–Vuelva a enviar. Texto ilegible. STOP
Buena música, libros, cosas que me pasan, que recuerdo, que se me ocurren, ficciones, viajes, algunas fotos y qué sé yo cuántas cosas más...

–Permítame que la invite a comer –dijo y, por alguna razón, sólo Dios sabe por qué, se vio impelido a inclinarse, a hacerle una reverencia como si fuera un húsar de una opereta vienesa.
«Ésta no es manera de pedirle una cita a una mujer –pensó Tibo–, no a una mujer casada, ¡y mucho menos a una mujer casada que trabaja para ti! Por todos los diablos, Krovic, ¿dónde tienes la cabeza?»
El enorme corazón del buen alcalde Krovic se encogió al darse cuenta del error que había cometido. Agathe lo rechazaría, se burlaría de él, lo desdeñaría en medio de la plaza Municipal, lo señalaría con el dedo para que sus conciudadanos se rieran de él… y sería el fin: tendría que dimitir. Lo acosarían hasta echarlo de su ciudad. Su vida al servicio de los demás acabaría con una deshonra cuando ella lo acusara de pervertido y mujeriego. Pero no lo hizo. No lo hizo. La señora Agathe Stopak volvió la vista hacia él, entrecerrando los ojos para protegerse del sol, soltó una risita de adolescente y contestó:
–Me sentiría muy honrada.
Resulta paradójico que el pilar de la novela, el intento de transmitir vibraciones positivas, se convierta al mismo tiempo en su punto más débil, a mi modo de ver. La razón es el moroso ritmo en espiral elegido por Nicoll para que el lector se sienta cómplice hasta la saciedad de los dos protagonistas. Así, vamos por la página 123 cuando Tibo se arma de valor para invitar a comer a Agathe, que ha sufrido un percance con la fiambrera de su almuerzo. Alcanzamos la página 147 y por primera vez ella le llama por su nombre. En la 171, se encuentran un sábado "por casualidad". En la 200 o así, ya tenemos claro que también ella se ha enamorado y ambos están llenos de fantasías, pero ninguno se decide a dar el primer paso. Al llegar a la 216, Agathe muestra un malhumor acusado, porque llevan más de dos meses comiendo juntos, diciéndose indirectas, haciendo manitas disimuladamente, y el alcalde aún no le ha dado una patada a la caballerosidad, la corrección, los suspiros, los sueños, los poemas, la ha desnudado con frenesí y... Es una mujer, caramba, no una delicada mariposilla de mírame y no me toques. ¿Cómo puede ser Tibo tan lelo? Entonces entra otra vez en escena Hektor, a quien en adelante podríamos llamar el macho, y todo toma otro rumbo. Vaya, empiezan a pasar cosas, ya era hora de que esto se moviera un poco. Sólo que estamos a mitad del relato...
Queremos estabilidad, equilibrio, conseguir un trabajo, una casa, una pareja... Todo lo que es bueno en la vida. Una vez alcanzado alguno o incluso todos los objetivos, anhelamos los complementos: un coche mejor, un televisor más grande, ropa más cara... Nuestros deseos siguen una secuencia, una línea lógica, no pueden detenerse, tenemos miedo al vacío. Y aun así, ese vacío a veces llega. Entonces, pensamos si en algún momento deberíamos haber dejado de lado todo lo conseguido hasta entonces y buscar... no sabemos qué. Y tampoco sabemos si es ya demasiado tarde.
Pues bien, iban ellas hablando y yo leyendo, cuando me vi de repente imposibilitado de continuar. La razón, una cabeza llena de pelo que se interpuso en mi línea visual. No es que se acercara con disimulo, no, es que se inclinó hasta colocarse casi en medio. Deduje de ello dos cosas: la primera, que la señorita a quien pertenecía se interesaba vivamente por las sagas medievales. La segunda, que no llevaba puestas las gafas, rasgo de coquetería que tiene resultados poco prácticos. Bueno, también deduje que el contenido del vaso que llevaba en la mano, de color naranja, no necesariamente era cien por cien zumo.
En Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester (también editada con el título de Tigre, tigre), nos encontramos en el siglo XXV, y la historia ha cambiado muchísimo desde que un tal Jaunte descubrió accidentalmente nuestra capacidad para teleportarnos con el poder de la mente, para jauntear. Cierto que existen limitaciones, pues hasta el momento sólo es posible trasladarse a sitios que uno ya conozca, cuyas coordenadas se encuentren grabadas en el cerebro, y no más lejos de mil quinientos kilómetros. Pero quizá esa condición acabe superándose, para bien de la exploración del universo. Y de las oportunidades mercantiles, por supuesto. Sobre todo, cuando el interés de las multinacionales por aumentar su cuota de mercado puede llevar hasta la guerra entre planetas.