viernes, 26 de febrero de 2010

Telegramas cruzados

–Una canción jamás escrita rodea invisible tu cintura. STOP

–Vuelva a enviar. Texto ilegible. STOP




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sábado, 20 de febrero de 2010

El buen alcalde

El libro al que hacemos hoy los honores es El buen alcalde, de Andrew Nicoll.
–Permítame que la invite a comer –dijo y, por alguna razón, sólo Dios sabe por qué, se vio impelido a inclinarse, a hacerle una reverencia como si fuera un húsar de una opereta vienesa.

«Ésta no es manera de pedirle una cita a una mujer –pensó Tibo–, no a una mujer casada, ¡y mucho menos a una mujer casada que trabaja para ti! Por todos los diablos, Krovic, ¿dónde tienes la cabeza?»

El enorme corazón del buen alcalde Krovic se encogió al darse cuenta del error que había cometido. Agathe lo rechazaría, se burlaría de él, lo desdeñaría en medio de la plaza Municipal, lo señalaría con el dedo para que sus conciudadanos se rieran de él… y sería el fin: tendría que dimitir. Lo acosarían hasta echarlo de su ciudad. Su vida al servicio de los demás acabaría con una deshonra cuando ella lo acusara de pervertido y mujeriego. Pero no lo hizo. No lo hizo. La señora Agathe Stopak volvió la vista hacia él, entrecerrando los ojos para protegerse del sol, soltó una risita de adolescente y contestó:

–Me sentiría muy honrada.

En la pequeña ciudad de Dot, perdida en algún lugar de largos inviernos, hace años que Tibo Krovic es la primera autoridad municipal. Todos le conocen por su sobrenombre: el buen alcalde Krovic, ya que persona más amable no hay en el país. Cualquiera puede pararle en la calle y conversar con él, sabedor de que sus demandas serán atendidas. Así, bajo el reloj de la catedral que da perezosamente las horas, la vida transcurre plácida para los dotianos.

Bueno, no tan plácida. Hektor, un artista bohemio y macarra, es asiduo visitante de los juzgados, donde le defiende el obeso abogado Yemko Guillaume. Y su primo Stopak pasa más tiempo en la taberna de Las Tres Coronas que en su trabajo como empapelador. De manera que la señora Stopak, Agathe, se siente dejada de lado por mucho que se compre lencería fina o cocine sugerentes platos. Una pasada tragedia ensombrece el matrimonio.

¿Y el propio alcalde? También sufre un problemilla propio: está secreta y perdidamente enamorado de Agathe, que trabaja con él como secretaria en el ayuntamiento. Ah, no nos olvidemos de otro personaje importante: la anciana Mamma Cesare, dueña del café El Ángel Dorado y descendiente, según se ufana, de un largo linaje de hechiceras. Ni de una troupe de fantasmas circenses que tendrá su principal papel en el desenlace. Ni tampoco de Santa Walpurnia, la patrona de Dot, una virgen barbuda que resulta ser la narradora de la historia.

Resulta paradójico que el pilar de la novela, el intento de transmitir vibraciones positivas, se convierta al mismo tiempo en su punto más débil, a mi modo de ver. La razón es el moroso ritmo en espiral elegido por Nicoll para que el lector se sienta cómplice de los dos protagonistas.

Así, vamos por la página 123 cuando Tibo se arma de valor para invitar a comer a Agathe. En la 171 se encuentran un sábado "por casualidad". Por la 200 o así, ya tenemos claro que también ella se ha enamorado, pero ninguno se decide a dar el primer paso. Al llegar a la 216, Agathe muestra su malhumor por que el alcalde aún no la haya desnudado con frenesí. Entonces entra otra vez en escena Hektor y todo cambia de rumbo. Vaya, empiezan a pasar cosas. Sólo que estamos a mitad del relato.

Otro posible aspecto a discutir sería que ese nuevo rumbo deriva en una extraña mezcla de géneros, coronada por un pasmoso final. Pero pelillos a la mar: seamos indulgentes con las inconsistencias y dejémosla como una obra de tono agradable, con buenas intenciones, que se deja recorrer sin problemas.

Hala, a sufrir con esos corazones rotos, yo me voy de cervezas al equivalente a Las Tres Coronas de mi barrio.
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miércoles, 17 de febrero de 2010

Dulcinea

Un miserable y vil felón, bellaco, rufián, fementido, carne de galera, descendiente directo de Ginés de Pasamonte, se atreve, ¡se atreve! a decir que Dulcinea es un ser humano de carne y hueso, no la más maravillosa princesa jamás soñada, y que se llama Aldonza. ¡Y me lo suelta a mí, en mis propias barbas! Malhaya esas palabras, que yo haré prontamente que se trague. Más le valdrá correr presto, porque a mandoble limpio he de verle arrastrarse por el suelo, humillándose ante la más fermosa figura, ante la más alta dama de todas las ínsulas y reinos que en el mundo han sido y serán. Pondrá su lindo pie sobre su cabeza y le suplicará le conceda el gran honor de ser su siervo, voto a tal. Voy a buscar mi adarga, que no sé dónde la he dejado...
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miércoles, 10 de febrero de 2010

Cuentos de los vikingos

Noche del sábado, de vuelta a casa. Llegué a tiempo de tomar uno de los últimos metros, me senté cómodamente, encendí el reproductor portátil de música, me puse los auriculares y saqué un libro del bolsillo del chaquetón: Cuentos de los vikingos. En suma, las circunstancias perfectas para el camino.


Enfrascado en las andanzas de unos alegres muchachuelos que hendían cascos y cotas de malla con la facilidad que suelen proporcionar las espadas mágicas forjadas por enanos de la montaña en la sangre de un dragón, apenas me fijé en unas alegres muchachuelas que subieron en la siguiente parada. Eran cuatro, dos se sentaron enfrente y otras dos a mi vera.

Leyendo, leyendo, leyendo... Sigo leyendo... Empiezo a tener alguna que otra dificultad... Se hace una tarea complicada, ardua, imposible...

Hasta que tuve que parar. La razón, una cabeza llena de pelo que se interpuso en mi línea visual. No es que se acercara con disimulo, no, es que se inclinó hasta colocarse entre el libro y yo. Deduje de ello dos cosas: la primera, que su dueña se interesaba por las sagas medievales. La segunda, que no llevaba puestas las gafas.

Bueno, también deduje que el contenido del vaso que llevaba en la mano, de color naranja, no necesariamente era cien por cien zumo.

Por supuesto, para facilitarle entrar en el contexto de la lectura le mostré la portada. Incluso me despojé del auricular derecho, con lo que pude escuchar su comentario: «Aaaaah, sí, me gustan mucho los vikingos». Después les dijo algo que no distinguí con claridad a sus acompañantes, las cuales estiraron los gráciles cuellos y asintieron.

De manera que, sosteniendo el volumen en un ángulo tal que nos permitiera a ambos el disfrute de su contenido, proseguimos viaje. El único problema residía en la velocidad para pasar páginas, ya que en alguna ocasión me pidió volver atrás. Por ejemplo, cuando Gunhilda, la hija del rey, le prometía a su amado que aunque perdiese la vida en el duelo que se avecinaba no pensaba casarse de ninguna de las maneras con su rival, un berserk apto sólo para la bulla y la rapiña.

Finalmente, el convoy entró en la estación donde nuestros caminos se bifurcaban. Conmovido, le regalé el libro a la joven y me apeé.

Quizá debiera haber besado su mano...
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domingo, 7 de febrero de 2010

Era un frío amanecer

Era un frío amanecer.

Encendimos el fuego. La inmensa tela comenzó a hincharse, lentamente, hasta que sólo las amarras fijadas al suelo pudieron retenerla. Trepé hasta la barquilla. Alguien dio una orden, se soltaron los cabos y zarpamos.

El valle quedó a nuestros pies. Ascendimos más y más, alados, navegando en busca de los vientos que habían de determinar el rumbo. A no mucha distancia iban levando anclas otras velas multicolores.

Mis ojos querían abarcar el horizonte, mis manos tocarlo. Pronto aprendí a escuchar los sonidos que me rodeaban, los que siempre están ahí, incluso cuando apenas se muestran como un latido. La llama que portábamos a bordo se confundía con mi propia respiración.

Todo viaje tiene un final. También cuando desconocemos el destino, cuando cada segundo es un minuto, cada minuto una hora, cada hora un día, cada día un año, cada año una vida. Noté una sacudida, puse pie a tierra, volví a casa.

Y la vida continuó.



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lunes, 1 de febrero de 2010

Las estrellas, mi destino

En Tigre, tigre, de Alfred Bester (también editada con el título de Las estrellas, mi destino), nos encontramos en el siglo XXV y la historia ha cambiado muchísimo desde que un tal Jaunte descubrió accidentalmente nuestra capacidad para teleportarnos con el poder de la mente. Cierto que existen limitaciones, pues hasta el momento sólo es posible trasladarse a sitios que uno ya conozca y no más lejos de mil quinientos kilómetros. Pero quizá esa condición acabe superándose, para bien de la exploración del universo. Y de las oportunidades mercantiles, por supuesto. Porque el interés de las multinacionales por aumentar su cuota de mercado puede llevar hasta la guerra entre planetas.
Hasta que amaneció la Edad de Jaunte, los tres Planetas Interiores (y la Luna) habían vivido en un delicado balance económico con los siete Satélites Exteriores habitados: Io, Europa, Ganímedes y Calisto, de Júpiter; Rea y Titán, de Saturno, y Lassell de Neptuno. Los Satélites Exteriores Unidos suministraban materias primas a las fábricas de los Planetas Interiores, y un mercado para sus productos manufacturados. En el espacio de una década, este balance fue destruido por el jaunteo.

Dentro de ese contexto, el protagonista, el mecánico de tercera Gully Foyle, no logra aclararse ni siquiera quién es él mismo. Debido a la amnesia, las únicas imágenes del pasado que acuden a su mente corresponden a la nave en que viajaba, que resultó destruida, y a otra nave que, en lugar de rescatarle, le abandonó a su suerte en medio del vacío.

De forma inverosímil, pudo salvarse, aunque fuerzas poderosas le persiguen desde entonces y no entiende la razón. Por ello ha de camuflar su personalidad y, sobre todo, no dejar traslucir emociones que le hagan enrojecer o encolerizarse. Pues cuando la sangre acude a su rostro... algo pasa, vamos.

Fantasía interestelar con elementos detectivescos, un clásico del género apto para el niño y la niña. Esta es la recomendación de hoy.

Hasta la próxima.
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