lo que creemos libre albedrío se encontrara realmente tan limitado, y si a pesar de su escasez hiciéramos uso sistemático de él para la destrucción, entonces, ¿cuál sería nuestra sustancia, nuestro papel en el orden del universo? ¿El de marionetas? ¿Esclavos? ¿Virus?
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1 comentario:

La Dame Masquée dijo...

Todo en su justa medida. Sí que tenemos capacidad de decision, de cambiar el rumbo de las cosas. Y sin embargo, cada uno somos de una determinada manera, lo cual limita las posibilidades de respuesta. En definitiva, que no se pueden pedir peras al olmo.
Para colmo el mal, desde luego, existe, igual que el bien. Cada cosa necesita su contrario. Un mundo angelico y totalmente previsible no tendria el menor sentido. Todo es cuestion de en que proporciones se encuentre cada cosa, y en que circunstancias. Rodee usted al individuo en cuestion de otros semejantes, y se potenciara elmal. Porque fijese en lo poco que les gusta actuar solos.
Dele unos padres que opinen que lo que ha hecho su hijo tampoco es para tanto y voila.
A los restantes, examineles usted la cabeza, que algun problema adicional saldra.

Bisous, monsieur