Su historia va unida a la de la propia Estonia. El enclave original lo conquistaron en 1219 los daneses, al mando de Waldemar II. Fue prosperando dentro de la Hansa, hasta que la adquirió la Orden Teutónica en 1346. Doscientos y pico años más tarde, tortazo va y tortazo viene, la ocuparon los suecos, y en el curso de su política expansionista, Pedro I el Grande se la arrebató a su vez a estos, incorporándola a su imperio a principios del siglo XVIII.
Con el colapso zarista, los estonios proclamaron su república, que hubieron de defender tanto de las tropas del káiser como de los bolcheviques. La tranquilidad entre guerras duró poco, sólo hasta la nueva invasión soviética de 1940. Luego tomaron la capital los alemanes, de nuevo los rusos y finalmente, el 20 de agosto de 1991 volvió a ser cabeza de un país independiente, apoyándose en la denominada "Revolución cantada", un movimiento popular en forma de masas corales, de gran tradición en la zona.
Pues bien, en Tallin y alrededores es donde tiene lugar el argumento de El compromiso, de Serguey Dovlátov.
En la puerta me encontré con Teppe:
–Kuzina, del ala sexta, acaba de dar a luz. Los datos: ella es estonia, conductora de autobús. Su marido trabaja de tornero en los astilleros; es ruso, afiliado al Partido. El niño entra dentro de todo lo que se considera normal.
–Gracias a Dios. Creo que este servirá. Pero será mejor que llame por si acaso.
Turonok dijo:
–Excelente. Ocúpese de que el niño reciba el nombre de Lémbit.
–Guiénrig Fránzevich –supliqué–: ¿quién le pondría Lémbit a su hijo? Está tan anticuado que sólo se ve en el folclore...
–He dicho que le llamen Lémbit. ¿Qué más les da a ellos? Lémbit suena bien: varonil, simbólico. Llamará la atención en el número del Aniversario.
–¿Usted le hubiera puesto a su hijo Bovoy? ¿O Mikula?
–No empiece con su demagogia. Tiene un encargo. El material debe estar listo para el miércoles. Si se niegan a llamarle Lémbit, prométales dinero.
–¿Cuánto?
–Unos veinticinco rublos. Enviaré a un fotógrafo. ¿Cómo se apellida el niño?
–Kuzin, del ala sexta.
–Lémbit Kuzin. Suena de maravilla. Bueno, a ello.
Después de cumplir el servicio militar en su Rusia natal, Dovlátov se empleó en un diario estonio. Sus primeros escritos de ficción encontraron el veto inmediato de las autoridades, y el hecho de que terminaran publicándose en occidente sólo le sirvió para ser expulsado de la Unión de Periodistas de la URSS. Tras emigrar, vivió en Nueva York hasta su temprana muerte en 1990, por problemas de salud. Amaba demasiado el vodka.
El compromiso es una novela autobiográfica. Su protagonista es el propio autor, un reportero que cubre noticias "de interés público" para el Estonia soviética. Tarea nada sencilla, ya que el redactor jefe es capaz de detectar errores ideológicos en los textos. Cuando escribe que especialistas de Dinamarca, Finlandia, Hungría, Polonia, RDA, etc., se han reunido en el VII Congreso de Estudios Escandinavo-Fineses, podría interpretarse como síntoma de desafección al Partido. Primero tiene que ir la URSS en la lista, por supuesto; luego los países "demócratas", en medio los neutrales y al final los del bloque capitalista. Ah, y cuidado con poner a Hungría antes que a la más ortodoxa RDA. Si llegara a ser calificado como disidente, su vida podría convertirse en un cúmulo de incomodidades.
De manera que van sucediéndose sus aventuras y las de sus compañeros en pos de los encargos: el nacimiento del habitante 400.000 (es bastante complicado encontrar a un bebé presentable), los buzos que dragan el fondo del puerto con estajanovista entusiasmo (para encontrar la dentadura de oro que se le ha caído al agua al encargado del taller), una lechera que bate plusmarcas de producción gracias a las sabias disposiciones del Comité Central (hay que darse prisa en redactar la carta anunciándolo al camarada Brézhnev, porque la respuesta ya ha llegado), y así continuamente.
Irónica, mordaz, divertida, son algunos calificativos que la obra merece. Al final, los regímenes que pretenden decidir lo que sus ciudadanos deben leer, escribir o pensar, sirven por el contrario de acicate a las imaginaciones rebeldes. Dovlátov fue un ejemplo más.


