domingo, 26 de febrero de 2012

El compromiso.

Tallin: ciudad realmente bonita, con sus murallas almenadas y sus torres de cucurucho. Haciendo guardia en lo alto, no sería difícil presentir a un centinela de los de yelmo, rodela y alabarda.




Su historia va unida a la de la propia Estonia. El enclave original lo conquistaron en 1219 los daneses, al mando de Waldemar II. Fue prosperando dentro de la Hansa, hasta que la adquirió la Orden Teutónica en 1346. Doscientos y pico años más tarde, tortazo va y tortazo viene, la ocuparon los suecos, y en el curso de su política expansionista, Pedro I el Grande se la arrebató a su vez a estos, incorporándola a su imperio a principios del siglo XVIII.

Con el colapso zarista, los estonios proclamaron su república, que hubieron de defender tanto de las tropas del káiser como de los bolcheviques. La tranquilidad entre guerras duró poco, sólo hasta la nueva invasión soviética de 1940. Luego tomaron la capital los alemanes, de nuevo los rusos y finalmente, el 20 de agosto de 1991 volvió a ser cabeza de un país independiente, apoyándose en la denominada "Revolución cantada", un movimiento popular en forma de masas corales, de gran tradición en la zona.




Pues bien, en Tallin y alrededores es donde tiene lugar el argumento de El compromiso, de Serguey Dovlátov.


En la puerta me encontré con Teppe:
–Kuzina, del ala sexta, acaba de dar a luz. Los datos: ella es estonia, conductora de autobús. Su marido trabaja de tornero en los astilleros; es ruso, afiliado al Partido. El niño entra dentro de todo lo que se considera normal.
–Gracias a Dios. Creo que este servirá. Pero será mejor que llame por si acaso.
Turonok dijo:
–Excelente. Ocúpese de que el niño reciba el nombre de Lémbit.
–Guiénrig Fránzevich –supliqué–: ¿quién le pondría Lémbit a su hijo? Está tan anticuado que sólo se ve en el folclore...
–He dicho que le llamen Lémbit. ¿Qué más les da a ellos? Lémbit suena bien: varonil, simbólico. Llamará la atención en el número del Aniversario.
–¿Usted le hubiera puesto a su hijo Bovoy? ¿O Mikula?
–No empiece con su demagogia. Tiene un encargo. El material debe estar listo para el miércoles. Si se niegan a llamarle Lémbit, prométales dinero.
–¿Cuánto?
–Unos veinticinco rublos. Enviaré a un fotógrafo. ¿Cómo se apellida el niño?
–Kuzin, del ala sexta.
–Lémbit Kuzin. Suena de maravilla. Bueno, a ello.

Después de cumplir el servicio militar en su Rusia natal, Dovlátov se empleó en un diario estonio. Sus primeros escritos de ficción encontraron el veto inmediato de las autoridades, y el hecho de que terminaran publicándose en occidente sólo le sirvió para ser expulsado de la Unión de Periodistas de la URSS. Tras emigrar, vivió en Nueva York hasta su temprana muerte en 1990, por problemas de salud. Amaba demasiado el vodka.

El compromiso es una novela autobiográfica. Su protagonista es el propio autor, un reportero que cubre noticias "de interés público" para el Estonia soviética. Tarea nada sencilla, ya que el redactor jefe es capaz de detectar errores ideológicos en los textos. Cuando escribe que especialistas de Dinamarca, Finlandia, Hungría, Polonia, RDA, etc., se han reunido en el VII Congreso de Estudios Escandinavo-Fineses, podría interpretarse como síntoma de desafección al Partido. Primero tiene que ir la URSS en la lista, por supuesto; luego los países "demócratas", en medio los neutrales y al final los del bloque capitalista. Ah, y cuidado con poner a Hungría antes que a la más ortodoxa RDA. Si llegara a ser calificado como disidente, su vida podría convertirse en un cúmulo de incomodidades.

De manera que van sucediéndose sus aventuras y las de sus compañeros en pos de los encargos: el nacimiento del habitante 400.000 (es bastante complicado encontrar a un bebé presentable), los buzos que dragan el fondo del puerto con estajanovista entusiasmo (para encontrar la dentadura de oro que se le ha caído al agua al encargado del taller), una lechera que bate plusmarcas de producción gracias a las sabias disposiciones del Comité Central (hay que darse prisa en redactar la carta anunciándolo al camarada Brézhnev, porque la respuesta ya ha llegado), y así continuamente.

Irónica, mordaz, divertida, son algunos calificativos que la obra merece. Al final, los regímenes que pretenden decidir lo que sus ciudadanos deben leer, escribir o pensar, sirven por el contrario de acicate a las imaginaciones rebeldes. Dovlátov fue un ejemplo más.


domingo, 19 de febrero de 2012

E lucevan le stelle

El proceso ha comenzado. Y es irreversible.

Ya no llego como antes.

Me estoy...

Abaritonando.

Un tenore di forza de toda la vida, pasándolo ahora fatal en la ducha con las notas altas.

Decadencia.

Pensar que hace años me encontraba en la cúspide de la gloria, pensar que hasta las autoridades venían a rendirse a mis pies...

Por ejemplo, aquella ocasión en Alemania, cuando un grupo de estudiantes hicimos corro en un parque.

El picnic estaba en pleno apogeo, las Coca-Colas corrían alegres por nuestras gargantas, como las aguas del Rhin.

Los corazones se inflamaban.

Y no recuerdo exactamente por qué, pero empecé a cantarle a una chica que tenía al lado el Adiós a la vida.




Al principio bajito, a mezza voce, para no molestar. Stridea l'uscio dell'orto...

Pero de repente, todos los demás se callaron. Quince pares de ojos enfocados en mí.

Y claro, uno es tímido, pero cuando estás en la piel de Cavaradossi, hay que terminar lo que has empezado. Entrava ella fragrante...

Justo entonces, vi dos figuras que se dirigían hacia nosotros. Uno se ajustaba la gorra de plato, el otro iba palpando la porra de reglamento, con ganas de darle uso.

Oh! Dolci baciiiii oooooooo languideeeee careeeezze...

¡La Polizei! ¿Serían enviados del malvado Scarpia, querrían impedirme dedicarle mis últimas palabras a Tosca?

Intenté adivinar en sus mentes la lista de ordenanzas que estábamos infringiendo: ¿escándalo público, botellón, quizás algún cartel de prohibido pisar el césped?

¡Oh, no!

Ya sabía por lo que nos iban a trincar: ¡Puccini en casa de Wagner! Las valquirias debían de estar removiéndose dentro del Valhalla, al trullo de cabeza. Il sogno mio d’amore...

Se detuvieron detrás del círculo. Cruzaron sus brazos. Era el momento clave: libertad o calabozo. E non ho amatooooooooOOOOOOO mai tanto la vitaaaaaa, tantooooooooo la viitaaaaaaa...

¿Habría valido la pena? Cuando era obvio que ni una gota más de aire iba a salir de mis pulmones, uno de los corchetes preguntó: «¿estáis celebrando una fiesta?». Alguien avispado dijo: «sí, un cumpleaños».

Y ambos asintieron, nos recordaron que no dejáramos restos de nuestro paso, y se fueron por donde habían venido.

No sin antes saludar con la mano en la visera.

Continuamos con la juerga. ¡Más Coca-Cola, que no decaiga!

El poder de la música.

Ay, aquel milagro de los agudos. Y ahora... E lucevan le stelle...

domingo, 12 de febrero de 2012

La hora de comer.

Mi trabajo es... ¿cómo diría yo? Es... Bonito no, desde luego. Creativo, pues tampoco. Vocacional, ni por asomo. ¿Útil para la sociedad? Ja ja ja ja ja ja ja...

Mi trabajo es sobre todo una cuestión práctica. Es decir, yo le doy un montón de horas de mi vida; a cambio, él me recompensa con antipáticos quebraderos de cabeza y un sueldo a fin de mes.

Hay poco amor en ese intercambio. Pero que no falte.

De todas maneras, no sería justo pintar el escenario tan gris. El trabajo me proporciona la oportunidad de vivir buenos momentos, de bromear, echar unas risas, relajarme en compañía. Esparcimiento que coincide con el rato del almuerzo.




¡Quietoooo! O sea, llegas hasta aquí, estás dispuesto a perder el tiempo leyendo esto, ¿y no vas a ver unas escenas geniales de Tiempos modernos? Anda, afloja la marcha y dale al botón del vídeo, que no tienes perdón.

¡Hora de comer! Para los que tiramos de tartera, conviene tener dos cosas en cuenta: la primera, ser rápido. Cinco minutos arriba o abajo determinan la posición en la cola de los microondas, y luego no queda más remedio que la rezongante paciencia (porque los macarrones fríos no son lo mismo, la verdad).

En cuanto a la segunda...

Esta recomendación es muy importante: hay que ir guapo. Lo mejor que los dones naturales, ungüentos, afeites, entrenamiento deportivo y fondo de armario le permitan a cada uno.

Cuando alguien empuja la puerta del comedor, las cabezas se alzan expectantes. ¿Quién llegará? Si soy yo, por ejemplo, el nivel de suspiros, temblores de piernas, bombeo cardíaco, saliva goteante y demás manifestaciones de ansiedad decrece. Casi puedo imaginar los carteles con las valoraciones: 6,5 – 6,0 – 6,7 – 7,2 (caramba, gracias) – 6,1... Está caro subirse al podio.

Ah, pero, ¿y si aparece el Cuerpo de bomberos?

Resulta que disponemos de una brigada para apagar potenciales incendios en el edificio. Ya, ya... Apagar incendios... Enfundados en sus uniformes azules, con la tela a punto de rasgarse por las costuras (bíceps hechos a base de subir por la cuerda), la mera presencia de uno de sus representantes nos manda a todos los demás al garete. Ninguna oportunidad de competir.

Bueno, con excepciones. Algunos de los que visten de paisano juegan en la misma liga. El bautizado popularmente como Cejitas también se lleva lo suyo en forma de miradas y análisis de tendencias de temporada. He sido testigo de discusiones sobre si se depila mucho o poco el rasgo capilar que le da nombre.

Y como Dios los cría y ellos se juntan, Cejitas es amigo de Monina. Monina, capaz de conseguir que media docena de tíos de pelo en pecho, de los de tasca, mondadientes y fútbol los domingos, se queden mudos aguantando la respiración, mientras ella se inclina con su plato ante el microondas (un movimiento de ballet que ya hubieran querido Fokine o Balanchine coreografiar).

Yo no estoy entre ellos, por supuesto. Puro observador sociológico.

Aunque... uf, existen representantes de la especie humana que podrían amenazar esa frialdad científica.

Llamémosla provisionalmente Pichurri. Sé que como alias deja bastante que desear, pero es que los más bonitos, del tipo Dulcinea, ya los había adjudicado antes, y no vamos a meternos en cambios a estas alturas.

De forma incomprensible, Pichurri despierta opiniones tibias. Los comensales que suelen acompañarme creen que no es nada del otro jueves, con lo que demuestran no entender ni de ética, ni de estética, ni de aerodinámica. Yo, por el contrario, soy un arrobado defensor de sus virtudes, me lo dicta el instinto.

Snif... (suspiro). Ay, estoy esperando a que un maestro de ceremonias, celestina, casamentera o similar profesión se digne algún día presentarnos, para intercambiar tarjetas de visita, teléfonos, datos fiscales, pijamas y tal.

Me doy cuenta de haber utilizado la expresión "representantes de la especie humana". No es casual. Tampoco quisiera resultar apocalíptico, pero de un tiempo a esta parte cierto ser de plástico y metal se lleva a las chicas (y a unos cuantos chicos) de calle en el trabajo. ¿El Schwarzenegger de Terminator? ¿El Will Smith de Yo, robot? ¿El Jude Law de Inteligencia artificial? ¡Qué va!

La cafetera...

Reíd, reíd, pero las cafeteras dominarán el planeta. Aquella vez que al terminar el postre dije: «voy a sacar un café», y una compañera me preguntó: «¿de la máquina nueva, la del tío bueno?», olfateé el peligro.

Primera impresión: un armatoste de esos industriales, con su ranura de monedas, su pantalla táctil con botones para elegir entre solo o con leche, y poco más.

Pero mientras esperas a que el vaso de cartón se llene, aparece un tipo trajeado en esa pantalla, repasándote de arriba abajo, con expresión de portero de discoteca VIP. Te mira y apunta algo, te mira y apunta, te vuelve a mirar de reojo...

Y cuando ya sospechas que llevas una mancha de tomate en la camisa, suena un pitido y el "tío bueno" te hace gestos ostensibles para que recojas tu brebaje. «¡Pringao! ¡Eh, tú, sí! ¿Quieres darte prisa? ¡Que hay muchas nenas detrás para admirar mi chasis, y no tengo todo el día!»

¡Ay, mísero de mí, ay, infelice! ¡Qué triste destino no haber nacido con condiciones para bombero, tener las cejas vulgares y ahora, en el colmo de la mala suerte, estar hecho de carne y hueso! En fin, se acabó el asueto, de vuelta al callo. Hasta otra...

domingo, 5 de febrero de 2012

Budapest.

Ah, Budapest, Budapest… La gran Plaza de los Héroes, el Parlamento, el Puente de las Cadenas, la Avenida Andrássy, el Bastión de los Pescadores, las olas rompiendo en la ensenada de Botafogo, el cerro Corcovado...

¿Que me he hecho un lío? No, de ninguna manera, estoy seguro. Budapest... ¿Cómo no iba a captar mi atención una novela con ese título? Aunque curiosamente haya sido imaginada por un brasileño, el cantautor Chico Buarque.


"Debería estar prohibido burlarse de quien se aventura en una lengua extranjera. Cierta mañana, al bajarme del metro por error en una estación azul igual a la de ella, con un nombre semejante al de la estación próxima a su casa, telefoneé desde la calle y dije: estoy llegando casi. Supuse en el mismo instante que había dicho una burrada, porque la profesora me pidió que repitiese la oración. Estoy llegando casi… había probablemente un problema con la palabra casi. Sólo que, en lugar de señalar el error, ella me hizo repetirlo, repetirlo, repetirlo, después soltó una carcajada que me llevó a colgar el teléfono. Al verme a la puerta de su casa, tuvo un nuevo acceso, y cuanto más se le encendía la risa en la boca, más se sacudía al reírse con el cuerpo entero. Dijo por fin haber entendido que yo llegaría poco a poco, primero la nariz, después una oreja, después una rodilla, y el chiste no tenía tanta gracia. Tanto es así que Kriska se quedó enseguida un poco triste y, sin saber pedir disculpas, rozó con la yema de los dedos mis labios trémulos".

José Costa no acaba de ser feliz en la vida.

Se dedica a escribir por encargo de otras personas: discursos, artículos, libros que quizá se hagan famosos y en los que su nombre nunca aparecerá.

Su socio Álvaro se ocupa de las relaciones públicas, de contactar con aquellos que no tienen tanta habilidad para las letras y necesitan discreción. Mientras tanto, él llega a casa a las tantas de la noche, y su matrimonio con Vanda se resiente.

Tras asistir a una convención internacional de "autores anónimos", hace escala en Budapest, donde escucha por primera vez una lengua de extraño sonido: el húngaro.

En Río de Janeiro, la rutina continúa: prisas, malhumor, redactar las memorias de un empresario... Pero algo comienza a ocurrirle. Habla en sueños, y no pronuncia esas palabras en su portugués natal.

De nuevo vuela hacia el Danubio. Se da cuenta de que el alma de la ciudad no se puede trazar sobre las calles de un mapa, y también aprende otras cosas desde cero, igual que un niño. Kriska será su profesora de húngaro... y algo más.

Tras meses sin dar noticias, vuelve a ¿casa?

Vanda está progresando en su carrera como presentadora de informativos en la televisión, no se ha resignado a esperar llorosa, abrazada al pequeño hijo de ambos, el retorno de José. Aunque no entienda nada, comparte forzosamente su catarsis.

La "autobiografía" novelada del empresario es un gran éxito de ventas. Álvaro y el propio cliente desean una segunda parte.

Kriska, Vanda, el niño, el trabajo... Ya no sabe qué o a quién quiere, ya no sabe a qué o a quién debe lealtad. La maleta le espera en el estante alto del armario, el pasaporte en el cajón...

Lo abandona todo: como inmigrante, Kósta Zsoze será su identidad magiar. Y capítulo tras capítulo, tan lejos llegará en su transformación, tanto se convertirá en otro hombre, que conseguirá dominar el idioma mejor que los más reconocidos académicos. Y escribirles sus obras.

Mi comentario personal es que se trata de un estupendo texto. Refleja con maestría la personalidad del protagonista y de qué manera se desdobla, salta fuera de sus goznes. Quizá el final, con sus tintes oníricos, resulte desconcertante y un poco abrupto, pero insisto: sus méritos están sobradamente en el lado bueno de la balanza. Un libro de los de regalar, muy, muy recomendado.