lunes, 7 de marzo de 2016

La prohibición de amar

−Oye, tengo entradas para la ópera, ¿te apuntas?
−¿Qué echan?
La prohibición de amar.

Primicia total. Pues sí, si se prohibe amar yo me apunto. Ya está bien de tanto cachondeo y tanto gorgorito. Que si a la soprano le pone el tenor, que si al tenor le da un subidón de hormonas, que si la contralto se muerde los puños, que si el barítono se queda a dos velas... Hombre, eso es lo de siempre. Espero que por fin nos dediquemos a temas con sustancia: algún tribuno, algún dragón, algún grial escondido... Hablamos de Wagner, ¿no?





Bueno, ya la he visto. A ver si la he entendido bien.

Estamos en Palermo: neones a tutiplén, night clubs, casinos... A Claudio le gusta la juerga. Friedrich opina, por el contrario, que más cilicio y menos ayuntamiento. Isabella es una monja. Luzio piensa que madre mía, qué bueno está el clero. Dorella anda detrás de Luzio. Los demás quieren apuntarse al carnaval. No, Brighella el guardia no, espera.

El rey se ha ido de viaje, así que Friedrich se queda de gobernador y de juez. Y decreta que el alcohol y los cariñitos se han acabado en la ciudad. Principalmente, los cariñitos. Sopas de ajo, rigor y abstinencia para todo el mundo.

Así, así. Qué bien me cae este tipo.

El guardia se lleva a toda la panda de pervertidos al trullo. Friedrich les quiere meter un puro, pero el amigo Luzio va corriendo al convento a buscar a Isabella, que es la hermana de Claudio, por si ella puede convencer al gobernador de que eso del amor, tomándolo en sentido abstracto, no está tan mal. Y resulta que en el convento vive también Mariana, la mujer de Friedrich, desde que él la abandonó para dedicarse a la política.

Lo que viene ahora, lo que viene ahora... Al gobernador lo del sentido abstracto no le pasa por la cabeza cuando ve a la monja, más bien se pone como un mandril. Manda sus propias leyes a freír espárragos y le dice que si wanga wanga, libera al hermano. Pero no te fíes, nooooo.

Isabella le explica el trato a Claudio. El tenor le contesta que ya está tardando (y eso que no sabe, como nosotros, que el gobernador es muy cuco y se lo piensa cepillar de todas maneras, después del otro cepillado). Isabella se mosquea y le quiere hacer sufrir un poquito, que no adivine su plan. Porque se le está ocurriendo un plan que... Je, je, je.

Sale el coro, otra vez con lo del carnaval. Hay disfraces. La mujer del juez se da el cambiazo con la monja. Mientras tanto, a Brighella lo que le mola es travestirse con pelucón rubio y que Dorella le dé azotillos... Nada, algunos enredos muy resumidos.

Al final tenemos a Claudio en la calle, Isabella se enrolla con Luzio (y parecía tonto), Dorella se olvida de él y se va con el guardia, a Friedrich le echan del gobierno por acostarse con su mujer... Y regresa el rey de Sicilia en un avión de la Bundesrepublik y resulta que es la Merkel, con unos cuantos maletines repartiendo euros como caramelos, para que la gente se lo pase bien.

Mmmmm, ya estamos otra vez con el cachondeo.

¿Y la música? Ah, agradable. Con chispeantes panderetas y todo en la obertura. Suena como Donizetti.

Vale, Richard, por ser tú, cuando seas mayor puedes hacer lo que quieras. Creo que la próxima es Parsifal...
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