…y entonces ella…
Así terminaba la entrada anterior, hace ya más tiempo de lo debido. ¿Por qué escribí esos puntos suspensivos? ¿Habría continuación? ¿Eran quizás un anticipo de que la alemana de bien torneado tren inferior cambió de idea, salió corriendo tras de mí, me derribó en el andén mostrando un ardor lindante con el
furor teutonicus de los clásicos, y me declaró tierra conquistada?
Uh, pues no. No fue así. La continuación fue que ella comentó con su amiga:
–¿Ha dicho
Tschüss?
–Sí, eso ha dicho
–Ya me parecía.
Y tras cerrarse las puertas del vagón en mis narices, continué mohíno el camino a casa.
Pero dejé el final abierto porque puede que fuera precisamente entonces cuando una idea empezó a rondarme la mollera. ¿A que no se había creído lo de buscar consuelo a su desdén en las estepas del Asia Central, entre rocas, escorpiones y tal? Pensó que iba de farol, ¿no? Pues se iba a enterar.
–Hola, buenas. ¿Uzbekistán Airways?
Hace un par de semanas aterricé en Taskent, que es un sitio algo raro para aterrizar. El aeropuerto más tristón que he visto en mi vida. Y de ahí pasé a Jiva. Y de ahí a Bujara. Y luego al desierto estepario: arena, sol, arbustos, postes eléctricos perdiéndose en el horizonte junto al remedo de carretera… Qué paz.
Muchas horas de viaje después, cuando llegué a Samarcanda, había cumplido con creces la promesa: el cuerpo baldado y el espíritu místico. Ahora soy un hombre nuevo. Nunca más le prestaré atención a las insignificantes pasiones humanas, nada de lo que camina o va en metro volverá ya distraerme.
¿Qué podría contar sobre Uzbekistán? Que he visto maravillas… Empecemos por ejemplo con la mezquita de Bibi Khanum. Estos fueron los avatares de su construcción, tal como me los relataron los sabios en Samarcanda, la casi tres veces milenaria.
Andaba una vez el emperador Tamerlán trabajando en lo suyo fuera de casa: unos pillajes, unos saqueos, unos incendios, unas cabezas cortadas… La rutina.
Mientras tanto, a su mujer Bibi Khanum se le ocurrió prepararle una sorpresa para la vuelta. Pensó: «vamos a construirle una mezquita a lo grande. Pero grande, grande, la puerta la ponemos de treinta y tantos metros de alto. Que venga el arquitecto de la corte».
Y así empezaron los trabajos, a mayor gloria y prez del ladrillo.
Hasta que un día…
–Arquitecto, ¿esto va un poco lento, no? ¿Te falta argamasa, pintura, esclavos? ¿Qué necesitas?
–Besito.
–¿Eh?
–Besito, besito.
Ahí lo tenéis, el arquitecto había caído prendado de la sin par Bibi Khanum, y para concluir el encargo exigía darle un beso en la mejilla.
Mira que hay tíos lelos por el mundo. Pudiendo pedir amatistas, rubíes y topacios…
Claro, la emperatriz le contestó que como se enterase su marido del atrevimiento, le iba a hacer pupa.
Y el hombre, dale que te pego con su ósculo. No le importaban Tamerlán ni las generaciones venideras que nos íbamos a perder el monumento. O beso o paraba la obra.
Hasta que ella cedió. Si nadie se enteraba…
Él acercó sus labios enfebrecidos.
Chuic.
Hala, ya está.
Cuando los separó, a su majestad le había entrado un buen sofoco.
Es que Tamerlán no la besaba así. En lo de cortar cabezas sería una hacha, nunca mejor dicho, pero en lo de los cariñitos… El roce del arquitecto, que iba como una moto (o como un camello turbodiésel recalentado), le dejó una marca en la mejilla.
Entre nosotros, esta parte de la historia la escuché un poco escéptico. ¿No habría estado comiendo dátiles o regaliz y tenía los labios un poco pringosos?
Sea como sea, los dos quedaron más que contentos de la experiencia. La emperatriz le regaló un anillo a su admirador y este por su parte levantó lo que quedaba.
Hasta que el ínclito rey de reyes regresó de sus correrías.
–Hola, cariño. Te voy a enseñar lo que hemos hecho en tu ausencia.
«Ajá, hum, oooooh». De esta manera iba expresándose según recorría el edificio (ahora está en ruinas, pero así y todo impone).
–En el centro podemos poner una fuente, aquí y allá plantamos árboles, en aquella esquina unas alfombras…
Fue entonces cuando Tamerlán reparó en la marca sobre la piel de la hermosa Bibi Khanum. Y se mosqueó, antes no estaba. Tenía forma de… de… mmmmm.
–Por cierto, este que te hace la reverencia es el artista que lo ha diseñado. Salúdale.
El terror de las estepas se quedó mirando el anillo que el otro no había dudado en lucir como prueba de su éxito con las damas. Huyyyyyy, gato encerrado. Ese brillo de mala leche en su mirada no auguraba venturas para nadie.
El arquitecto, que lo notó, se puso a trabajar como un poseso en un medio de locomoción que tenía en mente.
Y cuando por fin apareció la guardia timúrida para tener unas palabritas de parte de su jefe, se fue volando. Literalmente.
Había fabricado unas alas gigantes, y agitándolas mucho, que le echaran un galgo. Dicen que su rastro se perdió en dirección a Isfahán.
¿Y qué ocurrió con Bibi Khanum? También dicen que se avino con su marido: para ponerla a prueba, este la ordenó que entrara en el palacio y volviera a salir con aquello que él más apreciase, lo más valioso del reino. Si acertaba, bien; si no…
La emperatriz se presentó ante él sin nada, monda y lironda. De donde se deducía que ella misma era el mayor tesoro de su vida.
Aparte de un buen saqueo, pillaje, incendio, etc.
Pues nada más, aquí dejo una foto parcial de la famosa mezquita: una de las cúpulas
pequeñas. Colorín, colorado…