lunes, 11 de julio de 2011

El corazón de las tinieblas

¿Así que estás casualmente por el delta del Mekong y quieres dejarte caer por determinado punto más allá de, digamos, Chau Doc? Eso es cruzar la frontera vietnamita con Camboya, muchacho, mucho cine has visto tú. Pero bueno, como quieras, súbete a la lancha.

¿Vas buscando a alguien? ¿Al coronel Kurtz, quizás? Ya sabrás que está inspirado en un personaje de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. La has leído, ¿verdad?
Nada parecido al cambio que sobrevino sobre sus rasgos había visto hasta entonces y espero no volver a ver algo así jamás. Oh, pero no me conmovió, me fascinó. Fue como rasgar un velo. Vi en aquel rostro de marfil una expresión de sombrío orgullo, de poder despiadado, de vehemente terror, de una intensa y vencida desesperación. ¿Volvería a revivir en aquel momento de supremo conocimiento toda su vida, cada detalle de sus deseos, de sus tentaciones, de su claudicación? Gritó en un susurro, ante alguna imagen, ante alguna visión. Gritó dos veces, en un grito que no fue más que un hilo de voz:
–¡El horror! ¡El horror!

Charlie Marlow rememora cuando, años atrás, pilotó un bote de vapor en las aguas del Congo. Su misión era remontar el río para encontrar al señor Kurtz, tratante de marfil. Las imágenes acuden vívidas a su mente, como si de nuevo se encontrara allí.

Kurtz... Personaje misterioso y admirado, nadie había conseguido antes unos resultados comerciales tan espectaculares. Y tampoco pregunta nadie de qué manera lo hace.

Una selva profunda y brutal se abre a proa y se cierra de nuevo nada más pasar. Van quedando atrás las factorías en las riberas, habitadas por colonos que deben enseñar a las hordas de nativos a abolir sus bárbaras costumbres.

Colonos que, según avanzan hacia el interior, muestran cada vez más signos de agotamiento. Físico y sobre todo... moral.

Y el nombre de Kurtz sigue creciendo, inmenso, como el de un dios esperándoles en su destino. Hasta que, una vez alcanzado, lo que encuentran allí es...
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1 comentario:

Miguel Baquero dijo...

¡El horror! ¡El horror!