sábado, 20 de febrero de 2010

El buen alcalde

El libro al que hacemos hoy los honores es El buen alcalde, de Andrew Nicoll.
–Permítame que la invite a comer –dijo y, por alguna razón, sólo Dios sabe por qué, se vio impelido a inclinarse, a hacerle una reverencia como si fuera un húsar de una opereta vienesa.

«Ésta no es manera de pedirle una cita a una mujer –pensó Tibo–, no a una mujer casada, ¡y mucho menos a una mujer casada que trabaja para ti! Por todos los diablos, Krovic, ¿dónde tienes la cabeza?»

El enorme corazón del buen alcalde Krovic se encogió al darse cuenta del error que había cometido. Agathe lo rechazaría, se burlaría de él, lo desdeñaría en medio de la plaza Municipal, lo señalaría con el dedo para que sus conciudadanos se rieran de él… y sería el fin: tendría que dimitir. Lo acosarían hasta echarlo de su ciudad. Su vida al servicio de los demás acabaría con una deshonra cuando ella lo acusara de pervertido y mujeriego. Pero no lo hizo. No lo hizo. La señora Agathe Stopak volvió la vista hacia él, entrecerrando los ojos para protegerse del sol, soltó una risita de adolescente y contestó:

–Me sentiría muy honrada.

En la pequeña ciudad de Dot, perdida en algún lugar de largos inviernos, hace años que Tibo Krovic es la primera autoridad municipal. Todos le conocen por su sobrenombre: el buen alcalde Krovic, ya que persona más amable no hay en el país. Cualquiera puede pararle en la calle y conversar con él, sabedor de que sus demandas serán atendidas. Así, bajo el reloj de la catedral que da perezosamente las horas, la vida transcurre plácida para los dotianos.

Bueno, no tan plácida. Hektor, un artista bohemio y macarra, es asiduo visitante de los juzgados, donde le defiende el obeso abogado Yemko Guillaume. Y su primo Stopak pasa más tiempo en la taberna de Las Tres Coronas que en su trabajo como empapelador. De manera que la señora Stopak, Agathe, se siente dejada de lado por mucho que se compre lencería fina o cocine sugerentes platos. Una pasada tragedia ensombrece el matrimonio.

¿Y el propio alcalde? También sufre un problemilla propio: está secreta y perdidamente enamorado de Agathe, que trabaja con él como secretaria en el ayuntamiento. Ah, no nos olvidemos de otro personaje importante: la anciana Mamma Cesare, dueña del café El Ángel Dorado y descendiente, según se ufana, de un largo linaje de hechiceras. Ni de una troupe de fantasmas circenses que tendrá su principal papel en el desenlace. Ni tampoco de Santa Walpurnia, la patrona de Dot, una virgen barbuda que resulta ser la narradora de la historia.

Resulta paradójico que el pilar de la novela, el intento de transmitir vibraciones positivas, se convierta al mismo tiempo en su punto más débil, a mi modo de ver. La razón es el moroso ritmo en espiral elegido por Nicoll para que el lector se sienta cómplice de los dos protagonistas.

Así, vamos por la página 123 cuando Tibo se arma de valor para invitar a comer a Agathe. En la 171 se encuentran un sábado "por casualidad". Por la 200 o así, ya tenemos claro que también ella se ha enamorado, pero ninguno se decide a dar el primer paso. Al llegar a la 216, Agathe muestra su malhumor por que el alcalde aún no la haya desnudado con frenesí. Entonces entra otra vez en escena Hektor y todo cambia de rumbo. Vaya, empiezan a pasar cosas. Sólo que estamos a mitad del relato.

Otro posible aspecto a discutir sería que ese nuevo rumbo deriva en una extraña mezcla de géneros, coronada por un pasmoso final. Pero pelillos a la mar: seamos indulgentes con las inconsistencias y dejémosla como una obra de tono agradable, con buenas intenciones, que se deja recorrer sin problemas.

Hala, a sufrir con esos corazones rotos, yo me voy de cervezas al equivalente a Las Tres Coronas de mi barrio.
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5 comentarios:

Luis dijo...

Tomada nota de la recomendación. A cambio te recomiendo "La decisión de Spphie" de William Styron.
A mi me ha gustado. Saludos

Lua dijo...

Otro Darth Vader amigo mío solía despedirse del chat, diciéndome: portáte mal.
Calculo que en el fondo sigo siendo una buena alcalde, nada más, no he podido cumplir con la directiva tampoco.
Saludo.

alex dijo...

tiene buena pinta el libro. A mi me pasa lo mismo, que soy demasiado bueno y así no vamos a ningún lado, pero oye, que no me sale eso de ser malote, que no soy capaz.

Un beso cielo

Anónimo dijo...

Gracias por sus amables palabras y su respuesta considerada


Andrew Nicoll

asnicoll () yahoo.co.uk

PABLO FRANKO dijo...

Ja! Cuántas veces he sido este buen alcalde!!! Me ha hecho recordar un par de episodios, claro que en la vida real, las páginas son años... Ufff. Un placer como siempre leerlo de pe a pa. Un abrazo