viernes, 26 de febrero de 2010

Telegramas cruzados.

–Una canción jamás escrita rodea invisible tu cintura. STOP
–Vuelva a enviar. Texto ilegible. STOP



martes, 23 de febrero de 2010

A veces, cuando ocurren cosas inesperadas…


A veces, cuando ocurren cosas inesperadas, nos hacemos más sabios. Por ejemplo, si alguien a quien en cierto momento habíamos podido considerar amigo nos muestra de repente otra cara: la del egoísmo, la hipocresía, la perfidia. Yo gano, tú pierdes, es la satisfacción que algunas personas encuentran al llegar el final del día. ¿Es la nueva cara entonces la verdadera? ¿No nos engañan nuestros oídos, no están nuestros ojos bajo el efecto de una ilusión? ¿Estamos viviendo realmente este momento? Era imposible, pero… ya no lo es. Sí, somos más sabios. Por lo tanto, nos tragamos la decepción, ahogamos la ira que sentimos contra nosotros mismos, contra nuestra estupidez, y asumimos las consecuencias que va a traer nuestro error. Y sobre todo, por encima de todo, a pesar de todo, nos hacemos el firme propósito de que jamás renunciaremos a la belleza de la vida, de que nunca dejaremos de creer en la honestidad, la confianza, las buenas intenciones, incluso el sacrificio: no dejaremos de creer en la amistad. Resuenan innobles carcajadas en la distancia, pero nosotros, detrás de la ventana, dormimos bien.

sábado, 20 de febrero de 2010

El buen alcalde.

El libro al que hacemos hoy los honores es El buen alcalde, del escocés Andrew Nicoll.

–Permítame que la invite a comer –dijo y, por alguna razón, sólo Dios sabe por qué, se vio impelido a inclinarse, a hacerle una reverencia como si fuera un húsar de una opereta vienesa.

«Ésta no es manera de pedirle una cita a una mujer –pensó Tibo–, no a una mujer casada, ¡y mucho menos a una mujer casada que trabaja para ti! Por todos los diablos, Krovic, ¿dónde tienes la cabeza?»

El enorme corazón del buen alcalde Krovic se encogió al darse cuenta del error que había cometido. Agathe lo rechazaría, se burlaría de él, lo desdeñaría en medio de la plaza Municipal, lo señalaría con el dedo para que sus conciudadanos se rieran de él… y sería el fin: tendría que dimitir. Lo acosarían hasta echarlo de su ciudad. Su vida al servicio de los demás acabaría con una deshonra cuando ella lo acusara de pervertido y mujeriego. Pero no lo hizo. No lo hizo. La señora Agathe Stopak volvió la vista hacia él, entrecerrando los ojos para protegerse del sol, soltó una risita de adolescente y contestó:

–Me sentiría muy honrada.

En la pequeña ciudad de Dot, perdida en algún lugar de largos inviernos, hace años que Tibo Krovic es la primera autoridad municipal. Todos le conocen por su sobrenombre: el buen alcalde Krovic, ya que persona más amable, educada y de plena dedicación al bien público no hay en el país. Cualquiera que desee plantearle una necesidad puede pararle en la calle y conversar con él, sabedor de que será atendido. Y así, bajo el reloj de la catedral que da perezosamente las horas, la vida transcurre igual de plácida para los dotianos.


Bueno, no tan plácida. También hay elementos de trato menos recomendable, como Hektor, un artista bohemio y macarra, asiduo visitante de los juzgados, donde le defiende el obeso abogado Yemko Guillaume. Su primo Stopak, por otra parte, pasa más tiempo en la taberna de Las Tres Coronas que en su trabajo como empapelador. Y la señora Stopak, Agathe, se ve completamente dejada de lado, ya que su marido no le hace caso por mucho que se compre lencería fina o cocine sugerentes platos en su honor. Una pasada tragedia ensombrece el matrimonio.

¿Y el alcalde? ¿Podría él hacer algo por esos infelices? Quizá, si no se encontrara con un problemilla propio: está secreta y perdidamente enamorado de Agathe, que trabaja con él como secretaria en el ayuntamiento. Verla cada día, saber que está al otro lado de la puerta, intercambiar unas palabras con ella aunque no pueda confesarle nada, es su único motivo para respirar. Ah, no nos olvidemos de otro personaje importante: la anciana Mamma Cesare, dueña del café El Ángel Dorado y descendiente, según se ufana, de un largo linaje de hechiceras. Ni de una troupe de fantasmas circenses que tendrá su principal papel en el desenlace. Ni tampoco de Santa Walpurnia, la patrona de Dot, una virgen barbuda que resulta ser la narradora de la historia. Sí que es un enredo, sí.

Resulta paradójico que el pilar de la novela, el intento de transmitir vibraciones positivas, se convierta al mismo tiempo en su punto más débil, a mi modo de ver. La razón es el moroso ritmo en espiral elegido por Nicoll para que el lector se sienta cómplice hasta la saciedad de los dos protagonistas. Así, vamos por la página 123 cuando Tibo se arma de valor para invitar a comer a Agathe, que ha sufrido un percance con la fiambrera de su almuerzo. Alcanzamos la página 147 y por primera vez ella le llama por su nombre. En la 171, se encuentran un sábado "por casualidad". En la 200 o así, ya tenemos claro que también ella se ha enamorado y ambos están llenos de fantasías, pero ninguno se decide a dar el primer paso. Al llegar a la 216, Agathe muestra un malhumor acusado, porque llevan más de dos meses comiendo juntos, diciéndose indirectas, haciendo manitas disimuladamente, y el alcalde aún no le ha dado una patada a la caballerosidad, la corrección, los suspiros, los sueños, los poemas, la ha desnudado con frenesí y... Es una mujer, caramba, no una delicada mariposilla de mírame y no me toques. ¿Cómo puede ser Tibo tan lelo? Entonces entra otra vez en escena Hektor, a quien en adelante podríamos llamar el macho, y todo toma otro rumbo. Vaya, empiezan a pasar cosas, ya era hora de que esto se moviera un poco. Sólo que estamos a mitad del relato...

Otro posible aspecto a discutir sería que ese nuevo rumbo deriva en una mezcla de géneros romántico-fantástico-realista un poco chirriante, con algún toque absurdo y coronada por un pasmoso final. Pero pelillos a la mar: seamos indulgentes con las inconsistencias y dejémosla como una obra de tono agradable, con buenas intenciones, que se deja recorrer sin problemas. Un cuento de amor mágico es su subtítulo, y aunque mis expectativas eran mayores que la impresión finalmente obtenida, no vamos por unas paparruchas a dejar de mencionarla en el blog. Hala, a sufrir con esos corazones rotos, yo me voy de cervezas al equivalente a Las Tres Coronas de mi barrio, a hacer maldades. ¿Dónde habré puesto mi chupa de cuero negro y mis gafas de aviador?

miércoles, 17 de febrero de 2010

Dulcinea.

Un miserable y vil felón, bellaco, rufián, fementido, carne de galera, descendiente directo de Ginés de Pasamonte, se atreve, ¡se atreve! a decir que Dulcinea es un ser humano de carne y hueso, no la más maravillosa princesa jamás soñada, y que se llama Aldonza. ¡Y me lo suelta a mí, en mis propias barbas! Malhaya esas palabras, que yo haré prontamente que se trague. Más le valdrá correr presto, porque a mandoble limpio he de verle arrastrarse por el suelo, humillándose ante la más fermosa figura, ante la más alta dama de todas las ínsulas y reinos que en el mundo han sido y serán. Pondrá su lindo pie sobre su cabeza y le suplicará le conceda el gran honor de ser su siervo, voto a tal. Voy a buscar mi adarga, que no sé dónde la he dejado...

lunes, 15 de febrero de 2010

Demasiado tarde.

Habitualmente no tenía demasiadas oportunidades de reflexionar sobre ello, con tanto que hacer. Los clientes entraban sin parar y él se sentaba tras la ventanilla para atenderles. Doce años, parecía mentira, pero ya llevaba doce años trabajando en el banco. Y no se quejaba, ni mucho menos, podía considerarse afortunado. Sin embargo, los fines de semana, mientras tocaba en los pubs con sus amigos, sentía que... "si no hago esto ahora, lo voy a lamentar el resto de mi vida."


En 1990, Ronan Hardiman dejó la seguridad que le ofrecía su empleo en el Banco de Irlanda, reencauzándose hacia el mundo de la música. Comenzó escribiendo sintonías para anuncios en la radio y la televisión. Siguieron un par de álbumes en estilo más o menos New Age. En 1996, el coreógrafo y bailarín Michael Flatley contactó con él para componer la banda sonora de Lord of the Dance, un espectáculo basado en la danza tradicional irlandesa. Enseguida se vendieron millón y medio de copias del disco.

Queremos estabilidad, equilibrio, conseguir un trabajo, una casa, una pareja... Todo lo que es bueno en la vida. Una vez alcanzado alguno o incluso todos los objetivos, anhelamos los complementos: un coche mejor, un televisor más grande, ropa más cara... Nuestros deseos siguen una secuencia, una línea lógica, no pueden detenerse, tenemos miedo al vacío. Y aun así, ese vacío a veces llega. Entonces, pensamos si en algún momento deberíamos haber dejado de lado todo lo conseguido hasta entonces y buscar... no sabemos qué. Y tampoco sabemos si es ya demasiado tarde.

viernes, 12 de febrero de 2010

Quinteto con clarinete.

En el último episodio de M.A.S.H., aquella serie de la tele, un médico de bostoniana cuna se cruzaba con un grupo de prisioneros en la guerra de Corea, "armados" con instrumentos tradicionales. Ellos se ofrecían a interpretar algo y él los rechazaba con desdeño, dándose la vuelta y deplorando que esos incultos seguramente nunca habrían oído hablar de Mozart. Entonces, empezaban a tocar...


La escena me vino de nuevo a la memoria cuando escuché la misma melodía del quinteto con clarinete a unos músicos callejeros. Hacía frío, la gente iba y venía con sus compras, sin prestar mucha atención. También recordé el final: todos decían que se iba a firmar la paz, pero un camión se llevaba a los prisioneros a un destino incierto. Y las lágrimas caían por las mejillas del antaño orgulloso médico, mientras los veía alejarse para siempre...

miércoles, 10 de febrero de 2010

Cuentos de los vikingos.

Volvía a casa de excelente humor la noche del sábado al domingo, después de una opípara cena. Llegué a tiempo de tomar uno de los últimos metros, me senté cómodamente, encendí el reproductor portátil de música, me puse los auriculares y saqué un libro del bolsillo del chaquetón. Cuentos de los vikingos, se titulaba. En suma, las circunstancias perfectas para recorrer unas cuantas estaciones hasta mi destino.


Enfrascado en las andanzas de unos alegres muchachuelos, que hendían cascos y cotas de malla con la facilidad que suelen proporcionar las espadas mágicas forjadas por enanos de la montaña en la sangre de un dragón, apenas me fijé en unas alegres muchachuelas que subieron en la siguiente parada. Eran cuatro, dos se sentaron enfrente y otras dos a mi vera.

Pues bien, iban ellas hablando y yo leyendo, cuando me vi de repente imposibilitado de continuar. La razón, una cabeza llena de pelo que se interpuso en mi línea visual. No es que se acercara con disimulo, no, es que se inclinó hasta colocarse casi en medio. Deduje de ello dos cosas: la primera, que la señorita a quien pertenecía se interesaba vivamente por las sagas medievales. La segunda, que no llevaba puestas las gafas, rasgo de coquetería que tiene resultados poco prácticos. Bueno, también deduje que el contenido del vaso que llevaba en la mano, de color naranja, no necesariamente era cien por cien zumo.

Obligado a levantar la mirada, puse instintivamente mi varonil torso a disposición de aquella beldad. Si quería apoyarse en él, no sería yo quien se lo censurase. También, para facilitarle entrar en contexto, le mostré la portada del libro. Incluso me despojé del auricular derecho, con lo que pude escuchar su comentario: "Aaaaah, sí, me gustan mucho los vikingos". Después les dijo algo que no distinguí a sus acompañantes, las cuales estiraron los gráciles cuellos, queriendo sin duda participar.

De manera que, sosteniendo el volumen en un ángulo tal que nos permitiera a ambos el gozoso disfrute de su contenido, proseguimos viaje. Alrededor de un par de minutos más tarde pasé la página, aunque a petición suya hube de volver gentilmente hacia atrás, puesto que no había aún alcanzado el último párrafo. Circunstancia por lo demás comprensible: Gunhilda, la hija del rey, estaba prometiéndole a su amado (no recuerdo el nombre) que, aunque perdiese la vida en el duelo que se avecinaba, no se casaría de ninguna de las maneras con su rival, el bruto de (no recuerdo el nombre), un berserk apto sólo para la bulla y la rapiña, y poco ducho en delicadezas. Y este tipo de situaciones literarias hay que paladearlas sin prisa...

Finalmente, el convoy entró en la estación donde nuestros caminos habían de separarse. Aquí es donde se halla el origen de la citada polémica, ya que, conmovido, le regalé el libro a la joven y me apeé. Quizá debiera haber besado su mano... En todo caso, no me será difícil encontrar otro ejemplar, así que lo consideré una buena acción. Dormí feliz.

domingo, 7 de febrero de 2010

Era un frío amanecer.



Era un frío amanecer. Encendieron el fuego. La inmensa tela comenzó a hincharse, lentamente, hasta que sólo las amarras fijadas al suelo pudieron retenerla. Trepé hasta la barquilla. Alguien dio una orden, se soltaron los cabos y el navío del aire zarpó.


El valle quedó a nuestros pies. Alados, ascendimos más y más, navegando en busca de los vientos que habían de determinar el rumbo a seguir. A no mucha distancia, iban levando anclas otras velas multicolores, desplegándose a su vez en vistosa sucesión.

Mis ojos querían abarcar el horizonte, mis manos tocarlo. Pronto aprendí a escuchar los sonidos que me rodeaban, los que siempre están ahí, incluso aquéllos que apenas se muestran como un latido. La suave voz de la llama que portábamos a bordo se confundía con mi propia respiración.

Todo viaje tiene un final. También cuando desconocemos el destino, cuando cada segundo es un minuto, cada minuto una hora, cada hora un día, cada día un año, cada año una vida. Noté una sacudida, puse pie a tierra, volví a casa. Y la vida continuó.

jueves, 4 de febrero de 2010

Damasco.

Propuse a mis ocasionales compañeros de viaje pasar el día al otro lado, fuera de planes. Ellos aceptaron. Se consumió bastante tiempo en los trámites de aduana, con sellos y más sellos en los pasaportes y gestiones ante los guardias cercanas a la genuflexión, por parte de nuestro esforzado guía jordano. Todo, para cruzar el puesto fronterizo con Siria, rumbo a la fabulosa Damasco.


En la milenaria ciudad nos esperaba otro guía local, convenientemente avisado; no querían dejarnos sueltos por ahí. Hablaba mejor que bien nuestro idioma, más que nada porque era... venezolano. Nos contó la historia de su vida: cansado de la violencia cotidiana en su tierra natal, donde llevar unas zapatillas deportivas de marca podía suponer un peligro mortal, según él, ante cualquiera que les echara encima un ojo envidioso, había decidido emigrar al país de sus antepasados drusos, con mucha más "ley y orden".

Bueno, es una excusa como cualquier otra. Original, eso sí, muy original. En su compañía, paseamos por las callejas, atravesamos el zoco, degustamos té con hierbabuena, visitamos la histórica gran mezquita de los Omeyas, entramos después en una moderna, tan diferente, llena de psicodélicos cristales de colores y luces de neón...

En el museo arqueológico vimos, dentro de una vitrina llena de polvo, la primera muestra de escritura conocida, sumeria. Nos mezclamos con los participantes en una boda, se nos acercaron multitudes de niños en uniforme similar a los boy scouts, pidiéndonos que les fotografiásemos... Y al final de la jornada nos volvimos a Jordania, observados con suspicacia por los soldados apostados en las garitas de la línea divisoria.

Ojalá la fortuna me permita volver algún día, con más tiempo: los caravasares de Alepo, las ruinas de Palmira en el desierto, el inexpugnable Krak de los Caballeros...

lunes, 1 de febrero de 2010

Las estrellas, mi destino.

De compras en el gran supermercado, arrastrando el carrito con las viandas de la semana, el radar me indica que esa figura que viene en mi dirección por el pasillo central podría pertenecer a la única persona en el mundo a quien no me apetece encontrarme. Bueno, de las dos, tres o cuatro a quienes no me apetece encontrarme. Houston, tenemos un problema.


¿Qué hacer? Moooooc, moooooc, emergencia, emergencia. Mi retaguardia se encuentra bloqueada por el carro nodriza de una señora, lleno hasta los topes con provisiones como para viajar a Júpiter, y escasa maniobrabilidad. A mi izquierda, los compradores de productos dietéticos forman una barrera de asteroides de difícil flanqueo. A mi derecha, unos cuantos metros más adelante, colarme por la vía láctea (es decir, por el pasillo de los cartones de leche) podría ser la solución. Pero, ¿seré capaz de recorrer esa distancia a tiempo? ¿Conseguiré evitar la colisión que se avecina?

De repente, sin saber muy bien cómo, me encuentro allí. Quizá haya logrado propulsarme por encima de ciertos valores considerados absolutos, como la velocidad de la luz, abriendo nuevos caminos para el progreso de la humanidad. Puede que incluso haya jaunteado. De todas maneras, no es momento para las especulaciones: me pongo de espaldas, encojo los hombros y contengo la respiración. Como nada ocurre en el siguiente medio minuto, dejo fluir nuevamente el oxígeno hacia mi sistema de soporte vital. El espaciotiempo me sonríe. Estoy salvado.

En Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester (también editada con el título de Tigre, tigre), nos encontramos en el siglo XXV, y la historia ha cambiado muchísimo desde que un tal Jaunte descubrió accidentalmente nuestra capacidad para teleportarnos con el poder de la mente, para jauntear. Cierto que existen limitaciones, pues hasta el momento sólo es posible trasladarse a sitios que uno ya conozca, cuyas coordenadas se encuentren grabadas en el cerebro, y no más lejos de mil quinientos kilómetros. Pero quizá esa condición acabe superándose, para bien de la exploración del universo. Y de las oportunidades mercantiles, por supuesto. Sobre todo, cuando el interés de las multinacionales por aumentar su cuota de mercado puede llevar hasta la guerra entre planetas.

Dentro de ese contexto, el protagonista, el mecánico de tercera Gully Foyle, no logra aclararse ni siquiera quién es él mismo. Debido a la amnesia, las únicas imágenes del pasado que acuden a su mente corresponden a la nave en que viajaba, que resultó destruida, y a otra nave que, en lugar de rescatarle, le abandonó a su suerte en medio del vacío, alimentando una tremenda ansia de venganza. De forma inverosímil, pudo salvarse, pero fuerzas poderosas le persiguen desde entonces, buscando hacerse con él a toda costa, y no entiende la razón. Ha de camuflar su personalidad y, sobre todo, no dejar traslucir emociones que le hagan enrojecer o encolerizarse, pues cuando la sangre acude a su rostro... algo pasa, vamos.

Fantasía interestelar con elementos detectivescos, un clásico del género apto para el niño y la niña. Ésta es la recomendación de hoy, hasta la próxima.