domingo, 23 de noviembre de 2008

A la sombra de los bárbaros

Este lo leí por primera vez hace ya tiempo: A la sombra de los bárbaros, del bonaerense Eduardo Goligorsky.
Es lamentable que nada podamos hacer para impedir que el extranjero continúe siendo un escaparate de deslumbramiento materialista. A pesar de que está terminantemente prohibido introducir en el país propaganda corruptora, existe una verdadera red secreta que hace circular fotos de las nuevas Babilonias centelleantes de neón donde se yerguen gigantescos emporios de placer carnal; literatura salaz y subversiva; y discos con canciones deshonestas. Y los apóstoles del epicureísmo realizan su prédica disolvente entre la juventud comparando estos mensajes de oprobio con el espectáculo de nuestras ciudades, donde los edificios se agrietan y desmoronan por falta de medios técnicos para repararlos y renovarlos, donde las calles se cubren de barro a medida que se resquebraja el asfalto, donde el cierre progresivo de las plantas de electricidad obliga a recurrir a la iluminación pública con lámparas de querosene, y donde la cultura no asume estridencias demenciales porque se conforma con cumplir una cauta función moralizadora. Claro que movidos por ignominiosos propósitos callan que éste es el precio que estamos pagando porque hemos decidido aislarnos de una civilización libertina para salvaguardar nuestro patrimonio espiritual, y que si no tenemos naves espaciales para explorar, como otros países, lejanos planetas donde al fin y al cabo hasta ahora sólo se han encontrado pueblos tan depravados como los que nos rodean, nuestras almas se han proyectado en cambio hacia el cielo de su propia salvación eterna.

Se trata de relatos con un denominador común: se desarrollan en un país del futuro donde el gobierno impone a sus habitantes un férreo aislamiento de todo tipo de influencia exterior. Las fronteras están selladas. El objetivo es mantener unos "sólidos principios morales" en la sociedad.

Las medidas incluyen la separación de sexos hasta los veintitrés años, así como la prohibición del cine, el teatro, la música, los libros, el arte y distracciones similares, que en definitiva sólo sirven a los jóvenes para desahogar sus instintos libidinosos.

Y aunque algunas de las historias pudieran parecer un poco ingenuas en su argumento y desenlace, tienen por detrás mucho sobre lo que reflexionar. Porque, ¿no hay quienes han soñado o aún sueñan, en el mundo en el que vivimos, con perseguir y aplastar "ideas peligrosas"?
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